Crónica 26: del 23 septiembre a 2 octubre 2008 (2ª)

India








De vuelta al parque, pasamos por un cruce de caminos que nos da paso al sector este. En el Real monasterio budista tailandés, en la sala de oración, vacía, como en las anteriores que ha visitado, suena, a bajo volumen, pero suficiente para “llenar” el lugar, un recitado, acompañado, por sonido de instrumentos musicales, que me hace transmite, inmediatamente, una gran sensación de paz. El guarda me dice que son mantras en sánscrito. No pueden comprarse, ni sabe dónde conseguirlos. He de encontrarlos. He de aclarar que yo no soy, precisamente, un místico, pero ese sonido, esa cadencia… Intentaré dar con ellos. En este sector, destaca una de las construcciones más antiguas del parque, el templo Dorado Nyanmar, la antigua Birmania. Cerca, la Pagoda de Lokamani Pula, parecida, en menor tamaño, a las que volveré a ver en Yangon, la antigua Rangún. Siguiendo el circuito, llego hasta la Llama Eterna, un símbolo de paz.
El último sector, el más importante, el que ha motivado la creación del parque y de todos los monasterios que se levantan en el recinto, es donde se encuentra el templo de Maya Devi, la madre de Buda. Unas excavaciones arqueológicas, realizadas en 1.992, desenterraron ruinas de monasterios con más de 2.200 años de antigüedad. En el 249 a.C., el emperador indio Ashoka llegó en peregrinación y erigió, testimonialmente, una columna. Terremotos posteriores, destruyeron las edificaciones. La columna de Ashoka, fue resquebrajada por un rayo. A principios del siglo XIV, un rey nepalí intentó que el lugar fuera recuperado, pero los invasores mongoles, a finales de ese mismo siglo, destruyeron todo aquello que, para ellos, era pagano. Durante cuatro siglos, la maleza cubrió la zona. Quedó en el olvido. Hasta que, a finales del siglo XIX, se recuperó la columna de Ashoka. La misma que se levanta en su lugar original, junto al templo de Maya Devi. Las excavaciones de 1.992, culminaron con un hallazgo importante, un ladrillo que encaja con la descripción de la piedra depositada por Ashoka, hace 2.257 años. Hay otra columna, la del rey de Nepal, Mahendra, de finales de los 80, pero me ha costado llegar hasta ella. Está abandonada, en un recinto cercano. Nadie la visita. El conductor del rickshaw ignoraba el camino. Junto a los restos de loa monasterios y el templo de Maya Devi. Un gran árbol, con un altar en su interior, recuerda, supongo, la higuera bajo la cual alcanzó la iluminación espiritual que inspiró una nueva forma de vida, guiada por la reflexión y la paz.



El paso de aduanas se retrasa algo, por el tráfico farragoso. Hace mucho calor. Sigo hasta Gorakhpur, para hacer noche e iniciar el largo camino que me llevará hasta Delhi. Tengo que buscar un hotel, algo siempre laborioso en una gran ciudad india, arreglar el ordenador, buscar compañía naviera para transportar el coche a Kuala Lumpur, en el mes de Diciembre, encontrar un aparcamiento seguro para el Toyota, mientras yo estoy en España, en el mes de Noviembre, buscar un vuelo… no quiero demorarme. Me alojo, en Gorakhpur, en el mismo hotel que estuve la primera vez, el Bobina. Conozco el camino. Lo encuentro fácilmente. Me llevo una agradable sorpresa al entrar en el jardín-aparcamiento. Un coche igual al mío, el primero que veo en este viaje. Es de una pareja holandesa. Cenamos juntos. Están realizando un viaje de cinco meses. A mediados de Octubre, enviarán el coche a Holanda, desde Chennai. Ellos regresarán por avión. Su Toyota, tiene diez años de antigüedad, 350.000 kms. En ese tiempo no les ha causado el menor problema. Revisamos los dos coches, con curiosidad, comentando los cambios efectuados. Me facilitan la dirección de dos compañías navieras, en Chennai y Kuala Lumpur. Incluso me dicen lo que me va a costar el uso del contenedor, 700 dólares.

Al día siguiente, nos encontramos, antes de que abandonen la carretera que lleva a Delhi –quieren dormir en Agra-, en un pueblecito donde compartimos unos minutos de charla, mientras nos aliviamos con unos refrescos. Nos deseamos buena ruta. Si volvemos a vernos, probablemente será en Amsterdam, ciudad a la que llegaré, si todo va bien, a mi regreso de América.
La carretera tiene tramos infernales. Algo más de 100 kilómetros en los que casi ha desparecido el asfalto. Grandes agujeros que hay que eludir o pasarlos en primera, polvo, camiones, autobuses que se paran de repente en mitad de la calzada, para permitir que baje o suba algún pasajero. El paso de ciudades, un infierno. Al cruzar Lucknow, dos millones y medio de habitantes, a mediodía, no encuentro la vía adecuada. Las indicaciones de las personas a quienes pregunto son contradictorias. Me ponen a prueba. Con gran dosis de paciencia, encuentro la salida. Estando parado en un semáforo, cuando cambia la luz, dando paso, Oigo un ruido en el lateral. Una mujer me ha golpeado el coche con la mano. Arranco y poco después, el conductor del coche que transportaba a la mujer, me dice que me detenga. Que he golpeado su puerta, que está abollada. Le miro incrédulo. Policía, gente alrededor… no quiero discutir, ni perder el tiempo. Mi coche no tiene nada. Saco el seguro, lo muestro y les digo que pueden tomar nota para reclamar. El policía me dice que le siga a una oficina cercana de tráfico. Hay un oficial que habla inglés. Por el camino, el policía, a quien acompaña el conductor del coche “golpeado”, me dice que mejor llegar a un acuerdo. Con 2.000 rupias, arreglado. Le digo que no. Para eso están los seguros. El oficial habla con el policía, mira mi seguro. Busca al demandante. Ha desaparecido. Me dice que me vaya, que no me preocupe. Una nueva pillería que nunca me había encontrado. Como la mayoría de conductores circulan sin seguro, en ocasiones, algún pardillo puede caer. El día está resultando duro. Puede ser peor. Empiezo a ver zonas inundadas. Pueblos sumergidos. Ayer leí en el periódico que en esta zona habían caído lluvias torrenciales. Siguen los atascos. Avanzo lentamente. Estoy a unos 350 kms de Delhi. De repente, empiezo a ver camiones parados, uno detrás de otro, ocupando una de las dos vías de la carretera. Sólo queda libre una vía para circular, en ambas direcciones. Lo de siempre. Coches, autobuses, camiones, bicicletas…Haciendo hueco, para que pase el que viene. Un camión aparcado a la derecha, sale antes de que yo haya terminado de pasar. Golpe lateral, trasero, izquierdo. Ahora que el Toyota estaba como nuevo. Es igual. No paro. ¿Para qué? Pérdida de tiempo. Imposible entendernos. Discusión, culpando al oponente. Atasco brutal. ¿Tal vez, 15 kms de camiones parados en hilera? Llego a un punto, con una barrera. La paso. Han desaparecido los camiones. Llego a un cruce de carreteras. La policía desvía el tráfico. Me indican que no puedo continuar. La carretera está cortada por inundación, que no hay forma de llegar a Delhi por otro itinerario, a menos que esté dispuesto a dar un gran rodeo. “Espere dos o tres días y podrá seguir”. ¡Dos o tres días! En mitad de la nada, sucio, con calor. Me deja pasar la barrera. A unos doscientos metros, encuentro la inundación. Un todo terreno pasa. Le sigo, con precaución. He activado l tracción a las cuatro ruedas. Se detiene en una zona algo elevada, libre de agua. No quiere continuar. Su coche es de gasolina, tiene miedo a que le entre agua y se pare el motor. Ese problema no existe para mí. Me dice que yo puedo pasar. Que el nivel del agua no supera el medio metro, que no hay corriente fuerte. –“Sólo son tres o cuatro kilómetros.” ¿Sólo?. El sol está descendiendo. Paso cautelosamente. Los huecos se marcan por las ondulaciones del agua. Llego al otro lado. Prueba superada. Lleno depósitos y duermo en la gasolinera. La carretera está despejada. No pasa nadie. Duermo nueve horas, hasta que el calor me despierta.

Llego sin más complicaciones hasta la capital. Imploro a mis ángeles guardianes –estoy convencido de que velan por mí- que me ayuden a encontrar el hotel que busco. Me dejo llevar. En determinado momento, giro a la derecha. Paro. Pregunto a un vendedor por el barrio del hotel y me indica que lo encontraré, a la izquierda, después de pasar una gasolinera, en el tercer semáforo. No me he demorado más de diez minutos. Gracias.
El hotel es caro, para mi presupuesto, pero limpio y en una zona buena. Urbanización cerrada, cerca del Zoo y del Club de Golf de Delhi. El servicio oficial de LG responde con rapidez a mi solicitud de saltar el orden establecido de reparaciones. Habitualmente hay que esperar tres o cuatro días. En una hora solucionan el problema. Encuentro aparcamiento seguro para el Toyota, mientras me encuentre en España. Recojo a Inmaculada en el Aeropuerto, de Delhi. El avión llega sin retraso. Resumiendo. Estoy bien, sin problemas que resolver e ilusionado por conocer más detenidamente Rajastán.

Enviado desde Delhi el 2 de Octubre, 2008
Kilómetros recorridos 46.074

 

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