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De
vuelta al parque, pasamos por un cruce de caminos que nos da paso al sector
este. En el Real monasterio budista tailandés, en la sala de oración,
vacía, como en las anteriores que ha visitado, suena, a bajo volumen,
pero suficiente para “llenar” el lugar, un recitado, acompañado,
por sonido de instrumentos musicales, que me hace transmite, inmediatamente,
una gran sensación de paz. El guarda me dice que son mantras en
sánscrito. No pueden comprarse, ni sabe dónde conseguirlos.
He de encontrarlos. He de aclarar que yo no soy, precisamente, un místico,
pero ese sonido, esa cadencia… Intentaré dar con ellos. En
este sector, destaca una de las construcciones más antiguas del
parque, el templo Dorado Nyanmar, la antigua Birmania. Cerca, la Pagoda
de Lokamani Pula, parecida, en menor tamaño, a las que volveré
a ver en Yangon, la antigua Rangún. Siguiendo el circuito, llego
hasta la Llama Eterna, un símbolo de paz.
El último sector, el más importante, el que ha motivado
la creación del parque y de todos los monasterios que se levantan
en el recinto, es donde se encuentra el templo de Maya Devi, la madre
de Buda. Unas excavaciones arqueológicas, realizadas en 1.992,
desenterraron ruinas de monasterios con más de 2.200 años
de antigüedad. En el 249 a.C., el emperador indio Ashoka llegó
en peregrinación y erigió, testimonialmente, una columna.
Terremotos posteriores, destruyeron las edificaciones. La columna de Ashoka,
fue resquebrajada por un rayo. A principios del siglo XIV, un rey nepalí
intentó que el lugar fuera recuperado, pero los invasores mongoles,
a finales de ese mismo siglo, destruyeron todo aquello que, para ellos,
era pagano. Durante cuatro siglos, la maleza cubrió la zona. Quedó
en el olvido. Hasta que, a finales del siglo XIX, se recuperó la
columna de Ashoka. La misma que se levanta en su lugar original, junto
al templo de Maya Devi. Las excavaciones de 1.992, culminaron con un hallazgo
importante, un ladrillo que encaja con la descripción de la piedra
depositada por Ashoka, hace 2.257 años. Hay otra columna, la del
rey de Nepal, Mahendra, de finales de los 80, pero me ha costado llegar
hasta ella. Está abandonada, en un recinto cercano. Nadie la visita.
El conductor del rickshaw ignoraba el camino. Junto a los restos de loa
monasterios y el templo de Maya Devi. Un gran árbol, con un altar
en su interior, recuerda, supongo, la higuera bajo la cual alcanzó
la iluminación espiritual que inspiró una nueva forma de
vida, guiada por la reflexión y la paz.
El
paso de aduanas se retrasa algo, por el tráfico farragoso. Hace
mucho calor. Sigo hasta Gorakhpur, para hacer noche e iniciar el largo
camino que me llevará hasta Delhi. Tengo que buscar un hotel, algo
siempre laborioso en una gran ciudad india, arreglar el ordenador, buscar
compañía naviera para transportar el coche a Kuala Lumpur,
en el mes de Diciembre, encontrar un aparcamiento seguro para el Toyota,
mientras yo estoy en España, en el mes de Noviembre, buscar un
vuelo… no quiero demorarme. Me alojo, en Gorakhpur, en el mismo
hotel que estuve la primera vez, el Bobina. Conozco el camino. Lo encuentro
fácilmente. Me llevo una agradable sorpresa al entrar en el jardín-aparcamiento.
Un coche igual al mío, el primero que veo en este viaje. Es de
una pareja holandesa. Cenamos juntos. Están realizando un viaje
de cinco meses. A mediados de Octubre, enviarán el coche a Holanda,
desde Chennai. Ellos regresarán por avión. Su Toyota, tiene
diez años de antigüedad, 350.000 kms. En ese tiempo no les
ha causado el menor problema. Revisamos los dos coches, con curiosidad,
comentando los cambios efectuados. Me facilitan la dirección de
dos compañías navieras, en Chennai y Kuala Lumpur. Incluso
me dicen lo que me va a costar el uso del contenedor, 700 dólares.
Al día siguiente, nos encontramos, antes
de que abandonen la carretera que lleva a Delhi –quieren dormir
en Agra-, en un pueblecito donde compartimos unos minutos de charla, mientras
nos aliviamos con unos refrescos. Nos deseamos buena ruta. Si volvemos
a vernos, probablemente será en Amsterdam, ciudad a la que llegaré,
si todo va bien, a mi regreso de América.
La carretera tiene tramos infernales. Algo más de 100 kilómetros
en los que casi ha desparecido el asfalto. Grandes agujeros que hay que
eludir o pasarlos en primera, polvo, camiones, autobuses que se paran
de repente en mitad de la calzada, para permitir que baje o suba algún
pasajero. El paso de ciudades, un infierno. Al cruzar Lucknow, dos millones
y medio de habitantes, a mediodía, no encuentro la vía adecuada.
Las indicaciones de las personas a quienes pregunto son contradictorias.
Me ponen a prueba. Con gran dosis de paciencia, encuentro la salida. Estando
parado en un semáforo, cuando cambia la luz, dando paso, Oigo un
ruido en el lateral. Una mujer me ha golpeado el coche con la mano. Arranco
y poco después, el conductor del coche que transportaba a la mujer,
me dice que me detenga. Que he golpeado su puerta, que está abollada.
Le miro incrédulo. Policía, gente alrededor… no quiero
discutir, ni perder el tiempo. Mi coche no tiene nada. Saco el seguro,
lo muestro y les digo que pueden tomar nota para reclamar. El policía
me dice que le siga a una oficina cercana de tráfico. Hay un oficial
que habla inglés. Por el camino, el policía, a quien acompaña
el conductor del coche “golpeado”, me dice que mejor llegar
a un acuerdo. Con 2.000 rupias, arreglado. Le digo que no. Para eso están
los seguros. El oficial habla con el policía, mira mi seguro. Busca
al demandante. Ha desaparecido. Me dice que me vaya, que no me preocupe.
Una nueva pillería que nunca me había encontrado. Como la
mayoría de conductores circulan sin seguro, en ocasiones, algún
pardillo puede caer. El día está resultando duro. Puede
ser peor. Empiezo a ver zonas inundadas. Pueblos sumergidos. Ayer leí
en el periódico que en esta zona habían caído lluvias
torrenciales. Siguen los atascos. Avanzo lentamente. Estoy a unos 350
kms de Delhi. De repente, empiezo a ver camiones parados, uno detrás
de otro, ocupando una de las dos vías de la carretera. Sólo
queda libre una vía para circular, en ambas direcciones. Lo de
siempre. Coches, autobuses, camiones, bicicletas…Haciendo hueco,
para que pase el que viene. Un camión aparcado a la derecha, sale
antes de que yo haya terminado de pasar. Golpe lateral, trasero, izquierdo.
Ahora que el Toyota estaba como nuevo. Es igual. No paro. ¿Para
qué? Pérdida de tiempo. Imposible entendernos. Discusión,
culpando al oponente. Atasco brutal. ¿Tal vez, 15 kms de camiones
parados en hilera? Llego a un punto, con una barrera. La paso. Han desaparecido
los camiones. Llego a un cruce de carreteras. La policía desvía
el tráfico. Me indican que no puedo continuar. La carretera está
cortada por inundación, que no hay forma de llegar a Delhi por
otro itinerario, a menos que esté dispuesto a dar un gran rodeo.
“Espere dos o tres días y podrá seguir”. ¡Dos
o tres días! En mitad de la nada, sucio, con calor. Me deja pasar
la barrera. A unos doscientos metros, encuentro la inundación.
Un todo terreno pasa. Le sigo, con precaución. He activado l tracción
a las cuatro ruedas. Se detiene en una zona algo elevada, libre de agua.
No quiere continuar. Su coche es de gasolina, tiene miedo a que le entre
agua y se pare el motor. Ese problema no existe para mí. Me dice
que yo puedo pasar. Que el nivel del agua no supera el medio metro, que
no hay corriente fuerte. –“Sólo son tres o cuatro kilómetros.”
¿Sólo?. El sol está descendiendo. Paso cautelosamente.
Los huecos se marcan por las ondulaciones del agua. Llego al otro lado.
Prueba superada. Lleno depósitos y duermo en la gasolinera. La
carretera está despejada. No pasa nadie. Duermo nueve horas, hasta
que el calor me despierta.
Llego sin más complicaciones hasta la capital.
Imploro a mis ángeles guardianes –estoy convencido de que
velan por mí- que me ayuden a encontrar el hotel que busco. Me
dejo llevar. En determinado momento, giro a la derecha. Paro. Pregunto
a un vendedor por el barrio del hotel y me indica que lo encontraré,
a la izquierda, después de pasar una gasolinera, en el tercer semáforo.
No me he demorado más de diez minutos. Gracias.
El hotel es caro, para mi presupuesto, pero limpio y en una zona buena.
Urbanización cerrada, cerca del Zoo y del Club de Golf de Delhi.
El servicio oficial de LG responde con rapidez a mi solicitud de saltar
el orden establecido de reparaciones. Habitualmente hay que esperar tres
o cuatro días. En una hora solucionan el problema. Encuentro aparcamiento
seguro para el Toyota, mientras me encuentre en España. Recojo
a Inmaculada en el Aeropuerto, de Delhi. El avión llega sin retraso.
Resumiendo. Estoy bien, sin problemas que resolver e ilusionado por conocer
más detenidamente Rajastán.
Enviado
desde Delhi el 2 de Octubre, 2008
Kilómetros recorridos 46.074
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