Crónica 39: del 25 mayo al 12 de junio 2009 (2ª)

Malasia



 

Cuando salgo del centro comercial, encuentro a dos mujeres practicantes de Falun Dafa. Una, asiática, en pose de meditación. Otra, europea, repartiendo folletos informativos a todos los que se acercan, interesados, por ese sorprendente grupo de seguidores de las prácticas Falun Gong. Más de 100 millones de personas, en 80 países. No es un movimiento político ni religioso. Si se os despierta la curiosidad, ya sabéis. Google, Falun Dafa. Encontrareis información detallada en todos los idiomas.
Como no quiero repetir fotografías de los lugares que he mostrado anteriormente, hoy incluyo algo distinto. Espero que se ponga el sol, se ilumine artificialmente la ciudad, desparezcan muchos visitantes que han venido a pasar el día, para ofreceros “algo” del ambiente que envuelve las antiguas edificaciones de este seguro puerto desde el que se controlaba el estrecho de Malaca. Jonker Street se ha transformado. Se ha convertido en peatonal. Vendedores callejeros exponen sobre mesas una oferta variada. Me acerco al Geographér, un bar donde se dan cita muchos viajeros. Mesas en la calle actuación en directo, zumos naturales, comida rica, cerveza entre la que elegir, posibilidad de conectarse a Internet. Regreso al hotel paseando lentamente. Primero siguiendo el cauce del río, luego por calles de las que han desaparecido los coches.
Al día siguiente inicio temprano una larga caminata. Primero para llegar hasta Bukit China, una colina en donde se instaló, a mediados del siglo XV, la residencia de la mujer china del Sultán. Era hija del emperador Ming y fue el eslabón que unió los intereses de los dos países. En esa colina, y en otras dos adyacentes, se encuentra el mayor cementerio chino del mundo, fuera de China. Escalones, senderos bajo los árboles. Zonas despejadas con tumbas, semejantes a las que vi antes de llegar a Singapur. Aquí hay algunas que parecen muy antiguas. Otras parecen haber sufrido el ataque de vándalos o ladrones que las han despoblado de figuras y recubrimiento. No me quedo mucho tiempo. Empiezan a picarme unos pequeños insectos que no logro identificar. Fuerte viento azota las ramas de los árboles. Caen unas primeras gotas de lluvia. Antes de que me atrape el tormentón que se avecina, bajo a toda velocidad posible hasta un pozo que se encuentra a nivel de carretera. Entre unos muros encalados, junto a un templo del siglo XVIII, el pozo del Sultán Mansor Shah, que fue construido para que su esposa china, la princesa Hang Li Poh, pudiera disponer siempre de agua fresca y pura. En 1551, los guerreros malayos envenenaron el agua del pozo, provocando la muerte de numerosos portugueses. No fue la única vez, En 1.616 y en 1.628, fueron los holandeses quienes utilizaron venero para eliminar a sus adversarios. Cuando conquistaron Malaca, una de las primeras cosas que hicieron fue proteger el pozo con un muro, cañón y guardas. ¿Qué me queda por ver? Villa Sentosa, una casa tradicional, a las orillas del río. Está algo alejada, pero un camino peatonal, embaldosado, de reciente construcción, facilita el acercamiento. Veo pasar barcos con pasajeros por el río. No encuentro el puente que, según la guía, facilita el acceso a la Villa, en la orilla opuesta a la que me encuentro. He llegado hasta un embarcadero, donde veo descender pasajeros de los barcos. Puedo coger uno que me lleve hasta el centro. Compro billete y espero pacientemente en un banco a que me indiquen que ya puedo subir. Madia hora de espera. El piloto ha de comer. El recorrido es placentero. El único pero es que al llegar al centro de la ciudad antigua, a la altura de la calle Jonker, el barquero da media vuelta y regresa al punto de partida. Tomo un taxi que me quiere cobrar más de lo habitual aduciendo que hay mucho tráfico y que vamos a tardar mucho tiempo. Es la excusa que esgrimen habitualmente. Le digo que el tráfico es el de todos los días. Nada especial. Que las retenciones se producen porque los semáforos pueden tardar hasta 4 o 5 minutos en cambiar. Refunfuña pero acepta el dinero que le ofrezco.



Soy un cliente fiel. En Kuala Lumpur voy al mismo hotel, ocupo la misma habitación. En mi visita al centro comercial de teléfonos móviles, fotografía y ordenadores descubro que existen tarjetas para los navegadores, con todas las direcciones y mapas del sudeste asiático. Por 100 euros podría cargar en mi PDA la información y no sufrir más por encontrar un hotel o una carretera. Si lo hubiera visto en Diciembre, antes de ir a Tailandia, Laos, Camboya, tal vez lo hubiera comprado, pero ahora… ahora ya no me hace falta. Me encuentro con Álvaro (biciclown@biciclown.com) en el Hotel Melia. Está acompañado por Sole, Paola y Juan, amigos fieles que le han visitado ya en anteriores ocasiones. Me invitan a cenar. Posamos frente al Toyota, aparcado junto al hotel en el que me alojo. Álvaro me deja sus dos últimos libros. Quedamos para vernos la última noche. Relativamente cerca de Kuala Lumpur hay una reserva forestal de 600 hectáreas de jungla, en la que también se ofrece la posibilidad de caminar entre las copas de los árboles, a través de una pasarela colgante. No es tan larga como la de Taman Nagara, ni tan alta, pero qué más da, 500 que 200 metros de recorrido. Dos trenes, el elevado y otro de extrarradio. Un taxi me lleva desde la estación hasta las oficinas del parque. Como he comprobado que desde la entrada, donde hay una parada de taxis, hasta donde me ha dejado hay una distancia considerable, intento el acuerdo para que me recoja dos más tarde. No hay cómo. Ya está comprometido. Compro una botella de agua e inicio el camino, siguiendo cartel indicador, a la pasarela colgante. A unos doscientos metros se recuerda la obligatoriedad de comprar el billete de entrada en las taquillas correspondientes. Vuelta para atrás. No está señalizado, pero preguntando llego hasta el despacho donde venden el boleto. Me dan un mapa, esquemático, con algunas distancias señalizadas. No está a escala. Con un rotulador me sugieren un itinerario de vuelta, diferente al de ida. Vuelta al camino, cómodo, suave pendiente de subida, ancho. Al llegar a determinado punto, lo de siempre. Escalones desiguales, pedruscos, fuertes desniveles, subida pronunciada. Me detengo un par de veces para recuperar pulsaciones. Cuando llego a la caseta que da paso a la pasarela, tengo que entregar el billete. Me hacen leer las normas. Guardar distancias, si hay otra persona delante, no detenerse en la pasarela, no juntarse más de cuatro personas en las plataformas de los árboles intermedios, no hacer fotos desde la pasarela, no correr ni pegar botes… Una vez inicio el recorrido, puedo hacer lo que quiera, estoy solo, ni otros visitantes ni guardas. La pasarela tiene un interés relativo. La visión es limitada. Desde luego no he visto ni un caracol, solo árboles, que limitan la visibilidad. No creo que haya gran diferencia entre esta y la de Taman Nagara. Pasarela vista. Asunto liquidado. La bajada es más abrupta que la subida, pero en compensación más corta. Otra vez camino ancho y cómodo entre árboles de gran altura. Empieza a nublarse. Y yo sin paraguas ni impermeable. Los primeros truenos suenan lejanos. Acelero el paso. Llego al asfalto. Una casa de té en mitad del bosque. Un lugar encantador sin dulces, té sin azúcar. Precio europeo. Un té malayo. No me entretengo. No como nada, Al cuarto de hora de seguir a buen paso la carretera, empiezan a caer las primeras gotas. Busco donde protegerme. Bosque, sin hojas grandes. Si empieza a llover, de verdad, como acostumbra aquí, en un minuto estaré totalmente empapado. Después de una curva, un pequeño kiosco, con un banco. Corro un poco y logro llegar a él tres segundos antes de que las nubes empiecen a descargar agua. Esto durará un rato. Saco de mi mochilita el libro de Álvaro y empiezo a leerlo. No hubiera encontrado mejor lugar ni proponiéndomelo. Vuelvo a recordar mis viajes a África. Está bien escrito. Es ameno. De vez en cuando me río. No me importa que llueva. Ya parará. Estoy pasándolo muy bien. Dejo de oír las gotas golpeando el techo metálico del kiosco. Tengo que aprovechar el parón, puede arrancar de nuevo. El cielo sigue cubierto. Detengo a un motorista que viene por la calzada. He de seguir la dirección por la que él venía. Estoy lejos de la salida principal, pero en el buen camino. Vamos. Cuando llego a la puerta han pasado tres horas desde que comencé a caminar, calculo que habré recorrido en total unos ocho kilómetros.


Una vez más me dirijo a Bangkok. En esta ocasión tengo que lograr una extensión de permanencia para el coche en Tailandia. Llego sin problemas a la frontera. Al entrar en Tailandia, después de obtener el visado gratuito que permite una estancia de quince días en el país, el oficial de aduanas al que le presento el Carnet de Pasaje del Toyota, me lo devuelve, diciéndome que esa documentación no sirve para nada. Necesito un permiso de tránsito temporal. Le enseño los sellos de esa misma aduana y los que me han puesto en otros pasos del país. Insiste. No es válido. Me muestra la parte posterior del documento, en la que, efectivamente, no figura Tailandia en la relación de países asiáticos. Sin alterarme, pero intentado resolver la situación hablo con su jefe. La misma respuesta, “eso no vale”. Es cierto que en todas las aduanas tailandesas me han sellado el Carnet, pero me han entregado una hoja, escrita en tai, que debe ser el dichoso permiso de tránsito. Al final el problema se resuelve, dándome una hoja de tránsito. Para mi mucho mejor. Tengo que renovar el Carnet de Pasaje, que expira en Septiembre. Como tengo todos los sellos de entrada y salida, el trámite será sencillo y rápido en el RACE, en Madrid. Me he retrasado, empieza a oscurecer. No me gusta conducir de noche, pero prefiero continuar hacia el norte, alejándome de las provincias sureñas, mahometanas, en las que grupos violentos reclaman la independencia. No muy lejos, en Narathiwat, más al este, al día siguiente se producirán una serie de atentados terroristas que causan tres muertos y decenas de heridos. Cuando ya estoy alejado del área conflictiva, me detengo para dormir, en el aparcamiento de un restaurante, a pie de carretera, que parece muy animado. Soy el único cliente. Todavía no ha empezado la actuación de un grupo musical, anunciado en carteles publicitarios. Me rodean seis camareras, muy jóvenes, que empiezan a hacerme preguntas. No puedo entenderlas, ninguna habla inglés. Desisten. Entre risas logro que me sirvan Tom Yam y tempura de gambas y vegetales. El local empieza a recibir más clientes. Todos piden, para beber, cerveza, jarras de cerveza a presión, un litro. El grupo, muy marchoso, está formado por cinco hombres y dos mujeres. Alejo el coche hasta la esquina más apartada. El volumen de los altavoces es elevado. Preparo la cama y regreso a tomarme una cerveza. Es imposible entenderse. Pido una botella pequeña y me sirven la jarra de litro. Dormiré mejor. Pago por todo menos de diez euros. Cuando decido irme a dormir, el grupo y los clientes ya han entrado en calor. Mientras pienso que el sonido me impedirá dormir me sumerjo en un profundo sueño. Me despierto cuando ya hay buena luz para conducir. Uso los servicios del restaurante. Le doy una propina al guarda y vuelvo a la carretera. Quiero llegar a Prechuap Khiri Khan. Álvaro me ha recomendado un Guest House. Recuerdo el desvío a la ciudad en la que estuve a punto de detenerme en el mes de enero. Es la capital de la provincia. Un antiguo pueblo de pescadores que lentamente va desarrollando sus posibilidades turísticas. Sólo doce kms. separan el mar de las montañas, frontera natural con la vecina Birmania. Llovizna. Encuentro el lugar. Llamo por teléfono y hace su aparición Sue, la propietaria. Una joven tailandesa, que vive cerca de la casa con jardín en la que aloja a esporádicos viajeros. La dirección se transmite de unos a otros. Casa de madera con tres dormitorios. Un salón-comedor, cocina, un baño. Sencilla, pero acogedora. Cuatro euros por noche. Sue es encantadora, me trae unas empanadillas y unos dulces. Preparo té. Después se ofrece para enseñarme la ciudad. Caminando, llegamos hasta el mar. Es fácil orientarse. Un paseo marítimo. Tres calles y una vía de tren, paralelas. Una gran bahía, con numerosos barcos de pesca, limitada por dos salientes rocosos. En el centro, una colina con un templo en lo alto. Mas allí, al norte y al sur, otras bahías y pueblos de pescadores. Pasamos por el mercado nocturno. Me gusta el lugar. Tranquilo, pocos extranjeros. Al día siguiente, recorriendo la zona en coche, me he encontrado con cinco, tres en un restaurante y dos en el templo de la colina. Esa ha sido mi primera visita del día. ¿No se va al gimnasio, a primera hora de la mañana? ¿Qué mejor, que empezar con un elevado punto de observación, que me permitirá ojear el entorno? Se me ha olvidado el número de escalones, creo que eran 480. No son muy altos. Menos agotador de lo que esperaba. En la falda de la colina, un monumento a los monos. La colina es suya. La escalera, su lugar de reunión. Voy subiendo, pasando entre ellos, sin que me presten mucha atención. Los más pequeños, curiosos, quieren acercarse, pero las madres se lo impiden. La vista, desde el lugar más alto, es espectacular. Marea baja, bancos de arena al descubierto. Las montañas de Birmania empiezan a desaparecer tras nubes bajas de lluvia. Veo avanzar el chubasco. El cielo se oscurece. He de buscar refugio. Aguantar aquí arriba hasta que pase. Si bajo, la lluvia me alcanzará en la escalinata. Los templos están cerrados. Los templetes abiertos no sirven. Me refugio en el más alto, sin puertas y con las ventanas rotas. Espero en una esquina. El agua, impulsada por fuerte viento, entra a ráfagas. La Stupa y los techos de los templos que veía a través de hueco de la puerta han desaparecido, ocultos tras una espesa capa gris. No dura mucho rato, veinte minutos. Bajo con cuidado las escaleras. No puedo olvidar el tortazo que me pegué en la India, al resbalar en una escalera de piedra mojada. El cielo sigue cubierto de nubes que, de vez en cuando, dejan caer algo de agua. Me acerco a otras playas y pueblos de pescadores. Más al norte, se encuentra Hua Hin, uno de los enclaves playeros preferidos por los tailandeses. Tal vez lo visite en Septiembre. Me acerco hasta el Pilar de la Ciudad, el más alto del país. Luego, siguiendo la carretera paralela a la costa, cruzo una zona militar en la que están expuestos antiguos aeroplanos, perfectamente conservados. Me detengo junto a un campo de golf. Debe ser complicado el mantenimiento. No por falta de agua, sino porque la vegetación crece rápidamente invadiendo todas las zonas. Supongo que una bola que se salga de la calle puede darse por perdida. Llego hasta playas desiertas, junto a pinares. Cuando me canso, doy media vuelta y me acerco a un parque tecnológico que conmemora el eclipse solar de 1.868. En un lugar destacado, del parque histórico, junto a la bahía de Ao Manao, un monumento a los caídos en defensa del enclave, uno de los siete puntos por los que los japoneses invadieron Tailandia el 8 de diciembre de 1.941. Las nubes se han abierto. Soy el único turista extranjero. Una señora me invita a visitar el museo. Supongo que está dedicado a la batalla que conmemora el monumento. Digo supongo, porque todos los carteles informativos están escritos en tai. Hay una maqueta de la pista de aterrizaje, la montaña, fotos antiguas, características de aviones… es pequeño. Al salir, me siento frente a un ventilador, mientras bebo un té con limón, helado. Antes de regresar a Prechuap Khiri Khan, me acerco a un joven que rastrilla la arena, en la playa solitaria, desenterrando almejas. En un cuarto de hora ha llenado el cubo. Esta subiendo la marea. Tengo que dejarle y volver al coche para no quedar atrapado en el banco de arena que va rodeando el agua rápidamente.
Al día siguiente Bangkok. En la embajada, la cónsul, Elena Pérez-Villanueva, amable y eficaz, me facilita una nota verbal y una carta, firmada por mi, ambas en tai, para ayudarme a conseguir el permiso necesario para el Toyota. No explico el largo proceso que debo seguir. Resumo. Encuentro a una funcionaria de aduanas que se pone en contacto con el responsable del área sur, por donde deberé salir del país. Hablo con él. “No se preocupe. Cuando salga, como habrá excedido el tiempo de estancia, deberá pagar una multa máxima de 2.000 baths (unos cuarenta euros). Si encuentra cualquier dificultad no dude en llamarme a mí o al jefe de aduanas con el que acaba de hablar por teléfono”. Me da su tarjeta y los números telefónicos. “Conserve estas cartas. Son importantes”. Resuelto. Dos horas más tarde, he comprado billetes de avión a Barcelona, con escala de una semana en El Cairo. Tengo reservado el hotel en Bangkok para cuando regrese. En el concesionario de Toyota en el que pase la revisión de los 80.000 kms., me cambian la batería principal que empezaba a fallar. Dentro de cinco días llegarán las piezas que encargué. Las guardarán hasta que las recoja en Septiembre. El coche permanecerá en un lugar seguro.
Aquí se cierra otro capítulo. Espero continuar enviando relatos de mi viaje a finales de Septiembre. Unos meses para pasar mi ITV personal, ver a familia y amigos, renovar documentación, disfrutar del verano en España y prepararme para el gran salto a Australia y América.



Enviado desde Bangkok el 12 de Junio, 2009
Kilómetros recorridos 72.284

 

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