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Vuelvo
a estar delante del ordenador, para escribir, después de dos meses
y medio. Podría excusarme diciendo que el ordenador ha vuelto a
fallar. Es cierto, pero no ha sido esa la principal razón. Ya me
ha ocurrido en anteriores ocasiones y lo he solventado acudiendo a un
cibercafé. Me obligo a sincerarme. No me apetecía. Dispongo
libremente de mi tiempo. Estoy dando la vuelta al mundo, haciendo siempre
lo que prefiero, dentro de lo posible. Cuando viajo solo, al caer la noche,
después de cenar, ordeno y repaso fotografías, anoto lo
más curioso e interesante. Desde el quince de enero hasta el 31
de marzo, he viajado con compañía. Primero llegó
Nieves. Su puesto de copiloto fue ocupado, cuando regresó a España,
el 30 de enero, por Alina, con quien he compartido viaje hasta el 31 de
marzo. Mientras transcurre una jornada, habitualmente, te desplazas de
un punto a otro, te detienes para visitar lugares que te llaman la atención,
te acercas a sitios excepcionales. Por la noche, mientras cenas, comentas
lo visto, decides si vale la pena detenerse un día más o
continuar, en busca de otro punto. Cuando estás con alguien, el
presente tiene preferencia a todo lo demás. Ya dispondré
de días, más adelante, para escribir y clasificar fotos
-qué horror, más de 15.000-. Vuelvo a seguir mi camino en
solitario. Hay que ponerse al día.
Me había quedado en Phang Nga, en Tailandia.
Dos meses y medio. Tengo la sensación de que han transcurrido años.
Tal como comentaba, en mi último relato, me uno a un grupo, para
visitar unas islas cercanas. Saludo a mis circunstanciales compañeros,
cuando subo a la furgoneta en la que nos trasladan al muelle de donde
saldrá la lancha en la que nos embarcaremos. Un matrimonio francés,
con dos niños, y tres jóvenes norteamericanos, dos hermanos,
chica, chico y su novia. El barquero no habla inglés, pero pronto
entendemos el significado de las palabras que nos grita. Como a veces
nos acercamos a la borda, para fotografiar el paisaje, nos exige que compensemos
los desplazamientos. La lancha, estrecha, larga, con motor fuera borda,
se balancea fácilmente, a babor o estribor, si el peso no está
compensado. Antes de llegar a mar abierto, atravesamos una extensa zona
de manglares, entre formaciones rocosas. Al salir, tenemos que cubrimos
con los chalecos salvavidas, cuando empezamos a saltar sobre las olas,
para protegernos del agua que empieza a empaparnos. Velocidad y viento
lateral. Afortunadamente hace calor. El circuito típico ofrece
la visita a cuatro islas. La zona es espectacular. Rocas y vegetación
surgen del mar, formando grandes torres de roca caliza. Atravesamos túneles
socavados por el agua, nos cruzamos con otras embarcaciones. Llegamos
a uno de los principales puntos del itinerario, la isla Ko Phing Kan,
más conocida como “La isla de James Bond”, porque ahí
se rodaron las escenas finales de “El hombre de la pistola de oro”.
Recuerdo que cuando vi la película –hace ya muchos años-,
guardé la imagen, fotográficamente, en mi archivo cerebral
de lugares a los que me gustaría llegar. Ya he llegado, ya la puedo
borrar. Van quedando menos, aunque todavía son tantos que necesitaría
muchos años para vaciar la carpeta completamente. Un escenario
natural bien aprovechado. No importa que te encuentres con varios grupos
de turistas. Siempre puedes alejarte del mercadillo que se levanta junto
a la orilla, ofreciendo artesanía local. Siempre puedes dar media
vuelta y mirar en otra dirección o encaramarte a los peñascos
e introducirte en cuevas solitarias. Dejamos la isla para llegar a un
barco anclado. Zona de piraguas. Te ofrecen la posibilidad de montarte
en una piragua – rema un nativo- y darte una vuelta, alrededor de
un islote, con paso por túnel incluido. Opto por permanecer en
el barco. Almuerzo con la mujer francesa y su hijo pequeño. Viven,
desde hace muchos años, en Reunión. Época de lluvia
y vacaciones. Todos los años, por estas fechas, huyen en busca
de sol y calor. El mar está algo movido. El cielo se encapota.
Puede llover. El grupo se pone de acuerdo de renunciar a la isla más
lejana, playa de arena blanca y agua cristalina, azul turquesa. No es
el día adecuado. Haga sol o no, la paliza de ir botando sobre las
olas, empapándonos de agua no compensa. El barquero feliz, menos
horas de trabajo ahorro de combustible. Nos acercaremos a Ko Panyi.
Ko
Panyi es una isla singular. Un gran peñasco junto al que se asientan
palafitos. Para comprender mejor como es, he incluido la foto aérea
de una postal. Es un pueblo de pescadores, descendientes de unos navegantes,
que llegaron hace más de dos siglos, procedentes de Java. Cuenta
con unos dos mil habitantes. Su fuente de ingresos se incrementa con la
venta de recuerdos, artesanía, ropa y todo aquello que suele llamar
la atención de los numerosos turistas que hace escala, durante
una o dos horas, en los circuitos a las islas cercanas. En media hora
he recorrido el pueblo. Un par de calles se convierten, durante el día,
en un mercadillo. La comunidad es musulmana. Alcohol, cerdo y perros están
prohibidos. La gente es amable, sonríe ante el foráneo e
intenta llamar su atención. En el centro del mercadillo, una mujer,
con un pequeño mono en sus brazos, se acerca a los niños.
Todos piden a sus padres que les fotografíe con el paciente simio.
Mientras los padres cumplen el ritual, la vendedora muestra a la madre
telas, pañuelos, faldas de llamativos colores. Me despido del grupo.
Voy a quedarme a dormir en Ko Panyi. Hay un pequeño hotel, mejor
dicho, unas habitaciones, cinco para ser exacto, con colchón en
el suelo, una ventana, suelo de madera y duchas y lavabos, compartidos,
cerca de la cocina del restaurante. Básico, limpio, suficiente.
Un ventilador me aliviará por la noche del calor húmedo
que reina. Cuando desaparecen los turistas, cambia totalmente el entorno.
Cierran las tiendas. Sólo quedamos un matrimonio chino y yo. Ellos
permanecen en el restaurante, yo aprovecho para volver a recorrer las
distintas pasarelas que forman las calles del pueblo. Hay distintos tipos
de vivienda. Unas más espaciosas y arregladas que otras. No todos
los pasajes tienen salida, algunos conducen únicamente a una casa.
Tomo referencias y llego con seguridad hasta los límites accesibles.
La mezquita, con su cúpula dorada, es el corazón del pueblo.
En varios cruces hay carteles anti tsunami, indicando el camino más
directo al rocoso peñón que serviría para ponerse
a salvo de una gran ola que podría inundar y derribar todos los
hogares, levantados sobre pilotes. Lo malo es que el acceso a la salvadora
roca está descuidado, lleno de obstáculos. Los pescadores
deben desconfiar de que los avisos de peligro inminente lleguen a tiempo.
Tal vez esa sea la razón de que mantengan numerosas jaulas, con
pajaritos en su interior. Seguro que ellos detectan antes el peligro.
Las mujeres aprovechan este tiempo para seguir con sus trabajos habituales,
algunas (lo he observado en varias ocasiones en Laos y Camboya) quitan
piojos a otras, de sus largas cabelleras. Tomo nota, para no probarme
un sombrero en ningún mercadillo. Espero que descienda el sol,
tomado un té, leyendo el libro, bien documentado, que ha escrito
Rosa María Artal, “España ombligo del mundo”.
Expone una lamentable realidad que algunos conocen, otros intuyen y sólo
unos pocos denuncian. No asumir errores, por la mayoría, imposibilita
mejorar nuestra sociedad. Levanto la vista y veo nubes lejanas sobre los
manglares en la costa. Es hora de ir a presenciar la puesta de sol. Para
salir del “hotel” he de caminar sobre pasarelas de caña
que se sujetan en travesaños de madera, que se apoyan en los pilotes.
Se encuentran en proceso de renovación. He de ir con cuidado, si
no quiero terminar en el agua. Llego hasta un embarcadero que se interna
en el mar. Desde ese punto, totalmente solitario, se goza de un privilegiado
lugar de observación de Ko Panyi y su peñón. Se escucha
la llamada a oración proveniente de la mezquita, lejanos, los gritos
de unos niños que juegan al futbol en el patio abierto de una escuela.
Doy media vuelta, el pueblo queda a mi espalda. Me siento en una escalera
de madera. Tengo que apartarme para dejar descender a una mujer que me
saluda y se sienta junto al agua. De una bolsa de plástico, extrae,
cuidadosamente, sedal, unos anzuelos y una lata con cebos. Intenta pescar.
No sé si lo hace por necesidad o porque quiere disfrutar, como
yo, de ese momento especial que ofrece, en ocasiones, la puesta de sol
en un lugar idóneo. La dejo sola, cuando el sol desaparece, ocultándose
entre brumas lejanas. Ceno, por supuesto, pescado, a la brasa, aderezado
con guindillas, sopa tailandesa con gambas, arroz y berenjenas fritas.
Permanezco sentado, contemplando cómo se desplazan las luces de
las lanchas que pasan por delante de Ko Panyi. Duermo de un tirón
hasta que amanece. Antes de que vengan a buscarme, para regresar a Phang
Nga, vuelvo a pasear por el pueblo. A la espera de que lleguen los primeros
turistas, la gente se dedica a separar y clasificar la pesca. Nuevamente
vuelven a oírse, lejanos, los motores de las lanchas que se desplazan
por las aguas del parque nacional de Ao Phang Nga. El barquero acude puntual.
Me deja en el muelle, esperando un tuc-tuc que venga a recogerme. No aparece
nadie. Opto por subirme a una furgoneta, con pasajeros, que me lleva hasta
el hotel.
Abandono
la costa sudoeste de Tailandia para dirigirme a Bangkok. Dentro de tres
días llega Nieves. Tengo que cubrir cerca de 900 kilómetros,
la carretera es excelente, autovía en su mayor parte. No tengo
prisa. Cuando salgo de Phang Nga, antes de entrar en la autovía,
me encuentro con una cadena montañosa. Apenas encuentro tráfico.
Me cruzo con una pareja de ciclistas europeos. Sus bolsas me indican que
son de largo recorrido. Dura jornada para ellos, tienen por delante varios
puertos. Disfruto de un paisaje exuberante. Montañas cubiertas
de bosques. Arboles con hojas de distintos colores rompen la monotonía
del panorama. Voy pasando pueblos y ciudades, sin detenerme. Al cruzar
Prachuap Khiri Khan, estoy atravesando el punto más estrecho del
país. Sólo 12 kilómetros separan la frontera de Birmania
del Golfo de Tailandia. Tengo reserva en un hotel de Bangkok para mañana,
así que me detendré antes de llegar a la capital, lo más
cerca posible, así podré desayunar tranquilamente y tener
tiempo suficiente para llegar a mi destino, sin sentirme agobiado por
el tráfico de la gran ciudad. Mi última visita fue hace
siete años. Muchos coches, pasos elevados. Sé que me va
a costar llegar al hotel. Abandono la carretera en Phetchaburi, a 230
kilómetros de Bangkok. He leído que tiene un lugar que vale
la pena visitar. Encuentro hotel frente al funicular que me transportará
al Parque histórico de Khao Wang y Phra Nakhon Khiri. El parque
ofrece distinto lugares interesantes. El palacio del rey Mongkut, Rama
IV. Abdicó en su hermanastro, Rama III, viviendo 27 años
como monje budista. Subió al trono en 1.851. Intentó modernizar
el país, liberando el comercio y estableciendo relaciones diplomáticas
con varios países europeos. Evitó la colonización.
Desmitificó la religión thai, acoplando la cosmología
budista a los últimos logros de la ciencia. Reformó el sistema
educativo, creando un sistema parecido al europeo. El palacio, no tiene
demasiado interés. Salas amuebladas. Algunos wats en los alrededores.
Lo mejor, el entorno y su situación en lo alto de una colina. Punto
de vista óptimo sobre la ciudad. En el palacio me encuentro con
un norteamericano, cabello rubio, teñido, disimulando las canas
habituales de la edad. Aquila yates en Florida. En estas fechas, es temporada
baja, me dice. Le gusta Tailandia. Viene cada año. Me da su tarjeta.
Apenas tropiezo con otros visitantes. El parque es extenso. Desde un mirador
del palacio, veo en otra colina, una gran stupa y unos templos. Bajo por
unas escaleras que me llevan a un camino enladrillado que cruza el bosque.
Me encuentro muy a gusto. Leo carteles que prohíben dar comida
a los monos. No veo ninguno. Mejor, porque el cartel avisa que pueden
mostrarse agresivos. Después de alcanzar todos los puntos señalados,
stupas y templos, regreso al funicular. En la cabina me encuentro con
el norteamericano, acompañado por una tailandesa joven, guapa.
Le saludo. Le noto algo incómodo. Ella le pregunta si me conoce.
El aclara, sonriendo, que somos amigos desde hace muchos años.
Ella duda. Antes de bajar, miro disimuladamente la tarjeta y me despido
llamándole por su nombre de pila. El sonríe. Ella se queda
perpleja.
Aunque he retrasado mi salida de Phetchaburi, a
las dos y media de la tarde me encuentro a 30 kms. de Bangkok. Sigo la
autopista. Entro en la ciudad, supongo. Grandes edificios a ambos lados
de la calzada. Voy a Sukhumvit, un barrio, al este, con numerosos hoteles,
mercado, bares y restaurantes. La última vez me alojé allí.
En los carteles, que no están escritos en tailandés, no
aparece el barrio. La conducción es lenta, porque es un atasco
continuado, pero no agobiante, para alguien que se ha curtido en la India.
Aquí no hay motorickshaws, ni vacas, ni camellos, ni elefantes.
Pocas motos y, desde luego, la gente cruza por los pasos de peatones.
Se respetan los semáforos. Cuando tengo oportunidad, pregunto a
algún taxista que se ha detenido a mi altura. No hay forma de dar
con el camino correcto. Cuando sigo una indicación, me salgo de
la calle, entrando en un puente que me lleva a una autopista de salida.
Dar la vuelta y encontrar la dirección correcta me hace perder
media hora. Cuando estoy a 500 metros del hotel, según el plano,
pierdo otra media hora. Un taxista me indica que la calle que busco es
de dirección única. Me explica el complicado trayecto que
debo seguir. Sigo preguntando, atrapado entre coches. “Gire por
aquí. La primera a la derecha”. Claro hablan para conductores
que saben cuál es la primera a la derecha. Giro a la derecha y
me encuentro con una taquilla de peaje, la primera con la que me topo
en Tailandia. No puedo retroceder. Camino del aeropuerto. Para no agotaros,
resumo. Cinco horas desde que me encontraba a 30 kms. 76 kms. por calles
y autopistas. Llego al hotel, de noche. Siempre llego, aunque a veces
tardo mucho.
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