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Una
vez hemos regresado a la carretera principal, que cruza Laos de norte
a sur, desaparecen los problemas. El paisaje es espectacular. Cruzamos
aldeas que, aunque han dejado de sorprendernos, siguen llamando nuestra
atención. Pasear entre las viviendas, comprar fruta, sentirse espectador
de las rutinas habituales de los aldeanos, con los que intercambiamos
saludos y sonrisas, es la gratificante oportunidad, reservada a quienes
viajamos en coche, sin depender de horarios, trayectos y paradas de autobús
establecidas. Intentamos una vez más seguir una pista, un atajo,
alejándonos del asfalto. Una vez más un caudaloso río,
sin puente para cruzarlo, nos obliga a dar media vuelta y regresar al
cruce donde habíamos abandonado la carretera. Como sabemos que
esas pequeñas contrariedades forman parte del viaje, las asumimos,
intentando positivarlas. En una plataforma, sobre pilotes, bajo un techo
de ramas, un grupo, en su mayoría mujeres, espera el momento de
cruzar el río. Vamos a alegrarnos todos. Saco un durian, que habíamos
comprado anteriormente, y lo ofrezco para compartir. Suministro machete
y navaja a una de las mujeres que, en un santiamén, lo abre y distribuye
entre todos el contenido. No hay forma de comunicarse hablando, pero nos
entendemos perfectamente con gestos y sonrisas.
Pakse, una ciudad establecida por los franceses,
a principios del siglo XX, es la capital de la provincia laosiana de Champasak.
Atardeceres sobre el Mekong, edificios coloniales, buenos restaurantes
y, sobre todo, la cercanía del altiplano de Bolaven, donde los
franceses plantaron grandes cafetales. La mayoría de los propietarios
abandonó el terreno, en 1.954, cuando Laos obtuvo la independencia.
Los que se quedaron, debieron abandonar sus propiedades, cuando comenzaron
los masivos bombardeos norteamericanos sobre el camino de Ho Chi Min.
Eso significa que todavía quedan muchos artefactos explosivos en
el subsuelo. En las zonas desminadas, los agricultores han vuelto a plantar
cafetos, ratán y árboles frutales. Bolaven ofrece además
un paisaje exuberante. Montañas cubiertas de frondosa vegetación,
con laderas cortadas, cascadas ocultas entre árboles. Vemos, desde
un mirador, un salto de agua de mucha altura. Un camino se interna, entre
los árboles, en sentido descendente. ¿Bajamos? Al principio
está bien, luego se va estrechando, Después se complica.
Pendiente pronunciada, dificultad de seguir el sendero porque, en algunos
tramos, las ramas lo ocultan. Hay que ir agarrándose a los árboles,
para no resbalar. Es cansado. Comprendemos que es imposible llegar hasta
el lugar donde el agua sigue por un río. Hay mucha altura, paredes
casi verticales. Escuchamos ruido de agua cayendo. Bajamos un poquito
más y descubrimos una cascada preciosa, solitaria. No va a ser
la única. Llegamos hasta otra, con mucha mayor altura. Espectacular.
En la foto puede verse un hombre en lo alto, sirve de referencia comparativa.
Durante dos días hemos visitado la zona. El primero tuvimos que
detenernos y cubrir la toma de aire con un plástico, para que no
entrara el agua de lluvia. El altiplano acostumbra a estar cubierto de
nubes. Se desencadenó una tormenta brutal, relámpagos, truenos
y lluvia torrencial. Una hora. Hay que resolver el problema. Esperaré
a llegar a Bangkok, para reponer la pieza perdida, de la toma de aire.
Si encuentro algo que me sirva, en el mercado central de Pakse, ingeniaré
una chapuza temporal que evite la entrada de agua. En dos horas solucionado.
Codos de PVC, tela metálica y cinta americana.
A 45 kms. de Pakse, en la ruta que hemos previsto,
un desvío que conduce a las ruinas de Uo Moung, un templo, de finales
del siglo IX, del que se ignora su función, aunque, por su orientación,
parece estar relacionado con Wat Phu, un importante templo Khmer, en la
montaña sagrada Phu Pasak. Hacia ahí nos dirigimos. Cercano
al pueblo de Champasak, en la otra orilla del Mekong. Uo Moung son piedras
en el bosque. Cerca un río, donde abrevan búfalos. Qué
poco, para lo mucho que ofrece. Rincones solitarios, sin espectaculares
paisajes panorámicos, grandes mariposas de brillantes colores,
volando alrededor. Hay unas que, al posarse en las ramas, se confunden
con flores. Sus alas partidas, parecen hojas. En un cobertizo, una imagen
de Buda, con ofrendas recientes, flores y fruta. Otro lugar para el recuerdo.
Cruzamos el Mekong en un transbordador. Un nuevo mundo reducido, en el
pequeño espacio de su plataforma. En el tiempo que se emplea en
que se llene de coches y el trayecto, una mujer prepara comida caliente
para los pasajeros. Motoristas y ciclistas utilizan otras embarcaciones
más ligeras. Pasa ante nosotros un grupo formado por cinco niños
y un adulto. Al llegar a la orilla, siguen camino en su vehículo
familiar, una moto. Champasak es un pueblo pequeño, con antiguas
casas coloniales francesas, algunos restaurantes y unos hotelitos. Apenas
circulan coches. Alguno que, como nosotros, se dirige a Wat Phu, a nueve
kilómetros.
La
montaña en la que se levanta Wat Phu, estaba considerada como un
lugar sagrado, mucho antes de que se edificara el templo. Se han encontrado
evidencias de que las construcciones datan del siglo IX al XVI. El área
arqueológica ocupa 84 hectáreas. Hay tres distintos niveles.
El más bajo, una calzada, entre estanques, hoy secos. Luego se
alcanza el segundo nivel, donde se conservan unos edificios en proceso
de restauración. Al plano más elevado, se llega por unas
escaleras, entre floridos árboles. Kilómetro y medio, desde
la entrada al templo superior. Hace mucho calor, llegamos empapados. Un
breve descanso, sentados en unos bloques de piedra, observando el conjunto
que hemos atravesado, mientras nos refrescamos con una lata de Nescafé,
que unas vendedoras mantienen entre hielo troceado. Una vuelta por los
alrededores, viendo los templos, piedras esculpidas, canalizaciones de
agua, terrazas, algunas en proceso de desplome. Unas mujeres, en la entrada,
venden frutas y flores. Los visitantes las compran para dejarlas ante
distintas imágenes de Buda que se encuentran en el recinto. Observamos
que una de esas mujeres recoge las ofrendas, cuando el visitante se marcha,
las carga en una cesta y las devuelve al punto de venta. Reciclado de
ofrendas. Todos contentos. Ese día utilizamos los transbordadores
en tres ocasiones. Terminamos en una isla, Don Khong. Hemos llegado a
Si Phan Don, traducido literalmente, “4.000 islas”. En el
largo recorrido del Mekong, 4.350 kilómetros, desde China hasta
su delta, en Vietnam, aquí se da su mayor amplitud, en época
lluviosa, alcanzando 14 kms. En época seca, la que disfrutamos
ahora, múltiples islotes y rocas afloran a la superficie. La navegación
es complicada, se necesita mucha experiencia para no encallar y pasar
por pequeños rápidos por el lugar adecuado. Contratamos
el servicio de un barquero, que nos facilita el propietario del hotel
donde nos alojamos, para que nos lleve por el Mekong, durante todo el
día, acercándonos a varios de los interesantes lugares que
ofrece la zona, entre ellos, una parte del río donde pueden verse
delfines. Diez horas. Desde las ocho hasta la puesta de sol. En el río
de desarrolla gran actividad, desde los pescadores que lanzan sus redes
o plantan cañas en la orilla, a las mujeres lavando la ropa o cargando
pesados bidones de agua. Los niños juegan, mientras los búfalos
abrevan o se revuelcan en las zonas embarradas. El barquero amarra su
lancha en un embarcadero de Don Khon, otra gran isla. (Nosotros hemos
salido de Don Khong, no confundir). El trayecto sigue a pie, atravesando
bosques. Comemos unas bayas, ricas, que nuestro guía ha cogido
de un árbol. Nos las ofrece, después de mostrarnos como
pelarlas. El día es caluroso, pero saciamos la sed gracias a cocos,
en neveras con hielo, que los lugareños han situado en dos lugares
estratégicos del camino. Cuatro machetazos y una cañita.
Alcanzamos una zona arenosa, con un par de bares, en los que unos barqueros
juegan a las cartas, esperando clientes. Para ver los delfines hay que
salir de aquí. Entre donde hemos dejado nuestra lancha y este lugar,
el Mekong salva la diferencia de altura con unos saltos de agua, por los
que es imposible navegar. Nos llevan hasta un islote rocoso, desde donde
podemos ver los delfines, saltando sobre el agua, a gran distancia. Es
una especie en extinción. Quedan pocos delfines, en Camboya y Laos.
Aquí menos de 100. Han sobrevivido a la contaminación del
agua, los explosivos que utilizan algunos pescadores y sobre todo a la
matanza masiva durante la época de los Khmeres rojos, en Camboya,
que no creían que fueran reencarnaciones de seres humanos, según
la creencia popular. Otro lugar donde pude ver delfines de agua dulce,
fue en Acre, Brasil. Allí eran de color rosa. Los nativos los respetaban
por considerarlos sagrados. Desde nuestro peñasco, contemplo sombrajos
con hamaca, sobre bancos de arena, rodeados de agua. Cuando volvemos hacia
el embarcadero en donde nos espera, amarrada, nuestra lancha, seguimos
otro camino. Cruzamos un tramo de grandes rocas que despiden fuego. Esa
es la sensación que sentimos. Luego arenales abrasadores. Es el
trayecto más corto para llegar al mirador desde donde se contempla
un gran salto de agua. Después un Wat y almuerzo, con cerveza fría,
antes de volver a embarcarnos. La vuelta, por distinto itinerario, nos
permite ver algunos de los bungalows, básicos, baratos, ocupados
por viajeros independientes que buscan lugares apacibles. Fotografío
a una chica que resume el entorno. Hasta hace un año, la isla en
la que hemos dejado el coche no disponía de luz eléctrica.
Todos conservan los generadores, porque los cortes de suministro son habituales.
Poco a poco cambiará. Habrá más hoteles, mejores
comunicaciones, más turismo, pero se mantendrán las puestas
de sol. La que hemos presenciado desde la barca queda guardada en el archivo
especial de buenos momentos, que en este viaje está engrosando
a gran velocidad. Ojalá los laosianos, dentro de unos años,
cuando aumente el número de visitantes, sigan manteniendo su hospitalidad
y espontánea sonrisa frente al extranjero.
Antes de salir de Laos, otra “catarata”.
En las cercanías, despacho de billetes de entrada, parking que
hay que pagar, mil tiendas de “souvenirs”, restaurantes y
bares. Repetir continuamente, con la mejor de las sonrisas, “No,
gracias”. Esto ira a más. Venid antes de que empeore. En
la frontera con Camboya, los oficiales laosianos, pulcramente uniformados,
me dicen algo que me intranquiliza. “Antes de sellarle la salida,
obtenga la entrada en Camboya. Una vez la tenga, regrese y le tampono
los documentos”. ¿Por qué me habrá dicho eso?
En los barracones de inmigración de Camboya, a unos doscientos
metros, un soldado, descamisado, me dice que antes de pedir el visado
selle el Carnet de Pasaje del coche. Empiezo a mosquearme. Otro barracón,
al otro lado de la carretera. Un oficial, en una mesa, hablando con su
mujer, novia o amiga. Mira el Carnet, durante largo rato. Le da la vuelta,
mira. Vuelve a mirar. Nos dice que necesitamos un documento de tránsito
expedido por Laos. Todo tipo de argumentaciones por mi parte. Le muestro
la anterior entrada y salida de Camboya, del mes anterior, cuando fui
con Nieves. Mira, silencio, mira. Que no, que no puede ser. Que va en
contra de las leyes. Hora y media. Me harto. Lo dejo con Alina, mientras
intento ver a algún responsable superior. El policía de
inmigración me aconseja que espere hasta las dos, supongo que a
esa hora habrá cambio de guardia. Espero. Media hora. Veo desde
lejos que Alina sigue hablando con el agente de aduanas. Cuando regreso,
me pide el Carnet, estampa sello y firma la entrada. Supongo que ha optado
por ceder ante la perseverancia de Alina, que ha probado, incansablemente,
sin dejar de hablar, con tono de voz suave, todas las estrategias posibles,
incluida la personal. -“No quieres firmar, porque te caemos mal.
Porque soy mujer.” En los ojos del oficial puedo leer. –“Vale,
firmo, pero dejadme en paz. Marchaos ya.”
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