| Inmaculada
va a pasar casi un mes en la India. Tiempo suficiente para visitar, los
lugares más interesantes de Rajastán. Ha finalizado la época
de los monzones. Cielos despejados y temperatura agradable. Climatología
muy diferente a la que encontré el mes de Julio. Es la época
ideal para recorrer ese estado, dominado durante siglos por la tribu guerrera
de los rajputas que seguían un sistema de gobierno feudal. Alianzas
y enfrentamientos entre los marajás. Luchas por el control territorial.
Palacios suntuosos protegidos por grandes fortalezas. Guerreros valerosos,
bien armados y adiestrados, que luchaban hasta el fin, siguiendo, con
todas sus consecuencias, su código de independencia y honor. Cuando
la batalla se daba por perdida, se cubrían con una túnica
de color azafrán y salían a campo abierto, a luchar, en
busca de una muerte digna. Mientras, mujeres y niños se lanzaban
a una hoguera para no sufrir el escarnio de ser hechos prisioneros. Esos
enfrentamientos temporales, sin fin, les debilitaron. Aunque nunca llegaron
a entregarse, terminaron siendo dominados por los mongoles cuando invadieron
el subcontinente. Con la llegada de los británicos, los marajás
afianzaron su poder. Firmaron ventajosos acuerdos que garantizaban su
independencia, a cambio de algunas concesiones políticas y económicas.
Ya no tenían que batallar para defender sus tierras. Algunos de
ellos dilapidaron ostentosamente sus riquezas, sin atender las acuciantes
necesidades de sus vasallos. Cuando la India logró la independencia,
en 1947, el nuevo gobierno tuvo que respetar los acuerdos que se habían
firmado con los británicos. Era totalmente injusto, que en la nueva
nación, se mantuvieran esos privilegios. A principios de los 70,
Indira Ghandi puso fin a esa situación, derogando títulos
y recortando propiedades. Ese tiempo “perdido”, ralentizó
el desarrollo del estado. Su geografía está marcada por
una región montañosa en el sudeste y el gran desierto de
Thar, que se extiende más allá de la frontera con Pakistán.
Tierra dura, poco fértil, dependiente del agua que aporta anualmente
el monzón. En tres de mis anteriores viajes a la India, hace más
de veinte años, siempre durante el mes de Agosto, me había
sido imposible acercarme al Rajastán. La lluvia cortaba carreteras,
vías férreas y obligaba a cerrar aeropuertos. Todo eso ha
cambiado. Se han abierto nuevas carreteras, bien mantenidas, que permiten
el acceso en cualquier época del año, aunque, repito, la
mejor es ahora, cuando han finalizado las lluvias.
Voy a procurar que Inmaculada entre en contacto
con la diversidad de la sociedad india, siempre sorprendente, pero en
ocasiones agobiante, de una forma paulatina. Un par de días en
Delhi, visitando el moderno centro de Nueva Delhi, mercadillos callejeros,
el bazar tibetano y los extensos jardines que rodean la puerta de la India.
Después una buena carretera, la que conduce a Agra. Estas primeras
ciudades a la que vamos ir, no presentan especiales dificultades para
mí, ya que pasé por ellas hace tres meses. Tengo señalizados
los hoteles en el GPS y reconozco fácilmente el mejor itinerario
para llegar. De Agra a Fathepur Sikri. Llegamos en un mal día.
Es festivo y la impresionante zona de palacios está invadida por
turistas locales. Niños y jóvenes corren, gritando, por
jardines, patios, salas de columnas e interior de los edificios. Comprendo
que están es su país y tienen más derecho que yo
a disfrutar de ese maravilloso lugar… pero rompen el encanto.
Al llegar a Jaipur, una pequeña decepción.
El hotel en el que me había alojado la primera vez, catalogado
como patrimonio cultural, está lleno. Me recuerdan por el coche.
Una llamada de teléfono y nos ofrecen habitación, algo más
cara, en otro cercano. Cuando llegamos al hotel, en el que vamos a quedarnos
dos noches, nos quedamos sorprendidos. Os ofrezco una fotografía
de la puerta de entrada. Jugad con vuestra imaginación, recreando
lo que se oculta tras esa fachada. Sólo os añado que está
en consonancia con el exterior.
La capital de Rajastán, la ciudad rosa, ofrece muchos puntos de
interés. Por supuesto nos paseamos por las atestadas calles del
recinto amurallado, el palacio de la ciudad, el observatorio astronómico
Jantar Mantar. Un motorickshaw nos traslada hasta las cercanías
del fuerte de Amber, a 11 kms., sobre la ladera de una montaña.
Mala suerte. También es día festivo. Multitud de fieles
se acerca al templo de Kali. Hace mucho calor. Subimos por la empinada
rampa de acceso, adelantando a un devoto que se ha impuesto la penitencia
de subir arrastrándose. Algunos peregrinos lo tocan, con su mano
derecha y a continuación se la llevan a la frente.
El
palacio, protegido por grandes muralla, se encuentra en un adelantado
proceso de restauración. En algunas salas se impide el acceso,
pero pueden contemplarse perfectamente. Desde la parte más alta,
se disfruta de un excelente punto de observación sobre las murallas
que siguen el perfil de la montaña. Entramos en un largo pasillo
que conduce a la “zenana”, espacio cerrado, protegido de la
vista exterior por celosías, delicadamente talladas. A partir de
ese momento estamos solos. Habitaciones, escaleras, pasillos, patios.
Nadie. Busco una salida pero no la encuentro. Me topo con puertas cerradas,
tras las que puedo escuchar tambores y gente cantando. Si hemos entrado,
ya saldremos. El laberinto ofrece puntos de reposo, con espacios abiertos.
Columnas talladas, frescos, suelos de mármol. Todo muy limpio.
Logramos encontrar el pasillo por el que habíamos entrado una hora
antes. Suerte que esa zona no atrae el interés de la mayoría
de gente que llega hasta aquí. Antes de regresar a Jaipur, un alto
en el camino para contemplar el Jal Mahal, un palacio edificado en el
centro de un lago. Antes de regresar al hotel, una última visita,
por el exterior, al Albert Hall, edificado por los británicos.
Está rodeado de una zona ajardinada, en la que varios vendedores
ofrecen bebidas preparadas por ellos mismos. Utilizan envases de refrescos
de distinta marca. Los transportan en carritos, a temperatura ambiente.
El contenido de una botella puede estar formado por agua, limón,
jengibre, cualquiera sabe. Estamos sedientos, pero preferimos sentarnos
a la sombra de un árbol y comernos unos plátanos por los
que he tenido que regatear. Intentaban cobrarnos cinco veces su valor
habitual.
Ahora
sí. Inmaculada está totalmente integrada. Todavía
se sobresalta por la particular forma local de conducir, pero ejerce de
copiloto eficaz, indicándome, con suficiente antelación,
las carreteras que debo seguir. La ventaja de limitar nuestro viaje, durante
su estancia, al estado de Rajastán es que no tendremos que cubrir
grandes distancias habitualmente. La distancia que nos separa de Pushkar,
próximo destino, es sólo de 145 kms. Encontramos el hotel
fácilmente. Seventh Heaven. Esta vez no está lleno. También
me reconocen. Nos ofrecen una de sus mejores habitaciones. Está
desocupada por dos noches, justo lo que hemos planeado quedarnos. Hay
menos turistas que en Julio. Como la ciudad es pequeña es fácil
llegar a todos los lugares caminando. La acompaño a todos los templos
que ya conozco. Curiosea en las tiendas. Nos cruzamos con camellos de
tiro, campesinos vestidos de blanco, con sus llamativos turbantes de color.
Personas y vacas comparten espacio por las calles de Pushkar. El pueblo
es agradable, nadie anda apresurado. Disfrutamos de nuestro tiempo, sentándonos
en bares rodeados de silenciosos jardines, con la única compañía
de alguna tortuga. Damos una vuelta al lago sagrado, cruzando, descalzos,
por un puente, desde el que pueden verse los “ghats” de la
otra orilla. Señalo la colina cercana, con un templo en la cima,
a la que no ascendí cuando estuve aquí. Debe ofrecer un
buen punto de vista sobre Pushkar y su lago sagrado. Accede. Empezamos
la ascensión por una larga escalinata. Un tramo llano y desiguales
escalones de piedra hasta lo alto.
Efectivamente la vista sobre el pueblo cercano compensa
la subida. A lo lejos, a la derecha, la montaña que ascendí
en Julio. El templo al que hemos llegado, Pap Mochani, carece de interés
artístico. Dentro de una simple estructura de ladrillo, una figura
de la diosa. No comento. Ignoro por qué tiene un pegote sobre los
labios, pero no es la primera ni la última vez que lo observo sobre
otras figuras. Pushkar se ha convertido en un importante centro turístico
de Rajastán. Hay numerosos hoteles, restaurantes, casas de cambio,
cibercafés y tiendas de antigüedades, joyas, artesanía
y ropa. Los comerciantes y dueños de los hoteles procuran mejorarse,
ofreciendo buen servicio y precios ajustados. Se nota el esfuerzo de algunos
por destacar, decorando sus paredes con dibujos llamativos. Pushkar es
también un importante centro de peregrinaje, con destacados templos,
como ya dije la primera vez, entre los que destaca el de Brama, uno de
los pocos que existen el mundo dedicados a este dios. Son de destacar
también el templo de Visnú y el de Gurdwara, jaimista.
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