| He
repetido en varias ocasiones mi desinterés por recorrer senderos
de selva, a menos que sea imprescindible. A unas cuatro horas de Kuantán
se encuentra Taman Nagara, la selva más antigua de nuestro planeta,
con la pasarela colgante, entre árboles, más larga del mundo.
Debo ir. Afortunadamente, cuando estoy a punto de salir de Kuantán,
acude en mi ayuda la lluvia. Ya tengo una excusa conmigo mismo para posponer
mi visita. Iré cuando regrese de Singapur. Consultando el mapa,
observo que hay dos opciones, dos carreteras, para llegar a mi destino.
Parece mejor la que cruza el interior, que enlaza con la autopista central
que recorre Malasia de norte a sur. La otra opción es una ruta
que sigue paralela a la costa, parece más larga. Consulto a los
empleados del hotel. Me aconsejan la de la costa. Es la que utilizan ellos.
Buena calzada, pocos tramos en obras, escaso tráfico. En menos
de cinco horas cubro la distancia, 368 kms. Deja de llover, aunque el
cielo permanece cubierto de nubes hasta poco antes de la frontera. Nada
especialmente interesante en el camino. Una sola parada. Un cementerio
chino sobre una colina, al lado de la carretera. La cancela está
cerrada, pero puedo pasar al interior, por un agujero en el muro. Las
tumbas tienen forma de media luna, con pequeños altares en el centro.
Largas filas, alineadas, siguiendo los desniveles de la pendiente. Inscripciones,
fotografías, estatuas, flores y restos de varitas de incienso en
las más nuevas. He leído que la comunidad china suele ubicar
sus cementerios en colinas, para maximizar el feng shui positivo. Cuanto
más arriba mejor. Recuerdo que en el cementerio de Montjuich, en
Barcelona, los nichos más elevados, con vistas al mar, eran más
caros. Medito sobre las diferentes y variadas costumbres funerarias que
he llegado a conocer en distintas culturas y países, mientras me
resguardo, en un templete techado, de la lluvia que ha vuelto a arreciar.
Cuando llego a Johor Bahru encuentro una ciudad
que ha crecido espectacularmente en los últimos años. Altos
edificios, grandes avenidas, autopistas. No logro ver ningún cartel
que me indique la dirección a Singapur. Tengo que preguntar. Me
dicen que siga las indicaciones que me llevarán a "Woodlands".
Sigo el río de coches y camiones que cruza el puente que separa
la isla-estado de Singapur del continente. El paso de inmigración
y aduanas se convierte en un largo paseo por distintos niveles, escaleras,
despachos, acompañado siempre por un oficial, sin el cual me hubiera
sido imposible cumplir todos los trámites. Es la frontera más
grande que he visto en mi vida. Se asemeja a un aeropuerto. Me dicen que
se terminó hace tres años. Visado gratuito. Todos encantadores,
amables, pero rigurosos. Incluso he de pasar el coche, como todos los
camiones, por un control de rayos X. No deben llegar muchos coches europeos
por aquí. Han de efectuar varias llamadas para localizar la oficina
en donde me sellan el Pasaje de Aduanas del Toyota. Ordenadores, cámaras
para fotografiarme, té y sonrisas. Un oficial me dibuja un plano
para que pueda llegar al barrio en el que se encuentra el hotel que les
indico. Gracias a él alcanzo la zona sin mayores dificultades.
Algo que me sorprende, porque la distancia es de unos 45 kms. por autopistas,
con distintas salidas y avenidas.
Una
cosa es llegar al barrio y otra al hotel. Las calles, en su mayoría,
son de dirección única. He estado tres días en
Singapur. Los distintos barrios están conectados por varias vías
rápidas. Supongo que en poco tiempo puedes aprender los itinerarios
que te acerquen al lugar que buscas, pero recién llegado y anocheciendo,
encontrar el hotel, situado en una colina, se convierte en una prueba
de paciencia. Los únicos que conocen el emplazamiento son los
taxistas. Cuando llego, lloviendo, noche cerrada, el hotel, caro, con
aparcamiento, limpio, de diseño, con wi-fi, está lleno.
Amablemente llaman a otros hoteles, hasta dar con uno en el que me reservan
habitación. Me facilitan un mapa, marcándome el lugar.
Cuando llego, imposible aparcar. Me aseguran que en la calle de atrás,
a la que da el hotel, encontraré donde dejar el coche. Una trampa
infernal. Calle estrecha, sin salida y sin espacio para dejar el vehículo.
A fuerza de maniobrar, centímetro a centímetro, logro
dar la vuelta y salir. Anulo la reserva y busco alojamiento siguiendo
las recomendaciones de la " Lonely Planet". Dos horas. Todos
llenos. Cierro la guía. Vueltas y más vueltas. Finalmente,
encuentro uno que no está mal, con wi-fi en la habitación.
" Aproveche la oferta. Las dos primera noches, desayuno incluido,
45 euros, la tercera 30 euros. Vale. Ceno en un restaurante popular
cercano por menos de dos euros. Lo sabía. Dormir en Singapur,
en un hotel " decente" es caro, comer bien puede ser barato.
Dejo el coche aparcado en una plazoleta cercana al lugar donde me alojo.
Al día siguiente, taxi y localizo la agencia marítima
que se ocupará de embarcar el coche, en Septiembre, con destino
Australia. La dirección me la ha facilitado Tatsuya Yamazaki,
un japonés que conocí, en Madrid hace años. Estaba
dando la vuelta al mundo en un Toyota, de gama media, sin tracción
en las cuatro ruedas. En su largo periplo visitó 103 países,
totalizó 262.600 kilómetros. Ocho años y medio
de viaje. Se casó con una peruana. Viven en Japón. El
vehículo se expone en el museo Toyota. Me ha evitado tener que
buscar la mejor oferta. El lo hizo en su momento. Solidaridad entre
viajeros de largo recorrido. La compañía naviera tiene
sus oficinas en CBS (Central Business District), corazón
financiero de la ciudad, donde se levantan altas torres de oficinas.
Me atienden los responsables de los fletes. Dos jóvenes, hombre,
mujer, eficaces, encantadores, que me facilitan toda la información
que preciso. Ningún problema. Un barco semanal con destino a
cuatro puertos australianos. El mismo precio para los cuatro, independientemente
de la distancia y del tiempo empleado en cubrir la travesía.
Creo que optaré por Adelaida, en el nordeste. Cuando decida la
fecha, me pondré en contacto con ellos, vía email, para
que me reserven plaza. Qué fácil. Recuerdo los complicados
trámites para embarcar el coche en Mombasa, África, o
las destartaladas oficinas de la agencia de Chennai, India. Al
salir del edificio, llovizna. ¿Qué hago? ¿A dónde
voy? Dos días para pasearme por los barrios más singulares
de la gran ciudad. Me sirvo del metro para acercarme a Orchard Road,
la calle donde están emplazados los principales centros comerciales.
Singapur sorprende al recién llegado por su limpieza, el educado
comportamiento de sus ciudadanos y el buen mantenimiento de lugares
y servicios públicos. ¿Cómo se ha conseguido? Educación
y multas. Zanahoria y palo. Incluso hay camisetas en la que recuerdan
las penalizaciones. Que a nadie se le ocurra introducir goma de mascar
en el país, fumar en sitios prohibidos, tirar una colilla al
suelo, dejar un grifo abierto, no tirar de la cadena del retrete, orinar
en la vía pública, tirar un papel o una lata al suelo,
comer en el metro, cortar una flor, escupir o alimentar a los pájaros
en los jardines, porque la multa que deberá pagar es de 1000
dólares de Singapur, unos 500 euros. No quiero imaginar lo que
puede ocurrirle al que pillen pintando o escribiendo algo en una pared.
El metro es antisuicidios o accidentes. Dobles puertas separan el interior
de los vagones de los apeaderos. Eso permite también que, en
las estaciones y vagones, el aire acondicionado funcione perfectamente.
Líneas marcadas ante las puertas, que todo el mundo respeta,
para dejar salir antes de entrar. No hay empujones ni gente corriendo
por las escaleras mecánicas e incluso he observado que si el
vagón se llena, la gente espera otro tren, no intenta entrar
por la fuerza. En los vestíbulos superiores de las estaciones,
tiendas, kioscos, bares, como en cualquier ciudad europea, pero qué
diferencia. Suelos brillantes, pulcritud y diseño. Las calles,
Orchard sobre todo, facilitan la limpieza con numerosas papeleras. Cada
veinticinco metros, en ambas aceras, hay una, con cenicero en la parte
superior. En los centros comerciales se encuentra de todo. Marcas y
franquicias internacionales. Para distraerme, pregunto el precio de
la última cámara fotográfica digital de Canon.
D5 Mark II. Sólo el cuerpo, sin objetivos. Los precios varían
según el vendedor. De 1.250 a 2.500 euros. Esos son los extremos.
La mayoría ofertan a 1.400 euros. Malayos, indios, chinos, occidentales,
turistas de todo origen, forman un conglomerado paciente y respetuoso.
Singapur es permisivo, comparándolo con su vecina Malasia. He
visto sex shops en Orchard, algo totalmente impensable en la mayoría
de países que he visitado anteriormente. Junto a esa bulliciosa
calle comercial, paraíso para los compradores compulsivos, un
rincón tranquilo, Emerald Hill Road. Un pequeño barrio
con antiguas casas bien mantenidas, entre jardines florecidos. Un oasis
residencial para los más afortunados.
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Al
día siguiente encamino mis pasos hacía el distrito colonial,
El Padang, la gran explanada, con el club de cricket. Quiero acercarme
a una zona, junto al río, en la que recuerdo una serie de restaurantes,
muy pintorescos, especializados en pescado y marisco. Los altos edificios
del centro financiero empequeñecen la antigua torre del reloj.
Hace calor, 33 grados. Estoy empapado. Busco la sombra de los árboles
mientras me acerco al muelle de donde salen los barquitos que ofrecen
distintos itinerarios por el río y la bahía. Después
de comer, quiero acercarme a tomar algo al Raffles. El hotel mítico
de Singapore en el que, según se cuenta, fue abatido, en 1902,
el último tigre de la isla, en la sala de billar. La última
vez que estuve aquí se mantenía cerrado, a punto de volver
a abrirse, después de una larga y costosa restauración.
Mientras saboreo los exquisitos platos que he elegido en un restaurante
vietnamita, contemplo los barcos turísticos que pasan por delante
de mí. Después de comer, lo mejor es caminar un poco. El
entorno es agradable. Soporto bien la temperatura. No me importa sudar.
Una calzada peatonal, bien pavimentada, sigue el curso del río.
Apenas me cruzo con otros paseantes. Paso por debajo de los puentes. Inaudito.
Los pasajes, limpios, sin papeles, colillas o pintadas en las paredes.
Un cartel recuerda la prohibición de fumar o circular en bicicleta
en esos tramos. ¿Multa? Lo habitual. 500 euros. Me es imposible
no comparar lo que han logrado en esta zona con los fallidos intentos
de Azca, en Madrid, o Maremagnum, en Barcelona. Dos zonas de ocio que
procuro evitar, a últimas horas de la noche. No son sólo
las multas, hay algo más. Me detengo en una tienda, con aire acondicionado,
en la que ofertan helados. Me decido por uno doble. Veo la muestra, un
cucurucho con dos conos, dos sabores. Elijo durian y maracuyá.
La dependienta, se coloca una mascarilla, se enfunda un guante, para coger
el cucurucho, y prepara lo que le he pedido. Uno de los conos se inclina
demasiado. Lo deshace. Vuelve a intentarlo, después de amasar el
helado con una palita metálica. Así hasta tres veces. Al
final el helado que me entrega es igual al de la muestra. Sonrisa. No
son sólo las multas. En otro pasadizo, otro cartel. También
está prohibido pasar patinando. Puede parecer excesivo, pero cuando
recuerdo las motos circulando por las aceras en Teherán o las bicicletas,
evitando la calzada en nuestras ciudades, me siento privilegiado del placentero
recorrido de esta tarde, sin miedo a ser arrollado. Me he ido alejando
del Raffles. Estoy cerca del barrio chino. Singapur, hace muchos años,
conservaba la calle de la muerte. Unas casas en las que la gente, de la
comunidad china, pasaba, en solitario, las últimas horas de su
vida. Mientras, en el exterior, la familia celebraba el final de sus seres
queridos. Esas casas, restauradas, se convirtieron en hotelitos y tiendas
de arte. Hoy no encuentro referencia alguna a esa calle, ni en la guías
de viajes ni en la información turística. No doy con ella.
A última hora de la tarde, me acerco al templo hindú más
antiguo de Singapur, que curiosamente no se levanta en el barrio indio,
sino en el chino. Regreso a la zona de mi hotel, Kampong Glam, en metro.
Estoy sediento. Decido entrar en uno de los bares, con aire acondicionado,
que lucen publicidad de distintas cervezas en el exterior, desde donde
no puede verse el interior. Al entrar, sorpresa. Soy el único cliente.
Veinte pares de ojos, de jóvenes asiáticas, se clavan en
mí. El silencio puede cortarse. Voy a sentarme junto a la barra,
pero el barman me acompaña hasta una mesa. Viendo el lugar y el
ambiente, pregunto el precio. 50 euros, no sé cuantas cervezas.
Levanto la mano derecha. " Sólo quiero una. Si ese es el precio,
me voy". Comprende. " Dos euros, con frutos secos para picar".
Vale. Doy la espalda a las chicas y veo un partido en directo, de
Federer, en el Roland Garros. Se acerca una chica, que me dice algo que
no logro comprender. Sonrío, le digo " No, gracias".
Me dejan tranquilo. Vuelven a hablar entre ellas. Ceno en un restaurante
francés esplendido. La noche, mejor dicho la madrugada, se completa
con el partido final de la " Champions". Un día "
redondo".
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Salgo
de Singapur lloviznando. Me dirijo a Malaca por la autopista que, un par
de días después, me acercará a Kuala Lumpur. Encuentro
un hotel básico, barato, a unos cinco minutos, caminando, del centro
de la ciudad antigua. En Malaca, para aparcar en la calle hay que
pagar, por horas. No pienso utilizar el coche durante los días
que me quede. Pregunto al encargado de recepción dónde puedo
dejar el coche. Me señala unas líneas marcadas junto a la
acera. -" ¿Es de pago?". -" Hay que poner monedas
por horas", me contesta. -" ¿No hay aparcamiento?".
-" Si lo prefiere, puede dejarlo ahí. Es sólo para
los clientes del hotel", mientras me señala un amplio espacio
vallado. Gratis. No hay mucho que ver en Malaca. Vuelvo a pasearme por
Jonker Street que cruza el antiguo barrio de comerciantes chinos. Me pierdo
por unas callejuelas. Me alejo de la zona turística. Quiero llegar
hasta la gran noria que me llamó la atención en Diciembre,
cuando vine con Silvia y Pilar, las dos amigas de Barcelona, con las que
recibí el Año Nuevo en Kuala Lumpur. No está lejos,
tal vez dos kilómetros. Se alza en una gran explanada. Eso significa
caminar bajo el sol, a mediodía. Veo un restaurante especializado
en satay, pinchos de pollo, con salsa de cacahuete, algo picante. Un alto
en el camino. Son musulmanes, por lo que no se sirve cerveza. Limonada
natural. Para completar la docena de pinchos, té y helado de mango.
" El ojo de Malasia", así se llama la noria, tiene 60
metros de altura. 41 cabinas, cerradas, con aire acondicionado, cristales
tintados. La cabina 42 está reservada para VIPS. No he necesitado
acceder a ella, para sentirme especial. Por 5 euros he disfrutado 12 minutos
de la gran atracción, siendo el único pasajero. No creo
que hayan ganado dinero conmigo. La vista, por supuesto, es espectacular.
Cuando salgo del recinto donde se encuentra la noria, me dirijo hacia
una zona en la que se están levantando carpas. Junto al río.
Empiezan dos semanas de vacaciones. Malaca se va a inundar de visitantes.
Me acerco hasta la réplica de un velero portugués, convertido
en museo, "Flor de Mar". El interior, con mapas, cuadros, maquetas,
esculturas de madera, está enfocado a la historia de Malaca, desde
el siglo XIV. Sigo después el itinerario habitual, asciendo a la
colina sobre la que se alzaba una capilla portuguesa dedicada a San Juan
Bautista, restos del fuerte de San Juan. Sopla una brisa refrescante.
Leo las desgastadas lápidas de unas tumbas que se encuentran en
la mitad de la ladera. Los restos que guardan son, en su mayoría,
de niños. Ingleses. Algunos habían llegado hasta aquí
procedentes de la India. Hijos de militares o destacados miembros de la
Administración. Al bajar de la colina el calor, húmedo,
es agobiante. Me refugio en un gran y moderno centro comercial. Parece
que no soy el único que intenta escapar de la achicharrante temperatura
exterior. Hay colas ante los puestos de helados. En una zapatería,
el decorador ha introducido un elemento que llama la atención,
un coche clásico inglés, descapotable.
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