| En
la accidentada pista de Preah Khan, el coche se ha cubierto de un manto
de barro. Al lavarlo, en Kompong Thom, descubro otro golpecito en la plancha,
afortunadamente en el mismo lado que tengo que reparar, arañazos,
producidos por las ramas, en la carrocería y un corte de un centímetro
en un neumático. Al día siguiente, cuando salimos para desayunar,
otro neumático deshinchado. Uf, qué suerte tuvimos ayer.
Logramos regresar, sin mayores inconvenientes. Cambio la rueda, encuentro
un taller de reparaciones, en el que extraen una púa minúscula
que ha provocado el pinchazo. El corte se protege con un parche interior.
Coste de la reparación, todo incluido, desmontar y montar ruedas,
parches, subir la de recambio a la baca, un euro y medio. Ayer descartamos
la visita al templo más alejado, cercano a la frontera con Tailandia
(prudente decisión, según explico unas líneas mas
abajo).No más pistas embarradas, por inciertos itinerarios. He
leído que se puede acceder a ese templo desde Tailandia por carretera
asfaltada. No se puede entrar, desde ese país, en coche, pero si
en autobús, desde una población cercana. No se necesita
visado. Extienden un permiso para entrar y salir de Camboya, en el mismo
día, con el único fin de la visita a Prasat Preah Vihear.
Se encuentra en lo alto de una colina, Su construcción se inició
a finales del siglo IX, concluyéndola en el XII, por el mismo rey
al que se debe Angkor Wat. El templo ha sido, durante generaciones, motivo
de enfrentamientos entre los dos países vecinos. Perteneció
a Tailandia, pero en 1.962 el tribunal internacional reconoció
la soberanía de Camboya. Desde entonces, no han cesado los enfrentamientos
ocasionales entre tropas de los dos países. (A primeros de abril,
encontrándome en Bangkok, leo en un periódico, que se han
producido intercambio de disparos y fuego de artillería en la frontera,
falleciendo dos soldados. Se adjunta a la noticia una fotografía,
en la que se muestra el mercado local, destruido por el impacto de un
proyectil. Mejor no acercarme a zonas conflictivas).
Salimos de Kampong Thom con la intención
de llegar a Siem Reap. Nos separan 150 kms de asfalto impecable. Cuando
nos faltan 35 kms, en Dam Daek, tomamos el desvío que permite el
acceso a otras dos zonas arqueológicas, poco visitadas. Gracias
a una nueva carretera, de pago, que luego se convierte en pista, ahora
se puede llegar a Prasat Koh Ker, el conjunto más inaccesible y
lejano hasta hace unos años. En el mapa de Camboya que estoy consultando,
del 2.004, únicamente señala un sendero, semejante al que
nos encontramos el día anterior. La taquilla de peaje distingue
entre los dos conjuntos de templos. El billete sólo es válido
durante el día que se compra. Si queremos ir a Beng Mealea, el
más cercano, 10 $. Si decidimos llegar al otro, el más alejado,
20 $. Por supuesto, esos peajes los pagan los extranjeros. Los locales
tienen paso libre. 90 kms sin excesivas dificultades, algunos tramos arenosos
o bacheados, con escaso tráfico. Los transportes que usan los lugareños
cargan cualquier mercancía, por ejemplo una moto, con su conductor
cómodamente sentado en el sillín, sobre la baca. Koh Ker
ofrece un interesante conjunto de edificaciones, esparcido en un área
boscosa, de nueve kms. por cuatro. Un guarda nos pide la entrada que hemos
comprado en la taquilla de peaje, mientras nos paseamos entre unas torres.
Espera pacientemente a que regresemos al coche. Una vez le mostramos el
billete, nos dibuja esquemáticamente la posición de los
lugares destacados y el camino para llegar a ellos. Claro, sencillo, suficiente.
Incluso nos ha marcado dónde se encuentran los tenderetes de comida
y refrescos. Koh Ker fue capital del imperio en el siglo X. Fue abandonado
en el 944, para trasladar la capital a Angkor. El principal monumento
es una pirámide, escalonada, cuadrada, de 55 metros de anchura
y 40 metros de altura. Se ha prohibido ascender por las escaleras. Detrás
de la pirámide, una colina. Vemos a un grupo de personas excavando,
en dirección al promontorio. Me acerco a un arqueólogo francés
que dirige los trabajos. Intenta dar con la tumba del rey que construyó
Koh Ker. Según una leyenda, en la que aparece un elefante blanco,
ha encontrado indicios de que el sepulcro podría encontrarse en
el interior de esa elevación del terreno que, según me aclara,
es, sin dudas, artificial. Dispone de dos meses para descubrir alguna
prueba que apoye su teoría. Si la encuentra, obtendrá fondos
para seguir su trabajo el año que viene, antes de la estación
lluviosa. Le deseo buena suerte. La dificultad de su acceso y los campos
minados que rodeaban Koh Ker, contribuyeron a mantener el misterio que
rodea el complejo, todavía hoy.
En Siem Reap, adonde llegamos de noche, nos alojamos
en el mismo hotel en el que estuve con Nieves, en enero. Recupero el GPS,
gafas de sol, mapas y anotaciones, que había olvidado. Todo recogido
en una bolsa, esperando mi regreso, que les había anunciado telefónicamente.
Esa noche, gran tormenta. Por la mañana, cuando nos levantamos,
sigue diluviando. Esperamos. A mediodía, vuelve a lucir el sol.
Muy tarde ya para ir a Angkor. Regresamos a Dam Daek. Nuevos peajes y
billetes de entrada para Beng Mealea. Todos los templos son distintos,
aunque mantengan constantes estilos arquitectónicos. Este, encerrado
dentro de un alto muro rectangular de 1200 metros por 900, impresiona
por la cantidad de bloques pétreos que se amontonan desordenados,
entre construcciones que han logrado mantener sus paredes y techos. Entre
ese caótico conjunto, piedras esculpidas. Fragmentos de apsaras,
ninfas acuáticas de la ideología hindú o danzarinas
celestiales, profusamente representadas en los templos khmer. La visita
se limita, por la peligrosidad de pasar entre las piedras amontonadas,
a rodear el templo por el exterior o aprovechar las tarimas y escaleras
de madera, con barandillas, del interior. Algunas de esas pasarelas fueron
construidas en el 2.004, para facilitar el rodaje de la película
“Dos hermanos”, del director francés Jean-Jacques Annaud.
En
Siem Reap nos hemos quedado cinco días. Suficiente para visitar
los monumentos más destacados. La mayoría de personas que
llegan hasta aquí, permanecen dos días o tres. Son pocos
los que extienden su estancia. En cualquiera de los casos, independientemente
del tiempo que se dedique a Angkor, las jornadas son agotadoras, si se
intenta ver lo más posible. Hace calor. Largas caminatas y escaleras
empinadas, que hay que superar con especial cuidado para no resbalar y
sufrir un percance mayor. Los cocos y las latitas de Nescafé, en
neveras con hielo, que se ofrecen por doquier, nos han ayudado a combatir
el sofocón y reanimar el espíritu. A mediodía, algo
de fruta, piña, mangos, papayas o plátanos. Empiezo a conocer
la zona, es la tercera vez que vengo. Las diversas edificaciones están
valoradas, en una guía camboyana muy útil, de una a cuatro
estrellas. Establezco un itinerario lógico para no dejar de ver
nada, de dos a cuatro estrellas. Incluidos el conjunto de Roluos, a 15
kms. de Siem Reap o Banteay Srey, bastante más alejado. Tampoco
sigo estrictamente los circuitos recomendados, Grande o Pequeño.
Descarto la abarrotada colina y templo de Phnom Bakheng, donde se dan
cita muchos visitantes para contemplar la puesta de sol. El lugar es idóneo,
el entorno inmejorable, pero… me sobran los gritos, risas y comentarios
de la masa de gente que se congrega. En la carretera asfaltada que siguen
los que han optado por el recorrido corto, 17 kms., nos cruzamos con autobuses,
coches, tuc-tucs, motos y ciclistas. Muchos menos en el gran circuito,
26 kms. y, desde luego, muy pocos, cuando nos alejamos de Angkor. Asusta
ver el parking que se encuentra frente a las taquillas, donde se compra
la entrada, valedera para un día, tres o siete. Repleto de autobuses
y coches. Luego, dada la gran extensión de la zona, no hay aglomeraciones,
salvo en la colina que he mencionado antes. En el interior de los conjuntos
principales, todos son bastantes grandes, pasillos, niveles y terrazas,
permiten recorrerlos en soledad. Si llega un grupo numeroso, mejor esperar
a que desaparezca. No emplea demasiado tiempo en la visita, por supuesto
se pierden infinidad de detalles. Cuando llegamos a uno de estos conjuntos,
Alina y yo nos separamos. Tomamos nuestro tiempo, el que cada uno considera
suficiente. El que sale antes, espera al otro, bajo la sombra de un árbol
o sentado en una mesa, tomando un refresco. Siempre, en todas partes,
hay bares y vendedores, que acosan al posible cliente, cuando entra o
sale del templo. Hay dos zonas, en Angkor, especialmente destacadas. Angkor
Thom y Angkot Wat. El primer día lo dedicamos casi exclusivamente
a la primera de ellas. Una ciudad fortificada de doce kilómetros
cuadrados, construida en los siglos XII y XIII. Cinco puertas. Norte,
oeste, sur y dos en el este. La muralla, de ocho metros de altura, forma
un cuadrado. La más espectacular, la puerta sur (la más
restaurada), con un puente que salva un foso. A la izquierda del puente,
54 estatuas de dioses, a la derecha, 54 demonios. Habitualmente, esa es
la primera vez que el visitante contempla las caras de Angkor Thom. Cuatro,
coronando la puerta, de 20 metros de altura, orientadas a las cuatro direcciones
cardinales. La Terraza del Rey ofrece un conjunto de piedras esculpidas
fascinante. Se conservan en muy buen estado, ya que, durante siglos, estuvieron
protegidas por la tierra que las cubrió. Quedaron al descubierto
a finales de los 90, gracias a arqueólogos franceses. En el gran
recinto de Angkor Thom (se calcula que cerca de un millón de personas
vivían en la ciudad y alrededores, en su época de esplendor),
hay varios templos interesantes, Phimeanakas, piramidal, construido dentro
del espacio que ocupaba el Palacio Real; Baphuon, de mediados del siglo
XI, cerrado al público hasta que finalicen las obras de restauración
que se están llevando a cabo. El templo más destacado, es
Bayon, del siglo XII. Mientras nos acercamos, paseando por terrazas, puentes,
bosque, descubrimos el “atelier”, improvisado, al aire libre,
de los pintores que reproducen, clónicamente, variando colores
y perspectiva, Angkor Wat y las caras de Bayon. Los dos monumentos más
impactantes de Angkor. Bayon atrae hacia la terraza superior al recién
llegado, que desea acercarse a las 37 torres que se conservan, de las
49 originales, que muestran, en cada uno de sus cuatro lados, una cara
enigmática de gran tamaño. Hay que dominar ese impulso.
Es mejor ascender, paso a paso, viendo lo que ofrece cada nivel. De lo
mundano a lo sagrado. Hay cerca de 11.000 figuras talladas, en 1200 metros
de sus paredes. En las externas, escenas de la vida diaria, representando
el mercado, jugadores de ajedrez o un parto. Celebraciones y batallas,
incluso un combate naval. Seguir, luego por los pasillos interiores, relieves
extraordinarios, puertas y columnas bellamente esculpidas. Pocas personas
dedican tiempo a ese recorrido fascinante. Por fin, llegar al santuario
superior. Sentarse en un escalón, contemplar las caras que te rodean
e intentar imaginar cómo debió ser ese entorno, hace ocho
siglos.
Por
las noches, en Siem Reap, hay poco que hacer. Localizar un restaurante,
cenar, pasear junto al río y darse una vuelta por distintos mercados,
en donde se ofrece siempre lo mismo. Será coincidencia, pero en
tres ocasiones, tres noches distintas, al pasar cerca de un restaurante
determinado, con actuación en directo, de un cantante local, he
escuchado la misma canción, “Diana”, de Paul Anka,
que arrasó, en las listas de éxitos, hace… 52 años.
Para llegar al área arqueológica de
Angkor, utilizamos una carretera alternativa, que nos libra de utilizar
la habitual, más transitada. Preah Khan, otro gran complejo, con
delicadas figuras esculpidas en sus piedras, sirvió de residencia
al rey, mientras se construía el Bayon. Los muros que lo rodean,
700 por 800 metros, tienen cuatro puertas de entrada, una en cada lado
de la muralla rectangular. El templo fue dedicado a 515 divinidades. Ocupaba
a más de 1.000 personas de servicio y mantenimiento. Durante el
curso del año, tenían lugar 18 grandes celebraciones. Preah
Khan ofrece una singularidad, dentro de la arquitectura khmer. Una construcción
de dos pisos, cuya utilidad se desconoce, de estilo griego. Es también
otro de los templos donde la naturaleza se ha integrado. Grandes árboles
extienden sus raíces sobre techos y paredes. Hemos salido de la
zona de Angkor, para acercarnos a Roulos y a Banteay Srei. Este último,
pequeño, está considerado como la joya de la corona del
arte de Angkor. Se supone que es del siglo X. Es un templo hindú,
dedicado a Shiva. Sus relieves, que cubren paredes y puertas, son los
más finos y delicados de la época. La restauración
y conservación es ejemplar. No se permite la entrada al interior
de los edificios. Una pena, porque parece ser que están totalmente
decorados. La última visita la hemos reservado para Angkor Wat.
El más grande y espectacular monumento de Angkor. Orientado hacia
el oeste, que simbólicamente es la dirección de la muerte,
por donde se pone el sol. Últimamente se ha aceptado que debió
ser templo y mausoleo de Suryavarman II. Esta rodeado por un foso de 190
metros de ancho, formando un rectángulo de kilómetro y medio
por un kilómetro doscientos metros. Después de la restauración,
que continúa, se encuentra en perfecto estado. Se salva el foso,
por un puente flanqueado por Nagas protectoras. Una vez se traspasa la
puerta de entrada, una pasarela elevada, de piedra, 475 metros por nueve
metros y medio de anchura, nos lleva hasta el templo-mausoleo. En las
galerías que rodean el complejo central, 800 metros de paredes
recubiertas de relieves. Al igual que en Bayon, pocas son las personas
que cubren el recorrido. La piedra esculpida representa diferentes temas,
batallas, el ejército de Suryavarman II, el Ramayana, el juicio,
al final de la vida terrestre, con 37 cielos y 32 infiernos… El
sector más famoso de los relieves de Angkor Wat es el dedicado
al “Batido del Océano de Leche”, uno de los mitos fundamentales
del hinduismo, actualmente en proceso de restauración, por lo que
sólo podemos ver un fragmento. Las apsaras están representadas
en todo el conjunto. Como en enero, coincidimos con unos recién
casados que han elegido Angkor Wat para inmortalizar, fotográficamente,
el día de su boda.
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