| Al
entrar en Camboya, seguimos la carretera principal que conduce a Phnom
Penh. Nos detendremos en Kratie para pasar la noche. El piso es excelente.
Hace años, la vía más utilizada para atravesar la
provincia, era el Mekong, principal fuente de recursos para los habitantes
de sus cercanías. Kratie fue una de las primeras áreas en
caer bajo el control de los Khemeres Rojos, durante la guerra civil. También
fue la primera capital de provincia en caer ante el empuje de las tropas
vietnamitas, que invadieron el país en 1.978. Al oeste el Mekong,
al este la jungla. Puentes y carretera permiten el progresivo desarrollo
de la, antaño, región aislada. Esa buena comunicación
facilita la venta de productos locales que se envían a otras ciudades.
En los arcenes, pedazos de yuca, secándose al sol. Nos acercamos
hasta un grupo familiar que está pelando los tubérculos.
Luego se trocean, se extienden en el arcén de la carretera y, cuando
están secos, se llenan sacos que comprarán los intermediarios.
En el mercado callejero de Kratie, productos frescos del campo o del río.
Nos damos una vuelta, visitamos un wat, antiguos edificios coloniales
y… coincidimos con la época de bodas. Hemos visto, sufrido,
durante nuestra estancia en Camboya, multitud de esas celebraciones. Las
novias siguen un patrón estético establecido. Parecen clonadas.
Maquillaje, peinado y traje. Fotos, de ella, la pareja y acompañantes,
en lugares históricos. Luego gran comilona en carpas, que se montan
y desmontan rápidamente en un espacio llano. Lo habitual es junto
a la carretera, así los invitados pueden llegar hasta la puerta
en sus vehículos. ¿Y cuando no hay un espacio llano, suficientemente
amplio, para plantar la carpa? Pues, ¿dónde va a ser?, en
la carretera. Siempre hay rutas alternativas. Grandes altavoces, música
a toda potencia. Lo siento, no lo entiendo. ¿Por qué, en
los parques de atracciones, en los bares “enrollados”, en
las fiestas particulares y públicas, la música suena a todo
volumen, aunque no se baile? Por favor, que alguien me lo explique. No
sólo aquí. Recuerdo una fiesta del Rocío, en Barcelona,
que debió provocar varias sorderas, como mínimo a todos
los que trabajaban en las atracciones mecánicas.
De Kratie a Kpmpong Cham. Alina insiste. –“Por
favor, viendo el Mekong”. Dejamos el asfalto y seguimos una pista
que traviesa las aldeas cercanas al río. Por supuesto es más
interesante. Viviendas típicas, palafitos, pescadores, ganado,
carros, niños jugando. Seguimos hasta que la pista regresa a la
carretera. Kompong Cham es la tercera ciudad de Camboya, no hay que asustarse,
70.000 habitantes (es difícil contrastar los datos estadísticos
sobre Laos, debido a las migraciones de población y a la dificultad
de censar a las múltiples tribus que habitan en sus selvas). Olvidemos
los datos. Es una ciudad tranquila, donde lo hemos pasado bien, caminando
por sus calles y acercándonos a lugares interesantes, por distintos
conceptos. Incluyo una foto del bar en donde hemos desayunado. Creo que
refleja bastante bien una constante actitud vital de los camboyanos. Echan
una cabezadita, a cualquier hora del día. No porque se acuesten
tarde, a las once de la noche está todo cerrado. Sonrisas, siesta
y comer a cualquier hora, arroz, verduras, pinchos, sopas con fideos,
pescaditos o simplemente fruta. Poco stress. Eso sí, ¿os
impacientáis en los restaurantes, cuando tardan en serviros, traen
todo los platos a la vez, o entre uno y otro, sin orden, transcurre media
hora? No os acerquéis por aquí. Es igual que seáis
los únicos clientes. Sonreíd y comed lo que os traigan,
cuando os lo traigan. Estará rico.
La isla de Koh Paen, en el Mekong, está unida
a tierra, durante la estación seca, por un puente de bambú,
que se construye cada año. Por el transitan carros, tuc-tucs, motos,
bicicletas e incluso hemos observado el paso de un todo terreno. Nosotros
lo hemos pasado a pie. Extraña sensación el caminar sobre
las cañas entretejidas. Es seguro. Incluyo una fotografía
de su estructura, tomada bajo el tramo que llega a la isla.
Saliendo del puente, nos ha llamado la atención un wat, moderno,
muy llamativo, que no figura como lugar destacado, pero que bien merece
una visita. Totalmente kitsch. Sorprendente el Buda almodovariano, que
se encuentra en el interior del templo principal.
Las
jornadas son aprovechadas al máximo. Salto algunas de nuestras
visitas, para no extenderme demasiado. Por ejemplo, la búsqueda
de un templo, en una región boscosa, buscando el itinerario correcto,
por pistas utilizadas sólo por los aldeanos. Plantaciones de caucho,
de compañías chinas. El interés del templo se centra
en que fue utilizado por los khemeres rojos como hospital, por esa razón
no fue arrasado, como otros muchos recintos budistas. El santuario más
destacado es Wat Nokor, un recinto donde se funden una moderna pagoda
budista con un templo del siglo XI. El conjunto es chocante. Color entre
las piedras negras. Modernas imágenes de Buda encajonadas en antiguas
capillas recubiertas de relieves, esculpidos en la piedra.
Siguiendo los consejos de Bernardo, nos acercamos
a Phnom Penh, abandonando la carretera principal, con mucho tráfico,
dando un rodeo. Un nuevo transbordador. Tiene sus días contados.
Se está construyendo un puente que lo convertirá en innecesario.
Cuando llegamos a la otra orilla, contemplamos, por primera vez, el traslado
de muebles en motocicletas. Imagen que se convertirá en habitual,
en distintas rutas de Camboya. No son trayectos cortos. Pueden cubrir
grandes distancias. Increíble como mantienen los conductores el
equilibrio. Cuando se detienen, buscan una pared o un árbol, para
apoyar su carga, mientras se toman un respiro. Lo habitual es que marchen
en caravana, cuatro o cinco. Nunca había visto nada igual, ni en
la India, donde se todo es posible. Otro Wat, junto a la carretera. Nos
detenemos. Resulta ser un convento en el que residen monjes retirados
de su actividad, debido a la edad. Se tallan columnas de madera, se pintan
cuadros y se esculpen figuras, todas relacionadas con la vida y enseñanzas
de Buda. Un entorno sereno, adecuado, para la última etapa de la
vida.
Lo que convierte en interesante la ruta alternativa
para llegar a la capital, sugerida por Bernardo, es Udong, antigua capital,
desde el siglo XVII al XIX. Varios reyes fueron coronados aquí.
Lo más destacado del lugar, es el conjunto de templos y stupas
que se levantan en los alrededores. Incluso hay una mezquita, orientada
hacia la Meca. Desde lo alto de la colina, se disfruta de un inmejorable
punto de vista.
La
entrada en la capital y la búsqueda de hotel, se nos hace larga
y pesada. Mucho tránsito en las calles principales, por las que
circulamos. Suelen ser de tres carriles, pero el de la derecha y el de
la izquierda son únicamente para los que van a girar, en una u
otra dirección. Añadimos autobuses que se detienen y luego
pasan de un carril a otro, motos y algunos tractores, con remolque, que
transportan mujeres, “el autobús de la empresa”. Gracias
India, esto me parece de lo más llevadero. Lo del hotel se complica.
Todos los recomendados, llenos. En algunos ni preguntamos, cuando vemos
el entorno del barrio. Finalmente, como siempre, damos con uno, en una
zona buena, con restaurantes. Al día siguiente nos cambiamos a
uno con mejor relación calidad-precio. Permanecemos cuatro noches
en Phnom Penh. Tiempo suficiente para callejear, ver lo más destacado
y conseguir un seguro para el Toyota. Esto último no ha sido fácil.
Una chica muy mona, con gafas, educada, con traje chaqueta, nos recibe
en la recepción de una moderna agencia de seguros. Llena el formulario
y nos dice que estará listo por la tarde. Cuando regresamos, un
inconveniente. El coche no es camboyano. Argumentamos. Llamadas telefónicas.
No puede ser, tal vez se vulneren las leyes. Pido hablar con su jefe.
Un norteamericano. Problema resuelto. Mañana estará listo.
Siguiente día. Un inconveniente, necesito carnet de conducir camboyano.
De nuevo el norteamericano. Problema resuelto. Estará por la tarde.
Esta vez sí. Sonrisas. Ojalá no lo necesite. Phnom Penh
no nos parece tan insufrible como nos lo habían descrito. Saliendo
de la zona central, se encuentran calles tranquilas, donde transcurre
la vida de forma semejante a la Kampong Cham. Vamos probando los distintos
restaurantes recomendados. En este viaje hemos probado de todo. Hemos
comido en lugares muy básicos y en lujosos establecimientos. El
mejor, sin duda, lo hemos encontrado en Phnom Penh, “Malis”.
Preferimos el jardín, con estanque y ventiladores, que el interior,
con aire acondicionado. Siempre compartimos lo que pedimos. No detallo
el menú elegido, pero la primera noche dimos cuenta de ocho platos.
De todo, tradicional cocina khmer, con marisco, carne, pescado, ensaladas,
arroz y vegetales. Exquisito. Habituados a los precios que rigen hoy en
España, un regalo.
Nuestros paseos nos llevan hasta Wat Phnom, un templo,
junto a una gran stupa, que se alzan en la única colina de la capital.
Parque, zona ajardinada, con bancos, a la sombra de altos árboles.
Un gran reloj, sobre césped, en la ladera. Una elefantita que espera
pacientemente que algún turista decida dar una vuelta por los alrededores.
Vendedores de mil chucherías y conductores de tuc-tucs, no muy
insistentes. El palacio Real, visita obligada, con la mayoría de
sus edificios cerrados al público. Creo recordar que en mi anterior
visita, hace siete años, pude entrar en el construido por Eiffel,
todo en acero, con remaches. Un regalo de Napoleón III al rey Norodom.
Claro que entonces la afluencia de grupos era casi inexistente. A pesar
de todo, el paseo por los jardines, la Pagoda de plata, pabellones y los
muros pintados con escenas del Ramayana, compensan ampliamente el sofocante
calor que reina a primera hora de la tarde, cuando lo hemos visitado.
Está cerrado de 11 a 14,30. Ah, es así. Calor y polución,
aliados, principales enemigos de vendedores que callejean sus carritos,
entre coches, ofertando su mercancía. Algunos se protegen con mascarillas.
Otros, sin diferencia de clase social, conductores de rickshaws y propietaria
de una tienda, en la que Alina se ha comprado unos pañuelos tradicionales,
optan por la benefactora siesta. El país está dolarizado.
Cuando cambias euros, te ofrecen dólares. Les sorprende cuando
prefieres kips, la moneda nacional. El cambio no varía. 1$ USA
igual a 4.000 kips. Me fastidia que renuncien al uso de sus billetes,
pero he de reconocer que es más cómodo. En algunos establecimientos,
con precios indicados en dólares, te aplican un cambio beneficioso
para ellos, si pagas en kips. 4.200, por ejemplo. ¿Por qué?
Es así. Sorpresa. Un elefante con sandalias pasa, en el centro
de la ciudad, junto a una moto con tres pasajeros y conductor.
El último día, nos hemos acercado
hasta el museo Tuol Sleng, Museo del Genocidio. Un antiguo colegio que
fue acondicionado como cárcel por los Khemeres rojos. Pasó
a denominarse S-21. Por allí pasaron unos 10.500 detenidos. La
mayoría perteneciente a la clase dirigente derrocada por los khemeres
rojos, ministros del gobierno, militares de alta graduación, miembros
del cuerpo diplomático, familias adineradas, técnicos, estudiantes,
monjes budistas y algunos extranjeros, franceses, australianos y norteamericanos.
Hombres, mujeres, niños. Todos fotografiados, con fichas detalladas,
en las que se incluían fecha de entrada, torturas aplicadas, fecha
de fallecimiento. Yo sabía lo que me iba a encontrar. Recordaba
muy bien la impresión que me causó en el 2.002. Entonces,
sin encontrar otro visitante, recorrí todo el recinto, clases amplias,
vacías, con una cama metálica, en el centro, donde se aplicaban
descargas eléctricas a los prisioneros. Pasillos que daban acceso
a las antiguas clases, convertidas en minúsculos calabozos, cerrados
al exterior por alambradas. Así se impedía que alguien pudiera
escapar a la tortura, suicidándose, al saltar desde un piso al
patio. Salas con instrumentos utilizados durante los interrogatorios.
Salas con las fotografías de todos los que sufrieron cautiverio,
tortura y muerte en la S-21. Te miran de frente. Algunos, desnudos, con
un número de identificación sujeto a la piel con un imperdible.
Es sobrecogedor. Actualmente se está juzgando a un antiguo jefe
de los khemeres rojos, Kaing Guek Eav, alias “Duch”, director
del S-21, desde 1.976 a 1.979.
En nuestra visita hemos coincidido con varios extranjeros. Observo que
nadie comenta, nadie habla. Contemplan rostros, identificados con números.
Al salir, intento imaginar el aspecto que debía ofrecer la ciudad,
cuando todos sus habitantes fueron trasladados a campos de reeducación.
Había que depurar una sociedad contaminada. Recuerdo una fotografía
de la época, en un periódico. Calles vacías, con
dinero revoloteando. Se abolió el sistema. Todo empezaba de cero.
Tiempo pasado. Historia.
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