Crónica 33: del 13 de al 30 de enero 2009 (2ª)







 

Recojo a Nieves en el aeropuerto. Sólo dispone de dos semanas de vacaciones. Unos días en Bangkok, Angkor, en Camboya y, a ser posible, algo de playa. Haremos lo que podamos. Como es su primera visita a Bangkok, algo de turismo rápido, calles de Sukhumvit por la noche, mercado nocturno de Suan Lun, China Town, Palacio Real, paseo por el río, casa museo de Jim Thompson, algún wat… ya veremos. El barrio cercano al hotel, es musulmán, con varios restaurantes egipcios. Parece que estemos en el Cairo. Fumamos unas sishas y Nieves conversa con el camarero, en árabe egipcio. Al día siguiente, utilizando el Sky, un metro elevado que llega a casi todas las zonas que visitan los turistas, nos acercamos al río. Subimos a una lancha equivocada. Nos transporta a la otra orilla. Únicamente hace ese recorrido. Vuelta al lugar de origen. Esta vez sí embarcamos en el bote adecuado. Seguimos el itinerario previsto, queremos llegar hasta el Wat Pho, donde se encuentra la imagen más grande del país, de Buda reclinado, o sea su paso al nirvana. 46 metros de largo por 15 de alto. Además del edificio donde se encuentra la imagen, se levantan otros templos y capillas. La superficie total del recinto es de siete hectáreas. Hasta aquí llegan, no sólo todos los grupos turísticos, que incluyen en su programa la visita a Wat Pho y al Gran Palacio, sino también numerosos tailandeses que van a orar. En el complejo también se encuentra el Centro Nacional para la enseñanza y la preservación de la medicina tradicional, que se instaló por una ley de Rama III cuando el masaje tradicional estaba a punto de desaparecer. Encontramos una banda de música formada por niños, ensayando. O sea, lugar animado, lleno de gente.
Salimos, dirección al Gran Palacio. No podemos entrar, hemos llegado tarde. Empezamos a caminar sin rumbo determinado. Pasamos por un gran parque en el que se están desmontando lo que debieron ser casetas de alguna festividad especial. En los alrededores, quiromantes, sobre alfombrillas, esperando clientes, personas preocupadas con su presente que buscan que alguien les diga que su futuro cercano es prometedor. Sin proponérnoslo, llegamos a las escalinatas que permiten ascender al Wat Saket, el templo del monte dorado. No tiene un gran interés pero desde sus terrazas se goza de una visión panorámica del gran Bangkok. Siempre caminando, llegamos hasta el bullicioso mercado de Khao San, varias calles atestadas de extranjeros, la mayoría de bajo presupuesto. De todo, barato. Muchos bares, restaurantes y pensiones modestas. Zona de mochileros. Nieves tiene la dirección de una tienda para comprar pulseras, collares, pendientes de plata, a buen precio. Es difícil encontrar algo original. La mercancía llega de China. Los precios pueden ser interesantes… si se compra, por lo menos, un kilo. Recorremos los puestos callejeros. Fruta tropical, pelada, lista para comer, en bandejitas protegidas por plástico. Cocina al instante de carne o pescado. Bares con chicas-reclamo, con minifalda y tacones, que compiten en el precio de la cerveza. Un vendedor de cd’s, copias, que también oferta carnets. ¿Qué necesitas? ¿Carnet de conducir, acreditación de prensa, carnet de estudiante, título de universidad? Lo que quieras. Tiene carnets tipo, pero te puede diseñar el que necesites, sólo tendrás que pagar un poquito más. Después de la paliza que nos hemos pegado, recorriendo calles y subiendo escaleras, necesitamos un descanso. No el que se ofrece en plena calle, a la vista de todo el mundo, masaje de pies. Mejor un masaje con aceite, en un lugar recomendado que se encuentra cerca. Logramos mejor precio porque somos dos. Nos sorprende agradablemente la casa, de teca, por su limpieza, olor y el vistoso atuendo de las masajistas. Suena una melodía relajante, a bajo volumen, que ayuda a crear el ambiente adecuado. Habitaciones separadas. Ducha, albornoz limpio. Cuando estoy preparado, la masajista, me pide que de la vuelta, poniéndome de espaldas. Mi cara se apoya sobre una toalla que rodea un hueco. Posición cómoda. Me retira el albornoz y cubre púdicamente mi trasero. Hemos pedido una hora, tenemos hambre, queremos cenar. El masaje es agradable. Es tan suave que estoy a punto de dormirme. Muy diferente al que recibí en Kuala Lumpur por un malayo que parecía tener manos de acero. Supongo que debe ser difícil encontrar buenas-os masajistas en Tailandia, país que recibe gran afluencia de turismo buscando nuevas sensaciones. La oferta de masaje es sorprendente. En las calles con mercados, repletas de turistas, las aceras ofrecen, puerta con puerta, restaurante, hotel, tienda, masaje, bar, tienda, masaje, tienda, tienda, sastre, restaurante, masaje, tienda… ¿dónde se forman tantos masajistas? Puede conseguirse un título –de verdad, no el que ofrecen en la calle- con diez horas de clase.
Otro día lo dedicamos a recorrer China Town, cenamos en el mercado nocturno de Sua Lun, muy animado. Gran espacio dedicado a conciertos en directo de cantantes nativos, con mesas donde se puede comer y beber. Tiendas mejor dispuestas, incluso alguna con diseño original. En general todos los mercados ofrecen lo mismo, productos importados de China. No comprendo cómo pueden sobrevivir tantos vendedores ofertando las mismas mercancías. En esos días hemos utilizado para desplazarnos el Sky, el metro y taxis. Estos últimos, por la noche, con poco tráfico, resultan más baratos que el metro o el Sky. Llevan taxímetro. Los conductores, no siempre, intentan establecer un precio por el recorrido, argumentando que es un trayecto largo. Si no hay ningún otro taxi en las proximidades, lo mejor es llegar a un acuerdo, si lo hay, se puede insistir en que ponga en marcha el contador. De cualquier forma, el taxi es barato. Vehículos en buen estado, limpios, con aire acondicionado. Si son dos los pasajeros, es más económico que el Sky y te deja en la puerta del lugar a donde te dirijas.


Entrar en Camboya, procediendo de Tailandia, es dar un salto al pasado. La carretera que sale de la frontera, con dirección a Siem Reap, pueblo cercano a la zona arqueológica de Angkor, estaba en construcción hace siete años, espero que ya esté terminada. Si… pero no del todo. Todavía quedan 60 kms por cubrir de asfalto. Puentes inacabados que obligan a pasar por desvíos con baches y pedruscos. Polvo. Calor. Cerrar ventanillas, aire acondicionado y música. A ambos lados de la calzada, en una gran llanura, que se pierde en el horizonte, grandes charcos y estanques. En época de lluvias, debe estar todo cubierto de agua. Hombre, mujeres y niños buscan algo en el fondo, que introducen en bolsas de plástico. Recogen caracolillos y una especia de almejas. Las he visto, después, en los mercados. Nos han dicho que son muy sabrosas, fuente de proteínas, pero transmisoras de enfermedades endémicas. Se han lanzado varias campañas, intentando erradicar ese hábito muy extendido en todos los países de la zona. Esfuerzo inútil. Únicamente en Tailandia, los campesinos, principales consumidores, están abandonando esa insana costumbre. Perdemos bastante tiempo en el cruce de fronteras. No por salir, sino porque es hora de siesta. Tal como suena. De una a tres de la tarde, se detiene la actividad en la oficina de Aduanas de Laos, para que los funcionarios puedan reponerse del duro trabajo. Debemos esperar, para sellar el Carnet de Pasaje de Aduanas, del coche. Aprovechamos para cambiar dinero y comer algo en un puestecito callejero. Como compensación, una cerveza muy fría. Observamos el paso incesante de carretones, cargados hasta los topes, utilizando, como fuerza motriz, el esfuerzo personal de hombre y mujeres, en esa tarea no hay discriminación. Al llegar a Siem Reap, noto grandes cambios. Hace ocho años, era un pueblo tranquilo, con su mercado, algunos restaurantes, hoteles, agencias turísticas. Ha crecido a gran velocidad. Continúa expandiéndose. Todo orientado a satisfacer al creciente turismo internacional. Innumerables hoteles ofrecen alojamiento adecuado a las posibilidades económicas de todos los que llegan hasta aquí, para visitar una zona arqueológica excepcional. En el centro de Siem Reap, una calle, peatonal, que podría encontrarse en Ibiza. Nuevos centros comerciales. Obras. Mercado nocturno. Asfaltado de calles. Acoso de vendedores y conductores de motos o motocarros, ofreciendo servicio de transporte. Todos los precios en dólares. Se puede pagar en la moneda nacional, 1 dólar equivale a 4.000 rials, pero se sorprenden cuando tus manos no les entregan billetes de color verde. A pesar de todo, de ese cambio decepcionante de Siem Reap, para aquellos que lo conocieron años atrás, continúa estando cerca, para mal, cada vez más cerca, de Angkor, que, traducido literalmente, significa “Ciudad Sagrada”. Angkor fue la capital del Imperio Khmer, entre los siglos IX y XII. Las ruinas, restauradas, conservadas, por arqueólogos de distintas nacionalidades que han podido y pueden efectuar su trabajo gracias a los fondos aportados por diversos países.
No voy a detallar nuestra visita, porque he vuelto, una vez más, a Angkor, en marzo. Cuando envíe ese relato, dedicaré más tiempo a explicar las particularidades de los templos más interesantes. Aunque son numerosos los grupos de turistas que acuden a esa zona, aclaro que todavía es posible pasear por templos y caminos del bosque, disfrutando del entorno, en soledad. La extensión del área, en la que se encuentran, desperdigados, alejados unos de otros, los restos de palacios y santuarios, es enorme. Durante siglos, Angkor despareció entre la jungla. Los primeros europeos que la descubrieron fueron los portugueses. Diogo do Couto describió, en 1.614, “La Ciudad amurallada”, en una crónica que no fue publicada hasta… 1.958. Fue un francés, en 1.868, quien despertó el interés por los templos perdidos de Angkor. Se iniciaron las excavaciones. Trabajo interminable. Algunos templos conservan el impactante aspecto que ofrece la incontenible fuerza de la naturaleza por recobrar su espacio. Un escenario natural que ha sido utilizado en el rodaje de varias películas. Uno de los días nos acercamos al poco visitado Kbal Spean, el río de los mil lingas. Recordaba el lugar, al que me acerqué la primera vez que llegué a Angkor. Entonces era un paraje solitario. Un torrente en la montaña. Ahora, antes de entrar en el camino que asciende entre árboles, unos puestos de comida y refrescos. Unas flechas indican el sendero. Unos carteles, cada 100 metros, especifican la distancia a recorrer. En total, son dos kilómetros. Se han levantado, en el bosque, unas plataformas de madera. Con techo y bancos, para descansar. La pendiente es empinada, con fuertes desniveles que se superan ascendiendo por rocas. Entre las piedras por las que fluye el agua, imágenes esculpidas de Buda. Las figuras hinduistas y los lingas, son posteriores, posiblemente del siglo XIV. Un guarda, amablemente, nos indica que le sigamos, para mostrarnos algunos relieves que, sin su ayuda, no hubiéramos visto. Vamos saltando de piedra en piedra, pasando de una orilla a la otra. En uno de esos pasajes, resbalo y me sumerjo en el río. Cámara de fotos, pasaporte, dinero… Sigo empapado, el agua ha sustituido el sudor. Ignoro por qué razón (he salido rápidamente), pasaporte y dinero no se han mojado. Unas entradas y un mapa de Siem Reap, para tirar. La cámara, digital, no funciona. ¿Qué puedo hacer? Reír, el agua me refresca. Podría haber sido mucho peor. No me golpeado, tengo aparato fotográfico de recambio, documentos y dinero secos. En esas condiciones, poso ante Nieves, junto a una cascada.


A Nieves le gustaría ver animales en libertad. Vemos en el mapa, que saliendo de Camboya, relativamente cerca, se encuentra el parque de Khao Yai. Transcribo, “Uno de los mejores del mundo, además del área natural protegida y visitada de Tailandia. Abarca 2.168 kms cuadrados e incluye una de las selvas monzónicas vírgenes más grandes de Asia continental, por lo que fue declarado Patrimonio Mundial de la Unesco”. Entramos y llegamos a un lugar donde se supone que hay bungalows para dormir, después de seguir una carretera perfectamente asfaltada y pintada. Se ha hecho de noche. Hace frío, hemos ascendido. Muchas tiendas de acampada, coches, y un centro de visitantes. No hay bungalows, no hay comida. Eso sí, tienen un termo con agua caliente, por si queremos prepararnos un té, siempre que dispongamos de él. Alquilan tiendas. Entiendo que están montadas. Se ofrece a enseñarme una. Tengo sacos de dormir y colchones en el Toyota, podríamos arreglarnos. Me meto en la tienda y empiezo a separar cosas que encuentro en el interior. Aparece un tailandés gritándome, es “su” tienda. Pido perdón. Lo de montarla a oscuras me parece demasiado. Dormiremos en el interior del coche, que para eso está preparado. Improviso cena, garbanzos, atún, galletas y té, gracias al agua caliente del termo. Saco una luz de emergencia que puedo conectar a la batería, gracias a un enchufe que coloqué en su momento. Nos reímos. Hemos aterrizado en fin de semana en uno de los lugares preferidos, por gente que vive en Bangkok, para huir del calor asfixiante de la capital.
Al día siguiente, recorremos unos cuantos caminos señalizados. No vemos ni un pajarito. Con tanta gente, los animalitos huyen a zonas más tranquilas. Como recuerdo, la foto de una cascada. Vale. Cambio de planes. Playa. ¿Cuál? Las buenas están al sur, a 1.000 kms. Opción descartada. Lo más cercano es Pattaya, un horror, pero playa. Como las carreteras son excelentes, llegamos sin mayores problemas. Buscamos alojamiento en las playas al este de Pattaya, huyendo de la aglomeración. Por la noche cenamos, junto al mar, extraordinariamente, siguiendo los consejos de un europeo, que nos cede asiento en su mesa. Un personaje de este siglo. Así será el futuro. Viste atuendo deportivo. Al lado de la mesa, su bicicleta. Había salido a dar una vuelta. Hijo de suiza y ruso. Ingeniero, con una pequeña empresa química. Casado con una china, que vive en Hong Kong. Dos hijos que estudian en Australia. Habla cantonés, tai, francés, alemán, inglés y ruso. Elige el menú, por nosotros y hace el pedido al camarero, especificando ciertos detalles. Mientras cenamos, los niños lanzan globos de aire caliente, junto al mar. Se celebra el nuevo año chino. Antes de irnos a dormir, ya que estamos aquí, ¿por qué no vamos a ver la noche canalla de Pattaya? Dicho y hecho. Tuc-tuc. Nos deja a la entrada de “Walking street”. Concentración de bares, restaurantes, turistas y chicas, muchas chicas. Letreros luminosos, dragón chino, con banda de música. Nos tomamos unos refrescos que compramos en un supermercado. Nieves ojea, regatea y compra, camisetas y pantalones para su niña.
Al día siguiente, huimos, camino de Ayuttaya, la antigua capital real. Visitamos templos, nos paseamos por un gran mercado callejero, que se ha montado con ocasión de los días de celebración por la llegada del nuevo año. Actuaciones en escenarios montados en calles por la que se prohibido el paso de vehículos. Sorteos. Tiendas. Cocinas al aire libre en las que preparan en el acto la comida que se elige. Globos, luces, música. Gran animación. Al día siguiente, recorrido por todos aquellos lugares que nos parecen interesantes. Salimos de la ciudad antigua y buscamos en los alrededores, siguiendo carreteras poco transitadas. Pasamos por pueblecitos, comemos en un “restaurante”, donde nos ofrecen lo que hay. Sopa, con fideos y añadidos. Riquísimo. Copa de helados. La bebida tengo que ir a comprarla a otro sitio. Barrio musulmán, barrio portugués. Nos perdemos, recuperamos la orientación. Llegamos hasta el Wat Yai, con un gran Buda reclinado, grandes stupas, adornadas con telas amarillas y anaranjadas. Terminamos en Wat Phanan Choeng, un complejo con diversos templos, edificios, restaurantes, bares y tiendas. Dada la festividad del Nuevo Año Chino, el recinto está abarrotado de fieles, que se postran ante la gran imagen de Buda, de 19 metros de altura.


Regresamos a la capital con tiempo suficiente para visitar la casa-museo de Jim Thompson, el norteamericano que lanzó, internacionalmente, la tradicional seda tailandesa. Arquitecto, de gusto refinado, se instaló en Bangkok, donde había prestado servicio, durante la segunda guerra mundial, en la Oficina de Servicios Estratégicos. La residencia, que se puede visitar, data de 1.959. Una muestra de la antigua arquitectura del país. Rodeando las casas, un cuidado jardín tropical. Se mantiene la decoración original, mostrando artísticas piezas del sudeste asiático. Jim Thompson desapareció en 1.967, en las tierras altas de Cameron, en Malasia, lugar que espero visitar el próximo mes de Mayo. Nunca fue encontrado. La última explicación, que tranquiliza a todos, es que fue atropellado por un camionero que enterró su cuerpo en el frondoso bosque. Vaya Vd. a saber. Para llegar, nos valemos del Sky tren, pero al salir, vemos un canal cercano. Nos subimos a una lancha y nos dejamos llevar hasta el final. Nieves ha de realizar alguna compra más. Entramos en uno de los mejores centros comerciales de Bangkok, Siam Paragon, semejante a los que se pueden encontrar en Singapur o Kuala Lumpur. Lujo, a precio internacional. Lo que nos atrae es el supermercado de “delicatesen”. Una joya. Productos internacionales, junto a especialidades tailandesas, apetecibles y exóticas. Curiosamente, los precios no son elevados. Tanto le gusta el lugar a Nieves, que mientras voy a recibir a Alina, ella regresa para comprar distintos tipos de arroz y condimentos, pensando en las cenas que va a preparar, cuando regrese a Madrid. Antes de tomar el taxi que la llevará al aeropuerto, tomamos unas cervezas.



Atención. Noticia interesante, para todos aquellos que sientan la tentación de dar la vuelta al mundo, en coche. El Toyota HZJ 78, que compré en España, el mejor vehículo, para embarcarse en una aventura semejante, sigue vendiéndose en España, de momento. Para mayor información, dirigirse a info@landimport.com

Enviado desde Vientiane el 8 de Abril, 2009
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