|
Salimos
de Pushkar y, después de superar una cadena montañosa, llegamos
a Ajmer. La ciudad, unos 600.000 habitantes, es un importante centro de
peregrinaje musulmán. Miles de fieles acuden a diario al mausoleo
de Khwaja Muin al Din Chishti, un santo sufí que llego de Persia
en 1192. Permaneció en Ajmer, hasta su fallecimiento, 41 años
después. Entre los lugares destacados de la ciudad, elegimos dos,
el “Dargah”, el mausoleo, y el Templo Rojo jainí. Queremos
llegar a hoy Bundi. No hay mucha distancia, pero recuerdo que la carretera
estaba en obras. Hemos de aparcar a bastante distancia del mausoleo, que
se levanta en el centro de la ciudad antigua. Soy afortunado, encontrando
el hueco que deja un coche al marcharse. La calle es un hervidero humano
que mantiene una misma dirección. Nos sumergimos en ese río
de gente, dejándonos llevar. Después de pasar unas de las
puertas de la ciudad antigua, recorremos el tramo que nos falta, entre
tiendas y carretones que venden unos casquetes blancos, imprescindibles
para cubrirse la cabeza, antes de entrar en el lugar sagrado. Al llegar,
junto a la puerta, nos encontramos con unas medidas de seguridad tan estrictas
que nos hacen desistir de entrar en el mausoleo. Hemos de quitarnos los
zapatos, está prohibido entrar con cámaras o teléfonos
móviles. No hay un lugar dónde dejarlos. Tendríamos
que acercarnos a una tienda y pedir por favor que nos los guardasen. No
nos gustan los apretujones. Exterior e interior está lleno de mendicantes
que se acercan pidiendo una limosna. Dado que no tenemos una motivación
superior, como los peregrinos que nos rodean, nos damos media vuelta,
nos descubrimos la cabeza y volvemos al coche. Después de cortar
el tráfico, efectuando maniobras, procurando no atropellar a la
gente que no se detiene, logro regresar por donde habíamos venido.
Llegamos al Fuerte Rojo, un palacio que oculta en su interior, la sorprendente
recreación del viejo mundo, bajo la visión jaimista. Gigantescas
maquetas doradas, con barcas con cisnes y elefantes voladores. Todo ello
expuesto en un gran salón, con dos pisos de altura. Puede verse
desde una galería superior, a través de cristales que protegen
la impresionante obra.
Camino
de Bundi, desaparece el asfalto, en algunos tramos. Nos cruzamos con rebaños.
No se puede circular muy deprisa pero no importa. Se agradece ese regreso
al pasado. En Bundi, tenemos tiempo de encontrar un hotel bien situado,
limpio, a buen precio, pasear por sus fascinantes calles, visitar los
célebres depósitos de agua y el lago artificial “Nawal
Sagar”. Al día siguiente castillo-palacio, con delicados
frescos. No quiero repetirme. Ya escribí sobre Bundi en el relato
21. Inmaculada queda impresionada, gratamente sorprendida, por la delicada
belleza de los frescos bien conservados. Se sobresalta, en determinado
momento. Nos habíamos separado, cada uno toma su tiempo ante lo
que está contemplando. Al ir en mi busca, toma un camino equivocado
que no conduce a ninguna parte. Una escalera y un pasillo oscuro, cerrado.
Un revoloteo inquietante sobre su cabeza. Murciélagos. El castillo
está lleno de ellos. Se refugian en sus pasillos solitarios, sin
luz, hasta que anochece, momento en que salen a bandadas en busca de alimento.
El mismo día que llegamos a Chittor, subimos
a la gran fortaleza, la más grande de Rajastán. Sus murallas
protegían un área de 28 kms. cuadrados. Visitamos los mismos
lugares que ya había visto la primera vez, con una salvedad. En
el mes de Julio, época de monzón, diluvió. Hoy luce
el sol. Hoy subimos a la gran torre de la Victoria, “Jaya Stambha”,
cuyo interior permanecía desconocido para mí. Por fuera
llama la atención por su esbeltez y la fina talla de sus esculturas,
por dentro relieves y figuras laboriosamente esculpidas están en
consonancia. Todo ello constituye un conjunto único. Es lógico
que se haya convertido en el monumento que identifica la ciudad. Compramos
unos frutos secos para ofrecérselos a los numerosos monos que rondan
alrededor. Inmaculada llena el hueco de una mano y se los ofrece a una
hembra con su cría. La mona la toma por la muñeca, para
que no retire la mano, y va cogiendo y comiendo tranquilamente. Cuando
no queda nada se sube a la rama del árbol que nos protege del sol.
Inmaculada vuelve a llenar el hueco de su mano y la ofrece a un macho
cercano. Ni la mira. Inmaculada insiste. El mono enseña los dientes
y muestra actitud agresiva. Debe estar desganado o harto de que le ofrezcan
siempre lo mismo. Visitamos palacios, jardines y la torre más antigua,
“Kirti Stambha”, que se levanta junto a un bello templo jaimista.
(Puede verse en la galería de fotos, relato 21).
En
Udaipur, regreso al barrio en el que ya estuve la primera vez. No repito
comentarios ni fotos. Pero esta vez, además, me acerco a lugares
que había ignorado en la anterior visita. El primero de ellos el
jardín de las damas de honor, “Saheliyon-ki-Bari”.
Parece ser que fue diseñado por las sirvientas de una princesa.
Rodeando el edificio principal, jardines, con algunas zonas arboladas
que proporcionan sombra. Fuentes y estanques, simétricamente emplazados,
todos distintos. Un buen lugar para escapar de tráfico y ruido.
Otro lugar interesante, algo apartado del centro, es el conjunto de tumbas
de Ahar. Más de 250. Otro lugar sorprendente en el que hemos sido
los únicos visitantes. Al llegar nos hemos encontrado una cancela
cerrada. Cuando íbamos a marcharnos, ha aparecido un soñoliento
guarda con uniforme, ha abierto el candado y con un gesto nos ha invitado
a entrar. Cuando nos hemos girado, después observar las espectaculares
cúpulas, a distintas alturas, había desaparecido. Así
que hemos rondado por el lugar, a nuestras anchas. El lugar debe recibir
pocos visitantes. Algunas hierbas muy altas, impedían el paso a
algunos sectores. La restauración llevada a cabo data de 1987,
según una inscripción. A unos 200 metros, otro lugar “olvidado”,
un museo con relieves y objetos de más de 5.000 años de
antigüedad. La zona es algo solitaria, pocos coches y ningún
motorickshaw para regresar. Descubrimos uno que aparentemente esperaba
a alguien. Nos pide una cantidad exagerada por el trayecto. Nos negamos
pagársela y empezamos a caminar en busca de un zona más
transitada. Veo que acerca un colectivo. Ignoro a dónde puede llevarnos,
pero la mejor manera de descubrirlo es subirse. El precio, irrisorio.
Los pasajeros nos hacen hueco. Cuando alcanzamos un cruce con mucho tráfico,
pido al conductor que se detenga, bajamos y regresamos sin mayor problema
al corazón de la ciudad antigua de Udaipur. Desde la terraza del
hotel, en el que cenábamos habitualmente, se goza de una vista
espectacular sobre el lago Pichola. Las calles estrechas, angustiosas
para circular con el coche, que no he movido, durante nuestra estancia
en la ciudad, son “tomadas” en ocasiones por grupos celebran
algo. Puede ser una boda o una victoria sobre un equipo rival de cricket,
el deporte nacional. La crónica número 21 terminaba con
una foto nocturna del Lake Palace. En esta ocasión, otra imagen
nocturna de Udaipur, el Palacio de la Ciudad.
Kilómetros
recorridos 47.118
Enviado desde Kuala Lumpur el 23 de Diciembre, 2008
|