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Salgo
de Katmandú al amanecer. La ciudad empieza a despertar. Intento
evitar, en lo posible, el angustioso transitar por las estrechas calles
de Katmandú. Día nublado. Consigo salir de la capital en
veinte minutos. Un éxito. Tomo la carretera dirección a
Pokhara. Tengo que salir por la misma frontera que entré, pero
seguiré otro itinerario. Evitaré la Tribhuvan, serpenteante,
entre montañas, peligrosa. No quiero repetirla. He visto que en
la ruta se encuentra un funicular, construido por austriacos, hace diez
años, que permite llegar hasta un templo dedicado a la diosa Bhagwati,
una encarnación de Parvati, que tiene el poder de decidir el sexo
del hijo que se espera. Todos suspiran por un varón. Llegan muchos
peregrinos que sacrifican cabras o palomas, con la esperanza de que sus
deseos se cumplan. Tienen un cincuenta por ciento de posibilidades de
que la diosa atienda sus demandas. Para mi lo más interesante que
me ofrece el funicular es que me lleva hasta un punto, desde el que, después
de ascender tres kms más, a pie, me permite ver los altos picos
del Himalaya. Los primeros kms. de la carretera transcurren bien, luego
se complica y empiezan las curvas. El asfalto está en buenas condiciones
y la anchura de la vía permite adelantamientos y el paso de dos
vehículos, holgadamente. Mi primer contratiempo surge cuando quiero
llenar los depósitos de gasoil. Las distintas estaciones de servicio
en las que pregunto tienen las reservas agotadas. Tengo suficiente carburante
para llegar a la India, pero cambié dinero que ahora va a sobrarme.
Veo, en una gasolinera, que un tractor está llenando su depósito.
Cuando intento que hagan lo mismo con los míos, me dicen que sólo
pueden servirme cinco litros. Después de rogar, acceden a suministrarme
15. Menos es nada. Tendré que ir llenando poco a poco. Con paciencia,
logro dos cargas suplementarias, en otros puestos, de diez litros. Me
sobra mucho dinero. Me fastidia reconvertirlo en rupias indias, porque
perderé en el cambio. Cundo llego a las puertas del funicular,
las nubes cubren las montañas. Cambio de planes. Sigo en dirección
a Pokhara, para acercarme a Bandipur, un pueblecito, en las montañas,
que conserva edificios y forma de vida tradicional. La carretera que lleva
hasta este “museo vivo de la cultura newar” (frase de la guía
que utilizo), transcurre, durante 18 kms montañas. Buen asfalto,
estrecha, muchas curvas en u y desnivel variable. Por suerte, me cruzo
con sólo con algunos tractores, un par de coches y tres motos.
La carretera termina en el pueblo, en el que está prohibida la
entrada a vehículos motorizados. Es de gradecer. Lo que no está
resuelto es el aparcamiento. Después de una laboriosa maniobra,
evitando canalones y agujeros, logro situar el Toyota en el patio embarrado
de una casa cercana. ¿Qué ocurre cuando llegan diez coches?
¿Dónde se dejan? Antes de entrar por la calle principal,
un cartel, elevado, muestra los puntos de interés de Bandipur y
cercanías. Está muy bien. Tres extranjeros. Quietud. Espacio.
Calle central y otras secundarias, enlosadas. Se abren claros en las nubes
y los rayos de sol iluminan las antiguas casas del pueblo que mantienen
su diseño original. Leña apilada, mazorcas al sol, ropa
tendida. Tomo un té, en una terraza, con amplia vista sobre el
valle. Marco un itinerario y me pongo en marcha. Al final de la calle
principal, una biblioteca de madera, con ventanas y vigas talladas, frente
al principal templo del pueblo, Bindebasini Mandir, dedicado a Durga.
Sigo camino de Tundikhel, en una explanada, donde se celebraban las ferias
que tenían lugar, cuando Bandipuer era una escala en la ruta del
Tibet a la India. Para llegar hasta ahí, tengo que subir unas escaleras,
en las que me preceden unas mujeres con cestas vacías y seguir
por caminos embarrados. Lo primero que veo al llegar, son las cinco grandes
higueras que simbolizan dioses hindúes. Acercándome a un
mirador, desde el que se abarca una gran extensión, veo a lo lejos,
entre la bruma, montañas rodeadas de nubes. Prestando mayor atención,
distingo unos picos, que logro fotografiar. Ignoro cuáles son,
pero por fin he podido ver cumbres con nieves eternas, en la cordillera
que tiene diez de los 14 picos más altos del mundo.
Al regresar hacia el pueblo, paso por delante del templo Khadga Devi Mandir.
Está cerrado. Es una pena, porque en el interior se guarda la espada
sagrada de un rey del siglo XVI. Un regalo muy especial de Shiva al Rey.
Eran otros tiempos. Dioses y hombres estaban en mejor relación
que en la época actual. Como siempre, escaleras. Siempre me encuentro
con escaleras para llegar a algún templo o monumento. He de reconocer
que, gracias a ese mínimo esfuerzo, supongo, ha desaparecido un
pequeño, pero molesto, dolor que durante un par de meses notaba
en mi rodilla izquierda. En algunas paredes de viviendas, se mantienen
pintadas que evidencian el apoyo del pueblo a la causa maoísta.
En
mi camino hacía la frontera, tengo que volver a cruzar las montañas,
pero esta vez, es siguiendo el cauce de un río. Curvas, calzada
en obras, pero sin mayores contratiempos ni peligros. Paso cerca del parque
de Chitwan, una gran reserva de pantanos y prados, en los que se encuentran
tigres, leopardos, rinocerontes y delfines, los delfines del Ganges, quedan
pocos. Hasta que no se convirtió, el área, en parque natural,
en 1.973, Chitwan era zona de caza para unos pocos. En 1.911, El rey Jorge
V de Inglaterra y su hijo Eduardo VIII, lograron abatir en una cacería
39 tigres y 18 rinocerontes. Paso de largo. Quiero llegar a Lumbini, lugar
donde nació Buda, antes de que anochezca. Está a solo 26
kms. de la frontera con la India, pero cubrir esa última distancia
se me hace pesado y lento, por la gran dificultad que tengo para adelantar
autobuses y camiones que se niegan a abandonar el centro de la vía.
Motos y ciclistas dificultan además la maniobra.
Buscando hotel, me interno en el poblado de Lumbini.
Vacas y carros me hacen comprender que estoy en el lugar equivocado. Ahí
no hay hoteles para turistas. Media vuelta. Pregunto varias veces y logro
encontrar un hotel, en un bosque, dentro de la Zona de desarrollo, recinto
amurallado, de gran extensión, dentro del cual se encuentran los
principales templos y monasterios que se han levantado cerca del lugar
donde nació Buda. Soy el único huésped del hotel.
Cabañas, básicas, con ventilador y malla metálica
anti mosquitos, que en esta zona deben encontrar el hábitat soñado.
Ceno. Me acuesto temprano. Quiero iniciar la visita a las ocho de la mañana,
hora en que se abre el parque. No está permitido el tránsito
de vehículos motorizados, por lo que, dada la extensión,
lo mejor es alquilar una bicicleta o ser transportado por un rickshaw.
Opto por lo segundo. El conductor conoce bien el parque y seguirá
el itinerario más conveniente. El diseño, de 1.978, es obra
del arquitecto japonés Kenzo Tange. Sigue en construcción.
Algunas pistas de tierra, unas pocas asfaltadas, mal mantenidas, lagos,
estanques y… monasterios budistas de distintas nacionalidades. Hemos
iniciado el recorrido visitando primero la parte oeste. Digamos que la
zona, contiene tres sectores diferenciados. Un grupo de monasterios en
el este, otros en el oeste, un gran estanque circular que rodea el templo
principal, Maya Devi, donde nació Buda y un cuarto sector, fuera
del parque, en donde se levanta la Pagoda de la Paz Mundial. No hace falta
llegar a la puerta de un monasterio para conocer el país que lo
ha edificado. El estilo arquitectónico no deja lugar a dudas. Salvo
uno, que destaca, junto a un lago. ¿Quién lo ha levantado?
La gran stupa de Dringung Kagyud Lotus, ha sido financiada por la fundación
alemana Tara. Es … chocante. Me llamaron la atención varios
detalles. En las fotografías que acompaño, pueden observarse
dos. El cartel que ruega no pisar el césped y los tiradores de
una puerta. Después de visitar todos los edificios del sector oeste,
el rickshaw me ha transportado hasta la Pagoda de la Paz Mundial, construida
por budistas japoneses. Paz Mundial. Un monje japonés fue asesinado
por extremistas antibudistas. La tumba está situada a pocos metros
de la pagoda.
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