| Después
de estar dos semanas en Vientiane, he reemprendido viaje. Una vez más
he de abandonar un lugar, romper con los hábitos establecidos,
dejar de saludar a gente conocida. En los kms. que me separan de Vang
Vieng, un tramo anteriormente recorrido, conducción relajada, vuelvo
a tener la sensación de que estoy viviendo una segunda vida. Voy
a intentar explicarme. Dar una vuelta al mundo, en solitario, es una forma
de vida muy distinta a la habitual, eso es obvio. Pero he salido solo
y probablemente, regresaré al final del camino, a mi punto de partida,
Barcelona, solo. Las puertas de entrada y salida a la vida, se cruzan
siempre sin ningún acompañante. Dos vidas, A y B. En esta
segunda, al igual que en la otra, vivo en diferentes lugares, conozco
gente, convivo con otras personas, siento, aprendo, descubro nuevas formas
de vida y países distintos. Como en la primera, se suceden y alternan
los buenos y malos momentos. Pero… los tiempos se acortan. Todo
acontece a gran velocidad. Esta segunda vida es muy intensa. Soy afortunado,
porque mantengo varios puntos de unión entre A y B. Una tercera
parte del tiempo transcurrido hasta ahora, he estado acompañado
por amigos que se han incorporado al trayecto, aprovechando tiempo libre
de sus vacaciones. Además, -dichosa era de la comunicación-,
puedo conectarme, vía internet (e-mails, web, skype, cámara
web), con todas aquellas personas que quiero y aprecio, sin las cuales
mi vida A serían capítulos cerrados del libro de mi existencia.
La carretera ofrece en todo momento imágenes
de un documental en directo. Escenas de la vida cotidiana de los laosianos,
en su mayor parte campesinos. No he observado carestía alimenticia,
la dieta es variada y rica. Aprovechan cualquier espacio disponible para
sembrar. Los ríos, poco contaminados, son hábilmente explotados.
Peces y plantas acuáticas están siempre presentes en los
menús. Comer, dormir y… amar. Tres necesidades del ser humano
que tienen ampliamente cubiertas. Todo momento es bueno para satisfacer
cualquiera de las tres. El país está lleno de niños.
Parecería un mundo ideal, pero ya sabemos que todo no es posible.
Las condiciones son duras. Trabajo, falta de recursos y dinero para adquirir
lo que falta. Es habitual ver niños desnudos (hace mucho calor),
descalzos, jugando junto a la calzada. Niños con niños,
niñas con niñas. Sus actividades son distintas, aunque muchas
veces las comparten. Los jóvenes, en las horas de ocio, armados
con tiradores o arpones, cazan y pescan. Sus presas son almacenadas en
unos cestitos, que cuelgan del cinturón, en la espalda.
Vang Vieng, sin sorpresas. Turismo internacional,
con preponderancia de jóvenes australianos. Durante el día,
senderismo, escalada, descenso por el río sobre cámaras
de neumáticos o en piraguas. Por la noche, algunos descalzos, todos
descamisados. Grandes bebedores de cerveza, mientras contemplan partidos
de futbol, o series de éxito de TV. Se concentran en dos calles
repletas de tiendas, hoteles, restaurantes, bares, cibercafés y
agencias de turismo. Saliendo de esa zona, es fácil encontrar lugares
muy agradables. Vuelvo a un bar, junto a la orilla, para contemplar, una
vez más, la puesta de sol. Han pasado nueve semanas desde que estuve
sentado en la misma mesa. Lo mismo, pero diferente. Siempre bello.
Antes de llegar a Luang Prabang, me acerco a unas
“cascadas”, que no vi la primera vez. Pista hasta un embarcadero,
donde unas lanchas con motor esperan a ocasionales visitantes. Trayecto
por un río que transcurre entre laderas boscosas. Al llegar a la
zona de cascadas (pequeños saltos de agua) puedo presenciar un
entrenamiento de elefantes. Tat Sae se ha convertido en un parque que
atrae a numerosos visitantes los fines de semana. Además de los
estanques naturales, donde es posible bañarse, caminos por el bosque
que conducen a una cueva y a otros saltos de agua. Restaurante, bar y…
paseos a lomos de elefantes. Es miércoles, cuatro de la tarde.
Nadie. Buena hora para enseñar a comportarse a los pacientes paquidermos.
Inicio un paseo por el área. Pasarelas elevadas de bambú
entre terreno desigual, encharcado. En principio está bien, cómodo.
Luego sigo un camino, intentando llegar a la cueva que se anuncia en la
entrada. Hace calor. Subida. Hojas sobre precarios escalones. Cruces de
senderos sin carteles. Los árboles me impiden ver dónde
puede hallarse la dichosa cueva. ¿Qué trocha sigo? La de
vuelta. Desciendo con cuidado. Uno de los inconvenientes de viajar solo
es que, si resbalo y me tuerzo un tobillo, tendré que valerme por
mi mismo, nadie va a ayudarme.
Luang Praban sigue pareciéndome un lugar
encantador, a pesar de los numerosos turistas que se encuentran en la
ciudad antigua, península entre dos ríos. Saliendo de la
calle principal, pasajes entre cuidadas casas coloniales, árboles
florecidos. Templos, conventos budistas, oasis de paz, tranquilidad. ¿O
tal vez, ese entorno tan agradable se mantiene excelentemente conservado
gracias al turismo? No sé cómo era tiempo atrás.
Probablemente menos confortable. Ojalá se mantenga el equilibrio
actual. Sigo la carretera asfaltada que, dando una gran vuelta, me lleva
a Huay Xai, único puesto fronterizo, entre Laos y Tailandia, en
el norte del país. Sin coche, es posible acortar, sirviéndose
de autobús, hasta determinado punto, y continuar en barco por el
Mekong. No tengo opción. Ruta poco transitada, entre montañas.
Recuerdo las curvas. En 340 kms., pocas rectas de más de doscientos
metros. Muchos tramos en obras. En otros el asfalto ha desparecido, huecos
y pedruscos. Paisaje espectacular. En Luang Nam Tha, después de
dejar la bolsa de aseo y ropa, en la misma habitación que ocupé
la primera vez, me dirijo a la stupa That Phum Phuk, la que visitamos
en la festividad de la Luna Llena. Fuimos antes de que amaneciera. Hacía
frío. Hoy, cuando llego, no hay nadie. Sol, pocas nubes. He subido
hasta lo alto con el coche, por una empinada pista, evitando el esfuerzo
que requiere ascender por la escalera. Me paseo por las dos stupas. La
nueva y los restos de la antigua, destrozada por una bomba, durante la
segunda guerra de Indochina. Al día siguiente, cubro la distancia
que me separa de Huay Xai. La carretera, salvo algunas zonas, excelente.
Es la ruta principal de Tailandia a China. Hace años, durante la
época de lluvias, solía cortarse por los desprendimientos
de arboles y rocas. Ese problema ha sido resuelto, acondicionando las
laderas, para impedir deslizamientos de tierra. Únicamente les
falta construir el puente sobre el Mekong, para que el tránsito
de vehículos sea fluido. Distintas crisis económicas han
motivado que el proyecto se retrase.
Sufro
las consecuencias de que el puente no esté construido. Es domingo.
Todo cambia. Logro sellar pasaporte y Carnet de Pasaje de Aduanas del
coche. Es complicado, pero logro finalizar los trámites a las nueve
de la mañana. Hasta las cuatro de la tarde espero pacientemente
a que el transbordador funcione. No logro enterarme de la hora de salida.
Unos me dicen que a la once, luego que a las dos, más tarde, a
las tres. Veo embarcar a un grupo numeroso de mochileros, en uno de los
barcos que realiza el trayecto de Huay Xai a Luang Prabang. Tardarán
dos días. Bancos de madera, sin cojines. Un escocés que
viaja con un chino se interesa por mi viaje. Mientras hablamos, esperando
el momento de embarcar, su acompañante toma varias fotografías.
En todos los viajes que he hecho en coche, he sido retratado en múltiples
ocasiones. Incluso yendo a pie, en el Camino de Santiago. Dos alemanas,
que viajaban en autobús, quisieron fotografiarse conmigo. Para
complacerlas, completé la puesta en escena, colgándome una
concha de vieira, con la cruz del peregrino, que guardaba en la mochila.
No cuesta nada ser complaciente. Veo alejarse el barco río abajo.
Quedo solo en el embarcadero. Llovizna. Me siento en el Toyota. Aprovecho
para leer “Ébano”, de Kapuscinsky. Recuerdo momentos
difíciles pasados en África. Qué fácil es
viajar por el sudeste asiático. Por fin aparece el piloto y el
cobrador. Es domingo, día especial. Tengo que pagar 2.000 baths,
una burrada, pero no me dan opción. Suelto el dinero, algo mosqueado.
Exijo recibo, que me entregan. Cuando ya iniciamos el trayecto, encuentro
a un chino con el que conversé el día anterior. Me dice
que 2.000 baths es mucho. Interrumpe nuestra charla el cobrador que le
presenta el recibo a mi circunstancial informador. Le cambia el gesto
cuando comprueba que también él ha de pagar 2.000 baths.
Habla laosiano y tai. Discute. Termina pagando. Es festivo. También
en el lado tailandés. 100 baths por el trámite del visado
“gratuito”. No quiero alargarme. De Aduanas a la oficina de
Aduanas, a 2 kilómetros. Hay que encontrarla. No se halla en el
mismo lugar al que fui la vez anterior. Calles desiertas. Cuando encuentro
a alguien y pregunto, habla tai, lógico. Por fin, papel. Vuelta
a Aduanas para que sellen el Carnet. Se me ha hecho tarde. Quería
visitar el Museo del Opio, en una carretera alternativa a Chiang Rai,
siguiendo el curso del Mekong. Curvas, zona montañosa. Cuando paso
por delante del museo empieza a anochecer. Otra vez será. Llego
al hotel de noche.
Al día siguiente, de Chiang Rai a Chiang
Mai. La única vez que estuve aquí, anteriormente, fue hace
28 años. No recuerdo la ciudad. Un templo en la montaña,
niebla. Una larga escalera de acceso, flanqueada por dos grandes nagas
o dragones. Una larga caminata por una zona embarrada hasta llegar a un
pueblo hmong, nada interesante. El primer día lo dedico a pasearme
por la ciudad antigua, rodeada por un foso lleno de agua, que han adornado
con árboles, luces, fuentes y surtidores. Quedan algunos restos
de la antigua muralla. Hace mucho calor. Como estoy dispuesto a ver todo
lo interesante que ofrece Chiang Mai, el largo recorrido, a pie, por las
calles del centro, resulta agotador. Alterno los descansos, entre bares,
donde tomo zumos de fruta, y bancos a la sombra, en los wats. Paso por
delante de la cárcel de mujeres. Altos muros blancos. En el ala
que da a una calle principal, la pared ha sido decorada con murales y
zona ajardinada. Delante, una tienda que vende diversos objetos hechos
por las reclusas. También ofertan masajes. En el Wat Chedi Luang,
se ha restaurado parcialmente la gran stupa. No se ha terminado porque
se desconoce qué forma tenía la parte superior. Estos grandes
templos ocupan gran espacio. Varios edificios entre zona arbolada y jardines.
Residencias de los monjes, capillas, tumbas y stupas menores. En Wat Phra
Singh, encuentro gran actividad. Visita obligada para turistas y locales
que se acercan a orar. Mercadillo para monjes y estudiantes budistas.
Zona de descanso, bajo árboles, donde unos comen y otros juegan.
En uno de los templos, la figura de un lama, ante la que se postran respetuosamente
tres jóvenes. Me impresiona. ¿Es real? ¿De carne
y hueso? He entrado tres veces, en una hora. No se ha movido. ¿Respira?
Chiang
Mai ha explotado al máximo sus posibilidades turísticas.
Los templos no bastan. Para aquellos que buscan otro tipo de sensaciones,
se ofrecen viajes aventura. Senderismo, descenso de cañones, salto
al vacío, sujeto por una cuerda elástica, “volar”
de árbol a árbol, a gran altura, sirviéndose de cables,
plataformas y puentes que han diseñado ingenieros neozelandeses
y especialistas austríacos. Se han habilitado caminos para llegar
a cascadas. Se oferta la estadía en poblados, en el interior de
la jungla, que mantienen su forma de vida tradicional. ¿Qué
más? Hamburguesas, patatas fritas, comida mejicana, francesa, italiana,
cerveza… ¿Algo más? Si. Los “safaris”
en el Parque Nacional Doi Suthep. Leones, orangutanes, leopardos, rinocerontes
blancos, tigres, cocodrilos, osos negros asiáticos, monos, jirafas…
de todo. Libres, en zonas acotadas por grandes fosos que los separan de
los visitantes. ¿Más excitante? Se puede ir por la noche.
No he visto nada de lo que comento, excepción hecha de los restaurantes.
Me limito a resumir las ofertas de las numerosas agencias cercanas a la
zona hotelera. ¡Oh, Laos!. Qué cerca y qué lejos estás.
Al día siguiente, me acerco a los tres templos
más interesantes que se encuentran fuera de la ciudad. El primero,
Wat U Mong, se encuentra en un bosque. Es del siglo XIV. Posteriormente,
desaparecieron los monjes, el convento fue abandonado y la maleza invadió
la zona. A finales de 1.940, un príncipe de Chiang Mai aportó
los fondos necesarios para restaurarlo y abrir sus puertas a los fieles.
Veinte años después volvió a albergar a una comunidad
monástica, entre la que se encuentran varios extranjeros. Es un
lugar curioso, distinto. Los grupos no se acercan, soy el único
foráneo. Sobre una elevación del terreno, una gran stupa.
Se puede acceder a la plataforma en la que se asienta por unas escaleras
o por unos túneles iluminados, con varios altares e imágenes
de Buda. He visto que el proyecto de restauración incluye decorar
los techos, en un futuro, con frescos, semejantes a los que existían,
cuando se construyeron. Uno de los edificios, de una planta, es un museo,
con unos muros de un metro de altura que forman corredores. Paredes pintadas
por los monjes. Mezcla de estilos y temas. Cerca, un lago artificial,
al que dan algunas viviendas de los residentes. En el centro, una pequeña
isla a la que se accede por una pasarela. Flores, árboles, mesas
y palomas. Un entorno tranquilo, equilibrado, que, supongo, ayuda a facilitar
la meditación. El segundo conjunto de templos es Wat Phra That
Doi Suthep, en lo alto de una montaña. Dieciséis kilómetros
de subida y curvas lo separan de la ciudad. Este era el templo que recordaba.
Ahí está la escalera, flanqueada por dos grandes nagas.
306 peldaños. Hay un funicular. ¿Existía, o es reciente?
No lo sé, pero lo utilizo. Lleno de gente, algunos extranjeros.
Lo recordaba vacío, misterioso, envuelto en la niebla. Hoy unas
niñas bailan delicadamente, ante las cámaras de los turistas,
para conseguir algo de dinero. El tercer Wat del día me reconcilia
con Chiang Mai. Tal vez porque también estoy solo durante mi visita.
Únicamente me he cruzado con un monje. Se construyo en el siglo
XV, para conmemorar el octavo concilio budista mundial. Se conservan algunos
de los estucos originales que adornaban los muros de ladrillo.
De
nuevo en Bangkok. En esta ocasión llego al hotel por el camino
más corto. Ya reconozco barrios y algunas calles. No me he equivocado,
tomando una salida errónea, en las autopistas de entrada. Consulto
el mapa. No necesito preguntar. Al día siguiente ceno con Ethel
y Álvaro, amigos de El Cairo, que han pasado unos días en
las playas del sur. Nuestros caminos se cruzaron en Egipto. Hoy nos hemos
vuelto a encontrar. En esa intrincada, laberíntica, red de senderos
que seguimos todos, en ocasiones marchamos juntos, en compañía,
durante un tiempo, dirigiéndonos hacia un punto en la lejanía,
en otras simplemente se producen encuentros circunstanciales con otros
caminantes, al hacer un alto en nuestra marcha, una pausa temporal, intentando
decidir qué sendero –no importa la dificultad- nos llevará
hasta el punto más lejano y alto. Son tan abundantes las encrucijadas,
que es normal que los caminantes se separen y sigan rutas distintas. Tal
vez, más adelante, vuelvan a encontrarse. También aquellos
que se conocieron en un área de reposo. Los reencuentros los decide
el azar o la voluntad. En el caso de Ethel y Álvaro coinciden las
dos causas. Es la primera vez que vienen a Tailandia. Dos noches y dos
días. Itinerario turístico que conozco, a fuerza de repetirlo.
Primera noche -están cansados, se han levantado temprano, avión…-,
paseo por Sukhumvit, metro, cena en el mercado nocturno de Suan Lum, copas
en un antro de Pat Pong. Intentan “clavarnos” 4.800 baths
( 105 euros) por tres cervezas. Antes de tomarlas nos habían asegurado
que costaban 100 baths ( dos euros veinte) cada una. Nos negamos, “conversamos”,
sin dejarnos intimidar por el encargado. Terminamos pagando los 300 baths,
precio que nos habían dicho al entrar.
Al día siguiente, sky tren, barco por el río, Buda Esmeralda,
Gran Palacio. Ethel renuncia a entrar porque intentan obligarla a que
se cubra pantorrillas y brazos con unas prendas que facilitan, previo
pago, después de guardar una larga cola. Mientras Álvaro
visita el complejo, nos acercamos al mercado de amuletos. Después
les dejo en la puerta de Wat Pho, para que contemplen el gran Buda yaciente.
Mercado de Khao San. Lleno de extranjeros, en su mayor parte mochileros.
Hoteles baratos, comida en los puestos callejeros y cerveza a buen precio.
Les acompaño hasta la casa de teca, de masajes, que descubrimos
Nieves y yo. Mientras, me dedico a pasear por el barrio. Es entretenido.
Pasa junto a mí un tenderete que, como un fantasma, se mueve a
gran velocidad. El vendedor ha puesto en marcha la moto, que se oculta
bajo globos y copias de DVD, dirigiéndose a otra esquina con más
posibles compradores. Hay teléfonos a distintas alturas, así
nadie tiene que agacharse o estirarse. Por la noche, cena en un restaurante
vietnamita al que nos llevan unos amigos, periodistas, de Ethel. Después
copas en diversos bares de la “marchosa” noche de Bangkok.
El segundo, ultimo, día, lancha por el canal, cercano al hotel,
hasta la casa-museo de Jim Thompson. Sky tren hasta el mercado del fin
de semana en Chatuchak. Llegamos a las tres de la tarde. Calor, multitud
de gente. A las dos horas renuncio. No encuentro los pantalones que busco,
las camisetas “distintas”, con temas de cine, que eran graciosas.
El mercado es una locura. Vuelvo al hotel. Ethel y Álvaro, derrengados,
aparecen con el tiempo justo para hacer maletas, llenándolas con
las últimas compras. Se van. ¿Volveremos a vernos? Ojala.
Me siento atrapado en Bangkok. Quiero pasar revisión
a fondo del Toyota, pedir las tres piezas rotas que he de reponer, solventar
el tema del visado de tres meses, necesario para poder ir a España
los meses de julio y agosto, comprar dos neumático nuevos. El trasero
de la derecha tiene un pequeño corte que se produjo en Camboya.
Prefiero que las cuatro ruedas calcen neumáticos iguales, en buenas
condiciones. La semana tiene dos días festivos extras, martes y
viernes. El miércoles entra el coche en el concesionario de Toyota.
Me lo devuelven, haciendo un esfuerzo, el jueves a las siete y media de
la tarde. Puente. Todo el que puede huye de la capital. Para cubrir los
cuatro kilómetros y medio que me separan del hotel, empleo dos
horas y media. Horror. El sábado compruebo que mi visado caduca
el domingo. Tengo que salir del país. Mil kilómetros hasta
la frontera con Malasia. Ignoro si está abierta las 24 horas. La
carretera es excelente. Debo, puedo y quiero. Me acuesto a las ocho de
la noche. Siete horas de descanso son suficientes. Podría salir
a las cuatro de la madrugada. El parte meteorológico de la CNN
anuncia tormentas y lluvia en Corea, Vietnam y Tailandia. Las primeras
gotas empiezan a caer cuando intento conciliar el sueño. A medianoche
me despiertan los truenos. Tormenta tropical descargando trombas de agua.
Vuelvo a dormirme con la esperanza de que dure poco.
Enviado
desde Bangkok el 10 de Mayo, 2009
Kilómetros recorridos 67.862
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