| En
general, las carreteras de Rajastán tienen buen firme, están
bien señalizadas y no circulan por ellas demasiados camiones. Hay
excepciones, por supuesto. Ignoro por qué razón, y en qué
momento, perdemos la ruta principal que une Udaipur a Ranakpur. Seguimos
las indicaciones de los carteles, pero los 90 kms que indican los mapas
se convierten en 200. Tal vez nos hemos despistado al pasar un tramo en
construcción. No lo sé. No es preocupante. Disponemos de
tiempo. Estamos siguiendo otra ruta. Tardaremos más, pero llegaremos.
En ningún momento, los campesinos a quienes preguntamos, nos dicen
que volvamos atrás. Nos indican que sigamos, en la misma dirección
que llevamos. Ranakpur se encuentra en un valle alejado de cualquier otra
población. Estamos atravesando una gran llanura, desértica,
con tramos arenosos. En la lejanía, enfrente de nosotros, unas
montañas rompen la línea del horizonte. Debe ser por allí.
Nos detenemos para desayunar. Hemos salido temprano, intentado evitar,
en lo posible, el estresante tráfico de la gran ciudad, en horario
laboral. Nos sirven te. No hay nada más que elegir. Completamos
con galletas y mermelada de higos, que saco del arcón de supervivencia.
El camino se estrecha. El asfalto desaparece, en ocasiones. El entorno
es agradable. Únicamente nos cruzamos con una mujer que transporta
una vasija con agua, sobre su cabeza, y con un par de labriegos con los
azadones sobre sus hombros. Finalmente llegamos a un cruce, con una carretera
más ancha, en donde se indica la dirección a Ranakpur. Buscamos
y encontramos un hotel con precio más ajustado a nuestro presupuesto
que los lujosos hoteles que frecuentan habitualmente los grupos turísticos.
Hemos llegado a la hora de comer.
Tenemos tiempo de visitar los templos jaimistas,
principal motivo de nuestro desplazamiento hasta Ranakpur. El recinto
está bien acondicionado. Zona de aparcamiento, algo alejada del
templo principal. Siguiendo un paseo, flanqueado por altos árboles,
se llega hasta el templo de “Chaumuk”, construido en el siglo
XV. Hay que detenerse, prepararse ante la sorprendente maravilla que se
esconde en su interior. El exterior de sus muros, torres y cúpulas,
simbolizan la sencillez que debe expresar el ser humano, guardando en
su interior lo mejor de su ser. La puerta del templo, a la que se llega
por una escalinata, ya muestra el fino trabajo de los artesanos. Mármol
esculpido delicadamente. El interior resulta impactante. 1.444 columnas,
todas distintas, talladas laboriosamente, logrando un conjunto equilibrado,
armonioso,… perfecto. El tiempo no se detiene, aunque uno tenga
la sensación de haberse liberado de él. Salimos para ver
otros dos templos cercanos, antes de que cierren. Llegamos al hotel cuando
ya está anocheciendo. Desde la hora del desayuno, no hemos comido
nada. Estamos hambrientos. La oferta del restaurante, desangelado, con
poca luz, es muy limitada. Salimos en busca de otro lugar donde cenar.
A pocos kms., un cartel anunciando un hotel, con piscina y restaurante.
Eso puede estar bien. Seguimos una senda, no iluminada, que nos conduce
hasta un edificio, rodeado de unas pequeñas cabañas. Una
única bombilla es la prueba de que el lugar no está abandonado.
Abrimos puertas, saludamos. Nadie contesta. Encontramos un comedor en
el que un empleado nos pregunta si somos del grupo. ¿Qué
grupo?. Si no se avisa antes, no hay comida. Nos permiten compartir cena,
con un grupo de extranjeros. Junto a la piscina, a la que se llega por
una escalera de piedra, al aire libre, totalmente a oscuras. Al llegar
arriba, la piscina se intuye. La única iluminación es la
que proporciona un candil. La temperatura es agradable. El cielo está
cubierto de estrellas. Vamos a comer, por fin. ¿Qué más
se puede pedir? El grupo, unas doce personas, está formado por
franceses e ingleses. Sigue un itinerario establecido, por distintos lugares
de peregrinación. Terminará, con unos días de meditación,
en un “ashram”, especie de convento, que sigue la particular
filosofía de un “gurú”, guía espiritual.
Una francesa nos cuenta que varios del grupo son vegetarianos. Siempre
comen lo mismo, para no correr riesgo de intoxicación. Está
harta, pero aguantará las dos semanas que le restan para regresar
a casa. No sé muy bien lo que comemos, pero como apenas hay luz
y tenemos hambre, nos sabe a gloria. Caldo, lentejas, maíz, creo…por
supuesto, sin picante.
Nuestro
próximo destino es Mont Abu. Un lugar especial porque se encuentra
a 1.200 metros de altitud. Es la única ciudad de Rajastán
en terreno montañoso. Gracias a sus boques, inexistentes en la
gran llanura desértica y a su temperatura más baja, es unos
de los enclaves preferidos por el turismo interior. Los extranjeros acudimos
para visitar los templos jaimistas de Dilwara, cerca de la ciudad. Ya
comenté lo que me pareció Mont Abu en el relato 22. Pues
bien, lo mismo, pero sin lluvia.
Los templos de Dilwara son algo aparte. Sólo
por contemplar esa joya escultórica se justificaría un viaje
a la India. Para entrar, hay que guardar cola. Se evita la acumulación
de visitantes. Zapatos, cámaras fotográficas y teléfonos
móviles hay que depositarlos en una consigna. Venimos de Ranakpur,
todavía impresionados por el templo de Chaumuk, grandioso, armónico,
equilibrado. Pero este templo de Vimal Vasahi, del siglo XI, guarda en
su interior, perfectamente conservado, el conjunto de mármol tallado
más perfecto que he visto en mi vida. Algunas de las piezas esculpidas
son casi transparentes, tan delicadamente elaboradas que asemejan encajes.
En el patio de entrada, 48 columnas. A la derecha, antes de entrar en
el templo, la “Casa de los elefantes”, varias estatuas de
esos animales, marchando en procesión, en dirección al templo.
Alrededor del santuario, en el centro, una galería con 52 capillas,
idénticas. No así la decoración que rodea cada una.
Es una pena que haya tenido que dejar la cámara al entrar y que
el tiempo de permanencia en el interior sea limitado. Un segundo templo,
Luna Vasahi, del siglo XIII, empleó a 2.500 artesanos, durante
15 años, para lograr otra obra de arte única. Una fotografía
exterior, para recordar los templos de Dilwara.
Abandonamos
la montaña, dirección a Jodhpur. Hoy cubrimos la mayor distancia
recorrida en Rajastán, 390 kms. Cuando llegamos a la ciudad, después
de encontrar hotel, nos acercamos a la torre del reloj, en el centro del
mercado principal. Es tal la aglomeración de personas y motos,
que escapamos rápidamente en busca de un restaurante donde se sirva
cerveza fría. Un premio al finalizar la larga jornada.
La fortaleza-palacio Meherangarh se levanta sobre
una elevación rocosa de 125 metros de altura. Sus murallas siguen
el contorno de la colina. El acceso al interior del castillo es por una
pronunciada rampa que va cruzando varias puertas. Impresiona mirar hacia
arriba. Sobre las altas paredes de piedra, sobresale la fachada del palacio.
Una vez en el interior, se inicia un largo deambular por pasillos, salas,
escaleras, que conducen a distintos palacios. Todos distintos, ricamente
ornamentados, en excelente estado de conservación. El gran patio,
Holi Chowk, se convertía en un lugar muy especial durante la festividad
de Holi, deidad local, protectora de las mujeres. En el reproductor de
audio-guía, puede escucharse a la madre del actual marajá,
recordando su llegada al palacio y las normas, hoy olvidadas, que debían
seguir las mujeres. Las celosías de piedra, que pueden verse en
las fachadas de los palacios, servían para que pudieran ver, sin
ser vistas. Supongo que ese hábito de esconder a las mujeres, de
mantenerlas apartadas, fue incorporado a la sociedad rajputa, después
de la invasión de los mongoles.
Los distintos “Mahales”, palacios, ofrecen,
en su interior, decoración y muebles, que permiten imaginar cómo
transcurría la vida dentro de la fortaleza. Salas de placer, reunión
o descanso. Se han habilitado algunos salones para mostrar adornos, armas,
objetos decorativos, pinturas… En el Jhanki Mahal, se encuentra
una interesante colección de cunas. En otro recinto, se exponen
diversos palanquines y adornos para cubrir los elefantes, durante las
grandes celebraciones. Mientras descendíamos por la gran rampa,
en busca de la salida, he encontrado a una mujer, sentada en el suelo,
a la sombra, cubierta con un velo rosa. Me ha atraído ese llamativo
color, destacando entre las blancas paredes de la muralla. La he fotografiado.
No me he escondido. Al comprobar que no le importunaba, me he acercado,
rogándole que me mostrara su cara. Durante unos segundos se ha
levantado el velo.
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