Crónica 29: del 19 al 29 de octubre 2008 (2ª)

India






 

Por fin llegamos a la región de Shekhawati, situada entre Delhi, Jaipur y Bikaner. Importante enclave, en aquellos tiempos en que las rutas de las caravanas unían el Mar Arábigo, en el oeste, con el Golfo de Bengala, en el este. Con la Compañía británica de las Indias Orientales, los ricos comerciantes de estos pueblos se trasladaron a los nuevos puertos de Calcuta y Bombay, pero continuaron construyendo señoriales residencias en sus lugares de origen. Hasta hace 60 años, esos “haveli”, constituían un signo externo de poder y riqueza, siendo utilizados por sus familias o por los propietarios en época de vacaciones. La distribución del espacio es similar en todas estas construcciones. Tras un arco de entrada, un patio, con puertas a distintas salas, que se utilizaban con diversos fines, reuniones comerciales, distracción, cochera… Una escalera permite el acceso al piso superior, con varios dormitorios. Un pasillo accede a uno, o más patios, depende del tamaño del haveli, destinando ese espacio a la familia. Las mujeres, claro está, protegidas y ocultas tras celosías. Los grandes muros aislaban de la temperatura exterior.

La gran diferencia de los haveli de Shekhawati es que están cubiertos de pinturas. Fachadas, patios, habitaciones. Los artesanos, encargados de la decoración, pertenecientes al gremio de los alfareros, participaban también en la construcción del edificio. En esos frescos pueden verse escenas de la vida cotidiana, dioses e incluso objetos y medios de transporte, que las nuevas tecnologías iban aportando a la sociedad.
Nuestro primer encuentro con esos havelis ha sido en Ramgarh. Hemos dejado el coche, bien aparcado, cerca del mercado. Caminamos por las tranquilas, casi desiertas, calles sin asfaltar. Únicamente podemos ver las fachadas. Las puertas de entrada están cerradas. Iniciamos una gran caminata, buscando un templo, que no encontramos. Regresamos al mercado, gracias a la oportuna aparición de un motorcshaw providencial, en la alejada zona desierta donde nos encontramos.

Los numerosos pueblecitos de la zona están unidos por estrechas carreteras, generalmente con asfalto sin demasiados huecos. Algunos edificios se encuentran totalmente abandonados, puertas desgajadas. Pasamos por Mahansar, con su antiguo fuerte. Logramos que nos enseñen una antigua sala de baile de un haveli con puertas cerradas. El paso por Bisau se dificulta por la estrechez de sus vías y el encuentro con camellos transportando carros. Es realmente placentero poder visitar todos estos lugares, sin la presión de tiempo limitado por fecha de partida inmediata. Todos estos pueblos, son tranquilos, seguros, sin el tráfico agobiante de las ciudades. No hay acoso por parte de vendedores, ya que el turismo que acude es mínimo, insuficiente para mantener una tienda de antigüedades o artesanía local.


Nos detenemos unos días en Mandawa, ciudad del siglo XVIII, centro turístico destacado de la región. Tiene varios hoteles, decorados siguiendo la tradición local, a precios muy asequibles. La población mantiene una escuela de pintura que forma artistas para el mantenimiento de los antiguos hevelis. Procuramos reconocer el camino al hotel, desde el centro de la localidad, donde se encuentra el mercado, para encontrarlo fácilmente por la noche, ya que la iluminación de las calles, cuando no se interrumpe por corte, es deficiente.

Visitamos varios edificios en los que podemos contemplar la amplia diversidad que ofrecen los motivos pintados. Uno de ellos, un elefante frente a dos mujeres, se “sale” de los límites del cuadro, probando la libre creatividad del artista que lo pintó. Otro, un elefante frente a un búfalo, une a los dos animales con una única cabeza. Podemos ver las dos, según elijamos los trazos. Los havelis se enriquecen con ventanas y marcos de madera, finamente tallados, flanqueados por dibujos de mujeres bailando o guardas disuasorios. Hemos pasado en varias ocasiones por la Puerta Sonthalia, antiguo principal acceso a la ciudad, amurallada por los ricos mercaderes que se habían instalado aquí. Inmaculada termina adquiriendo unos dibujos. El hijo del artista nos acompaña hasta algunos de los havelis que se pueden visitar. No todos están abiertos. No todos están en uso. Algunos no aguantarán muchos años más el proceso de degradación en el que se encuentran.

La ciudad más grande de Shekhawati es Jhunjhunu, donde se hallan las oficinas gubernamentales de la región. Acudimos para ver el templo de Rani Sati, elevado en recuerdo y honor de la diosa de los mercaderes, una viuda que se inmoló, lanzándose a la pira funeraria de su marido, a finales del siglo XVI. No sabemos lo que nos vamos a encontrar pero nuestra curiosidad decide el itinerario a seguir. Llegar hasta el templo nos exige dar varias vueltas por el atestado centro, antes de encontrar el camino adecuado. Cuando creemos que debemos habernos equivocado, saliéndonos de la ciudad, damos con el emplazamiento, rodeado por amplios jardines, bien mantenidos. Es un gran complejo, preparado para recibir grandes grupos de peregrinos. Está prohibido el uso de la cámara fotográfica en su interior. Además de los edificios destinados a alojar a los peregrinos, el templo, circundado por un jardín, con representaciones escultóricas de animales y deidades. El interior del lugar sagrado está ricamente decorado con varios objetos y recubrimientos de plata. Digamos que es un lugar curioso, ligeramente interesante.

Continuamos viaje hasta llegar a Nawalgarh. En el hotel donde nos alojamos, no disponen de cerveza, pero van a buscarla a una tienda de licores y nos la sirven, en el jardín, sacando una mesa y un par de sillas del interior del comedor. Hay varios havelis en la localidad, pero destaca el Museo del Dr.Ramnath A.Podar, construido en 1.920, gracias la cuidadosa restauración y conservación de todo su conjunto. En algunas de sus salas se exponen diversos objetos, joyas, maquetas de los fuertes de Rajastán, trajes de gala, fotografías antiguas. Los salones, dedicados a recepciones o encuentros comerciales, conservan el aspecto original. Las puertas, ventanas, arcos, están bellamente decorados. Las paredes de patios y habitaciones totalmente recubiertas de pinturas. Desde la azotea, una amplia vista sobre otros edificios destacables de la ciudad.


Siguiendo el consejo de mi buen amigo Jos Martín, nos acercamos a Samod, un enclave que no figura en algunas guías, pero que bien merece una visita. Se encuentra en un valle, rodeado de montañas, coronadas por recias fortificaciones que controlaban los estratégicos pasos de entrada a la región. Se ha realizado un loable esfuerzo de acondicionar y mejorar el pequeño pueblo. Calles enlosadas, en las que abren sus puertas algunos anticuarios. Dentro de la zona amurallada, el Palacio de Samod, convertido hoy en un lujoso hotel cinco estrellas, dedicado a un turismo de alto poder adquisitivo. Se ofrecen toda clase de servicios habituales en un hotel semejante. Se han conservado, en perfecto estado, las antiguas dependencias del palacio, que se enseñan, amablemente guiados, a todos los visitantes que lo deseen. Se exige una consumición mínima en el acogedor bar, ubicado en uno de los patios. Nos premiamos con unas heladas cervezas de importación, con diverso acompañamiento, después de haber ascendido las largas, fatigantes escaleras, que conducen hasta un templo hindú, visitado por numerosos peregrinos.

Nuestra base actual, se encuentra en Bharatpur, a tan solo 22 kms. de Fatehpur Sikri. Hemos cerrado el círculo de nuestro itinerario por Rajastán. La mayoría de quienes se acercan hasta aquí lo hace atraída por el Parque Nacional de Kleoladeo Ghana, lugar de estancia temporal para muchas aves migratorias. Nuestro interés por el tema ornitológico es mínimo, así que, aunque nuestro hotel está cerca a la entrada del parque, nuestros pasos se dirigen hacia el fuerte de Bharatpur, Lohagarh, el fuerte de hierro. Estamos algo alejados. Un richshaw nos acerca al centro de la ciudad, cerrado al tránsito no peatonal. Llegamos hasta el puente que permite el acceso a la isla artificial en la que se levanta Lohagarh. El fundador de Bharatpur, el marajá Suraj Mahl, añadió dos grandes torres las pétreas murallas, para conmemorar destacadas victorias sobre mongoles y británicos. El interior de la ciudadela conserva poco de su anterior esplendor. Así que nos damos una vuelta y regresamos a la zona peatonal, donde bulle gran actividad. No nos hemos cruzado con ningún visitante extranjero.

Nuestra última escapada, antes de regresar a Delhi, es a Deeg, fundada por el aguerrido Suraj Mahl, que no sólo derrotó a mongoles y británicos, resistió en Deeg el ataque el 80.000 hombres, ejercito creado gracias a una alianza de maratas y mongoles. No pudieron con él. Es más, ocho años después, atacó el fuerte Rojo de Delhí. Lo saqueó y se llevo desmotado, pieza a pieza, un palacio de mármol, que luego reconstruyó dentro del fuerte-palacio de Deeg. Un singular personaje. El Palacio de Surah Mahl, defendido por murallas de hasta 28 metros de altura, se alza junto a un gran estanque, que es aprovechado, hoy en día, por muchas mujeres para efectuar la colada diaria. En el gran recinto, un gran jardín en el que se levantan varios edificios. La anterior residencia del marajá, en uso hasta 1.970 conserva el mobiliario original. Fuentes, canales, estanques, secos durante nuestra visita, debían proporcionar un entorno fresco. Algunas fuentes, coloreadas, se ponen en funcionamiento en diversas celebraciones. El accionamiento es manual. Se activa al dar salida al agua almacenada en la azotea de un palacio. Algunas construcciones están cerradas. El Keshav Bhavan, pabellón de verano, junto al estanque, contaba con un ingenioso mecanismo, en su azotea, que podía imitar el sonido de los truenos, durante una tormenta, gracias al controlado movimiento de unas rocas.


El regreso a Delhi, cómodo, sin sobresaltos, por la excelente autovía. Algo menos de 200 kms. Al día siguiente, paseo por el centro. Como disponíamos de muchas horas, antes de tomar el avión que nos llevaría a España, decidimos ir al cine. Como la oferta, en el cine donde adquirimos las entradas, estaba limitada a películas indias, elegimos una que nos pareció de acción. Al entrar, arco de metales e inspección minuciosa de lo que llevamos en nuestros bolsillos. Está terminantemente prohibido introducir cigarrillos, encendedores o cerillas, en el interior del cine. En cambio si se permite comer y beber, no sólo las ya populares “palomitas”, sino también platos preparados de la extensa cocina india que se expenden en las tiendas autorizadas del propio cine. La película que hemos visto ha resultado ser de dibujos animados. Excelente. Con todos los ingredientes habituales en las producciones de Bollywood, amor, amistad, canciones, bailes, lucha por mejorar socialmente, enemigos poderosos… un descubrimiento.
Dejo el Toyota en lugar seguro. Taxi. Aeropuerto. Vuelta a casa durante cinco semanas. Al llegar a Barcelona, tengo la sensación que regreso de unas cortas vacaciones. He estado fuera durante un año. He retornado a mi primer mundo.

Kilómetros recorridos 49.810
Enviado desde Kuala Lumpur el 24 de Diciembre, 2008

FOTOGALERIA ANTERIOR
ARRIBA