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Por
fin llegamos a la región de Shekhawati, situada entre Delhi, Jaipur
y Bikaner. Importante enclave, en aquellos tiempos en que las rutas de
las caravanas unían el Mar Arábigo, en el oeste, con el
Golfo de Bengala, en el este. Con la Compañía británica
de las Indias Orientales, los ricos comerciantes de estos pueblos se trasladaron
a los nuevos puertos de Calcuta y Bombay, pero continuaron construyendo
señoriales residencias en sus lugares de origen. Hasta hace 60
años, esos “haveli”, constituían un signo externo
de poder y riqueza, siendo utilizados por sus familias o por los propietarios
en época de vacaciones. La distribución del espacio es similar
en todas estas construcciones. Tras un arco de entrada, un patio, con
puertas a distintas salas, que se utilizaban con diversos fines, reuniones
comerciales, distracción, cochera… Una escalera permite el
acceso al piso superior, con varios dormitorios. Un pasillo accede a uno,
o más patios, depende del tamaño del haveli, destinando
ese espacio a la familia. Las mujeres, claro está, protegidas y
ocultas tras celosías. Los grandes muros aislaban de la temperatura
exterior.
La gran diferencia de los haveli de Shekhawati es
que están cubiertos de pinturas. Fachadas, patios, habitaciones.
Los artesanos, encargados de la decoración, pertenecientes al gremio
de los alfareros, participaban también en la construcción
del edificio. En esos frescos pueden verse escenas de la vida cotidiana,
dioses e incluso objetos y medios de transporte, que las nuevas tecnologías
iban aportando a la sociedad.
Nuestro primer encuentro con esos havelis ha sido en Ramgarh. Hemos dejado
el coche, bien aparcado, cerca del mercado. Caminamos por las tranquilas,
casi desiertas, calles sin asfaltar. Únicamente podemos ver las
fachadas. Las puertas de entrada están cerradas. Iniciamos una
gran caminata, buscando un templo, que no encontramos. Regresamos al mercado,
gracias a la oportuna aparición de un motorcshaw providencial,
en la alejada zona desierta donde nos encontramos.
Los numerosos pueblecitos de la zona están
unidos por estrechas carreteras, generalmente con asfalto sin demasiados
huecos. Algunos edificios se encuentran totalmente abandonados, puertas
desgajadas. Pasamos por Mahansar, con su antiguo fuerte. Logramos que
nos enseñen una antigua sala de baile de un haveli con puertas
cerradas. El paso por Bisau se dificulta por la estrechez de sus vías
y el encuentro con camellos transportando carros. Es realmente placentero
poder visitar todos estos lugares, sin la presión de tiempo limitado
por fecha de partida inmediata. Todos estos pueblos, son tranquilos, seguros,
sin el tráfico agobiante de las ciudades. No hay acoso por parte
de vendedores, ya que el turismo que acude es mínimo, insuficiente
para mantener una tienda de antigüedades o artesanía local.
Nos
detenemos unos días en Mandawa, ciudad del siglo XVIII, centro
turístico destacado de la región. Tiene varios hoteles,
decorados siguiendo la tradición local, a precios muy asequibles.
La población mantiene una escuela de pintura que forma artistas
para el mantenimiento de los antiguos hevelis. Procuramos reconocer el
camino al hotel, desde el centro de la localidad, donde se encuentra el
mercado, para encontrarlo fácilmente por la noche, ya que la iluminación
de las calles, cuando no se interrumpe por corte, es deficiente.
Visitamos varios edificios en los que podemos contemplar
la amplia diversidad que ofrecen los motivos pintados. Uno de ellos, un
elefante frente a dos mujeres, se “sale” de los límites
del cuadro, probando la libre creatividad del artista que lo pintó.
Otro, un elefante frente a un búfalo, une a los dos animales con
una única cabeza. Podemos ver las dos, según elijamos los
trazos. Los havelis se enriquecen con ventanas y marcos de madera, finamente
tallados, flanqueados por dibujos de mujeres bailando o guardas disuasorios.
Hemos pasado en varias ocasiones por la Puerta Sonthalia, antiguo principal
acceso a la ciudad, amurallada por los ricos mercaderes que se habían
instalado aquí. Inmaculada termina adquiriendo unos dibujos. El
hijo del artista nos acompaña hasta algunos de los havelis que
se pueden visitar. No todos están abiertos. No todos están
en uso. Algunos no aguantarán muchos años más el
proceso de degradación en el que se encuentran.
La
ciudad más grande de Shekhawati es Jhunjhunu, donde se hallan las
oficinas gubernamentales de la región. Acudimos para ver el templo
de Rani Sati, elevado en recuerdo y honor de la diosa de los mercaderes,
una viuda que se inmoló, lanzándose a la pira funeraria
de su marido, a finales del siglo XVI. No sabemos lo que nos vamos a encontrar
pero nuestra curiosidad decide el itinerario a seguir. Llegar hasta el
templo nos exige dar varias vueltas por el atestado centro, antes de encontrar
el camino adecuado. Cuando creemos que debemos habernos equivocado, saliéndonos
de la ciudad, damos con el emplazamiento, rodeado por amplios jardines,
bien mantenidos. Es un gran complejo, preparado para recibir grandes grupos
de peregrinos. Está prohibido el uso de la cámara fotográfica
en su interior. Además de los edificios destinados a alojar a los
peregrinos, el templo, circundado por un jardín, con representaciones
escultóricas de animales y deidades. El interior del lugar sagrado
está ricamente decorado con varios objetos y recubrimientos de
plata. Digamos que es un lugar curioso, ligeramente interesante.
Continuamos viaje hasta llegar a Nawalgarh. En el
hotel donde nos alojamos, no disponen de cerveza, pero van a buscarla
a una tienda de licores y nos la sirven, en el jardín, sacando
una mesa y un par de sillas del interior del comedor. Hay varios havelis
en la localidad, pero destaca el Museo del Dr.Ramnath A.Podar, construido
en 1.920, gracias la cuidadosa restauración y conservación
de todo su conjunto. En algunas de sus salas se exponen diversos objetos,
joyas, maquetas de los fuertes de Rajastán, trajes de gala, fotografías
antiguas. Los salones, dedicados a recepciones o encuentros comerciales,
conservan el aspecto original. Las puertas, ventanas, arcos, están
bellamente decorados. Las paredes de patios y habitaciones totalmente
recubiertas de pinturas. Desde la azotea, una amplia vista sobre otros
edificios destacables de la ciudad.
Siguiendo
el consejo de mi buen amigo Jos Martín, nos acercamos a Samod,
un enclave que no figura en algunas guías, pero que bien merece
una visita. Se encuentra en un valle, rodeado de montañas, coronadas
por recias fortificaciones que controlaban los estratégicos pasos
de entrada a la región. Se ha realizado un loable esfuerzo de acondicionar
y mejorar el pequeño pueblo. Calles enlosadas, en las que abren
sus puertas algunos anticuarios. Dentro de la zona amurallada, el Palacio
de Samod, convertido hoy en un lujoso hotel cinco estrellas, dedicado
a un turismo de alto poder adquisitivo. Se ofrecen toda clase de servicios
habituales en un hotel semejante. Se han conservado, en perfecto estado,
las antiguas dependencias del palacio, que se enseñan, amablemente
guiados, a todos los visitantes que lo deseen. Se exige una consumición
mínima en el acogedor bar, ubicado en uno de los patios. Nos premiamos
con unas heladas cervezas de importación, con diverso acompañamiento,
después de haber ascendido las largas, fatigantes escaleras, que
conducen hasta un templo hindú, visitado por numerosos peregrinos.
Nuestra base actual, se encuentra en Bharatpur,
a tan solo 22 kms. de Fatehpur Sikri. Hemos cerrado el círculo
de nuestro itinerario por Rajastán. La mayoría de quienes
se acercan hasta aquí lo hace atraída por el Parque Nacional
de Kleoladeo Ghana, lugar de estancia temporal para muchas aves migratorias.
Nuestro interés por el tema ornitológico es mínimo,
así que, aunque nuestro hotel está cerca a la entrada del
parque, nuestros pasos se dirigen hacia el fuerte de Bharatpur, Lohagarh,
el fuerte de hierro. Estamos algo alejados. Un richshaw nos acerca al
centro de la ciudad, cerrado al tránsito no peatonal. Llegamos
hasta el puente que permite el acceso a la isla artificial en la que se
levanta Lohagarh. El fundador de Bharatpur, el marajá Suraj Mahl,
añadió dos grandes torres las pétreas murallas, para
conmemorar destacadas victorias sobre mongoles y británicos. El
interior de la ciudadela conserva poco de su anterior esplendor. Así
que nos damos una vuelta y regresamos a la zona peatonal, donde bulle
gran actividad. No nos hemos cruzado con ningún visitante extranjero.
Nuestra última escapada, antes de regresar
a Delhi, es a Deeg, fundada por el aguerrido Suraj Mahl, que no sólo
derrotó a mongoles y británicos, resistió en Deeg
el ataque el 80.000 hombres, ejercito creado gracias a una alianza de
maratas y mongoles. No pudieron con él. Es más, ocho años
después, atacó el fuerte Rojo de Delhí. Lo saqueó
y se llevo desmotado, pieza a pieza, un palacio de mármol, que
luego reconstruyó dentro del fuerte-palacio de Deeg. Un singular
personaje. El Palacio de Surah Mahl, defendido por murallas de hasta 28
metros de altura, se alza junto a un gran estanque, que es aprovechado,
hoy en día, por muchas mujeres para efectuar la colada diaria.
En el gran recinto, un gran jardín en el que se levantan varios
edificios. La anterior residencia del marajá, en uso hasta 1.970
conserva el mobiliario original. Fuentes, canales, estanques, secos durante
nuestra visita, debían proporcionar un entorno fresco. Algunas
fuentes, coloreadas, se ponen en funcionamiento en diversas celebraciones.
El accionamiento es manual. Se activa al dar salida al agua almacenada
en la azotea de un palacio. Algunas construcciones están cerradas.
El Keshav Bhavan, pabellón de verano, junto al estanque, contaba
con un ingenioso mecanismo, en su azotea, que podía imitar el sonido
de los truenos, durante una tormenta, gracias al controlado movimiento
de unas rocas.
El
regreso a Delhi, cómodo, sin sobresaltos, por la excelente autovía.
Algo menos de 200 kms. Al día siguiente, paseo por el centro. Como
disponíamos de muchas horas, antes de tomar el avión que
nos llevaría a España, decidimos ir al cine. Como la oferta,
en el cine donde adquirimos las entradas, estaba limitada a películas
indias, elegimos una que nos pareció de acción. Al entrar,
arco de metales e inspección minuciosa de lo que llevamos en nuestros
bolsillos. Está terminantemente prohibido introducir cigarrillos,
encendedores o cerillas, en el interior del cine. En cambio si se permite
comer y beber, no sólo las ya populares “palomitas”,
sino también platos preparados de la extensa cocina india que se
expenden en las tiendas autorizadas del propio cine. La película
que hemos visto ha resultado ser de dibujos animados. Excelente. Con todos
los ingredientes habituales en las producciones de Bollywood, amor, amistad,
canciones, bailes, lucha por mejorar socialmente, enemigos poderosos…
un descubrimiento.
Dejo el Toyota en lugar seguro. Taxi. Aeropuerto. Vuelta a casa durante
cinco semanas. Al llegar a Barcelona, tengo la sensación que regreso
de unas cortas vacaciones. He estado fuera durante un año. He retornado
a mi primer mundo.
Kilómetros recorridos 49.810
Enviado desde Kuala Lumpur el 24 de Diciembre, 2008
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