| Iniciamos
nuestra ruta hacia el sur. Cerca de 400 kms. cruzando montañas,
valles y ríos. Pasamos por aldeas que han levantado sus viviendas
en la cresta, aprovechando el limitado espacio plano que les ofrece carretera
y arcenes. El asfalto es su patio. Ahí juegan y hacen los deberes
los niños, se pasean pollos, patos y cerdos, se golpean los tallos,
que luego se utilizarán para confeccionar escobas. Llegamos de
noche a Luang Prabang, el principal centro turístico de Laos. La
ciudad antigua, la parte más interesante, se encuentra entre el
Mekong y uno de sus afluentes, el Nam Khan. Desde 1.989, año en
que Laos se abrió al turismo internacional, Luang Prabang experimento
un rápido renacer. Se restauraron, palacios, templos y edificios.
Algunos, de la época colonial francesa, se han convertido en hoteles.
La oferta es amplia. Hay lugares para alojarse ajustados a cualquier presupuesto.
Una calle principal, otra, sin apenas tráfico, paralela y los dos
ríos. Una colina, con dos templos en lo alto, es una referencia
siempre visible. Más allá, alejándose de la confluencia
del Mekong y el Nam Khan, la ciudad nueva. Es fácil, agradable,
aunque cansado, pasear por sus calles, visitando los numerosos templos,
el palacio real y los wats que se yerguen en lo alto de la colina. Nos
quedamos cuatro días. Nos hubiera encantado quedarnos más
tiempo, pero… hay tanto que ver por delante. Ya hemos consumido
la cuarta parte del tiempo del que disponemos para cubrir la ruta planificada.
Uno de los días, optamos por acercarnos a
unas cuevas, a 25 kms de la ciudad, con numerosas imágenes de Buda.
La principal atracción no son las cuevas en sí, sino el
recorrido por el Mekong en una lancha. Nos detenemos en Ban Xang Khong,
una aldea ribereña dedicada a la confección manual de telas
tradicionales. Un lugar apacible. Destilan su propio alcohol. En las botellas,
grandes escorpiones y serpientes. Compartimos embarcación con tres
personas más, dos norteamericanos y un colombiano, amigos desde
hace años. Los dos primeros, residen en Phnom Penh desde hace años.
Uno de ellos ha escrito una guía muy completa, para motoristas,
de Camboya. Están disfrutando de unas largas vacaciones, recorriendo
Laos. Algo pendiente, durante años, que ahora pueden realizar.
Todo tiene su momento adecuado. Iniciamos conversación con el colombiano,
Bernardo. ¿Casualidad? Descubrimos que tenemos amistades comunes.
Antiguos compañeros de trabajo, residentes en Colombia y España.
Por la tarde, nuevo encuentro, en el lugar donde se alojan, acompañados
por cerveza fría y mapas. Tomamos nota de toda la información
que nos aportan. Por las noches, paseos por los mercados callejeros. El
calor es agobiante, a pesar de que Luang Prabang se encuentra a 700 metros
de altitud. Lo combatimos bebiendo zumos de mango. Me llama la atención
la gran habilidad que demuestran los habitantes de todos estos países
para conducir, motos o bicicletas, con una sola mano. La otra siempre
ocupada por un teléfono móvil, un paraguas o un cigarrillo.
En lo alto de la colina, desde donde, por supuesto, se disfruta de un
inmejorable punto de vista, sobre la ciudad, unas estatuas muy kitsch.
Tigres, elefantes, serpientes y… las siete posiciones de Buda, según
los días de la semana. La del sábado, Pangnakpok, muestra
las nagas, serpientes acuáticas comunes en Laos y Tailandia, protegiendo
a Buda del demonio Mana, antes de que le llegue la iluminación.
Por fin encuentro una compañía, francesa, que me permite
adquirir un seguro del coche, que me cubre daños a terceros. Como
los que ya tengo, de Malasia y Tailandia, la duración es de un
año. A Luang Prabang, volveré, eso espero.
Laos
es el país del mundo con mayor número de bombas y minas,
en su subsuelo. Cerca de 100 años de conflictos militares sembraron
el país de esos peligroso artefactos. Hace 30 años que terminó
la guerra, pero ahí siguen, escondidos, esos diabólicos
ingenios humanos. Muchos de ellos, las minas personales, ideados para
causar graves heridas, no para matar. Es más costoso, necesitando
personas y recursos, recuperar a un herido que enterrar a un muerto. Esos
“recuerdos” de la guerra, siguen matando o hiriendo gravemente,
a 300 personas cada año. El 80% de los seis millones de personas,
que se supone que viven en el país, se encuentra en zonas rurales.
De 1.964 a 1.973, los norteamericanos realizaron 580.000 misiones de bombardeo,
lanzando 270 millones de bombas. Se estima, que no explotó el 40%.
El total de las víctimas causadas supera las 50.000. Se ha hecho
un gran esfuerzo por desminar los campos laosianos. Hay varias organizaciones
dedicadas a ello, con ayudas económicas de varios países,
entre ellos EE.UU, pero es costoso y laborioso. Se necesita gente preparada,
no sólo para desminar, sino también para educar a los campesinos
a convivir con las minas. Visitamos una oficina de MAG (Mines Advisory
Group), en Phonsavan. No es lo mismo leer una noticia de tres líneas
en un periódico que enfrentarse, sobre el terreno, a una realidad
tan desesperante como las que sufren gran parte de los campesinos laosianos.
Se han creado grupos para desminar, formados únicamente por mujeres.
La vida es dura, ese es un trabajo remunerado, no hay muchos. Vemos
fotos de los lugares que hemos venido a visitar, con esos equipos en plena
acción. En esta zona, se encuentra “La llanura de las Jarras”,
varios emplazamientos al este de Phonsavan, donde se hallan unas especies
de vasijas de piedra. Se les supone una antigüedad de 2.000 años,
pero la ausencia de cualquier material orgánico, en su interior,
impide las pruebas científicas que determinarían la fecha
exacta. Son varias las teorías que se manejan, sobre su función,
sarcófagos, depósitos para almacenar arroz o fermentar vino…
Sirvieran para lo que sirvieran, lo cierto es que decoran inmejorablemente
la campiña.
Seguimos los caminos bien señalizados, entre
trincheras, cráteres de bombas y los enigmáticos depósitos
pétreos. Las zonas visitadas por los turistas han sido desminadas,
así lo confirman los carteles estratégicamente situados.
De todas formas, procuramos no salirnos de los márgenes señalizados
por MAG o por los senderos, siguiendo otras huellas. Las minas y bombas
están presentes en todos los lugares. Los llaveros de las habitaciones
del hotel son cápsulas de balas. Junto a la mesa del restaurante
donde comemos sopa con fideos, picante, una exposición de artilugios
destructores, entre los que destaca un ingenioso sistema para “quemar”
el explosivo, sin destruir la carcasa. Así pueden utilizarse las
vainas con distintos fines. La falta de preparación técnica
y la subida del precio de la chatarra, causaron, pocos años atrás,
un aumento de víctimas, que buscaban, con detectores de metal,
grandes bombas sin explotar. En las afueras de la ciudad, en lo alto de
una colina un bien conservado monumento a los soldados vietnamitas y laosianos,
caídos en batallas del nordeste de Laos.
Continuamos dirección sur. Seguimos entre
montañas, pero en vez de pasar puertos, la carretera sigue entre
valles. De vez en cuando, aldeas que ofrecen fruta, antenas parabólicas
de tv –sin ellas no es posible seguir las telenovelas, principal
distracción nocturna-, y “exquisiteces gastronómicas”,
como murciélagos, roedores, ranas, ardillas o gusanos. Aquí
todo lo que vuele, repte, corra o se mueva, es comestible. Hacemos noche
en Vang Vieng, otro lugar de encuentro para los aficionados a la escalada,
senderismo, o remo. Cerveza fría, puesta de sol, paseo por la calle
principal con bares, restaurantes, y “peluquerías”.
Al día siguiente, dirigiéndonos ya hacia la capital, Vientiane,
adelantamos un elefante.
Hace
un par de días sufrí un accidente dental. Una piedra escondida
entre deliciosos vegetales me había causado un tremendo desperfecto.
Tenía que solucionarlo rápidamente. Había esperado
a llegar a la capital. Si no aquí, ¿dónde?. International
Clinic. Ficha, espera de diez minutos, dentista que me inspira confianza
y arreglo, de algo complicado, resuelto con eficacia. ¿Cuánto
he pagado? 20 $ USA. Cada vez me gusta más Laos. De Vientiane hablaré
mas adelante, cuando vuelva. Una capital agradable, pudiendo aparcar donde
a uno mejor le parece. ¿Y si fuéramos a Vietnam? Hace años
que no permiten la entrada de vehículos europeos, pero tal vez
haya cambiado la norma. En la embajada nos dicen que ignoran si podemos
entrar, que preguntemos y obtengamos el visado, en caso de ser posible,
en el consulado de Savannahhet, más al sur. Hacia allí nos
vamos. Al salir de Vientiane, nos detenemos en Xieng Khuan, un extraño
lugar. Construido en 1.958 por Luang Pu, yogui, chamán, que enraizó
hinduismo y budismo. Un recinto donde se alzan esculturas, en cemento,
de Shiva, Buda, Vishnú, Arjuna y deidades varias. Chocante. Seguimos,
mientras es posible, la pista cercana al Mekong. Regresamos a la carretera
principal hasta llegar a Paksan. Dormir y continuar hacia Savannakhet.
En el consulado vietnamita nos proporcionan el visado.
“Creo que pueden entrar en Vietnam”. Hasta que no cruce la
frontera no lo celebraré. Los alrededores de la ciudad ofrecen
distintas posibilidades, templos, cuevas y caminos alternativos, por pistas,
entre montañas, pasando por aldeas. Nos acercamos a todos los lugares.
Negras nubes empiezan a cubrir el cielo. Tiempo para regresar, no sea
que nos pille una tormenta por estos lugares aislados. Encantadores, pero
aislados. Al día siguiente, unos 230 kms. hasta la frontera, carretera
en muy buen estado. Sellamos salida de Laos, nos sellan el pasaporte de
entrada en Vietnam, pero… el coche no puede pasar. El oficial de
aduanas, compungido, nos dice que no puede hacer nada. Que únicamente
se permite la entrada de coches laosianos. Que lo lamenta, pero que Vietnam
no reconoce los documentos internacionales de importación temporal
de vehículos. Lo hemos intentado. Alternativa. Cruzaremos Don Phu
Vieng Npa, una extensa área selvática, donde se encuentran
aldeas Katang. Según el mapa que tenemos, una calzada, indicada
en rojo (carretera principal), nos permite atravesar esa parte central
de Laos para reencontrar más adelante, la carretera que sigue el
curso del Mekong. Cuando tomamos el desvío, el asfalto desaparece.
Una pista ancha en buen estado, flanqueada por árboles. Al llegar
al primer pueblo importante, nos damos cuenta de que el trayecto que hemos
elegido va a presentar sus dificultades. No hay letreros señalizadores.
Tenemos que preguntar. Las indicaciones son contradictorias. Por fin,
damos con la pista adecuada, más estrecha. Un laberinto de senderos
en el bosque. Sigo el que me parece más utilizado. En algún
momento me equivoco. Eso lo comprobaré después, aunque de
haber seguido la pista adecuada el final del día hubiera sido el
mismo. No nos cruzamos con ningún vehículo. Hemos de vadear
riachuelos. En ocasiones, con cierto riesgo, ya que, entre rocas y huecos
con agua, debo evitar quedar clavado en un hoyo. Pasamos por aldeas en
las que sus habitantes nos miran sorprendidos. No hay forma de entendernos.
No leen laosiano. Las mujeres llevan el pecho descubierto. Seguimos, hasta
que un gran río nos corta el paso. El viejo puente fue destruido
durante la guerra de Vietnam. Los locales logran pasar al otro lado, embarcando
sus motos en pequeñas piraguas. Segunda frustración del
día. Si hubiera tenido el mapa adecuado, que se actualiza cada
año, especial para motos, hubiéramos visto que la mayoría
de las pistas que cruzan la región, no cuenta con puentes para
coches. Por aquí discurría el camino de Ho Chi Min, múltiples
senderos y puentes por los que llegaba el abastecimiento al vietcong,
desde Vietnam del Norte. Media vuelta y regreso. Intentaré volver
por los senderos que hemos llegado. No es fácil. En un par de ocasiones,
damos media vuelta hasta reconocer alguna referencia. Nos queda poco tiempo
de luz diurna. En una aldea, pregunto por el pueblo importante, desde
el que ya no tendremos problema en regresar a la carretera principal.
Se ríen. Nos miran y se ríen. Por fin, uno de ellos nos
entiende. Se prestan a llevarme hasta el cruce de caminos adecuado. Sigo
al grupo, caminando, mientras Alina se queda en el coche. Después
de enseñarme por donde debemos seguir, desaparecen. Cuando quiero
regresar a la aldea, me despisto, tomo un sendero que me lleva hasta un
lago. Oigo los gritos de los niños, jugando, más arriba
de donde me encuentro. El sonido, como un faro en el mar, me lleva hasta
el Toyota. Cae la noche, dos equivocaciones más, girar, sin apenas
espacio, y llegar por fin al pueblo desde el que nos dirigimos a la vía
principal, asfaltada. Ocho horas extraordinarias. ¿No querías
aventura? Encontramos un restaurante, a pie de carretera en el que una
mujer muy activa nos acerca a los fogones para que elijamos lo que queremos
cenar. En unos minutos, nos prepara un ágape. Un par de gritos
al marido, que se levanta de la hamaca donde dormitaba, mientras la televisión
ofrece el consabido folletín nocturno, para servirnos una botella
de cerveza fría. Qué bien sabe. La sonriente mujer nos indica
el hotel donde podemos pernoctar. Habitación con aire acondicionado,
140.000 kips, con ventilador, 45.000. Somos los únicos clientes.
“Lleguemos a un acuerdo. 70.000 kips (seis euros y medio), con aire
acondicionado”. Sonrisa, me coge el dinero que le muestro en la
mano.
Al día siguiente, antes de emprender camino,
comprobamos que la parte superior de la toma de aire, ha desaparecido
en la jungla. Alguna rama gruesa, escondida entre hojas, nos ha descabezado
el “snorkel”.
Enviado desde Vientiane
el 15 de Abril, 2009
Kilómetros recorridos 60.275
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