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DEL
14 AL 17 DE ABRIL 2008
Llegar
a la capital de cualquier país es fácil. De la Capadocia
a Ankara, la vía más rápida esta perfectamente señalizada
con carteles.
A
medida que me acercaba, también mejoró la calzada, convirtiéndose
en una autovía por la que transitaban numerosos vehículos.
Lo malo, como siempre, es llegar al punto al que uno quiere llegar, sin
conocer la ciudad.
Tenía las coordenadas de un aparcamiento cercano a la embajada
de Irán. Intentaba llegar antes de que cerraran. Eran las once
de la mañana. Seguía las indicaciones del GPS. La distancia
se iba acortando. Estando a tres kms., me encontraba en una carretera
de circunvalación, rodeado de coches y camiones circulando a gran
velocidad. Túneles, pasos elevados, salidas a barrios que no significaban
nada para mí. Cuando veía que la distancia a mi destino
variaba, empezando a aumentar, cambiaba de dirección. Llegue a
estar a 100 metros. Cuando constate que nunca llegaría a donde
quería, siguiendo las indicaciones del GPS (me indica siempre la
línea recta al lugar que busco, no la calle por la que he continuar,
ya que no tengo incorporado el mapa de Ankara), lo apague y seguí
con el sistema, mas eficaz que conozco, preguntar a la gente. El resultado
hubiera sido el mismo en China, porque para mi, el turco es igual al chino,
no entiendo nada de los que me dicen. Preguntaba a estudiantes, con la
esperanza de que alguno hablara algo de ingles. No encontré a ninguno.
Por fin se acerco una señora que me indico que la embajada iraní
estaba cerca del hotel Sheraton. No estaba lejos, pero llegar hasta allí,
me retraso mas de 45 minutos, suficiente para encontrarla cerrada. La
oficina de visados abre de 8,30 a 12,30. ¿Por que tarde tanto?
Calles cortadas, direcciones únicas, subidas, bajadas, gente que
indica el camino más corto para un peatón, imposible de
seguir con un coche…
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Como
es fácil comprender, en los tres días y medio que he pasado
en la capital, más de cuatro millones de habitantes, he visitado
solo unas cuantas calles y barrios. ¿Qué puedo decir?. Los
primeros asentamientos humanos datan de mas de 3000 años, pero
su desarrollo y extensión actual se inicio en 1923, cuando se convirtió
en capital de Turquía. Hay una parte antigua, rodeando el promontorio
sobre el que se levanta la Ciudadela. Desde lo alto puede apreciarse como
las colinas circundantes se han ido poblando. Una gran avenida une la
ciudad antigua con los barrios más modernos, donde se encuentran
la mayoría de embajadas y zonas residenciales de alto nivel. Entre
uno y otro emplazamiento, barrios intermedios, con zonas peatonales, comercios,
oficinas, universidad, viviendas de clase media. Yo me he movido en ese
eje. Mi hotel estaba en el barrio de Ulus, ciudad antigua, popular. Las
embajadas que me interesaban estaban al otro extremo de la gran avenida.
Deje el coche en un parking vigilado y me desplace de un extremo a otro
en taxi. También he cubierto esa distancia caminando, ya que es
la única forma de conocer “un poquito” una ciudad.
El
día 15, a las ocho y media en punto, estaba delante del mostrador
de la oficina de visados de la embajada de Irán. Una salita limpia,
despejada, sillas cómodas, con una pantalla de plasma en la que
se podía ver la emisión en directo de un canal iraní.
El funcionario que me atendió, muy amable, con voz reposada, hablando
español, me explico los requisitos previos para poder optar al
visado, con una duración máxima de tres meses. Llenar un
formulario, dos fotografías, ingresar en un banco determinado,
cercano, 60 euros, en la cuenta de la embajada, tener el visado del país
al que me dirigiera después de abandonar Irán, fotocopia
del pasaporte, fotocopia del visado paquistaní y esperar dos semanas.
Si Teherán me consideraba persona “non grata”, perdería
los 60 euros, no pudiendo entrar en el país.
-“Normalmente no hay ningún problema. Solo tiene que espera
dos semanas, después de entregarme todo lo que le acabo de pedir”.
De acuerdo.
Primer paso, visado de Pakistán. Llego sudando. No esta lejos,
pero hay que superar una empinada cuesta. Oficina pequeña, cuatro
sillas, una mesa llena de hojas publicitarias de un supermercado turco,
entre periódicos atrasados. Funcionario que me observa con mala
cara.
–“¿Qué quiere?”.
–“Estoy viajando en coche. Necesito cruzar Pakistán,
para llegar a la India. Necesito un visado”.
–“¿Español?”, mientras hojea mi pasaporte.
“¿Tiene residencia en Turquía?”.
–“No, estoy viajando en coche”.
– “Aquí solo damos visados a personas que tienen residencia
en este país. Vd, tiene que pedir el visado en España”.
– Pero..
–“Si quiere un visado para entrar en Pakistán, tiene
que pedirlo en España”.
Me lanza el pasaporte por la ventanilla, se sienta y se pone a escribir.
Vale. Taxi a la embajada española. Gran cola en la puerta de gente
que solicita visado. Solicito al guardia de la puerta, turco, que me deje
entrar porque quiero ver al cónsul. Me deja pasar. Dentro. policía
español que me envía a una ventanilla.
–“No, quiero ver al cónsul”. Explico rápidamente
para qué. Me hacen esperar en una salita. Se presenta el encargado
de gestionar visados. Le explico mi viaje. Le digo que no me había
presentado antes porque no quería molestarles. Le ruego una llamada
de cónsul a cónsul para que me concedan el visado.
– “No, no hace falta, con una carta será suficiente,
es lo que hacemos en ocasiones como esta. ¿Podría volver…?”.
– “Si me la entregan ahora, se lo agradeceré, me gustaría
arreglar esto cuanto antes”.
–“De acuerdo. Esperese un momentito y se la preparo ahora
mismo”.
Salgo encantado de la embajada, con la salvadora carta en el bolsillo.
Amabilidad, comprensión, eficacia y rapidez. Vuelta a la embajada
pakistaní. Cuando el funcionario me ve entrar me mira por encima
de las gafas, preguntándose para qué vuelvo. Le enseño
la carta, le doy el pasaporte. Desaparece por una escalera. Espero. Regresa,
con la misma cara, me lanza pasaporte y carta.
–“Ya le he dicho antes que si quiere entrar en Pakistán,
tiene que pedir el visado en España. Las cosas han cambiado. Antes
con esta carta se lo hubiéramos dado, pero ahora no. Tiene pedir
el visado en su país”.
–“Puedo hablar con su jefe, por favor”.
-“Espere, tiene una visita. De todas formas no le va a servir de
nada. Las cosas han cambiado. Si quiere un visado, tiene que pedirlo en
su país”.
¿Cuántas veces lo ha repetido?. Me siento, preparo estrategia,
volver a la embajada española me fastidia. Empleare la técnica
usada con éxito en anteriores circunstancias en África.
Cinco minutos después de que salga la visita, me permite ver al
jefe. Subo la escalera, llego al despacho y con mi mejor sonrisa, saludo
en árabe al responsable de visados. Continúo en árabe,
diciéndole que, si no le importa, preferiría explicarle
mi problema en ingles, ya que me será más fácil.
–“Como Vd. prefiera, en árabe o en ingles”, mientras
esboza una comprensiva sonrisa. Buena señal.
Le explico mi viaje. El gran problema que se me crea si no consigo cruzar
Pakistán por falta de visado.
–“Vd., la autoridad máxima, la persona que decide a
quien se le puede dar visado o no, si quiere, puede ayudarme. Vd. ya conoce
mi situación. Por favor, ayúdeme”. Claro, en ese momento,
para demostrar que efectivamente tiene decisión y poder, tiene
que conceder el visado. Me mira. Espero, mirándole a los ojos.
–“Todo ha cambiado, es difícil, pero…. ¿tiene
suficiente con una semana?”. Prueba superada. Le agradezco su comprensión
y amabilidad. Bajo a ver mi “amigo”, que acaba de colgar el
teléfono. No dice nada. Con un gesto me pide pasaporte y carta.
Me entrega un formulario que le devuelvo después de rellenarlo.
Me da la dirección del banco en donde tengo que efectuar un ingreso
de 19 euros, en la cuenta de la embajada.
–“Vuelva a las cuatro”.
Para celebrarlo, me acerco a un bar de tapas, si un bar de tapas españolas,
que he visto anteriormente. Dos cervezas heladas, calamares a la romana
insuperables y una tortilla de patatas para olvidar. A las cuatro, tengo
el visado de Pakistán en mi pasaporte. Ultimo día de entrada
el 14 de Julio. Bien, cambiare fechas. Entrare antes en Irán (supongo
que me darán el visado) para disponer como mínimo de dos
meses de estancia.
Antes
de que anochezca, me acerco a la ciudadela. Llego hasta el punto más
alto, la torre del Este. Una vista espectacular sobre Ankara, lastima
que la visibilidad no es óptima a causa de una ligera bruma.
Entre las murallas se mantiene la antigua forma de vida, un sosegado pueblecito,
una isla de paz y tranquilidad, en medio del bullicio, ajetreo y trafico
intenso de la capital. Los niños juegan en las calles desiertas.
El tiempo transcurre lentamente. Las mujeres cubren su cabeza y visten
igual que en las zonas rurales, Se encuentran algunos bares y restaurantes
en antiguas casas recuperadas.
Llego
al hotel cuando empieza a anochecer. El día ha resultado muy completo.
En pocas horas he resuelto el primer escollo del visado pakistaní
y he podido contrastar las grandes diferencias de la actual sociedad turca.
Un empuje vital, irrefrenable, de aquellos que, siguiendo el gran empeño
de Mustafa Kemal, “Ataturk”, luchan por la modernización
del país y aquellos otros que mantienen las viejas costumbres,
recelando de esa rápida transformación. Turquía ha
cambiado mucho en los últimos años. Entrar a formar parte
de la Unión Europea aceleraría el proceso. Recordemos los
grandes cambios acontecidos en España desde su entrada en el Mercado
Común. Me caen bien, muy bien, los turcos. Son, en general, amables,
educados, colaboradores. Se sienten orgullosos de ser turcos, sin prepotencia.
A
las ocho y media, del día 16, entrego al funcionario iraní,
todo cuanto me había pedido para poder formalizar la solicitud
de visado. Me recuerda que el proceso tardara un par de semanas. Tengo
que encargar unas gafas nuevas. Las últimas se me rompieron en
Amman, estoy utilizando unas anteriores con menor graduación, mínima,
pero menor. Como dispongo de tiempo, paso a cotejar precios. En dos horas
me pongo al día de las últimas innovaciones en lentes multifocales.
He preguntado en diez tiendas diferentes. Los precios, con ligeras variaciones,
semejantes a los de España. Al final, me decido por la que ha ofrecido
el mayor descuento. Tardaran diez días en entregarme mis nuevas
gafas. He intentado cambiar cheques de viajero. Un desastre. Solo he encontrado
un banco que se ofreciera a ello, a cambio de un diez por ciento de comisión.
Un robo. Desisto. Tomo un café, en un centro comercial muy selecto.
Tiendas caras, bares con grupos de mujeres conversando. Ni un solo velo.
Estoy tan acostumbrado a los países islámicos que me sorprende
volver a ver hombros, faldas, minifaldas, escotes, cabelleras teñidas.
Aquí las mujeres lograron el derecho al voto y a ser diputadas
en 1934. Desde luego hay una diferencia entre el mundo rural y el que
se puede contemplar en la mayoría de las calles por las que he
paseado en Ankara.
He
llegado al hotel a las cuatro de la tarde. Estaba cansado. Me he duchado.
Quería tumbarme un poco, antes de salir a cenar. De repente, un
gran sobresalto. En la bolsa que me ha acompañado todo el día,
falta la carpeta con la documentación del coche. Todo, Carnet de
Pasaje de Aduanas, Ficha Técnica, Permiso de circulación,
seguro, carta verde, permiso de conducir internacional, cartilla de vacunaciones…
¿Dónde puedo haberlo extraviado? Repaso mentalmente todo
los lugares posibles donde puedo haber sacado la carpeta. Intento recuperar
imágenes. Recuerdo haber abierto la bolsa para meter la carpeta
saliendo de la embajada iraní. Se que todo tiene solución.
Si lo he perdido y no lo recupero….. No. Tengo que encontrar toda
la documentación. Lograr copia oficial de todo puede ser un camino
largo y lento. Además el carné de Pasaje de Aduanas tiene
que devolverse con todos los sellos de entrada y salida de los diferentes
países en los que se ha utilizado, si no tardan unos años
en liberar la fianza depositada en un banco. Tendría que dar poderes
a alguien para que pudiera pedir, en mi nombre, copia oficial de los documentos
extraviados. Empezar a llamar, enterarme de los pasos a dar, pedir el
favor a alguien, dinero, Federal Express….Tengo que encontrarlos.
Tengo que volver, sobre mis pasos, a todos los lugares donde he estado.
Esta lloviendo. Vale. Hay días buenos y hay días malos.
Hare lo que tengo que hacer, pensando en el buen día compensatorio
que sin dudar me llegara. Que suerte que el pasaporte, que lo llevaba
en esa carpeta, me lo he guardado en el bolsillo, después de llenar
un impreso. Mientras voy en el taxi a la zona peatonal, donde he estado
esta mañana, se hace presente una imagen que me intranquiliza.
Cuando he sacado la cámara de fotografiar ¿no he dejado
por un momento la carpeta sobre una maceta? ¿La habré olvidado
allí, en mitad de la calle? Una ciudad de más de 4 millones
de personas. Donde estará. Lo que contiene solo tiene valor para
mí. Dejo el taxi. Llego hasta el lugar donde habría podido
dejarla. No. Aquí no ha sido. No hay macetas. No. La llevada colgada
del cuello. Ahora al Centro Cultural Turco Americano donde he preguntado
por la oficina de American Express, cuando quería cambiar cheques
de viajero. No. Nadie la ha visto. Los bancos, no. Les doy mi dirección
electrónica por si alguien la encuentra. La óptica donde
he encargado las gafas. Veinte minutos hasta que he podido hablar por
teléfono con alguien que hablaba ingles y ha servido de traductor.
No, no la tienen. El Café Internet. No, tampoco la han visto. ¿Qué
me queda? Solo la embajada iraní. Pero vuelvo a ver mi acción
de abrir la bolsa…. Claro que a lo mejor era para buscar los cheques….
No se, mañana será otro día. ¿Dónde
estaré pasado mañana? ¿Aquí, llamando por
teléfono a España o en Estambul, habiendo recuperado los
documentos? Ni en un sitio ni en otro. Estoy escribiendo estos párrafos
en un pequeño bar, en una zona de descanso de la autopista Ankara-Estambul,
después de haber recuperado la dichosa carpetita en la embajada
iraní. No he besado al funcionario porque nos separaba una mampara
de cristal. Estoy a cincuenta kms de Estambul. He decidido dormir aquí.
Mañana será otro día, tal vez bueno, el que compense
la angustia sufrida ayer, tal vez malo, no lo se. Esa incertidumbre me
estimula.
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