| Dejamos
Siem Reap. Dentro de seis días, Alina regresará a Madrid.
¿Qué hacemos? Podríamos llegarnos hasta Battambang,
la segunda ciudad de Camboya, aunque no creo que sea muy interesante.
Propongo Ayutthaya, luego Kanchanaburi (puente sobre el río Kwai)
y un par de días en Bangkok, para poder realizar las últimas
compras de siempre. –“¿No te importa volver a Ayutthaya.?
Estuviste en enero.”. -“No, en absoluto.” No me importa
regresar a los lugares que ya conozco, si me gustan. Durante los tres
años que pasé en Egipto, repetí, como unas quince
veces, Sinaí, Alejandría, el desierto blanco, Luxor y Aswan,
acompañando a familiares y amigos. No sólo no me importa.
Disfruto. La primera vez que contemplo una de esas maravillas, que he
tenido la oportunidad de conocer, sea naturaleza u obra del hombre, me
sorprendo, quedo algo paralizado, recibo demasiada información.
Imágenes, dimensiones, colores, temperatura, olores… A partir
de la segunda vez, ha desaparecido la sorpresa, conozco lo que me espera.
Puedo fijarme en los detalles, los que terminan por componer el cuadro.
A más visitas, más detalles. Quiero volver a Ayutthaya.
Parece que por fin han decidió terminar la carretera de Siem Reap
a la frontera tailandesa. En dos meses las obras han avanzado. Ya sólo
restan 30 kms por asfaltar. De los numerosos puentes no concluidos, que
obligaban a utilizar un desvío, sólo queda uno. Lograrán
finalizar antes de que llegue la estación lluviosa. Nos hemos retrasado.
Llegamos a la frontera a la una, tiempo de siesta, se detiene la actividad
en la oficina de aduanas. Gastamos nuestros últimos billetes camboyanos
comiendo en el restaurante de un casino, con aire acondicionado. Los trámites
fronterizos son lentos. Llegamos a Ayutthaya de noche. Encontramos hotel
y cenamos en el mercado nocturno, que ya conocía. Mercado nocturno
que cierra a las diez de la noche. Como te descuides, no cenas. Al día
siguiente, descarto la visita a algunos lugares que no me parecieron interesantes
en enero. Empleamos la mayor parte del tiempo en recorrer los conjuntos
que se encuentran en la ciudad antigua, rodeada por un canal en el confluyen
tres ríos. Paseos por el parque histórico, regreso a Wat
Yai Chai Mongkhon y a Wat Phanan Choeng, el recinto budista que durante
la celebración del nuevo año chino encontramos abarrotado
de fieles. En esta ocasión, apenas encontramos visitantes. Los
vendedores aprovechan la circunstancia para echar una cabezadita. Volvemos
al Parque histórico para disfrutar del entorno, el silencio, sus
estanques, el color de sus árboles florecidos, las impresionantes
stupas alineadas de Wat Phra Si Sanphet y … el agua de coco de una
nevera.
De
Ayutthaya a Kanchanaburi. Enlazamos distintas autovías. Pasamos
por grandes pueblos que se encuentran a años luz, por delante,
de los que hemos cruzado en Laos y Camboya. Hemos leído que cerca
de Kanchanaburi, provincia fronteriza con Nyanmar (la antigua Birmania)
se encuentran reservas naturales y parques, con cascadas. Rodeada de campos
de arroz, por el este, y abruptas montañas por el norte y el oeste.
Cuando ya hemos nos hemos instalado, intentamos localizar en el mapa,
lugares recomendados por distintos motivos. Cielo nublado y lluvia nos
ayudan a tomar una decisión. Parque y cascadas, no. Además
están lejos. Cuevas con Budas en su interior, no. No van a aportar
nada nuevo, por lo que leemos, los accesos pueden estar embarrados y las
escaleras resbaladizas. ¿Qué nos queda? El templo del Tigre,
a 38 kms. Un monasterio en el bosque en el que se ofrece la oportunidad
única de fotografiarse junto a uno de estos grandes felinos. No
nos seduce la idea. Nos limitaremos a ver lo que oferta la ciudad. Kanchanaburi
será recordado por la construcción, en la II Guerra Mundial,
de una línea de ferrocarril que permitió a los japoneses
el transporte de hombres y material, de Tailandia a Birmania, atravesando
la cadena montañosa que separa ambos países. Suministro
necesario para la proyectada invasión de la India. Se enlazaron
dos líneas en uso. El nuevo tramo, conocido posteriormente como
“El ferrocarril de la muerte”, se finalizó en 16 meses.
Los ingenieros habían previsto que serían necesarios cinco
años para que estuviera operativo. La gran experiencia de los japoneses
en obras similares y la utilización de numerosos prisioneros de
guerra, con largas jornadas de trabajo, lograron el “milagro”.
En Kanchanaburi se construyo el puente sobre el río Kwai, tema
de una película, de éxito mundial, ganadora de siete oscars,
de 1.957, dirigida por David Lean. Ese tramo ferroviario fue utilizado
durante 20 meses, cumpliendo su función, en los últimos
meses como vía de escape del ejército japonés. El
puente quedó inservible, después un bombardeo en 1.945.
Al finalizar la guerra, los británicos eliminaron cuatro kms. de
vía, para evitar que fuera utilizado por los separatistas Karen.
Kanchanaburi se ha convertido en un centro turístico cercano a
Bangkok, 130 kms. de autovía. Museos, cementerios y, por supuesto,
el puente sobre el río Kway, que fue reparado, atraen a algunos
grupos de turistas. La principal atracción para los tailandeses
son las discotecas flotantes y los restaurantes, con karaoke, sobre grandes
barcazas. Un museo interesante es el “Centro ferroviario de Tailandia-Birmania”.
Nueve salas dedicadas a la línea de tren, con maquetas, planos,
dificultades de la construcción, condiciones de vida de los trabajadores,
cifras de víctimas… dieta detallada de los trabajadores,
diferente para los prisioneros europeos, asiáticos o militares
japoneses, que no se pudo cumplir por falta de recursos. Causas de muerte
de todos los que trabajaron en la construcción. Recursos sanitarios,
limitados. Enfermedades tropicales, cólera, escorbuto, llagas por
falta de proteínas, infecciones, accidentes, trabajo extenuante,
bombardeos de los propios aliados que intentaban detener las obras…
Se calcula que murieron 100.000 hombres, 16.000 de ellos prisioneros de
guerra occidentales. Ingleses, holandeses, australianos y norteamericanos.
Como en otros dos museos, también se exponen ropas, utensilios,
herramientas, dibujos y antiguas fotografías. Debió ser
horrible, pero ¿qué guerra no lo es? Pasamos andando, por
el puente, hasta la otra orilla, donde hay un monumento a los caídos
chinos. El bombardeo únicamente destruyó la parte central.
Se conservaron los pilares y parte de los raíles. En otro de los
museos, variopinto y extraño, donde se mezcla todo, algunos cuadros,
pintados por prisioneros, muestran algunas de las condiciones en que sobrevivían.
Para evitar rozaduras, únicamente se cubrían el cuerpo con
una especie de taparrabos de algodón. Dados los escasos utensilios
quirúrgicos de los que disponían, las operaciones, en su
mayoría, eran amputaciones. Las prótesis, de madera y bambú,
obras artesanales de los propios trabajadores. Según se explica,
tampoco los japoneses disponían de lo necesario. Se aclara que
siempre permitieron, y acudieron respetuosamente, a los funerales religiosos
por los fallecidos.
De
vuelta a Bangkok, las dificultades circulatorias de siempre. En el hotel,
observo que, junto a bebidas alcohólicas, y chucherías para
picar, hay disponible una caja de condones con sabor a fresa. Dado que
las abundantes “masajistas” acuden a los hoteles, a petición
de los clientes, el establecimiento procura ofertar todo aquello que,
en determinada ocasión, puede ser necesario. Luego, en recepción,
he leído una nota en la que se advierte que toda persona no alojada
en el hotel tiene que identificarse y registrarse, antes de subir a una
habitación. Velan por los clientes. Hemos salido a darnos una vuelta
por el barrio chino, terminando en el bullicioso mercado callejero de
Khao San. Antes de cenar una suculento ágape tailandés,
con pescado a la brasa, nos hemos sentado en un bar para observar la concurrencia,
que no tiene desperdicio. Sorpresa. Entre todo el gentío, aparece
Olivier. El joven belga que conocimos en Vientiane (Laos), reencontramos
en Siem Reap (Camboya) y surge, una vez más, en Tailandia. Nos
cuenta que al día siguiente su novia vuelve a Bruselas, pero que
él quiere quedarse hasta el verano. Tal vez, Birmania, Vietnam…
no ha decidido lo que va a hacer. Me despido diciéndole “Hasta
la próxima”. Con él no cuadra el “adiós”.
Nos volveremos a encontrar.
Como es domingo, ¿qué mejor sitio
que el mercado del fin de semana? Lo que en un principio era “una
vuelta para comprar cuatro tonterías”, se convierte en seis
horas de transitar entre cientos de tiendas, donde se vende de todo. Desde
ropa, nueva o usada, a antigüedades, pasando por artesanía,
plantas o muebles. Se encuentra en el mismo emplazamiento desde 1.982.
Bien comunicado. Se puede llegar en metro y en Sky tren. La mayoría
de las tiendas, distribuidas por sectores, están bajo techado.
Muchas disponen de ventiladores y algunas, incluso, de aire acondicionado.
Las calzadas al aire libre, densamente ocupadas por personas que se trasladan
de un sector a otro. Bares y restaurantes. Zumos naturales, embotellados
y frescos. Uno los prepara y otro los vende. Sin parar, para satisfacer
a los pacientes clientes que forman cola. Es difícil, pero en algunas
tiendas, las menos, se ofrece diseño. Hace años, recuerdo
a los turistas que buscaban ansiosamente copias de marcas internacionales,
Gucci, Dior, Prada… a precios ridículos. Prácticamente,
hoy las copias escasean. Es entretenido buscar algo original. Encuentro
un chaleco multibolsillos, fresco y barato. Los que me quedan están
ya muy deteriorados. En un stand, un personaje que se define como “único
punky tailandés”. Un ser estrafalario que se acompaña
por un cocodrilo disecado. Vende collares, pulseras y cobra por hacerse
una foto con él. En la calle animación, buen ambiente. Alina
se horroriza cuando le digo que llevamos seis horas en Chatuchak. El tiempo
transcurre rápido en el animado mercado de los fines de semana.
Han
pasado dos meses. Alina regresa a Madrid. El último día
de su estancia en Bangkok, paseo por el río, casa museo de Jim
Thompson, visita al Gran Palacio. Inmenso. Cerca de un millón de
metros cuadrados, encerrados dentro de altas murallas. En su interior,
lo más destacado es el Wat Phra Kaew, que alberga el Buda Esmeralda,
de 75 ctms de altura. En realidad es de jade. Ante él se postran
devotos budistas. Esta imagen se encontraba en Chiang Rai en el siglo
XV. En el XVI formó parte del botín que se llevaron los
invasores laosianos. Dos siglos después fue recuperada por el rey
Taksin, después de una cruenta guerra. En 1.782 fue trasladada
a Bangkok, cuando esta ciudad se convirtió en la nueva capital
del reino. Las paredes están decoradas con pinturas murales dedicadas
a Buda. En el entorno del Wat, un gran stupa dorada, otros templos, gigantescos
guardianes. En los muros de los claustros que rodean el monasterio, murales
pintados del Ramakian, una versión tailandesa, del Ramayana hindú.
Entrando en lo que es, propiamente, el Palacio Real, al que no acuden
los reyes, salvo en determinadas ocasiones, jardines, patios, unos cuantos
salones en los que se puede entrar y otros edificios en los que está
prohibido el paso. El tradicional león de piedra y el moderno soldado,
pulcramente uniformado, hacen guardia, uno al lado del otro, para impedir
que nadie entre por donde no debe.
Cerca del palacio se encuentra el mercado de amuletos.
Por la cantidad de puestos, que ofrecen todo tipo de talismanes, y la
gente que encontramos, tailandeses en un 99%, se deduce que es un buen
negocio. Los “entendidos” leen, ayudándose con una
lupa, las minúsculas inscripciones que están grabadas en
la parte posterior de las imágenes. Buscan la figura adecuada a
sus necesidades. Entre las laberínticas callejuelas, tiendas de
antigüedades. Hay de todo. Cerca de unos muñequitos, en distintas
posiciones, con gafas y túnicas utilizadas por los budistas, figuras,
medallones, pulseras, y… un singular objeto para un uso inequívoco
(ver foto). En la calle, varios dentistas hacen publicidad directa, mostrando
en una caja con tapa de cristal, las distintas posibilidades que ofrecen
para solucionar cualquier problema dental. En el centro de la ciudad,
en una gran plaza peatonal, a la que dan modernos centros comerciales,
ofreciendo lo último en moda y tecnología, con pantallas
electrónicas gigantes, ofertando teléfonos móviles
o coches de lujo, un pequeño altar con la figura de Ganesh en su
interior, ante la que se arrodillan y oran algunas de las personas que
pasan por delante.
Se
reanuda mi viaje en solitario. Tengo tiempo por delante. Si consigo un
visado de tres meses en Tailandia, podré dejar el coche a buen
resguardo y pasar los meses de Julio y Agosto en España. Aquí
es la peor época, calor y lluvia. Tengo que conseguir algunas piezas
de recambio. Quiero reparar los dos pequeños golpes que ha sufrido
el Toyota en la parte derecha de la carrocería. No son importantes,
pero prefiero verlo impecable. He logrado los números con los que,
en cualquier concesionario, pueden pedir las piezas. Me gustaría
dejarlo arreglado antes de salir para Australia, desde Singapur. No sé.
Tengo tiempo por delante. ¿Qué hago? ¿A dónde
voy? A un lugar agradable. Tengo que ponerme al día. No he escrito
nada desde el 13 de enero. He resuelto los problemas que me ha planteado
el ordenador, de momento. Tengo 15.000 fotografías por revisar
y clasificar. ¿En qué país me he encontrado más
a gusto? En Laos, sin dudarlo. De Bangkok a Vientiane, de capital a capital,
de un mundo a otro, sólo 700 kms de carretera excelente. Salgo
por la mañana, después de desayunar y llego al hotel que
ya conozco, antes de que anochezca. Estoy bien. Conozco la zona que me
interesa. Se acercan las fiestas de año nuevo, Pimay. Todo el que
puede se va de la ciudad. Si habitualmente es tranquila, sin problemas
de aparcamiento, estos días se asemeja, salvando las diferencias,
a Madrid durante el mes de agosto. La única precaución que
debo tener es cerrar las ventanillas cuando circule por la zona cercana
al Mekong. Una de las distracciones que todo el mundo comparte, entre
risas, canciones y bailes, es tirarse agua los unos a los otros. La mayor
celebración del año nuevo tiene lugar en Luang Prabang.
Me encanta Luang Prabang, pero no en estas fechas. Acuden turistas, europeos
y asiáticos. No se encuentra una habitación, si no se ha
reservado con meses de antelación. Esperaré en Vientiane.
Actualizaré la web y seguiré acudiendo a las orillas del
Mekong a presenciar las puestas de sol.
Enviado
desde Vientiane el 20 de Abril, 2009
Kilómetros recorridos 65.600
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