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DE MARZO 2008:
Domingo, sol, buena temperatura. Estoy en Aqqaba,
Jordania. He encontrado un lugar agradable, “Bedouine Garden Village”,
con habitaciones, simples pero limpias, ducha, tv con numerosos canales
de la zona y CNN y BBC, a precio razonable, 16 euros. Desde donde escribo
estas líneas, veo el mar, Taba ciudad egipcia, Aqqaba, jordana
y Elliat, israelita. En pocos kms, el golfo de Aqqaba, flanqueado por
Egipto y Arabia, permite que Jordania tenga un puerto y que Israel tenga
salida al Mar Rojo.
Han pasado 28 años desde mi primera visita a Aqqaba. Por supuesto
ha cambiado mucho, pero continua siendo un buen lugar para descansar.
Sus arrecifes coralíferos, aguas cristalinas, fondos espectaculares,
230 especies de coral y casi mil especies de peces, forman su principal
atractivo. Esta cerca de Petra, joya turística del país,
120 kms. Wadi Rum, desierto con sorprendentes formaciones rocosas, se
encuentra a 65 kms. Todo perfecto pero…. las mejores playas pertenecen
a los hoteles, los precios se han disparado, la oferta culinaria es muy
limitada.
El turismo se ha incrementado en los últimos años. Se han
tomado medidas para frenar, en lo posible, la degradación del medio
ambiente. Ya no se puede ir al Wadi Rum sin guía o coche 4x4 alquilado.
Se paga por día en el área restringida. Lo entiendo, pero
que pena. Se acabo la aventura. Vamos al parque temático. Intentare
disfrutar durante mi estancia en Jordania de todo aquello que ofrece,
adaptándome a las condiciones actuales.
Durante dos meses y medio, después de llegar
a El Cairo, no he escrito nada sobre mi viaje. Hay que comprender que
para mi ha sido como volver a casa, una interrupción del viaje.
El Cairo fue mi ciudad durante tres años, reencontré amigos
y lugares. Visite oasis que mantienen una forma de vida poco contaminada
por el turismo. Vino una amiga que no conocía Egipto. Durante cuatro
semanas recorrimos 4.500 kms, siguiendo un itinerario que pasaba por los
principales puntos de interés del país, la ruta de los oasis,
Siwa, Bahariya, Farafra, Dakhla, Kharga, el Nilo, monumentos del antiguo
Egipto, Edfu, Aswan, Abu Simbel, Aswan, Komombo, Esna, Luxor, Hurgada,
Alejandría y por supuesto El Cairo y alrededores, Saqqara, Dahshur.
No dio tiempo de llegar al Sinai. Quedo encantada, maravillada, sorprendida.
Egipto no defrauda. Pero no nos engañemos, no todo es ideal. Con
el tiempo he aprendido a no formular una pregunta tan simple como ¿por
qué…?. Las cosas son como son, al igual que las personas.
Hay que comprar el paquete completo.
Un inciso. Tengo que aclarar que todo aquello que
cuento lo hago siempre bajo una visión muy personal, huyendo de
lo políticamente correcto, no tengo obligaciones con nadie, solo
con mis amigos y con aquellos que visitan mi web. Pueden tener opiniones
diferentes a las mías, pero yo no soy la verdad, solo ofrezco mi
versión de lo que veo. Una visión muy personal, que no tiene
por que ser objetiva, viene condicionada por mi forma de ver la vida,
mis experiencias anteriores, mis sensaciones puntuales, mis filias y fobias....
Mi viaje me servirá, espero, además de conocer nuevos países,
gentes y lugares, para modificar, aunque sea levemente, mejorándola,
mi escala de valores. En tiempos pasados el viajero describía todo
aquello que en su país era desconocido, investigaba y aportaba
conocimiento. Hoy en día, se conoce ya casi todo, Con Google Earth,
se pueden ver todos los rincones del planeta, en Google esta disponible
toda la información, solo hay que buscarla, con un poco de paciencia
y practica se encuentra casi todo.
Ya no hay mundos perdidos, ya no quedan paraísos
por descubrir, es difícil llegar a un lugar interesante que no
sea ofrecido por alguna agencia de viajes. Llegaran pocos, porque no hay
infraestructura hotelera o de acceso, pero no es imposible. Sintetizando,
lo que cuento es mi visión personal, una perspectiva que tal vez
sirva a alguien. Este inciso es para justificar los párrafos que
escribo a continuación, experiencias de mi paso por Egipto.
Mi
estancia en El Cairo coincidió con la gran fiesta del cordero,
“Aid Al Kibir”, la gran celebración en la que se sacrifican
corderos en todos los barrios. Según la leyenda, Allah ordenó
al profeta Abraham suplir su hijo por un cordero cuando se disponía
a sacrificarlo en ofrenda. Es un gran festejo que traumatizaría
a cualquier niño no habituado a la matanza. Se degüella los
animales, dejando que se desangren. La sangre forma grandes charcos. En
pocos minutos los cuerpos penden de ganchos, después de desollarlos.
Los matarifes extraen vísceras y cuartean. Todo se produce entre
una gran excitación. En las casas se reúnen familias y amigos
para compartir el festín. El precio de los corderos aumenta esos
días y las familias hacen un gran esfuerzo económico para
poder sacrificar “su” cordero.
La burocracia en Egipto es desesperante y pone a
prueba la paciencia de quien no tiene más remedio que sufrirla.
Ya conté en su momento la entrada en el país. En el Cairo
tuve que ampliar mi visado de turista y el permiso de circulación
del coche. Lo primero, como ya conocía el proceso, fue sencillo.
Me acerque al Mogamma, edificio en la plaza Tahrir, corazón de
El Cairo. Allí se gestionan, permisos de residencia y visados.
Fui a primera hora, me dirigí a la ventanilla pertinente (no perdí
tiempo buscando piso, pasillo, ventanilla, ni en hacerme fotos que ya
traía desde España. No hay un solo cartel que no este escrito
en árabe. Sabia donde conseguir el formulario que hay que adjuntar
al pasaporte, asimismo sabia donde comprar los sellos necesarios para
el visado). Espere
pacientemente, durante doce minutos, con mi mejor sonrisa, a que una funcionaria,
velada, muy maquillada, con grumos de rímel en sus pestañas,
le contara a una compañera algo muy importante –por el tiempo
que empleó-
Después escribió en el formulario rápidamente y sonriéndome
me dijo en ingles que podía pasar a recogerlo dos horas mas tarde.
El visado de turismo, valido por un mes, cuesta
al entrar en el país 15 dólares. La ampliación por
seis meses no llega a un euro. Si se tiene intención de salir de
Egipto y volver a entrar hay que añadir otro sello de múltiples
entradas, si no el visado quedara invalidado. Me fui a dar una vuelta
para hacer tiempo. Cuando regrese al Mogamma, los pasillos estaban abarrotados
de gente de distintas nacionalidades. Una fila de cuatro en fondo me cerraba
el paso a la ventanilla de entrega de pasaportes. Un grupo de sudaneses,
metro noventa de altura, formaban una muralla infranqueable, yo mido metro
sesenta y siete. La funcionaria leía el nombre del pasaporte que
tenia en la mano, totalmente inaudible entre el vocerío de todos
lo que esperaban. Como nadie la oía, lo dejaba y cogía otro
A grandes males, grandes remedios. Levante un poco la voz, pedí
perdón, aparte a los armarios que tenia delante, llegue frente
a la mujer. Con mi árabe se supervivencia, le rogué “Por
favor, mi pasaporte. España, granate”. Me miro sorprendida,
lo distinguió entre el montón de pasaportes que estaban
listos para entregar. Mientras intentaba salir, una inglesa me dijo “Eso
que has hecho no esta bien”. Afirme con la cabeza, puse cara de
circunstancias y guarde mi pasaporte en el bolsillo. Había logrado
el nuevo visado. Fue fácil.
La
ampliación del permiso de circulación del coche fue algo
más laboriosa. Tres mañanas, 1.200 libras (150 euros). Gracias
a Juan José, un español afincado en el oasis de Dakhla,
que me facilito la dirección, me acerque al “Egyptian Gulf
Automobile”, que se encarga de resolver esos tramites. Las oficinas
se encuentran en el centro de El Cairo. Me dieron fecha y hora para iniciar
el proceso. “En una mañana lo arreglamos”. Les advertí
que soy muy puntual. Los egipcios gozan de merecida fama de impuntualidad.
Sus “cinco minutos” equivalen al “ahorita mismo”
mejicano.
El día “D” estaba a las nueve
en punto delante de su portal, tal como habíamos acordado. En esa
calle no se puede aparcar, así que empecé a dar vueltas
a la manzana esperando al empleado que tenia que acompañarme para
ampliar el permiso. A las nueve y veinte, comencé a llamar por
teléfono a su jefe. No contestaba nadie. Insistí hasta que
diez minutos después me respondió con voz soñolienta
que no me preocupara que en “cinco minutos” aparecería
el empleado. Eso ocurrió a las diez menos cuarto. Entretanto el
policía que impedía que nadie aparcase se compadeció
de mi y me permitió estacionar, sin abandonar el coche por supuesto,
en una zona reservada. Para no alargarlo, el segundo día, tuve
que esperar un cuarto de hora –el policía ya era como un
amigo, hasta me invito a un te-, el tercero fue puntual, supongo que temía
otra bronca.
Los lugares en donde se encontraban las oficinas del permiso estaban junto
al aeropuerto, pero algunas firmas tenían que conseguirse en la
Jefatura de Trafico, en El Cairo. Ir de un lado a otro por esas calles
abarrotadas de coches circulando temerariamente –luego hablare de
ello- retrasan el trámite. Las oficinas cierran a mediodía.
“Mañana continuaremos”.
Las colas de la Jefatura de Trafico en España,
por lo menos en Madrid y Barcelona, que siempre me han parecido horrorosas,
se convertían de repente en algo ideal, organizado. En El Cairo
todos se conocen, apenas hay colas. Se besan, se saludan, hablan un ratito,
comparten información con otros agentes que, cargados de papeles,
desarrollan su trabajo. Los que tienen mas confianza entran en los despachos,
toman te, esperan sentados mientras un funcionario les pone un sello.
El que iba conmigo perdió veinte minutos discutiendo con un policía,
guardia de una puerta de acceso, que le pedía dinero. Los sueldos
son tan bajos que todos tienen que buscarse la manera de sobrevivir. Mi
agente era generoso –pagaba yo-, sonreía, pasaba billetes
a funcionarios que escribían en un libro. Luego, corriendo a otro
edificio. Un despacho con un oficial hablando por teléfono. No
entendía lo que decía, pero estaba claro que era una llamada
personal. Así cinco minutos, sonriendo. De repente, te miraba con
cara seria, dejaba de hablar por teléfono, preguntaba que querías,
resoplaba, estampaba una firma, recibía un billetito de 20 libras
(dos euros y medio) y continuaba su conversación telefónica
con tono bajo y su sonrisa mas cautivadora. Tres días. Tres mañanas
de despacho en despacho, del Aeropuerto a la Jefatura de Trafico. Vuelta
al aeropuerto, cambio de matriculas. Una prueba de fuego que superas,
porque sabes que el esfuerzo será ampliamente compensado, el país
vale la pena.
Tráfico, cómo conducen los egipcios.
Para empezar, hay muchos que han obtenido el carnet sin pasar por una
escuela. Desde luego no hay ITV, hay taxis con más de cuarenta
años. Los semáforos, pasos cebra, carteles de limitación
de velocidad o de dirección prohibida son adornos, algunos con
lucecitas. Los coches, cuando se detienen porque un policía de
tráfico les obliga, lo hacen sobre el paso de peatones. Estos no
se inmutan, continúan pasando entre los coches parados o en circulación
sin que el policía les diga nada.
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