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Otra
de las grandes ciudades de Rajastan es Bikaner. No es tan visitada por
los turistas, como Jaisalmer o Jodhpur, pero ofrece suficientes puntos
de interés para permanecer un par de días, si se dispone
de tiempo suficiente, que es nuestro caso. Siempre que podemos, ateniéndonos
a nuestro ajustado presupuesto, buscamos hoteles “distintos”.
Acertamos plenamente al alojarnos en el Bhairon Vilas, antigua residencia
de un alto funcionario. Como tenía tres esposas, en el amurallado
recinto, se levantan, bien diferenciados, cuatro edificios. No es un hotel
al uso. Las habitaciones, a las que se accede por escaleras exteriores,
son espaciosas. Están decoradas con objetos y fotografías
de la familia. Sirven alcohol, el coche está continuamente vigilado
por un guarda uniformado, que saluda militarmente, cada vez que nos abre
la cancela de entrada y , aunque dispone de restaurante y bar interiores,
desayunamos y cenamos en un cuidado jardín, en el que por las noches
se ofrece un espectáculo de música y danza. En las ciudades,
utilizamos el servicio de los motorickshaws para desplazarnos. Es rápido,
barato y evitamos la conducción agotadora por calles estrechas
que no conocemos.
Iniciamos la visita acercándonos al templo
janista de Bhanda Shaha, del siglo XV, totalmente distinto a los que hemos
visto días pasados. A la entrada, un cartel indica que las piedras
para construirlo fueron traídas desde Jaisalmer y que en su construcción,
el agua se sustituyó por mantequilla líquida. Figuras policromadas
decoran las columnas. Las paredes están totalmente recubiertas
de frescos. El templo está dedicado a Sumtinath Ji, quinto Tirthankar
de los jaimistas. La azotea, a la que se llega por una empinada escalera,
es un mirador privilegiado para ver las azules viviendas del barrio más
antiguo. Saliendo de ese enclave, encontramos, en unas calles desiertas,
algunos de havelis más destacados de Bikaner. Grandes edificios
profusamente decorados. Son muy distintos a los que veremos dentro de
unos días en la región de Shekhawati. Aquí, fachadas,
columnas, balcones, celosías, de piedra rojiza, muestran el laborioso
trabajo de artesanos, expertos en tallar la piedra. Antes de regresar
al hotel, un último templo, por hoy. Laxminath Ji, del siglo XVI,
dedicado a la deidad del estado de Bikaner. No se permite la entrada a
los no hindúes, así que hemos tenido que conformarnos con
verlo por fuera.
El
fuerte-palacio de Bikaner, Junagarh, no se alza sobre sobre un cerro,
como las habituales fortalezas de Rajastán. La ciudad se estableció
en el siglo XV, en una de las principales rutas comerciales de la época.
Se amuralló la población. La fortaleza, alejada del centro,
con altos muros, protegidos por 37 torres, foso y dos únicas entradas,
guarda en su interior varios palacios. Se accede por su puerta principal,
la Puerta del Sol, a un patio. Ahí nos encontramos con un grupo
numeroso de visitantes locales. Sigue a un guía que explica detalladamente
todos los objetos que se muestran en las salas. Nosotros contamos con
un reproductor digital, que nos permite detenernos, saltarnos el orden
establecido o interrumpir la visita, por unos minutos, para beber algún
refresco, en un bar bien emplazado, con oferta limitada a agua, té
y bebidas no alcohólicas. Después de esa primera pausa,
al regresar al patio, el grupo ha desaparecido, estamos solos. Podemos
disfrutar plenamente de todo aquello que se exhibe en las cuidadas salas
a las se permite la entrada. Incluso, en un momento que fisgoneo junto
a la puerta, cerrada, de uno de los palacios, el guarda, viendo que no
formo parte de un grupo numeroso, me permite el acceso. El recorrido por
el interior de la fortaleza, es entretenido, variado. Puede comprobarse
que el marajá mantenía buenas relaciones comerciales con
los portugueses, gracias a los azulejos decorados, que ornamentan una
de las ventanas. En distintos pasajes, se cruzan largos pasillos de la
zona destinada a las mujeres. Las celosías, en piedra, únicamente
se encuentran en esos espacios. En una gran sala, destinada antaño,
a audiencias públicas, se expone una completa gama de armas, en
perfecto estado, que fueron utilizadas por los guerreros de Bikaner. El
anterior marajá obtuvo el grado de general del ejército
británico, al combatir, junto a las fuerzas del imperio, aportando
gran número de soldados que participaron en distintas guerras,
entre ellas, las dos confrontaciones mundiales. Se exhiben automóviles,
palanquines, sillas para elefantes e incluso un avión de combate
de la primera guerra mundial, que pilotó el marajá.
A
30 kms. de Bikaner se encuentra, en Deshnok, el templo, único,
de Karni Mata. Es especial porque en su interior se pasean felices, contentas,
bien alimentadas, cientos de ratas. Hasta aquí llegan numerosos
peregrinos que portan, como ofrenda, elaborados platos alimenticios, que
pueden adquirirse en los puestos callejeros, que se levantan en el exterior
del templo. Para explicar por qué, en ese templo, impar en la India,
las ratas vagan a sus anchas, hay que echar mano de una leyenda. Karni
Mata, encarnación de Durga, furiosa destructora, rogó al
dios de la muerte, Yama, que resucitase al hijo de un apenado cuenta cuentos.
Yama se negó. Entonces Karni Mata reencarnó a todos los
cuenta cuentos fallecidos en ratas, quitando a Yama muchas almas humanas.
Una vez ya sabemos por qué esas ratas de Deshok son sagradas, nos
disponemos a entrar en el recinto del templo. Su fachada está brillantemente
decorada con delicadas esculturas en mármol. Sus puertas, laboriosamente
cinceladas, recogen representaciones de los singulares inquilinos del
templo. Cómo en todos los lugares sagrados, hay que descalzarse,
antes de entrar. El patio está protegido por una fina red, que
impide la entrada de aves, que miran desesperadamente la cantidad de alimentos
a los que no pueden acceder. Si existe un paraíso para las ratas,
está aquí. Comen, duermen y se reproducen. Pueden elegir
qué “platillo” les apetece, no han de defenderse ni
huir de peligrosos enemigos. Corretean tranquilas, seguras, entre las
personas, por todo el recinto. Inmaculada me comenta que jamás
hubiera podido imaginar que fuera capaz de entrar en un lugar así.
La verdad es que el entorno y sus circunstancias modifican las sensaciones.
Las ratas no son grandes, se apartan de tu camino, cuando te acercas.
A mí, particularmente, que me he paseado descalzo, sobre la arena,
donde las ratas parecen sentirse más a gusto, no me ha parecido
una experiencia desagradable. Hay que recordar que son cuenta cuentos
reencarnados. Tienen toda mi simpatía.
Siguiendo camino hacia Shekhawati, alcanzamos Nagaur,
otra población, escasamente visitada. Su único atractivo
es el enorme fuerte-palacio de Ahhichatragarh, fortaleza de la Cobra.
No parece, en principio, muy interesante. Un guarda nos ruega que le sigamos.
Atravesamos un extenso espacio, por un sendero, entre los matojos que
crecen sin control. Destacan unas grandes tiendas que, según nos
explica nuestro espontáneo guía, se utilizan en ocasiones
para albergar a alguno de los escasos grupos que se detienen en Nagaur.
El guarda nos explica el elaborado diseño creado para aprovechar
y reciclar hasta la última gota de agua, un preciado bien en este
desértico territorio. Nuestra primera impresión se va transformando,
a medida que entramos en el espacio de las mujeres. Frescos, con representación
de las tres esposas del marajá. Escenas en la que se las ve jugando,
bañándose, recogiendo fruta de algún árbol,
columpiándose, acompañadas por sus sirvientes. El edificio,
como siempre, se identifica por las celosías que protegen de miradas
indiscretas. Patios, kioscos, estanques, secos actualmente. El palacio
donde residía el marajá está en proceso de restauración.
Materiales empleados en su construcción, decoración y frescos
en sus paredes, permiten imaginar el lujo que, en su tiempo, pudo disfrutarse
en el palacio de Ahhichatragarh.
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