Crónica 34: del 30 de enero al 25 de febrero 2009 (2ª)






 

Iniciamos nuestra ruta hacia el sur. Cerca de 400 kms. cruzando montañas, valles y ríos. Pasamos por aldeas que han levantado sus viviendas en la cresta, aprovechando el limitado espacio plano que les ofrece carretera y arcenes. El asfalto es su patio. Ahí juegan y hacen los deberes los niños, se pasean pollos, patos y cerdos, se golpean los tallos, que luego se utilizarán para confeccionar escobas. Llegamos de noche a Luang Prabang, el principal centro turístico de Laos. La ciudad antigua, la parte más interesante, se encuentra entre el Mekong y uno de sus afluentes, el Nam Khan. Desde 1.989, año en que Laos se abrió al turismo internacional, Luang Prabang experimento un rápido renacer. Se restauraron, palacios, templos y edificios. Algunos, de la época colonial francesa, se han convertido en hoteles. La oferta es amplia. Hay lugares para alojarse ajustados a cualquier presupuesto. Una calle principal, otra, sin apenas tráfico, paralela y los dos ríos. Una colina, con dos templos en lo alto, es una referencia siempre visible. Más allá, alejándose de la confluencia del Mekong y el Nam Khan, la ciudad nueva. Es fácil, agradable, aunque cansado, pasear por sus calles, visitando los numerosos templos, el palacio real y los wats que se yerguen en lo alto de la colina. Nos quedamos cuatro días. Nos hubiera encantado quedarnos más tiempo, pero… hay tanto que ver por delante. Ya hemos consumido la cuarta parte del tiempo del que disponemos para cubrir la ruta planificada.
Uno de los días, optamos por acercarnos a unas cuevas, a 25 kms de la ciudad, con numerosas imágenes de Buda. La principal atracción no son las cuevas en sí, sino el recorrido por el Mekong en una lancha. Nos detenemos en Ban Xang Khong, una aldea ribereña dedicada a la confección manual de telas tradicionales. Un lugar apacible. Destilan su propio alcohol. En las botellas, grandes escorpiones y serpientes. Compartimos embarcación con tres personas más, dos norteamericanos y un colombiano, amigos desde hace años. Los dos primeros, residen en Phnom Penh desde hace años. Uno de ellos ha escrito una guía muy completa, para motoristas, de Camboya. Están disfrutando de unas largas vacaciones, recorriendo Laos. Algo pendiente, durante años, que ahora pueden realizar. Todo tiene su momento adecuado. Iniciamos conversación con el colombiano, Bernardo. ¿Casualidad? Descubrimos que tenemos amistades comunes. Antiguos compañeros de trabajo, residentes en Colombia y España. Por la tarde, nuevo encuentro, en el lugar donde se alojan, acompañados por cerveza fría y mapas. Tomamos nota de toda la información que nos aportan. Por las noches, paseos por los mercados callejeros. El calor es agobiante, a pesar de que Luang Prabang se encuentra a 700 metros de altitud. Lo combatimos bebiendo zumos de mango. Me llama la atención la gran habilidad que demuestran los habitantes de todos estos países para conducir, motos o bicicletas, con una sola mano. La otra siempre ocupada por un teléfono móvil, un paraguas o un cigarrillo. En lo alto de la colina, desde donde, por supuesto, se disfruta de un inmejorable punto de vista, sobre la ciudad, unas estatuas muy kitsch. Tigres, elefantes, serpientes y… las siete posiciones de Buda, según los días de la semana. La del sábado, Pangnakpok, muestra las nagas, serpientes acuáticas comunes en Laos y Tailandia, protegiendo a Buda del demonio Mana, antes de que le llegue la iluminación. Por fin encuentro una compañía, francesa, que me permite adquirir un seguro del coche, que me cubre daños a terceros. Como los que ya tengo, de Malasia y Tailandia, la duración es de un año. A Luang Prabang, volveré, eso espero.



Laos es el país del mundo con mayor número de bombas y minas, en su subsuelo. Cerca de 100 años de conflictos militares sembraron el país de esos peligroso artefactos. Hace 30 años que terminó la guerra, pero ahí siguen, escondidos, esos diabólicos ingenios humanos. Muchos de ellos, las minas personales, ideados para causar graves heridas, no para matar. Es más costoso, necesitando personas y recursos, recuperar a un herido que enterrar a un muerto. Esos “recuerdos” de la guerra, siguen matando o hiriendo gravemente, a 300 personas cada año. El 80% de los seis millones de personas, que se supone que viven en el país, se encuentra en zonas rurales. De 1.964 a 1.973, los norteamericanos realizaron 580.000 misiones de bombardeo, lanzando 270 millones de bombas. Se estima, que no explotó el 40%. El total de las víctimas causadas supera las 50.000. Se ha hecho un gran esfuerzo por desminar los campos laosianos. Hay varias organizaciones dedicadas a ello, con ayudas económicas de varios países, entre ellos EE.UU, pero es costoso y laborioso. Se necesita gente preparada, no sólo para desminar, sino también para educar a los campesinos a convivir con las minas. Visitamos una oficina de MAG (Mines Advisory Group), en Phonsavan. No es lo mismo leer una noticia de tres líneas en un periódico que enfrentarse, sobre el terreno, a una realidad tan desesperante como las que sufren gran parte de los campesinos laosianos. Se han creado grupos para desminar, formados únicamente por mujeres. La vida es dura, ese es un trabajo remunerado, no hay muchos. Vemos fotos de los lugares que hemos venido a visitar, con esos equipos en plena acción. En esta zona, se encuentra “La llanura de las Jarras”, varios emplazamientos al este de Phonsavan, donde se hallan unas especies de vasijas de piedra. Se les supone una antigüedad de 2.000 años, pero la ausencia de cualquier material orgánico, en su interior, impide las pruebas científicas que determinarían la fecha exacta. Son varias las teorías que se manejan, sobre su función, sarcófagos, depósitos para almacenar arroz o fermentar vino… Sirvieran para lo que sirvieran, lo cierto es que decoran inmejorablemente la campiña.
Seguimos los caminos bien señalizados, entre trincheras, cráteres de bombas y los enigmáticos depósitos pétreos. Las zonas visitadas por los turistas han sido desminadas, así lo confirman los carteles estratégicamente situados. De todas formas, procuramos no salirnos de los márgenes señalizados por MAG o por los senderos, siguiendo otras huellas. Las minas y bombas están presentes en todos los lugares. Los llaveros de las habitaciones del hotel son cápsulas de balas. Junto a la mesa del restaurante donde comemos sopa con fideos, picante, una exposición de artilugios destructores, entre los que destaca un ingenioso sistema para “quemar” el explosivo, sin destruir la carcasa. Así pueden utilizarse las vainas con distintos fines. La falta de preparación técnica y la subida del precio de la chatarra, causaron, pocos años atrás, un aumento de víctimas, que buscaban, con detectores de metal, grandes bombas sin explotar. En las afueras de la ciudad, en lo alto de una colina un bien conservado monumento a los soldados vietnamitas y laosianos, caídos en batallas del nordeste de Laos.
Continuamos dirección sur. Seguimos entre montañas, pero en vez de pasar puertos, la carretera sigue entre valles. De vez en cuando, aldeas que ofrecen fruta, antenas parabólicas de tv –sin ellas no es posible seguir las telenovelas, principal distracción nocturna-, y “exquisiteces gastronómicas”, como murciélagos, roedores, ranas, ardillas o gusanos. Aquí todo lo que vuele, repte, corra o se mueva, es comestible. Hacemos noche en Vang Vieng, otro lugar de encuentro para los aficionados a la escalada, senderismo, o remo. Cerveza fría, puesta de sol, paseo por la calle principal con bares, restaurantes, y “peluquerías”. Al día siguiente, dirigiéndonos ya hacia la capital, Vientiane, adelantamos un elefante.


Hace un par de días sufrí un accidente dental. Una piedra escondida entre deliciosos vegetales me había causado un tremendo desperfecto. Tenía que solucionarlo rápidamente. Había esperado a llegar a la capital. Si no aquí, ¿dónde?. International Clinic. Ficha, espera de diez minutos, dentista que me inspira confianza y arreglo, de algo complicado, resuelto con eficacia. ¿Cuánto he pagado? 20 $ USA. Cada vez me gusta más Laos. De Vientiane hablaré mas adelante, cuando vuelva. Una capital agradable, pudiendo aparcar donde a uno mejor le parece. ¿Y si fuéramos a Vietnam? Hace años que no permiten la entrada de vehículos europeos, pero tal vez haya cambiado la norma. En la embajada nos dicen que ignoran si podemos entrar, que preguntemos y obtengamos el visado, en caso de ser posible, en el consulado de Savannahhet, más al sur. Hacia allí nos vamos. Al salir de Vientiane, nos detenemos en Xieng Khuan, un extraño lugar. Construido en 1.958 por Luang Pu, yogui, chamán, que enraizó hinduismo y budismo. Un recinto donde se alzan esculturas, en cemento, de Shiva, Buda, Vishnú, Arjuna y deidades varias. Chocante. Seguimos, mientras es posible, la pista cercana al Mekong. Regresamos a la carretera principal hasta llegar a Paksan. Dormir y continuar hacia Savannakhet.
En el consulado vietnamita nos proporcionan el visado. “Creo que pueden entrar en Vietnam”. Hasta que no cruce la frontera no lo celebraré. Los alrededores de la ciudad ofrecen distintas posibilidades, templos, cuevas y caminos alternativos, por pistas, entre montañas, pasando por aldeas. Nos acercamos a todos los lugares. Negras nubes empiezan a cubrir el cielo. Tiempo para regresar, no sea que nos pille una tormenta por estos lugares aislados. Encantadores, pero aislados. Al día siguiente, unos 230 kms. hasta la frontera, carretera en muy buen estado. Sellamos salida de Laos, nos sellan el pasaporte de entrada en Vietnam, pero… el coche no puede pasar. El oficial de aduanas, compungido, nos dice que no puede hacer nada. Que únicamente se permite la entrada de coches laosianos. Que lo lamenta, pero que Vietnam no reconoce los documentos internacionales de importación temporal de vehículos. Lo hemos intentado. Alternativa. Cruzaremos Don Phu Vieng Npa, una extensa área selvática, donde se encuentran aldeas Katang. Según el mapa que tenemos, una calzada, indicada en rojo (carretera principal), nos permite atravesar esa parte central de Laos para reencontrar más adelante, la carretera que sigue el curso del Mekong. Cuando tomamos el desvío, el asfalto desaparece. Una pista ancha en buen estado, flanqueada por árboles. Al llegar al primer pueblo importante, nos damos cuenta de que el trayecto que hemos elegido va a presentar sus dificultades. No hay letreros señalizadores. Tenemos que preguntar. Las indicaciones son contradictorias. Por fin, damos con la pista adecuada, más estrecha. Un laberinto de senderos en el bosque. Sigo el que me parece más utilizado. En algún momento me equivoco. Eso lo comprobaré después, aunque de haber seguido la pista adecuada el final del día hubiera sido el mismo. No nos cruzamos con ningún vehículo. Hemos de vadear riachuelos. En ocasiones, con cierto riesgo, ya que, entre rocas y huecos con agua, debo evitar quedar clavado en un hoyo. Pasamos por aldeas en las que sus habitantes nos miran sorprendidos. No hay forma de entendernos. No leen laosiano. Las mujeres llevan el pecho descubierto. Seguimos, hasta que un gran río nos corta el paso. El viejo puente fue destruido durante la guerra de Vietnam. Los locales logran pasar al otro lado, embarcando sus motos en pequeñas piraguas. Segunda frustración del día. Si hubiera tenido el mapa adecuado, que se actualiza cada año, especial para motos, hubiéramos visto que la mayoría de las pistas que cruzan la región, no cuenta con puentes para coches. Por aquí discurría el camino de Ho Chi Min, múltiples senderos y puentes por los que llegaba el abastecimiento al vietcong, desde Vietnam del Norte. Media vuelta y regreso. Intentaré volver por los senderos que hemos llegado. No es fácil. En un par de ocasiones, damos media vuelta hasta reconocer alguna referencia. Nos queda poco tiempo de luz diurna. En una aldea, pregunto por el pueblo importante, desde el que ya no tendremos problema en regresar a la carretera principal. Se ríen. Nos miran y se ríen. Por fin, uno de ellos nos entiende. Se prestan a llevarme hasta el cruce de caminos adecuado. Sigo al grupo, caminando, mientras Alina se queda en el coche. Después de enseñarme por donde debemos seguir, desaparecen. Cuando quiero regresar a la aldea, me despisto, tomo un sendero que me lleva hasta un lago. Oigo los gritos de los niños, jugando, más arriba de donde me encuentro. El sonido, como un faro en el mar, me lleva hasta el Toyota. Cae la noche, dos equivocaciones más, girar, sin apenas espacio, y llegar por fin al pueblo desde el que nos dirigimos a la vía principal, asfaltada. Ocho horas extraordinarias. ¿No querías aventura? Encontramos un restaurante, a pie de carretera en el que una mujer muy activa nos acerca a los fogones para que elijamos lo que queremos cenar. En unos minutos, nos prepara un ágape. Un par de gritos al marido, que se levanta de la hamaca donde dormitaba, mientras la televisión ofrece el consabido folletín nocturno, para servirnos una botella de cerveza fría. Qué bien sabe. La sonriente mujer nos indica el hotel donde podemos pernoctar. Habitación con aire acondicionado, 140.000 kips, con ventilador, 45.000. Somos los únicos clientes. “Lleguemos a un acuerdo. 70.000 kips (seis euros y medio), con aire acondicionado”. Sonrisa, me coge el dinero que le muestro en la mano.
Al día siguiente, antes de emprender camino, comprobamos que la parte superior de la toma de aire, ha desaparecido en la jungla. Alguna rama gruesa, escondida entre hojas, nos ha descabezado el “snorkel”.


Enviado desde Vientiane el 15 de Abril, 2009
Kilómetros recorridos 60.275

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