Crónica 27: del 3 al 12 de octubre 2008 (2ª)

India






 

Salimos de Pushkar y, después de superar una cadena montañosa, llegamos a Ajmer. La ciudad, unos 600.000 habitantes, es un importante centro de peregrinaje musulmán. Miles de fieles acuden a diario al mausoleo de Khwaja Muin al Din Chishti, un santo sufí que llego de Persia en 1192. Permaneció en Ajmer, hasta su fallecimiento, 41 años después. Entre los lugares destacados de la ciudad, elegimos dos, el “Dargah”, el mausoleo, y el Templo Rojo jainí. Queremos llegar a hoy Bundi. No hay mucha distancia, pero recuerdo que la carretera estaba en obras. Hemos de aparcar a bastante distancia del mausoleo, que se levanta en el centro de la ciudad antigua. Soy afortunado, encontrando el hueco que deja un coche al marcharse. La calle es un hervidero humano que mantiene una misma dirección. Nos sumergimos en ese río de gente, dejándonos llevar. Después de pasar unas de las puertas de la ciudad antigua, recorremos el tramo que nos falta, entre tiendas y carretones que venden unos casquetes blancos, imprescindibles para cubrirse la cabeza, antes de entrar en el lugar sagrado. Al llegar, junto a la puerta, nos encontramos con unas medidas de seguridad tan estrictas que nos hacen desistir de entrar en el mausoleo. Hemos de quitarnos los zapatos, está prohibido entrar con cámaras o teléfonos móviles. No hay un lugar dónde dejarlos. Tendríamos que acercarnos a una tienda y pedir por favor que nos los guardasen. No nos gustan los apretujones. Exterior e interior está lleno de mendicantes que se acercan pidiendo una limosna. Dado que no tenemos una motivación superior, como los peregrinos que nos rodean, nos damos media vuelta, nos descubrimos la cabeza y volvemos al coche. Después de cortar el tráfico, efectuando maniobras, procurando no atropellar a la gente que no se detiene, logro regresar por donde habíamos venido. Llegamos al Fuerte Rojo, un palacio que oculta en su interior, la sorprendente recreación del viejo mundo, bajo la visión jaimista. Gigantescas maquetas doradas, con barcas con cisnes y elefantes voladores. Todo ello expuesto en un gran salón, con dos pisos de altura. Puede verse desde una galería superior, a través de cristales que protegen la impresionante obra.


Camino de Bundi, desaparece el asfalto, en algunos tramos. Nos cruzamos con rebaños. No se puede circular muy deprisa pero no importa. Se agradece ese regreso al pasado. En Bundi, tenemos tiempo de encontrar un hotel bien situado, limpio, a buen precio, pasear por sus fascinantes calles, visitar los célebres depósitos de agua y el lago artificial “Nawal Sagar”. Al día siguiente castillo-palacio, con delicados frescos. No quiero repetirme. Ya escribí sobre Bundi en el relato 21. Inmaculada queda impresionada, gratamente sorprendida, por la delicada belleza de los frescos bien conservados. Se sobresalta, en determinado momento. Nos habíamos separado, cada uno toma su tiempo ante lo que está contemplando. Al ir en mi busca, toma un camino equivocado que no conduce a ninguna parte. Una escalera y un pasillo oscuro, cerrado. Un revoloteo inquietante sobre su cabeza. Murciélagos. El castillo está lleno de ellos. Se refugian en sus pasillos solitarios, sin luz, hasta que anochece, momento en que salen a bandadas en busca de alimento.

El mismo día que llegamos a Chittor, subimos a la gran fortaleza, la más grande de Rajastán. Sus murallas protegían un área de 28 kms. cuadrados. Visitamos los mismos lugares que ya había visto la primera vez, con una salvedad. En el mes de Julio, época de monzón, diluvió. Hoy luce el sol. Hoy subimos a la gran torre de la Victoria, “Jaya Stambha”, cuyo interior permanecía desconocido para mí. Por fuera llama la atención por su esbeltez y la fina talla de sus esculturas, por dentro relieves y figuras laboriosamente esculpidas están en consonancia. Todo ello constituye un conjunto único. Es lógico que se haya convertido en el monumento que identifica la ciudad. Compramos unos frutos secos para ofrecérselos a los numerosos monos que rondan alrededor. Inmaculada llena el hueco de una mano y se los ofrece a una hembra con su cría. La mona la toma por la muñeca, para que no retire la mano, y va cogiendo y comiendo tranquilamente. Cuando no queda nada se sube a la rama del árbol que nos protege del sol. Inmaculada vuelve a llenar el hueco de su mano y la ofrece a un macho cercano. Ni la mira. Inmaculada insiste. El mono enseña los dientes y muestra actitud agresiva. Debe estar desganado o harto de que le ofrezcan siempre lo mismo. Visitamos palacios, jardines y la torre más antigua, “Kirti Stambha”, que se levanta junto a un bello templo jaimista. (Puede verse en la galería de fotos, relato 21).

En Udaipur, regreso al barrio en el que ya estuve la primera vez. No repito comentarios ni fotos. Pero esta vez, además, me acerco a lugares que había ignorado en la anterior visita. El primero de ellos el jardín de las damas de honor, “Saheliyon-ki-Bari”. Parece ser que fue diseñado por las sirvientas de una princesa. Rodeando el edificio principal, jardines, con algunas zonas arboladas que proporcionan sombra. Fuentes y estanques, simétricamente emplazados, todos distintos. Un buen lugar para escapar de tráfico y ruido. Otro lugar interesante, algo apartado del centro, es el conjunto de tumbas de Ahar. Más de 250. Otro lugar sorprendente en el que hemos sido los únicos visitantes. Al llegar nos hemos encontrado una cancela cerrada. Cuando íbamos a marcharnos, ha aparecido un soñoliento guarda con uniforme, ha abierto el candado y con un gesto nos ha invitado a entrar. Cuando nos hemos girado, después observar las espectaculares cúpulas, a distintas alturas, había desaparecido. Así que hemos rondado por el lugar, a nuestras anchas. El lugar debe recibir pocos visitantes. Algunas hierbas muy altas, impedían el paso a algunos sectores. La restauración llevada a cabo data de 1987, según una inscripción. A unos 200 metros, otro lugar “olvidado”, un museo con relieves y objetos de más de 5.000 años de antigüedad. La zona es algo solitaria, pocos coches y ningún motorickshaw para regresar. Descubrimos uno que aparentemente esperaba a alguien. Nos pide una cantidad exagerada por el trayecto. Nos negamos pagársela y empezamos a caminar en busca de un zona más transitada. Veo que acerca un colectivo. Ignoro a dónde puede llevarnos, pero la mejor manera de descubrirlo es subirse. El precio, irrisorio. Los pasajeros nos hacen hueco. Cuando alcanzamos un cruce con mucho tráfico, pido al conductor que se detenga, bajamos y regresamos sin mayor problema al corazón de la ciudad antigua de Udaipur. Desde la terraza del hotel, en el que cenábamos habitualmente, se goza de una vista espectacular sobre el lago Pichola. Las calles estrechas, angustiosas para circular con el coche, que no he movido, durante nuestra estancia en la ciudad, son “tomadas” en ocasiones por grupos celebran algo. Puede ser una boda o una victoria sobre un equipo rival de cricket, el deporte nacional. La crónica número 21 terminaba con una foto nocturna del Lake Palace. En esta ocasión, otra imagen nocturna de Udaipur, el Palacio de la Ciudad.

Kilómetros recorridos 47.118
Enviado desde Kuala Lumpur el 23 de Diciembre, 2008

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