| Actualmente
mi vida transcurre en dos mundos, muy diferentes. Después de pasar
cinco semanas en España, he vuelto a Delhi, para continuar viaje.
Gracias a Internet, no me desconecto de familia y amigos. He cargado pilas,
estoy animado, en parte, porque en esta segunda etapa me dirijo hacia
una de mis áreas preferidas, el sudeste asiático.
El coche ha arrancado como todos los días, sin esfuerzo. Tengo
un largo camino ante mí, antes de llegar a Chennai, la antigua
Madrás, en donde embarcaré el Toyota, con destino a Kuala
Lumpur, en Malasia. Más de 2.200 kms. que debo cubrir en cuatro
días, como máximo. La agencia naviera con la que he contactado
–gracias a los holandeses que encontré en Gorakhpur- me ha
informado que hay un barco, todos los viernes, que cubre la ruta Chennai-Kuala
Lumpur. Los trámites tienen que iniciarse el lunes anterior a la
salida. Quiero pasar la Navidad en la capital de Malasia. Únicamente
dispongo de un día en Delhi, para adaptarme al nuevo horario y
reordenar el interior del vehículo. Cuando salí hacia España,
el termómetro marcaba 31 grados. A mi vuelta, encuentro una ciudad
envuelta por la bruma, con temperatura matinal de 13 grados. Estos días,
en esta latitud, la luz diurna se mantiene unas once horas. Amanece a
las seis y cuarto y anochece a las cinco y cuarto. Es muy poco. No quiero
conducir de noche. La experiencia adquirida durante los meses que he conducido
por el país, me ha enseñado que la media, por rápido
que se conduzca, oscila entre 40 y 50 kms. por hora. No debería
conducir bajo presión, pero no puedo perder tiempo. Desayuno de
madrugada. En la urbanización cerrada donde se encuentra el hotel,
las calles están desiertas. Las únicas personas que se ven
son los encargados de pasear los perros de los adinerados propietarios
de las lujosas mansiones ubicadas en la zona. Guantes y bufanda para los
sirvientes, mantitas coloreadas, bien ajustadas, para algunos foxterriers,
yorkshires o galgos.
Conozco la salida de Delhi, dirección Agra.
Es la tercera vez que la sigo. La ciudad empieza a despertar. Todavía
no se producen los temidos atascos, habituales en el horario laboral.
Logro cruzar el cinturón industrial que rodea la capital en poco
más de una hora. La autovía permite circular a buena velocidad,
todavía no se ven vacas pastando. Podría incluso, de seguir
así, detenerme unas horas para visitar Gwalior, su impresionante
fortaleza, en lo alto de un promontorio , el palacio de Man Singh, dos
interesantes templos del siglo X y las espectaculares esculturas jaimistas
del siglo XV, esculpidas en la roca , en el largo camino de ascenso al
fuerte. Buenas intenciones, nada más. Había olvidado que
cruzar pueblos, ciudades, vías de tren, hace perder mucho tiempo.
Me enfrento a la dura realidad del tráfico en este país,
dulcemente olvidado durante mis semanas en España, al atravesar
Agra, en plena actividad, -motos, ciclistas, rickshaws, autobuses, pasos
a nivel con barreras- . Encontrar la carretera dirección Gwalior,
siguiendo indicaciones contradictorias de las personas a quienes pregunto,
aumenta mi retraso. Insisto. Al llegar a Gwalior, busco la entrada a la
fortaleza. Atravieso el barrio antiguo, buscando la puerta en la que se
inicia el ascenso. Paso a centímetros de gente sentada en el suelo
que no se aparta. Es una locura. Miro a lo alto. Apenas distingo, entre
la bruma, que no desparece, las altas murallas. No puede ser. Renuncio.
Hay que elegir. Gwalior o llegar a Chennai el domingo por la tarde. Seguiré,
sin detenerme en ningún otro lugar, mientras haya luz diurna. Pararé,
cuando caiga la noche y dormiré en el coche. Cuando llega ese momento,
veo que este primer día he cubierto 436 kms. Lleno depósitos,
aparco en la gasolinera. Doy una vuelta por los alrededores. Paso por
un mercado. Me siento en el banco de un restaurante, cenando unas samosas
vegetales, que me sirven envueltas en papel de periódico. Restaurante.
Me veo obligado a explicar que una palabra no basta para definir un lugar.
Sólo quienes hayan estado en un pueblo, no turístico, de
la India, pueden hacerse idea a qué me refiero cuando escribo “restaurante”.
Un barracón, con suelo de tierra, un par de mesas destartaladas
de madera o plástico resquebrajado, con fogones, cazuelas, sobre
hornillos de gas –bombonas a la vista-, bandejas con arroz, fritos
diversos, queso, pollo, samosas, calendarios o carteles de algún
dios, ladeados, sobre las paredes, una bombilla, de baja intensidad, colgando
de unos cables eléctricos, insectos merodeando, un par de cubos
de agua. En el mejor de los casos, una nevera casi vacía, con unas
cuantas botellas, no muy frías, de algún refresco. Ahora
sí. Eso se parece más al “restaurante” en que
he cenado.
El segundo día la carretera, con poco tráfico
de camiones y calzada en general en buen estado transcurre por zonas de
bosque y extensas llanuras. Únicamente me detengo para comer unas
manzanas que he comprado la noche anterior. El esfuerzo ha valido la pena,
he cubierto 556 kms., aunque todavía no he logrado llegar a la
mitad de mi trayecto hasta Chennai. Mañana será decisivo.
Tendría que llegar a Hyderabad. Si lo logro, estoy seguro de que
el cuarto día cumpliré mi objetivo, ya que recuerdo que
esas carreteras me parecieron buenas, en general, cundo las recorrí,
en Agosto, con Baldo. El último tramo es una autovía que
une Bangalore, una de las ciudades más desarrolladas, con Chennai,
uno de los puertos más importantes de la India.
Para alcanzar Hyderabad, tengo que cruzar Nagpur,
centro geográfico del país, importante por su gran producción
de cítricos. Encuentro una excelente autovía que me permite
circular a gran velocidad. En las buenas carreteras, el tráfico
de camiones, aunque sea intenso, no retrasa la marcha. Es fácil
adelantarlos… cuando se ha adquirido experiencia. A veces circulan
por el carril de la izquierda, más lento, a veces por la derecha,
sin que eso signifique que vayan a más de 40 kms. Por hora. En
el carril de la izquierda pueden encontrarse carros, motorickshaws o ciclistas.
Eligen el carril rápido y se mantienen en él, así
no han de maniobrar. Al adelantarlos, por la izquierda, hay que prever
que pueden desviarse y cortarte el paso. Para que no te aburras y te entre
somnolencia, la autovía a Nagpur ofrece un plus de entretenimiento,
está en construcción. Hay que ir alternando, por obras,
la calzada. Ahora por la derecha, ahora por la izquierda. En ocasiones,
las dos calzadas están en uso, pero no puedes relajarte, se circula
en ambas direcciones por las dos. Es habitual encontrar camiones de frente…
o carros, tirados por bueyes. Cuando una de las calzadas está en
obras, los carros transitan por ella, pero si están las dos en
uso, eligen la que les acorta el trayecto. He fotografiado algunos de
los carteles, con señales de tráfico, que se repiten continuamente.
Tampoco hay que hacerles mucho caso. Alguno indica obras que ya han finalizado.
Lo mejor es estar atento a lo que tienes por delante y pasar por donde
puedas.
Atravesar Nagpur no me ha demorado demasiado, en parte a la vía
preferencial que cruza la ciudad con puentes elevados, en parte a que
ante un gran atasco he optado por no hacer cola –“allá
donde fueres, haz lo que vieres”- , adelantando un kilómetro
de camiones detenidos. Un camión, que había partido su eje
delantero, cortaba una de las dos vías. No lo han apartado, estaban
reparándolo allí mismo. Afortunadamente había policía
controlando el paso por el embudo que se había creado. Al verme,
han hecho parar, dejándome vía libre. El número de
coches, autobuses y camiones ha ido aumentando al acercarme a Hyderabad.
Recuerdo con horror la entrada en la ciudad, conduciendo Baldo. Era sábado
noche. Igual que hoy. Todavía queda algo de luz. Intentaré
atravesar el casco urbano, detenerme en una estación de servicio,
llenar depósitos y salir temprano por la mañana, para cubrir
el último tramo que me falta para llegar a Chennai. Podría
acercarme al hotel en el que estuvimos. Tengo marcada su posición
en GPS, pero perdería mucho tiempo. Pregunto la dirección
al conductor de un camión militar que se detiene a mi lado, ante
un semáforo. No habla inglés pero una joven que le acompaña
me dice que me detenga más adelante. Desciende del camión
e intenta explicarme cual es el camino correcto, que resulta ser algo
complicado. Se acerca un señor mayor, muy amable, que después
de hablar con la chica, me escribe en mi bloc de notas los nombres de
todos los cruces que he de atravesar, y distancias entre ellos, para llegar
a la “express road” que me llevará a Chennai. La joven
se apiada de mí. Seguiré el camión militar que me
guiará hasta la carretera de salida. Mientras les sigo, paso por
la plazoleta en la que nos vimos atrapados en un atasco monumental que
ni Baldo ni yo olvidaremos. Llegando a determinado cruce me indican la
dirección a seguir. Me despido agradeciéndoles su ayuda.
No es tan fácil como suponía. Sábado noche, inmerso
en el caos circulatorio de la gran urbe. Masas de personas mezclándose
con motos y coches. Plazas que tengo que rodear, cortando el paso a un
río de ciclistas y motorickshaws, con la dificultad añadida
de tener el volante a la izquierda y no llevar copiloto. No veo bien lo
que me viene por la derecha , cuando estoy girando. Pregunto a gente apresurada
que no se detiene. Me faltan ocho kms. para llegar al primer cruce indicado
en mi bloc. Llegaré, se que llegaré, pero tengo que conducir
con cuidado. Las motos me adelantan casi rozándome. Luces de frente.
Ciclistas por delante sin reflectantes. Poco a poco voy alejándome
del centro. Sigo las indicaciones que tengo anotadas, preguntando a conductores
detenidos ante los semáforos. Carretera en obras, la recuerdo.
Es por donde entramos en Hayderabad. La ciudad queda atrás. Es
hora de detenerse. Mañana será otro día. Miro el
cuentakilómetros. 623. Más o menos, lo mismo que me falta
para llegar a destino. Ceno en un “restaurante” cercano. Cerveza
fría que expenden en una tienda de licores cercana. Duermo profundamente
en la gasolinera en la que he aparcado, después de llenar el depósito.
La “express road” no resulta ser tan
express. Es estrecha, con pasos de nivel con barreras, ganado en la calzada,
pero hay pocos agujeros en el asfalto. Paso por varios pueblos, rodeo
un gran embalse, con central hidroeléctrica, y alcanzo, por fin,
la autovía que une Bangalore a Chennai. Rápida pero peligrosa,
porque atraviesa varios pueblos. Motos y personas pueden cruzar de repente
sin ceder el paso. Llego a Chennai a las cuatro de la tarde. Otra gran
ciudad. Otra paciente búsqueda de hotel que finalmente encuentro
con menos problemas de los esperados. Me ducho, me cambio, ceno en un
restaurante con terraza. Comparto mesa con dos francesas, de Normandía,
que disponen, como yo, de tiempo libre. Están a punto de finalizar
una larga estancia de tres meses en la India. La mayor parte de este tiempo
lo han pasado en Fort Cochi y Pondycherry. Les queda una semana. Les recomiendo
Mamallapuram, a 30 kms. de Chennai. Espectacular, junto al mar, tranquilo,
barato, buena comida. Les parece bien. Después regresarán
a casa para pasar las fiestas de Navidad y año nuevo. Luego, ¿quién
sabe?. Alguna escapada para huir del frío y la lluvia.
Chennai,
más de siete millones de habitantes, capital del estado Tamil Nadu,
en el golfo de Bengala, es unos principales puertos de la India. La ciudad
ha ido asimilando pequeños pueblos que se han convertido en barrios,
densamente poblados, conectados por dos grandes vías. Una, Anna
Salai, la cuza en diagonal de norte a sur, desde el mar hacia el interior,
la otra, Kamarajar Salai, transcurre paralela a la orilla del mar. Utilizando
estos dos ejes me he desplazado del barrio en el que se encuentra el hotel
donde me alojo al barrio, más al norte, en donde se halla la oficina
de la agencia que tramitara el embarque del coche hasta Kuala Lumpur.
El lunes, a las diez de la mañana, hora en
que se inicia la jornada laboral en la mayoría de comercios y oficinas,
me he acercado hasta el barrio de George Town, en donde debo encontrarme
con la persona que va a gestionar el envío del Toyota. Un motorickshaw
me ha dejado en la calle en la que se ubica la agencia. Números
de edificios antiguos y modernos. Numerosas empresas navieras. Grandes
carteles en los que no figura el nombre que busco. Me indican que posiblemente
se encuentre hacia el final. A medida que avanzo, la calle se estrecha.
Los grandes edificios se convierten en casas con fachadas cochambrosas.
Es incomodo caminar por la falta de aceras, montones de basura, apresuradas
motos, carros tirados por bueyes, coches aparcados, vendedores callejeros
con tenderetes, improvisados “restaurantes” básicos,
para los más pobres, que en su mayoría van descalzos. Localizo
el número que busco. Sobre la puerta, el cartel de la agencia,
que se halla en el primer piso. La escalera, sucia, llena de trastos.
La oficina, pequeña pero bien aprovechada. Limpia. Una joven me
ofrece asiento. Aún no ha llegado la persona con la que tengo la
cita. Uno de los empleados, haciendo sonar ininterrumpidamente una campanita,
va encendiendo palitos de sándalo, depositándolos frente
a figuras de distintas deidades hindúes, ante las que se detiene,
brevemente, con actitud de ruego. Parece seguir una rutina diaria. Al
finalizar, los cinco empleados, se ponen en pie, con las palmas de las
manos juntas, frente al pecho, inclinan la cabeza y parecen musitar una
oración. Unos diez segundos. Empieza la jornada. A los pocos minutos
llega la persona que estoy esperando. Aparenta 35 años. Simpático.
Me ofrece un té. Enciende el ordenador. Paga unos recibos que le
presentan. Firma unos documentos que le ponen sobre la mesa. Da unas cuantas
órdenes. Es el jefe. Me indica los pasos necesarios que debo seguir
para iniciar los trámites. Mañana por la mañana,
a la misma hora, entregarle pasaporte, carnet de pasaje de aduanas, billete
de avión cerrado a Kuala Lumpur y 780 $ USA. No importa que le
pague en rupias, siempre que presente una hoja de cambio oficial, por
esa cantidad. El coche será introducido en un container el miércoles,
después de pasar por Aduana. Me da las medidas máximas que
admite el container. Busca en su ordenador un coche igual al mío.
No hay ningún problema, pero tengo que quitar las ruedas y los
dos bidones de gasoil que llevo en la baca. La altura se reducirá
a 2,25 mtrs. La altura máxima de la puerta del container es de
2,28 mtrs.
Cuando salgo, como dispongo de tiempo, me doy una
vuelta por el barrio. Calles estrechas, tiendas que ofrecen toda clase
mercancías. Desde ordenadores a hierro, en tubo, barra o placa.
Mujeres sentadas en las aceras confeccionando collares de flores. Un conductor
de rickshaw echando una cabezadita en su vehículo. Hace calor y
la humedad es alta. Estamos en Diciembre. En Agosto debe ser asfixiante.
Los coches aparcan donde pueden, igual que los carros. Los bueyes comparten
espacio con las motos. Parecen estatuas.
Para no tener que buscar el lugar, cuando pasado mañana tenga que
acercarme hasta la Aduana, busco el emplazamiento y lo marco en el GPS.
Cuando regrese al hotel, lo activare. Así podré volver por
el mismo camino que siga el rickshaw . Una de los medios de transporte
rápidos y baratos de Chennai es el tren que circula paralelo a
la costa. Tiene su salida en Chennai Beach, en el barrio que me encuentro.
En su trayecto se detiene en otras seis estaciones. Doy con el bazar en
el que expenden, sobre todo, películas y teléfonos móviles.
Supongo que en su mayoría, son copias piratas, en DVD, de cintas
de acción o cine indio. En Chennai se encuentran los estudios de
cine que hacen la competencia al Bollywood de Bombay.
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