Crónica 36: del 20 marzo al 21 de abril 2009 (2ª)






 

Dejamos Siem Reap. Dentro de seis días, Alina regresará a Madrid. ¿Qué hacemos? Podríamos llegarnos hasta Battambang, la segunda ciudad de Camboya, aunque no creo que sea muy interesante. Propongo Ayutthaya, luego Kanchanaburi (puente sobre el río Kwai) y un par de días en Bangkok, para poder realizar las últimas compras de siempre. –“¿No te importa volver a Ayutthaya.? Estuviste en enero.”. -“No, en absoluto.” No me importa regresar a los lugares que ya conozco, si me gustan. Durante los tres años que pasé en Egipto, repetí, como unas quince veces, Sinaí, Alejandría, el desierto blanco, Luxor y Aswan, acompañando a familiares y amigos. No sólo no me importa. Disfruto. La primera vez que contemplo una de esas maravillas, que he tenido la oportunidad de conocer, sea naturaleza u obra del hombre, me sorprendo, quedo algo paralizado, recibo demasiada información. Imágenes, dimensiones, colores, temperatura, olores… A partir de la segunda vez, ha desaparecido la sorpresa, conozco lo que me espera. Puedo fijarme en los detalles, los que terminan por componer el cuadro. A más visitas, más detalles. Quiero volver a Ayutthaya. Parece que por fin han decidió terminar la carretera de Siem Reap a la frontera tailandesa. En dos meses las obras han avanzado. Ya sólo restan 30 kms por asfaltar. De los numerosos puentes no concluidos, que obligaban a utilizar un desvío, sólo queda uno. Lograrán finalizar antes de que llegue la estación lluviosa. Nos hemos retrasado. Llegamos a la frontera a la una, tiempo de siesta, se detiene la actividad en la oficina de aduanas. Gastamos nuestros últimos billetes camboyanos comiendo en el restaurante de un casino, con aire acondicionado. Los trámites fronterizos son lentos. Llegamos a Ayutthaya de noche. Encontramos hotel y cenamos en el mercado nocturno, que ya conocía. Mercado nocturno que cierra a las diez de la noche. Como te descuides, no cenas. Al día siguiente, descarto la visita a algunos lugares que no me parecieron interesantes en enero. Empleamos la mayor parte del tiempo en recorrer los conjuntos que se encuentran en la ciudad antigua, rodeada por un canal en el confluyen tres ríos. Paseos por el parque histórico, regreso a Wat Yai Chai Mongkhon y a Wat Phanan Choeng, el recinto budista que durante la celebración del nuevo año chino encontramos abarrotado de fieles. En esta ocasión, apenas encontramos visitantes. Los vendedores aprovechan la circunstancia para echar una cabezadita. Volvemos al Parque histórico para disfrutar del entorno, el silencio, sus estanques, el color de sus árboles florecidos, las impresionantes stupas alineadas de Wat Phra Si Sanphet y … el agua de coco de una nevera.


De Ayutthaya a Kanchanaburi. Enlazamos distintas autovías. Pasamos por grandes pueblos que se encuentran a años luz, por delante, de los que hemos cruzado en Laos y Camboya. Hemos leído que cerca de Kanchanaburi, provincia fronteriza con Nyanmar (la antigua Birmania) se encuentran reservas naturales y parques, con cascadas. Rodeada de campos de arroz, por el este, y abruptas montañas por el norte y el oeste. Cuando ya hemos nos hemos instalado, intentamos localizar en el mapa, lugares recomendados por distintos motivos. Cielo nublado y lluvia nos ayudan a tomar una decisión. Parque y cascadas, no. Además están lejos. Cuevas con Budas en su interior, no. No van a aportar nada nuevo, por lo que leemos, los accesos pueden estar embarrados y las escaleras resbaladizas. ¿Qué nos queda? El templo del Tigre, a 38 kms. Un monasterio en el bosque en el que se ofrece la oportunidad única de fotografiarse junto a uno de estos grandes felinos. No nos seduce la idea. Nos limitaremos a ver lo que oferta la ciudad. Kanchanaburi será recordado por la construcción, en la II Guerra Mundial, de una línea de ferrocarril que permitió a los japoneses el transporte de hombres y material, de Tailandia a Birmania, atravesando la cadena montañosa que separa ambos países. Suministro necesario para la proyectada invasión de la India. Se enlazaron dos líneas en uso. El nuevo tramo, conocido posteriormente como “El ferrocarril de la muerte”, se finalizó en 16 meses. Los ingenieros habían previsto que serían necesarios cinco años para que estuviera operativo. La gran experiencia de los japoneses en obras similares y la utilización de numerosos prisioneros de guerra, con largas jornadas de trabajo, lograron el “milagro”. En Kanchanaburi se construyo el puente sobre el río Kwai, tema de una película, de éxito mundial, ganadora de siete oscars, de 1.957, dirigida por David Lean. Ese tramo ferroviario fue utilizado durante 20 meses, cumpliendo su función, en los últimos meses como vía de escape del ejército japonés. El puente quedó inservible, después un bombardeo en 1.945. Al finalizar la guerra, los británicos eliminaron cuatro kms. de vía, para evitar que fuera utilizado por los separatistas Karen. Kanchanaburi se ha convertido en un centro turístico cercano a Bangkok, 130 kms. de autovía. Museos, cementerios y, por supuesto, el puente sobre el río Kway, que fue reparado, atraen a algunos grupos de turistas. La principal atracción para los tailandeses son las discotecas flotantes y los restaurantes, con karaoke, sobre grandes barcazas. Un museo interesante es el “Centro ferroviario de Tailandia-Birmania”. Nueve salas dedicadas a la línea de tren, con maquetas, planos, dificultades de la construcción, condiciones de vida de los trabajadores, cifras de víctimas… dieta detallada de los trabajadores, diferente para los prisioneros europeos, asiáticos o militares japoneses, que no se pudo cumplir por falta de recursos. Causas de muerte de todos los que trabajaron en la construcción. Recursos sanitarios, limitados. Enfermedades tropicales, cólera, escorbuto, llagas por falta de proteínas, infecciones, accidentes, trabajo extenuante, bombardeos de los propios aliados que intentaban detener las obras… Se calcula que murieron 100.000 hombres, 16.000 de ellos prisioneros de guerra occidentales. Ingleses, holandeses, australianos y norteamericanos. Como en otros dos museos, también se exponen ropas, utensilios, herramientas, dibujos y antiguas fotografías. Debió ser horrible, pero ¿qué guerra no lo es? Pasamos andando, por el puente, hasta la otra orilla, donde hay un monumento a los caídos chinos. El bombardeo únicamente destruyó la parte central. Se conservaron los pilares y parte de los raíles. En otro de los museos, variopinto y extraño, donde se mezcla todo, algunos cuadros, pintados por prisioneros, muestran algunas de las condiciones en que sobrevivían. Para evitar rozaduras, únicamente se cubrían el cuerpo con una especie de taparrabos de algodón. Dados los escasos utensilios quirúrgicos de los que disponían, las operaciones, en su mayoría, eran amputaciones. Las prótesis, de madera y bambú, obras artesanales de los propios trabajadores. Según se explica, tampoco los japoneses disponían de lo necesario. Se aclara que siempre permitieron, y acudieron respetuosamente, a los funerales religiosos por los fallecidos.


De vuelta a Bangkok, las dificultades circulatorias de siempre. En el hotel, observo que, junto a bebidas alcohólicas, y chucherías para picar, hay disponible una caja de condones con sabor a fresa. Dado que las abundantes “masajistas” acuden a los hoteles, a petición de los clientes, el establecimiento procura ofertar todo aquello que, en determinada ocasión, puede ser necesario. Luego, en recepción, he leído una nota en la que se advierte que toda persona no alojada en el hotel tiene que identificarse y registrarse, antes de subir a una habitación. Velan por los clientes. Hemos salido a darnos una vuelta por el barrio chino, terminando en el bullicioso mercado callejero de Khao San. Antes de cenar una suculento ágape tailandés, con pescado a la brasa, nos hemos sentado en un bar para observar la concurrencia, que no tiene desperdicio. Sorpresa. Entre todo el gentío, aparece Olivier. El joven belga que conocimos en Vientiane (Laos), reencontramos en Siem Reap (Camboya) y surge, una vez más, en Tailandia. Nos cuenta que al día siguiente su novia vuelve a Bruselas, pero que él quiere quedarse hasta el verano. Tal vez, Birmania, Vietnam… no ha decidido lo que va a hacer. Me despido diciéndole “Hasta la próxima”. Con él no cuadra el “adiós”. Nos volveremos a encontrar.
Como es domingo, ¿qué mejor sitio que el mercado del fin de semana? Lo que en un principio era “una vuelta para comprar cuatro tonterías”, se convierte en seis horas de transitar entre cientos de tiendas, donde se vende de todo. Desde ropa, nueva o usada, a antigüedades, pasando por artesanía, plantas o muebles. Se encuentra en el mismo emplazamiento desde 1.982. Bien comunicado. Se puede llegar en metro y en Sky tren. La mayoría de las tiendas, distribuidas por sectores, están bajo techado. Muchas disponen de ventiladores y algunas, incluso, de aire acondicionado. Las calzadas al aire libre, densamente ocupadas por personas que se trasladan de un sector a otro. Bares y restaurantes. Zumos naturales, embotellados y frescos. Uno los prepara y otro los vende. Sin parar, para satisfacer a los pacientes clientes que forman cola. Es difícil, pero en algunas tiendas, las menos, se ofrece diseño. Hace años, recuerdo a los turistas que buscaban ansiosamente copias de marcas internacionales, Gucci, Dior, Prada… a precios ridículos. Prácticamente, hoy las copias escasean. Es entretenido buscar algo original. Encuentro un chaleco multibolsillos, fresco y barato. Los que me quedan están ya muy deteriorados. En un stand, un personaje que se define como “único punky tailandés”. Un ser estrafalario que se acompaña por un cocodrilo disecado. Vende collares, pulseras y cobra por hacerse una foto con él. En la calle animación, buen ambiente. Alina se horroriza cuando le digo que llevamos seis horas en Chatuchak. El tiempo transcurre rápido en el animado mercado de los fines de semana.


Han pasado dos meses. Alina regresa a Madrid. El último día de su estancia en Bangkok, paseo por el río, casa museo de Jim Thompson, visita al Gran Palacio. Inmenso. Cerca de un millón de metros cuadrados, encerrados dentro de altas murallas. En su interior, lo más destacado es el Wat Phra Kaew, que alberga el Buda Esmeralda, de 75 ctms de altura. En realidad es de jade. Ante él se postran devotos budistas. Esta imagen se encontraba en Chiang Rai en el siglo XV. En el XVI formó parte del botín que se llevaron los invasores laosianos. Dos siglos después fue recuperada por el rey Taksin, después de una cruenta guerra. En 1.782 fue trasladada a Bangkok, cuando esta ciudad se convirtió en la nueva capital del reino. Las paredes están decoradas con pinturas murales dedicadas a Buda. En el entorno del Wat, un gran stupa dorada, otros templos, gigantescos guardianes. En los muros de los claustros que rodean el monasterio, murales pintados del Ramakian, una versión tailandesa, del Ramayana hindú. Entrando en lo que es, propiamente, el Palacio Real, al que no acuden los reyes, salvo en determinadas ocasiones, jardines, patios, unos cuantos salones en los que se puede entrar y otros edificios en los que está prohibido el paso. El tradicional león de piedra y el moderno soldado, pulcramente uniformado, hacen guardia, uno al lado del otro, para impedir que nadie entre por donde no debe.
Cerca del palacio se encuentra el mercado de amuletos. Por la cantidad de puestos, que ofrecen todo tipo de talismanes, y la gente que encontramos, tailandeses en un 99%, se deduce que es un buen negocio. Los “entendidos” leen, ayudándose con una lupa, las minúsculas inscripciones que están grabadas en la parte posterior de las imágenes. Buscan la figura adecuada a sus necesidades. Entre las laberínticas callejuelas, tiendas de antigüedades. Hay de todo. Cerca de unos muñequitos, en distintas posiciones, con gafas y túnicas utilizadas por los budistas, figuras, medallones, pulseras, y… un singular objeto para un uso inequívoco (ver foto). En la calle, varios dentistas hacen publicidad directa, mostrando en una caja con tapa de cristal, las distintas posibilidades que ofrecen para solucionar cualquier problema dental. En el centro de la ciudad, en una gran plaza peatonal, a la que dan modernos centros comerciales, ofreciendo lo último en moda y tecnología, con pantallas electrónicas gigantes, ofertando teléfonos móviles o coches de lujo, un pequeño altar con la figura de Ganesh en su interior, ante la que se arrodillan y oran algunas de las personas que pasan por delante.



Se reanuda mi viaje en solitario. Tengo tiempo por delante. Si consigo un visado de tres meses en Tailandia, podré dejar el coche a buen resguardo y pasar los meses de Julio y Agosto en España. Aquí es la peor época, calor y lluvia. Tengo que conseguir algunas piezas de recambio. Quiero reparar los dos pequeños golpes que ha sufrido el Toyota en la parte derecha de la carrocería. No son importantes, pero prefiero verlo impecable. He logrado los números con los que, en cualquier concesionario, pueden pedir las piezas. Me gustaría dejarlo arreglado antes de salir para Australia, desde Singapur. No sé. Tengo tiempo por delante. ¿Qué hago? ¿A dónde voy? A un lugar agradable. Tengo que ponerme al día. No he escrito nada desde el 13 de enero. He resuelto los problemas que me ha planteado el ordenador, de momento. Tengo 15.000 fotografías por revisar y clasificar. ¿En qué país me he encontrado más a gusto? En Laos, sin dudarlo. De Bangkok a Vientiane, de capital a capital, de un mundo a otro, sólo 700 kms de carretera excelente. Salgo por la mañana, después de desayunar y llego al hotel que ya conozco, antes de que anochezca. Estoy bien. Conozco la zona que me interesa. Se acercan las fiestas de año nuevo, Pimay. Todo el que puede se va de la ciudad. Si habitualmente es tranquila, sin problemas de aparcamiento, estos días se asemeja, salvando las diferencias, a Madrid durante el mes de agosto. La única precaución que debo tener es cerrar las ventanillas cuando circule por la zona cercana al Mekong. Una de las distracciones que todo el mundo comparte, entre risas, canciones y bailes, es tirarse agua los unos a los otros. La mayor celebración del año nuevo tiene lugar en Luang Prabang. Me encanta Luang Prabang, pero no en estas fechas. Acuden turistas, europeos y asiáticos. No se encuentra una habitación, si no se ha reservado con meses de antelación. Esperaré en Vientiane. Actualizaré la web y seguiré acudiendo a las orillas del Mekong a presenciar las puestas de sol.


Enviado desde Vientiane el 20 de Abril, 2009
Kilómetros recorridos 65.600

FOTOGALERIA ANTERIOR
ARRIBA