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Silvia
y Pilar disponen de pocos días. Quieren ver cuanto más mejor.
Dejamos Chinatown para acercarnos a Merdaka, una gran plaza con varios
edificios coloniales ingleses. En 1.957 se proclamó la independencia
de Malasia. Para recordar ese día se izó una gran bandera,
en un mástil de 100 metros de altura. Silvia me comenta que siempre
le ha llamado la atención, que cuando acuden miembros de familias
reales a España, con motivo de alguna celebración especial,
se mencionan los nombres, por ejemplo “Los reyes de Tailandia, Bhumibol
y Sirikit”, pero no recuerda haber leído nunca los nombres
de los reyes de Malasia. Hay que tener en cuenta, en este caso concreto,
que Bhumibol ocupa el trono desde 1946. Los reyes de Malasia cambian cada
cinco años. Es un país “diferente”. Es una Monarquía
Constitucional Federal. 13 estados y dos territorios federales. Nueve
estados son sultanatos hereditarios. Entre ellos, cada cinco años
se elige un monarca. En la gran plaza, un extenso campo para practicar
uno de los deportes nacionales, el cricket. El mejor lugar para contemplar
un encuentro, la terraza del Real Club Selangor, donde se reunía
la alta sociedad británica, a finales del siglo XIX. Todavía
hoy, sigue siendo centro de reunión de la clase social más
elitista.
Las apacibles calles de Merdeka quedan atrás. Pasamos un puente
para introducirnos en el barrio indio, “The Little India”.
Gente en bares, restaurantes, tiendas, gente. Parece que hayamos cambiado
de país. En Malasia conviven, desde hace siglos, descendientes
de comerciantes y trabajadores que llegaron de otros países. Cerca
de 25 millones de habitantes. El 58% son malayos, el 27 % chinos y el
10% indios. De esos 25 millones de personas, casi la mitad vive en ciudades
y la otra mitad en áreas rurales. Pero eso no quiere decir que
la mitad de la población se dedique a la agricultura, sólo
un 12% trabaja la tierra. Por sectores económicos, 10 millones
viven de la industria y casi 12 millones de los servicios. De ahí
la importancia, en la economía malaya, del turismo. Aunque ese
gran desarrollo que ha experimentado el país, en las últimas
décadas, no habría sido posible sin la inversión
extranjera y, sobre todo, sin sus yacimientos de petróleo y gas.
Almuerzo en un restaurante, “El Cerdo”,
que ofrece en su menú, desde jamón español hasta
salchichas alemanas, pasando por cochinillo y lechazo, al estilo segoviano.
Pueden estar muy bien, pero prefiero reservarme para cuando regrese a
Barcelona. Opto por salchichas de Frankfurt y ensalada de patata alemana.
A última hora de la tarde, después de la paliza que nos
hemos dado durante toda la jornada, caminando, con ligeros reposos, las
acompaño a un centro de masaje, que había descubierto hacía
unos días, cerca de mi hotel. Un lugar muy agradable, limpio, todo
madera, música ambiental relajante. Masaje de pies, almohadilla
caliente bajo la nuca, sillón-tumbona, una hora. Diez euros. Al
salir, paso por unos estanques por donde se desplazan, a gran velocidad,
unos pececitos pequeños. Es un “fish spa”. Hay unos
pececitos, esos que estoy mirando, originarios de Turquía y China,
que se alimentan de pieles muertas. No se les da comida. Cuando llega
un cliente, introduce los pies, después de habérselos lavado.
Los pececitos se encargan de eliminar todas las pieles muertas. También
puede ser todo el cuerpo. Recomendado para los que sufren soriasis. Me
produce cierto rechazo. Además he observado que, cuando uno de
los pececillos se queda quieto, otros le atacan. Si sigue moviéndose
ágilmente, le dejan en paz, en caso de que le cueste desplazarse,
se lo comen en un santiamén.
Antes
de que Pilar y Silvia se marchen tres días a Langkawi, isla cercana
a Tailandia, a disfrutar de sol y playa, en uno de los mejores hoteles
de Malasia, nos hemos acercado a Malaca. Autobús cómodo,
con aire acondicionado, que ha recorridos los 180 kms que la separan de
la capital, en dos horas. Hace dieciocho años que visité
Malaca. Entonces me pareció una ciudad detenida en el tiempo. Poco
tráfico en las calles, escasos turistas. Hoy al llegar a la central
de autobuses, a media hora de taxi del centro, he comprobado el gran cambio
que ha experimentado la población. Podría estar en California.
La plaza de la ciudad, donde se levanta la Iglesia de Cristo, que construida
en el siglo XVIII, con ladrillos transportados desde Holanda, es el centro
del antiguo asentamiento. El color rojizo de las paredes de la residencia
del gobernador, del siglo XVII, igual al de la iglesia de Cristo, identifican
Malaca. Si queda alguna duda, un molino frente a la plaza, recuerda que
los holandeses se mantuvieron en ese enclave algo más de 160 años.
En la plaza, junto a la iglesia se levantan varias tiendas de artesanía
local y ropa. Pilar ha comprado unas camisetas, después de una
larga charla con la propietaria, que ha venido a España recientemente,
de vacaciones. La ciudad ha mejorado, creando nuevos puesto de trabajo.
Pero algunos añoran tiempos pasados. Los jóvenes (he escuchado
lo mismo en varios países) no quieren trabajar. Venden las casas
que levantaron sus abuelos. Son rápidamente ocupadas por tiendas,
hoteles, restaurantes, bares… Los precios se han disparado. Se acabaron
los tranquilos paseos junto al río. Unas pocas horas son suficientes
para darse una vuelta por lo que queda de la antigua Malaca. Hay que reconocer
que todo está en perfecto estado de conservación. Subiendo
la colina, se encuentran las ruinas de la antigua iglesia de San Pedro,
construida por los portugueses. Escaleras limpias, con barandillas, permiten
el descenso hacia el palacio del Sultán. Se ha construido, siguiendo
una antigua descripción, a semejanza del palacio del siglo XV.
Rodeado de un extenso jardín, el edificio, construido todo con
madera, sin un solo clavo, es hoy en día un museo en el que se
muestran trajes, muebles, armas, instrumentos musicales y distintos utensilios.
Se explica la historia de Malaca. Se representan a algunos de los que
llegaron, con el paso de los siglos, hasta aquí, en busca de establecer
uniones comerciales o asegurar un puerto de abastecimiento, necesario
en largas travesías. Indios, chinos, indonesios, portugueses, holandeses,
ingleses. Es curioso, divertido, que los maniquíes chinos, no tienen
los ojos rasgados. A decir verdad, todos se parecen, si los imaginamos
sin traje. En la gran sala de audiencias públicas, se ha representado
una, con el sultán escuchando y tomando decisiones.
En todo el recorrido, en la calzada por la que puede
rodearse el conjunto pétreo en el que se levanta la iglesia de
San Pedro, unos rickshaws, profusamente adornados con flores, con música
actual, a gran volumen, transportan turistas, foráneos y locales,
pasando por delante de restaurantes de comida rápida. El paseo
por el antiguo barrio chino, en el que algunas antiguas casas de comerciantes
están abiertas al público, es incómodo. Coches y
motos obligan a detenerse o a apartarse. Como nos hemos entretenido comiendo,
nos quedamos sin poder ver la casa museo más destacada. Son las
cuatro y veinticinco de la tarde y cierran a las cuatro y media. No ha
estado mal. En la plaza de la ciudad, unos carteles indican las distancias
a ciudades lejanas. Pekín, Londres, La Meca, Valparaíso…
Ahí quiero llegar el próximo, lejano, mes de Diciembre.
Las mujeres policía cubren su cabello. Me llama la atención
porque, aunque la mayoría de la población es musulmana,
he podido comprobar que, en Kuala Lumpur, no existe ningún impedimento
para que las mujeres vistan como mejor les parezca. Los mini pantalones
son habituales. Ah, algo más. Quieren imponer a los musulmanes,
una prueba de VIH antes del matrimonio. En caso de dar positivo, alguno
de los dos, no se permitirá la unión. En los periódicos,
distintas personas de sexo, credo y status diferente dan su opinión.
A favor o en contra. Lo que más les sorprende a todos es que sólo
sea obligatorio para los musulmanes. Extraño país Malasia.
Una democracia donde los parlamentarios son electos por voto directo y
secreto.
Hace
días que el ordenador me dice, al encenderse, que no encuentra
el sistema operativo. Lo mismo que me ocurrió en las cuevas de
Ajanta, en la India. En una tienda del centro comercial dedicado a ordenadores,
teléfonos y cámaras fotográficas, me proporcionan
el teléfono y dirección de las oficinas centrales de LG,
la marca de mi ordenador. Imposible comunicarme telefónicamente.
Líneas ocupadas, “inténtelo de nuevo dentro de un
rato”.
Después de pegarme una paliza, metro elevado, otro y taxi, he llegado
a las oficinas de LG, en un barrio precioso, residencial, con jardines,
grandes espacios... a unos 30 kms. del centro de Kuala Lumpur. Cierran
los sábados, a pesar de que en la web dicen que abren por la mañana.
Hoy es sábado. He encontrado a un joven que estaba trabajando.
Se ha apiadado de mí y me ha abierto la puerta. Cuando se ha enterado
que era un problema de ordenador, me ha dicho que el único sitio
donde pueden arreglarlo es... en Singapur. Otro taxi, tren, metro y búsqueda
de una solución. Está lloviendo. He encontrado a una persona
estupenda, eficaz, comprensiva, en los almacenes en los que me han facilitado
la dirección de LG. Un “manitas”. Ha abierto el ordenador
y ha solucionado el problema. Mala conexión del disco duro. Ha
dejado lo que estaba haciendo y se ha puesto manos a la obra. Una hora.
Se ha asegurado de que funcione. No ha podido arreglar el interruptor
de encendido por falta de recambio. Buena gente. He visto como desmontarlo.
Me ha cobrado 10 euros. Iba a marcharme, abandonar Kuala Lumpur, una ciudad
en la me siento “atrapado”, pero mañana regresan Silvia
y Pilar. Cenaré con ellas. Me instalo en un café moderno,
cercano al hotel, con wifi. Ceno mientras recibo y escribo e-mails y se
actualiza el antivirus.
Para entretenerme, el último día, regreso al parque cercano
a las Petronas. Lagos y fuentes que no había visto anteriormente.
El complejo comercial parece pequeño, al lado de las altas torres.
En el interior, sorprende por sus grandes espacios. Es un centro comercial
semejante a los que vi hace años en Singapur. Podría estar
en cualquier país del mundo globalizado. Marcas y nombres comunes
en todos los grandes centros comerciales. Zara en uno de los mejores lugares.
Lo único que es diferente es la planta dedicada a restaurantes
populares. Muy baratos, para estar ubicados en un lugar semejante. Comida
tradicional malaya, china e india. Una zona con restaurantes selectos,
ofreciendo comida coreana, italiana, japonesa.
Por
la noche, cena en un restaurante argentino. Despedida de Pilar y Silvia,
que tan bien se han portado conmigo. Para ellas, mañana será
un largo día. Del aeropuerto directamente a trabajar. Para mí,
una autopista excelente que me conducirá a Georgetown. Inicio mi
trayecto dirección norte. Camino de Tailandia.
Dejo
Kuala Lumpur con la sensación de que voy cerrando libros, que leí
hace tiempo y que he vuelto a abrir para hojearlos. Los recoloco en la
estantería mas inaccesible, no creo que vuelva a necesitarlos.
Enviado desde Phang Nga, Tailandia, el 11 de enero, 2009
Kilómetros recorridos 52.055
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