| Encontrar
el hotel en Irbid se convierte en una prueba de paciencia y constancia.
Todos aquellos a quienes pregunto me indican con seguridad y sin dudar.
Lo malo es que sus indicaciones son contradictorias. Solo un chico, joven,
me contesta en ingles que pregunte a otra persona, porque el ni lo conoce
ni puede ayudarme. Para facilitar la búsqueda, las calles no permiten
girar en dirección contraria. Si busco una salida intentando dar
un rodeo por otras calles, encuentro direcciones prohibidas que impiden
mi propósito. Por fin, después de hora y media dando vueltas,
doy con el dichoso hotel, en el centro. Cena en un restaurante limpio,
pero limitado en oferta. Una vez más, lo de siempre. Humus, shawarma,
patatas fritas y felafel. Riego mi ágape con una fría Mirinda.
26 DE MARZO 2008
A la ocho de la mañana me despiertan las bocinas de coches y camiones
que pasan por la calle a la que dan las ventanas de mi habitación.
La salida de Irbid, camino de la frontera siria, es sencilla. Enlazo con
la autovía que une Damasco y Amman. 42 kms. Me preparo mentalmente
para afrontar un nuevo paso de aduanas. Sonreír, contar hasta 1000
si es necesario. Tal vez los oficiales de inmigración puedan ampliar
el visado de transito que me autoriza a permanecer en el país solo
tres días, no se. Ya veremos. Gasto mis últimos dinares
jordanos comprando botellas de agua. Reservo 5, tal como me han advertido
en el hotel, para pagar la tasa de salida del país. Los trámites
son sencillos y rápidos, pero… necesito 5 dinares más,
por el coche. Diez dólares, paseo hasta el banco. Policía
y Aduanas están en edificios distintos. Caminata matinal de uno
a otro en cuatro ocasiones. Sellos, firmas, pasar por caja para pagar
timbres. Afortunadamente no hay colas. Salir ha sido fácil.
Al llegar ante la policía siria, no se presenta el esperado intermediario
que resuelve trámites. Les sorprende el visado de transito que
tengo. Parece ser que no lo necesitaba. Pierden un rato intentando saber
cuanto he pagado por el. La cantidad figura en el pasaporte, pero esta
en libras egipcias. “¿Cuántas libras egipcias dan
por un dólar?” – “Cinco y media”. Calculadora.
“Ah, esta bien”. “¿El coche es español?
¿Diesel? ¿Va estar una semana? Ha de pagar 100 $ USA por
semana, si su coche tiene motor diesel”. Me invitan a tomar te.
Todo son amabilidades. Paso por caja, me dan recibo de todo lo que pago,
cosen todos los papelotes al •Carnet de Paso de Aduanas”.
¿Esta era la frontera incomoda, difícil? Hasta ahora, la
siria y la libia, otra con muy mala fama, han sido las mas sencillas y
rápidas de cruzar. En total hoy he pagado 250 dólares, de
los que doscientos corresponden al impuesto de motor diesel por las dos
semanas que pienso quedarme en Siria. El resto, trámites y seguro
para el coche durante un mes. “Mañana acérquese a
esta dirección –papelito escrito en árabe- para que
le amplíen el visado. Ningún problema”. Mas sonrisas
y … “Bien venido a Siria”.
En la última barrera, un último control. Me hacen abrir
la puerta de atrás –el oficial de aduanas, con quien había
tomado un te, no estimó necesario inspeccionar el Toyota-. Cuando
después de abrir la puerta, empiezo a quitar candados, la barra
que impide abrir las puertas del armario y los cerrojos de protección,
el funcionario se da cuenta que estoy cortando la salida. Empieza a formarse
una cola de taxis. “Vale, vale, esta bien. Puede marcharse”.
Damasco a cien kms., por autovía. Antes me acercare a Bosra, un
desvío de 40 kms a la derecha. Bosra es visita obligada en Siria.
Al igual que Jerash, en Jordania, la ciudad gozo de épocas de gran
prosperidad, en parte gracias a su emplazamiento, centro comercial en
la ruta Amman-Damasco, en parte a la fértil campiña que
la rodea. Nabateos, romanos, bizantinos, árabes, turcos dejaron
huella de su paso. No solo ruinas. Los cruzados intentaron tomar el fuerte
de la ciudad. Los defensores debieron pensar que no hay dos sin tres e
incorporaron el antiguo teatro romano, con capacidad para 15.000 personas,
a la fortaleza, aprovecharon sus muros, levantaron nuevas torres defensivas,
cubrieron de arena el teatro. No fue hasta el siglo XX, que sorprendidos
arqueólogos se encontraron el teatro mejor conservado que se ha
hallado. Durante siglos, la arena protegió esa extraordinaria obra,
construida en el siglo II.
Túneles, galerías, escaleras, pasadizos, bien conservados,
hacen mucho más fácil imaginar como seria ese lugar lleno
de gente. La fachada original estaba recubierta de mármol blanco,
en el escenario hay 26 columnas con capiteles corintios, detrás
de las últimas filas, las más altas, todavía se conservan
cerca de una veintena de columnas. El escenario se cubría con un
techo de madera. Toldos de seda y fina lluvia de agua perfumada completaban
la puesta a punto para una representación teatral. 15.000 personas.
Hoy en día, cada dos años, se celebra un Festival de conciertos
y representaciones de diversa índole.
Detrás
del escenario se encuentran unas escaleras que facilitan el acceso a una
terraza de la fortaleza donde se exponen algunos de los hallazgos arqueológicos
de Bosra. Rodeando el conjunto Alcázar-Teatro hay unos jardines
y la ciudad antigua. Ruinas de casas y templos. Me recordó Gadara,
la ciudad antigua de Umm Quais, en Jordania. En Bosra, algunas casas están
ocupadas, entre otras completamente destrozadas. Supongo, no puedo asegurarlo
porque no lo he leído en ninguna parte, que muchas de estos edificios
estuvieron habitados durante la época del Imperio Otomano. Al igual
que en Gadara, debieron ser abandonados después de la primera guerra
mundial.
He paseado, dejándome llevar por la curiosidad, entre las ruinas.
Me he metido en varias casas de piedra. Los arcos se mantienen firmes,
sobre columnas semienterradas. Restos de iglesias, con cancela, impidiendo
la entrada, alguna tienda de artesanía local y niños jugando
en espacios abiertos.
No
me he acercado a la ciudad moderna. Cuando he dado por finalizada mi visita
a Bosra he pensado comer en alguno de los restaurantes que se encuentran
en una zona despejada frente al teatro. Me hubiera gustado encontrarme
con alguna exquisitez de la cocina siria, pero todas las cartas ofrecían
lo mismo: pollo, brochetas, arroz, humus, babaganough, ensalada, patatas
fritas. Estoy un poco harto de comer siempre lo mismo. Decido reemprender
camino a Damasco –que bien suena-, buscar el camping que me recomendaron
los alemanes en Aqqaba y, una vez instalado, cenar pronto.
Pongo música, suena “Waterloo”, por Abba. Me anima.
La carretera es excelente, la distancia corta. Llegare a las cuatro y
media de la tarde. Estupendo. Supongo que gracias al pequeño plano
que obra en mi poder, encontrare el camping fácilmente. Recuerdo
que me dijeron que era un poco difícil dar con el. Llegare a buena
hora, seguro, el día esta transcurriendo de forma inmejorable.
Al entrar en Damasco vuelvo al transito rápido, caótico,
que me ya me sorprendió la primera y única vez que vine
antes de ahora. Entonces, en los cruces, pasaba el que no frenaba, tenia
prioridad el de mayor tamaño. Ahora es distinto. Adelantamientos
por derecha e izquierda en vías rápidas, atascos en calles,
dificultad de cambiar de sentido si se ha cometido algún error
de itinerario. Sigo cuidadosamente las indicaciones de mi mapa esquemático.
Me pierdo. Pregunto. Algunos dudan antes de contestar. Peligro. Otros
contestan con seguridad, pero no coinciden. De repente, me fijo bien y
en el planito están las coordenadas. Preparo el GPS. Me dice que
estoy a cinco kms. Sigo la dirección. Como indica la distancia
mas corta, tengo que ir buscando las calles que me permitan acercarme.
Por fin llego al lugar señalado por el GPS. Pregunto. Nadie sabe
nada sobre el camping. Me acerco a un taxista. Me indica que tengo que
pasar por debajo de la autovía, girar a la derecha, seguir como
una ese, continuar por una vía de servicio, encontrar un concesionario
de Skoda y girar a la derecha. Aunque parezca mentira, doy con el dichoso
camping.
Ya se ha hecho de noche. Es sencillito, básico. Solo hay una furgoneta
con una pareja alemana y un camión-vivienda con una familia francesa,
matrimonio y tres niños. No hay internet, bar ni restaurante. Esta
en un barrio industrial. El encargado del camping me indica que a unos
doscientos metros encontrare un lugar para comer algo. La calle esta oscura,
sale luz de alguna vivienda o de pequeños talleres. Preguntando,
preguntando, llego al “restaurante”. Una estrecha repisa de
mármol y una silla. La otra esta ocupada por un joven que selecciona
a gran velocidad habas secas, en una gran bandeja, apartando piedrecitas.
El propietario me ofrece el plato único: habas cocidas. Asiento.
Declino el ofrecimiento de ensalada, completo el menú con la otra
especialidad, humus. La gente va entrando a comprar habas que se lleva
en una bolsa de plástico. A mi me sirven, sobre la repisa, los
platos que he pedido. Las habas, con tahina y aceite de oliva están
buenísimas. Para acompañar, guindillas verdes, cebolla cruda.
Entre agua o te, elijo lo segundo. Para completar, una lamina de pan de
50 ctms. de diámetro. Una vez he terminado, mientras sorbo tres
vasitos de te, me cuenta que están preparando las habas para mañana,
jueves y viernes son días punta. Estoy un rato hablando con el
de familia, hijos, mujeres, trabajo, tiempo libre… si hubiera encontrado
gente así en El Cairo, ahora hablaría árabe con bastante
soltura, aunque fuera básico.
27 y 28 DE MARZO 2008
Junto estos dos días, porque los he empleado
en visitar la ciudad antigua de Damasco. El segundo ha sido continuación
del primero. La ciudad nueva, según toda la información
recogida, no tiene ningún interés para el que esta de paso.
Mi prioridad, el jueves, ha sido ampliar el tiempo de permanencia en el
país. Un taxista me ha dejado en la puerta, después de leer
el papelito, con la dirección, que me facilitaron en la aduana.
Las oficinas dedicadas a estos trámites son como las de una casita
de muñecas, comparadas con las del Mogama, en El Cairo. Allí
la gente se amontona, apretujándose, en un gran pasillo con muchas
ventanillas. Al otro lado de los paneles, grandes espacios con funcionarias-os
que a ritmo de burocracia egipcia van rellenando libros con los datos
que figuran en los formularios, entregados por aquellos que necesitan
ampliar su visado. De vez en cuando, hablan entre ellos, toman un te,
Desarrollan su trabajo sin agobiarse. Si el visado no se entrega hoy,
se entregara mañana. En Damasco es distinto. Los despachos, salvo
el del jefe, al que necesitas visitar para que estampe una firma, son
de unos 6 metros cuadrados, sin ventanillas, con cuatro mesas, así
que apenas dejan espacio para entrar y salir. Cuando llego, coincido con
el tentempié de media mañana. Sobre los documentos, que
cubren las mesas, bolsas de papel con pancakes untosos, vasitos de te.
Todos parados, la pausa es sagrada. Es como si se congelara el tiempo
para los que esperamos. Se reanuda la actividad. Fotocopias, de un despacho
a otro, vuelta al primero. Cuando pegunto “¿Y ahora?.”Ya
lo tienes, visado para un mes”. Ha sido rápido, no me han
cobrado nada. Compadezco a los pobres funcionarios que tienen que desarrollar
su trabajo, en despachos sin ventanas, con una condiciones de trabajo
realmente agobiantes. Estos si que están en contacto con el público,
contacto físico. ¿Cómo será en verano?
Damasco,
según los últimos hallazgos arqueológicos, tiene
una antigüedad de más de 4500 años. Su situación
determino, en el mundo antiguo, que varias civilizaciones, con distintas
culturas, se instalaran en ese emplazamiento. Por aquí pasaron,
los egipcios, israelitas, persas, griegos, nabateos, arameos, romanos,
árabes, turcos, mongoles, mamelucos egipcios. Paso a ser parte
del imperio otomano. Después de la primera guerra mundial, fue
ocupada por Francia. Después de tantos avatares, en 1946, se convirtió
en la capital de la independiente Republica Árabe Siria.
El casco antiguo, el corazón del melocotón, duro, resistente
a guerras y saqueos, ocupa solo una extensión de dos kms. cuadrados.
Hay restos arqueológicos de los antiguos ocupantes, Las primeras
murallas las levantaron los romanos, después, durante 2000 años,
fueron reconstruidas en varias ocasiones. Todo se fue modificando con
el paso del tiempo. Donde ahora se levanta la mezquita Omeya, hubo, hace
casi 3000 años, un templo dedicado al dios Hadad, de los arameos.
Los romanos ampliaron el templo, dedicándolo a Júpiter.
Con la llegada del cristianismo, nuevo cambio. Jesucristo sustituyo a
Júpiter. Con la llegada del Islam, hubo un punto de ruptura. Adiós
al pasado. Se derribaron muros y cúpulas. Después de los
diez años que duro la construcción del nuevo templo, se
pudo contemplar el perfecto trabajo de canteros y artesanos. La mezquita
Omeya es una las joyas arquitectónicas del mundo islámico.
Después de guerras y saqueos, continúa siendo una maravilla.
Destacan sobre todo los numerosos mosaicos que decoran la fachada de la
zona de oración, techos de la puerta de entrada, las paredes de
“La cúpula del Tesoro” y parte de un muro. Algunos
expertos creen que, en estos últimos, se representa el Paraíso.
Algunas
particularidades de la mezquita: “La Cúpula del Tesoro”,
caja fuerte, que se sostiene en ocho columnas romanas. Hay una tumba que,
según creencia popular no constatada, contiene la cabeza de San
Juan Bautista. Numerosos fieles musulmanes acuden a rezar ante ella. Otra
tumba muy visitada es la de Hussein, nieto de Mahoma, hijo de Ali, la
principal figura de los chiitas. Los seguidores de esta rama del Islam
se acercan a tocar la reja que la protege. Vi mujeres y hombres fotografiando,
entre empujones, con sus teléfonos móviles, ese santo lugar.
Otra tumba destacada, aunque no se encuentra propiamente dentro de la
mezquita, sino junto a uno de sus muros, es el panteón de Saladino,
azote de los cruzados. La mezquita tiene tres minaretes, el de “La
Novia”, el “Al Gharbiyya” y, sorpresa, el de “Jesús”,
el mas alto. Según creencias, ahí se aparecerá Jesucristo
el día del Juicio Final.
La mezquita es visitada por numerosos grupos locales y algunos extranjeros.
Mientras piadosos fieles efectúan sus abluciones, antes de entrar
a orar, en la fuente que se encuentra en el centro del gran patio, algunos
niños corren y se deslizan sobre el pulido suelo de mármol.
En la zona de oración vi a un clérigo contando algo –no
entendí nada- a un grupo de mujeres, cubiertas de velo negro, sentadas
en el suelo. El orador dominaba el arte de la interpretación. Con
estudiadas pausas, quiebros de voz y alguna lagrima, conseguía
su objetivo. La mayoría de las atentas escuchantes rompía
a llorar, tapando sus caras con las manos.
La
ciudad antigua ofrece numerosos sitios interesantes. Mezquitas, Iglesias,
palacios, madrasas, zocos, tradicionales casa de baños, antiguas
casas damascenas, restaurantes de variada oferta culinaria, algunos en
palacetes clásicos, bares antiguos que ofrecen el popular narguilé,
pastelerías, joyerías, anticuarios, atrayentes tiendas con
oferta variada, desde alfombras a velos –cada año mas en
uso-, pasando por trajes beduinos o ropa interior femenina con transparencias
y plumas. En Egipto he visto tangas con plumas que, accionando un interruptor,
incorporan música y lucecitas que se apagan y encienden, formando
un corazón. Eso no es “haram” (pecado), siempre que
sirva para mayor placer del marido, por supuesto.
Desde
luego he visitado, como todo turista que se precie, muchos de esos lugares.
Por ejemplo el Palacio Azzem, que fue residencia de un gobernador de Damasco.
Continúo utilizándose hasta principios del siglo pasado
-que sensación mas extraña me produce llamar siglo pasado
al siglo XX-. No es una casa, es un conjunto de edificios con patios y
jardines, incluso con baño clásico, zona fría, zona
caliente, zona de masaje, cúpulas con agujeros redondos, simétricamente
dispuestos, para que entre la luz exterior. Los edificios, están
construidos con esa técnica decorativa que consiste en alternar
filas de bloques de basalto negro con filas de bloques de piedra caliza
blanca. Es habitual en las casas tradicionales damascenas, igual que los
edificios otomanos de Gadara. Los interiores están laboriosamente
decorados, techos y paredes. Suelos exteriores, rodeando fuentes, combinan
piedras nobles, ofreciendo una delicada combinación de diseño
y colores. He ido en viernes, día festivo, los jardines sirven
como lugar de esparcimiento a los damascenos. Esta muy bien. Lastima que
hayan convertido el palacio en museo, con figuras y escenas familiares
en los pabellones, algo lamentable, según mi opinión. Hay
que abstraerse, concentrándose en la decoración. Espectacular.
No me permitieron fotografiar interiores.
Donde
he pasado mis mejores horas es paseando sin rumbo por el laberintico trazado
de sus calles. En cuanto se abandona el itinerario que conduce de un lugar
destacado a otro, se traspasa una puerta invisible que permite entrar
en otro mundo, sosegado, tranquilo, sin vendedores ni grupos. Me estoy
mal acostumbrando. Pasear así, por callejones, pasadizos, totalmente
solitarios suele ser peligroso en muchos países del mundo. Nunca
me he sentido mas seguro que en Libia, Egipto, Jordania y ahora, en Siria.
Procurare no olvidar mis habituales conductas de supervivencia. Antes
de regresar al camping, una fotografía obligada, el monumento a
Saladino, frente a las murallas de la fortaleza, actualmente en fase de
restauración.
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