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Alina
siempre se había sentido atraída por el sudeste asiático,
seguir el curso del Mekong. Disponía de dos meses libres. Le comenté
que podía incorporarse al viaje, cuando Nieves regresará
a Madrid. No lo dudó. “Ya tengo el billete. El 30 de enero
aterrizo en Bangkok”. El plan propuesto es dirigirnos hacia el norte
de Tailandia, pasar a Laos, recorrer ese país, entrar en Camboya,
llegando a las principales zonas arqueológicas con restos del imperio
Khmer, y regresar a Bangkok. Dos meses. Puede parecer mucho tiempo, todo
es relativo, creo que será suficiente.
Iniciamos el itinerario que hemos establecido, dirigiéndonos a
Sukhotai, la primera capital de Tailandia. Alcanzó su apogeo en
los siglos XIII y XIV. Intentaremos, siempre que sea posible, no pasar
demasiadas horas en la carretera. Nos detenemos en Kamphaeng Phet, a algo
menos de 100 kms. de Sukhotai. Hemos decidido no pasar por alto ningún
punto interesante, que no se encuentre demasiado alejado de la ruta prevista.
Se conservan restos de murallas, templos y palacios. El parque histórico
de Kamphaeng Phet, no está incluido en los circuitos habituales
del turismo internacional. Pasear entre las ruinas, en esta época
del año, estación seca, no muy calurosa, bajo la sombra
de árboles con grandes flores, de llamativos colores, en soledad,
nos hace sentirnos privilegiados. Ni tan siquiera hay vendedores ocasionales,
Unicamente, a la entrada del parque, se pueden adquirir refrescos y fruta.
La pelan y cortan, cubriendo las manos con una bolsa de plástico
y la entregan en las habituales bandejas, protegidas por una fina lámina.
Otra alternativa, de los locales, para conseguir algo de dinero es vender
pajaritos, encerrados en pequeñas jaulas. Por muy poco dinero,
puedes lograr que vuelvan a ser libres. Ignoro si están educados
para que vuelvan a casa, donde pueden tener comida asegurada. Se establecería
así una relación, en cadena, satisfactoria, entre ofertante,
pájaro y liberador. Tan sólo nos hemos encontrado a unos
estudiantes que, aprovechando la oportunidad, hacen sus deberes de práctica
de inglés. Llevan preguntas escritas en una cuartilla. Rellenan
los espacios en blanco, escribiendo nuestras respuestas. Luego…
silencio, roto únicamente por el sonido de nuestras pisadas sobre
las hojas secas que cubren la yerba.
Regresar
a Sukhotai, ha sido para mí, un reencuentro con el pasado. No reconozco
el entorno, sí algunas imágenes de Buda, inolvidables, y
las tres torres, de estilo Khmer, del siglo XIII, de Wat Si Sawai. Hoy
en día, el parque histórico, 45 kms. cuadrados, se ha convertido
en uno de los lugares más visitados de Tailandia. Especialmente
el recinto central, intramuros. El emplazamiento estaba defendido por
tres murallas y dos fosos, con puentes, que permitían el acceso
por cuatro entradas. Cuando vine, la primera vez, en 1.980, se llegaba
a los restos de templos y monasterios, por unos caminos de tierra, sin
carteles indicadores. Es más, se aconsejaba avisar a la policía
local, si se visitaban algunos puntos más alejados, en los que
se habían producido algunos asaltos. En aquel entonces, los cuatro
que llegamos hasta aquí, lo hicimos montados en un tuc-tuc. El
conductor conocía bien todos los enclaves destacados. Ahora, los
grupos utilizan autobús y los que viajan a su aire bicicletas alquiladas.
El parque está muy bien conservado. Carteles indicadores y asfalto.
Flores en los estanques. Intentando evitar un rodeo, he cruzado un seto,
de un metro de altura, en el Wat Si Sawai, siguiendo una senda. Me he
sobresaltado al ver una serpiente, de la que no me había percatado,
saltando de las ramas al suelo, escapando con gran rapidez. A partir de
ese momento, voy con más cuidado. El jardín bien mantenido,
el asfalto y los carteles, han sido, sin duda, el motivo por el que he
olvidado dónde estoy. Aquí hay serpientes, aunque no se
vean habitualmente. Afortunadamente ha huido. Es una pena que no pueda
usar la cámara fotográfica que estaba usando hasta que me
caí al río en Angkor. Me había habituado a ella.
Ligera, 18 aumentos ópticos, objetivo Leica… Tendré
que comprarme una, último modelo, cuando pase por Singapur. Había
olvidado ya lo engorroso que resulta tener que cambiar de objetivos. En
Wat Si Chum, un edificio alto, cuadrado, se encuentra, encajonada, una
imagen de Buda, de ladrillo y estuco, 15 metros de altura. Numerosas pegatinas
de pan de oro en sus uñas. Impactante. Para poder imaginar sus
dimensiones, sirve una referencia de Alina, frente a la mano derecha.
Con el mapa que nos han proporcionado, al comprar los billetes de entrada
al parque histórico, no tenemos ningún problema en llegar
a todos los templos señalados. En cuanto nos alejamos de la parte
central, volvemos a encontrarnos solos.
Nuestra siguiente parada es en la zona arqueológica
de Si Sachanalay, también declarada Patrimonio Mundial por la Unesco.
Se encuentra a unos 50 kms. de Sukhotai, camino de Lampang, en donde pernoctaremos.
Otro hallazgo no esperado. En la zona se encuentran los restos de dos
antiguas ciudades, una del siglo XI, Chaliang, y otra del XIII-XIV, Si
Sachanalay. La zona es extensa, 720 hectáreas, con calzadas asfaltadas
que conducen a los distintos wats. En el centro de la antigua ciudad,
rodeada por un foso de 12 metros de ancho, destaca el Wat Chang Lom, del
siglo XIII. Una vez más, como en Kamphaeng Phet, el principal atractivo
continúa siendo el entorno. Estos destacados, bien conservados,
restos de una antigua civilización se levantan entre árboles,
con grandes espacios abiertos. Hojas secas, entre las que destacan, las
flores rojas que caen de las ramas, girando sobre si mismas. Alina me
dice, que ha leído en un cartel, que cerca del curso del río
cercano, se conservan antiguos hornos de alfarería. Vamos. En su
momento, llegaron a utilizarse más de 200. Las piezas, muy apreciadas,
se exportaban, principalmente a China. Subimos a dos colinas cercanas,
por una larga escalera de peldaños de piedra desiguales. En una,
la más elevada, una stupa, sobre plataformas, escalonadas. En otra
cercana, un gran Buda sedente que contempla, desde el elevado promontorio,
el espacio que antaño ocupaba Si Sachanalay.
Hemos
decidido no acercarnos a Chiang Mai. Lo que fuera antaño corazón
del triangulo del opio, cercano a las fronteras con Laos y Nyanmar, con
interesantes templos y aldeas de diferentes sociedades tribales, es, actualmente,
otro los puntos más visitados por el turismo internacional. Por
supuesto que en nuestro recorrido llegaremos ineludiblemente a lugares
semejantes e incluso nos satisfará disfrutar del confort que ofrecen
nuevos hoteles, que hace años no existían, pero todavía
estamos envueltos por la invisible capa del aislamiento, que nos ha rodeado
en Kamphaeng Phet y Si Sachanalay. Encaminaremos nuestros pasos hacia
Lampang y de allí a Chiang Rai, la ciudad más norteña
de Tailandia. Es más tranquila que Chiang Mai. Se encuentra cerca
del puesto fronterizo de Chiang Khong, junto al Mekong. En la orilla opuesta,
Laos.
Seguimos la carretera, según las indicaciones
de las personas que nos vamos encontrando. Hemos salido de la principal
que lleva a Chiang Mai. Pasamos por arrozales y aldeas. Alcanzamos la
autovía. Son las cuatro de la tarde. Todavía tenemos tiempo.
Podemos llegar a Wat Phra That Lampang Luan, según las guías,
el templo de estilo Lanna, de madera, más hermoso del norte de
Tailandia, a 18 kms de Lampang. Cuando vemos el recinto, es casi la hora
de cierre. Los grupos, llegados en autobús, están saliendo.
Podemos pasearnos a nuestras anchas, aunque nos hubiera gustado disfrutar
de una visita menos apresurada. Destacan los tejados de madera, de tres
alturas, superpuestos, que se apoyan en recios pilares. Grandes murales,
pintados sobre madera, decoran la parte superior del templo. Nos hemos
entretenido. Cuando queremos salir, la puerta de acceso está cerrada.
Un monje nos indica el camino para llegar a una pequeña puerta
que se mantiene abierta. Logramos encontrar hotel en Lampang, antes de
que caiga la noche, aunque pasamos algunos apuros, al atravesar ciertas
callejuelas, obstaculizadas por motos dejadas en mitad de la calzada,
que tengo que apartar. Paseando por las tranquilas calles de esta ciudad
contemplamos las casas tradicionales construidas con teca. A finales del
siglo XIX los ingleses desarrollaron el comercio de esta madera que abundaba
en los alrededores. Visitamos una, abierta al público. La ciudad
se levanta a ambas orillas del Mae Wang. La zona norte, residencial, con
sombreadas vías. La zona sur, con gran actividad, tiendas y mercados.
Al caer la noche, algunas calles se convierten en peatonales. Los vendedores
callejeros ofrecen su mercancía, alumbrada por candiles.
Nos quedamos un par de días en Chiang Rai.
La ciudad es interesante. Barrios donde reina la calma, zona de restaurantes
y hotelitos para extranjeros, calles principales con muchas tiendas, mercados
callejeros y bajo techado, puestos ambulantes, donde se cocina al instante
la oferta de carne y pescado, fruta deliciosa, diversos templo y, por
la noche, un mercado, muy animado, con actuaciones de bailarines y cantantes
locales. Llegamos a todos los sitios caminando. Unicamente nos servimos
de los tuc-tuc para regresar por la noche al hotel, que está algo
alejado del centro. Es cansado, hace calor, pero callejear permite encontrarse
con lo inesperado, como un bar, en el que nos hemos detenido, para tomar
un refresco, donde la oferta es total, de principio a fin. Lo mismo te
sirven, un plato de arroz con gambas o una cerveza muy fría, que
un ataúd. Abandonamos Chiang Rai. Llegamos a Chiang Khon, puesto
fronterizo. Al comprar el billete para el transbordador, intentan cobrarnos
más de lo habitual. Lo supongo, porque me piden 2000 baths (unos
40 euros). Les exijo recibo. Ponen mala cara, pero el precio se queda
en la cuarta parte. Alina está feliz, por fin se encuentra con
su río, el Mekong.
La
primera dificultad con la que nos enfrentamos, al llegar a Laos, es localizar
la aduana, para sellar el Carnet de Pasaje, del coche. Cuando por fin
damos con la oficina, los agentes miran extrañados el Carnet. Les
indico lo que tienen que hacer. Sellar, firmar y fechar la entrada. Cortar
un tercio de la hoja y quedársela. Lo que hagan con ella no es
de mi incumbencia. Todo con sonrisas. No inspeccionan el interior, pero
comprueban el número del chasis. En el hotel descubrimos el servicio
24 horas, el recepcionista tiene detrás del mostrador su cama,
protegida con una mosquitera. Tomo nota, anti mosquitos por la noche.
En nuestro deambular por el pueblo, nos topamos con un nutrido grupo.
Familiares y amigos acompañan a un contrayente que se dirige a
casa de su novia. Un familiar le protege del sol con una sombrilla. De
Huay Xai, parten los barcos con destino a Luang Prabang. Hay dos posibilidades.
El rápido, seis horas y el lento, dos días. Este último
es el más solicitado por viajeros independientes. Es incómodo,
pero ofrece, como todo el país, en general, la posibilidad de regresar
al pasado. Vivir la aventura, siguiendo el curso del Mekong. Nosotros
también iremos a Luang Prabang, pero dentro de unos días.
Primero nos internaremos en las montañas del norte, en busca del
principal atractivo de Laos, la sencilla vida de sus gentes, en un entorno
rural básico. La provincia de Luang Nam Tha es la más cercana
a China. Escarpadas montañas, cubiertas de vegetación impenetrable,
ríos que riegan grandes valles, con cultivados campos. En ese entorno,
un área protegida, 2224 kilómetros cuadrados, con tigres,
leopardos y elefantes. Imagino cómo debía ser hace diez
años. Todo cambia, hasta Laos. Los japoneses han invertido mucho
dinero en mejorar la vieja carretera, que cruza Laos, de norte a sur,
conectada con otra que llega a Vietnam. Hay que vender coches. Y los han
vendido. Casi la totalidad del parque automovilístico en Laos es
japonés. La marca, con mayores ventas, Toyota. Fuera de ese eje,
poco asfalto. Pistas mejor o peor entretenidas, según la utilidad
que presten.
No vamos a adentrarnos en el parque. De momento
-eso es bueno-, la única posibilidad de internarse en la jungla
es a pié. Guías especializados acompañan a los interesados.
Senderos que llegan hasta aldeas de minorías étnicas. Ya
decidí en el sur de Tailandia, que mis caminatas por la selva,
subiendo, bajando, pasando por encima de árboles que cortan el
paso, vadeando torrentes, se habían terminado, por lo menos durante
un tiempo. Nos instalamos en Luang Nam Tha, que fue virtualmente destruida
durante la segunda guerra de Indochina (1.964-1.973). Desde aquí
nos desplazamos por los alrededores, llegando hasta el puesto fronterizo
con China, cercano a Muang Sing, que, desde que se marcharon los franceses,
en 1.954, hasta 1.975, fue centro de espías e intrigas internacionales
entre los agentes de China, Vietnam, Laos y EE.UU. Una vez en el pueblo,
nos preguntamos dónde se encontrarían los espías
para reunirse en secreto. Aquí todos se deben conocer, es un pueblo
pequeño. En los días que hemos pasado en la región,
hemos comprobado la aportación de todos los miembros de la familia
en busca de subsistencia diaria. Niños cortando y golpeando unos
tallos que nos tenían intrigados. ¿Para qué servirán?
No parecen comestibles. Nos lo aclararon. Escobas. De esa zona provienen
las mejores escobas de Laos. Los hombres también cuidan y portan
a los bebés. Las mujeres cargan leña, alimentan el ganado
y elaboran papel de arroz. En una de nuestras vueltas, por poblados, cascadas,
campos y ríos, llegamos a una stupa, en lo alto de una colina,
That Phum Phuk. Carpas montadas, preparativos para una gran festividad
anual, Bun Khao Chi, luna llena. No dejamos pasar la ocasión. Nos
levantamos a las cuatro de la madrugada. Nos han advertido que la celebración
finaliza al salir el sol. Suerte que conocemos el camino. Llovizna, nos
rodea la niebla, dificultando la visibilidad. Hace frío. Subimos
la larga escalinata y comprobamos que hemos llegado en el momento oportuno.
Empiezan a encenderse luces. Cuando todavía es noche cerrada, algunas
mujeres oran, arrodilladas ante pequeños templetes, en las cuatro
esquinas de la plataforma en la que se alza la stupa. Encienden velas.
Espero a que haya algo de luz diurna para tomar las primeras fotografías.
Somos los únicos extranjeros. Todos son muy amables con nosotros,
no quiero perturbarles. Renuncio a usar el flash. Con la llegada de numerosos
fieles, se forman colas que van recorriendo el entorno de la stupa, en
la dirección opuesta a las agujas del reloj. Depositan, en unos
cuencos, arroz, en los altares, flores y dinero. Los monjes anudan unas
pulseritas de algodón en las muñecas de quienes se acercan
para obtenerlas. Todos tienen que aportar sus ofrendas. Somos testigos
de la reprimenda de una mujer a su esposo, que ha llegado sin flores ni
arroz. Lo soluciona metiéndose la mano en el bolsillo y dándole
un fajo de billetes. La mujer coge el dinero, para entregarlo a los monjes,
pero no deja de recriminarle su olvido. Algunos grupos han elaborado unos
ingeniosos soportes de flores, dinero y velas, que portan entre varias
personas. No sólo hay que llegar y depositar las ofrendas, hay
que mostrarlas, para que todos puedan verlas.
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