| Ya
que estoy “atrapado” en Katmandú, a la espera del Carnet
de Paso de Aduanas, aprovecho el tiempo para acercarme a varios de los
atractivos lugares que ofrece el valle. Ha cambiado mucho, desde la última
vez que vine. La ciudad se ha extendido. Acoge una población, estimada,
de dos millones. Nepalíes, refugiados tibetanos e indios, cada
año que pasa, más numerosos. La segunda ciudad del país,
Pokhara, no llega a los 200.000 habitantes. La monarquía ha dado
paso a la república. El momento actual es de transición.
Los maoístas han abandonado la lucha armada y se han integrado,
formando parte del gobierno. Nuevas leyes intentan mejorar el nivel de
vida de los desfavorecidos, invirtiendo en enseñanza, salud y reformas
agrarias. Se intenta modernizar el país, mejorando la comunicación
viaria entre regiones aisladas. Con la paz, ha regresado el turismo. Es
tiempo de cambio. No todo el mundo está de acuerdo con las nuevas
normas y regulaciones. Durante estos días, de mi permanencia en
Katmandú, se han producido dos manifestaciones, no autorizadas,
que han sido disueltas por la policía, causando algunos heridos
leves. La primera, convocada por la agrupación de bares, restaurantes,
clubs y salas de baile. El gobierno, intentando acabar con la creciente
inseguridad ciudadana, obliga a cerrar todos los establecimientos a las
once de la noche. El segundo enfrentamiento ha sido causado por una orden
del Ministerio de Cultura que prohíbe los sacrificios públicos
de bueyes y cabras, durante la celebración de grandes festejos.
Justo, estos días, ha tenido lugar uno de los más esperados,
el gran festival de Indra Jatra. La “Kumari”, niña-diosa
viviente, es paseada, sobre un carruaje, por algunas calles de Katmandú.
Son unos días muy especiales, porque la Kumari, que vive recluida
en un viejo palacio de la plaza Durbar, se muestra en público en
contadas ocasiones durante el año. La asociación newar ha
protestado contra la prohibición, arguyendo que intenta acabar
con las costumbres tradicionales. El Ministerio de Finanzas ha autorizado
la entrega de los fondos necesarios para la compra de animales destinados
al sacrificio. Nuevos tiempos que exigen un punto de encuentro entre gobierno
y oposición. Todos intentan mejorar la vida de sus compatriotas,
la diferencia estriba en cómo y cuándo, sin alterar bruscamente
las seculares castas y jerarquías.
La lluvia sigue causando inundaciones. La carretera
por la que planeaba cruzar el país, para llegar a Delhi, está
cortada por desbordamiento de ríos. Tendré que regresar
a Sunauli, la frontera por la que entré. Leo que en el estado indio
de Gujarat, donde sufrí lluvias torrenciales, a finales de julio,
veinte pueblos han tenido que ser evacuados por inundaciones. En Shimla,
otro lugar que no olvidaré, por el mal tiempo que soporté,
un deslizamiento de tierras ha sepultado un grupo de tiendas de refugiados
tibetanos. Aquí, en Katmandú, llovizna a veces, durante
el día, y diluvia por la noche.
He ido caminando hasta Swyambhunath, sobre una colina, desde la que se
goza de un buen punto de observación sobre el valle. Una gran stupa
budista, del siglo V, se levanta en el centro del recinto, rodeada de
santuarios, templos y pequeñas stupas. Muchas banderolas de oración,
de distintos colores, con mantras tibetanos, penden de cables que llegan
hasta la cúpula de la gran stupa, donde, en un bloque cuadrado,
se representan los ojos de Buda, orientados a los cuatro puntos cardinales.
Los monos abundan en la colina. Las ofrendas, con arroz y frutos secos,
les permiten alimentarse sin esfuerzo. Son rápidos, siempre vigilantes.
Llega alguien que deposita sus ofrendas ante un dios. Ora y se marcha.
Es el momento. El mono salta, come rápidamente y desaparece, antes
de que un lento, comprensivo, guardián le eche de la capilla.
No
he subido, como la primera vez, por la gran escalera que nace en la base
de la colina. He preferido un ascenso menos exigente, siguiendo una carretera
que conduce hasta una plataforma inferior, con stupas, una estatua de
Buda, en un pedestal, rodeado de agua y un santuario, entre árboles.
Para bajar, he seguido un camino opcional. Escaleras, alternando con camino
llano. Cómodo, bien conservado. Se construyó en el 2.000,
con donaciones de empresas, asociaciones y particulares. Stupas y rodillos
de oración. Algunos bancos, bajo la protectora sombra de unos árboles,
ofrecen un punto de descanso. Cerca de la base de la colina, donde se
inicia la fatigante escalera, un gran rodillo de oración, dentro
de un templete. La entrada principal al recinto de Swyambhunath, se encuentra
antes de los primeros escalones. Estatuas de Buda, leones protectores,
pequeñas stupas, vendedores de banderolas de oración, velas,
ofrendas… un lugar muy animado, cercano a un nuevo barrio de la
ciudad. Par regresar al centro, he seguido un camino distinto. He encontrado
un templo donde unas mujeres estaban preparando sus ofrendas.
Transitar
por las calles de Katmandú es un ejercicio de paciencia. En las
grandes avenidas, el ya habitual caos de circulación, que se rige
por una norma única, el que golpea es el culpable. No hay preferencias
ni comprensión, ante los apuros de otro conductor que está
maniobrando. Derecha o izquierda, es igual. Aparcamiento, adelantamiento
o marcha atrás. Cada uno pasa por donde puede. Me golpeas, la culpa
es tuya. Los rickshaws, bicicleta y motos, utilizan el freno únicamente
en caso extremo, lo común es esquivar, no detenerse. En el barrio
donde se encuentra el hotel en el que me alojo, en el centro, la estrechez
de las calles, sin aceras, obliga a mantener la atención. Por compensación,
se disfruta de un mundo vivo, donde templos, vendedores callejeros, puestos
de fruta, talleres, comedores básicos, se muestran, en plena actividad,
al paseante curioso… mientras hay luz diurna. El suministro de energía
eléctrica es deficiente. Se producen muchos cortes. Algunos afrontan
el problema usando ruidosos generadores. En varias ocasiones, he tenido
que regresar al hotel, después de cenar, valiéndome de una
linterna, que me permitía caminar por pasajes totalmente a oscuras.
Junto a estas bulliciosas calles, hay otras, sin tiendas, ni tráfico,
en las que juegan los niños. Un cordel y un ladrillo, se transforman,
gracias a su imaginación, en un camión de transporte. Contrastando
con esa sencillez, impuesta por la falta de recursos económicos,
casi todo el mundo, en la ciudad, tiene teléfono móvil.
Algo que he agradecido es la sabia decisión de prohibir, hace años,
el uso de motorickshaws. Desaparecieron de las calles de Katmandú.
Para convertir el ambiente en irrespirable es suficiente con las motos,
que es el vehículo más práctico para llegar a cualquier
lugar.
He ampliado mi menú con los “momos”, una especie de
empanadillas, con carne o verduras en su interior, parecidas a los “dim
sum” chinos. Es una especialidad tibetana, con gran aceptación.
Se acompañan con una salsa algo picante. Son muy sabrosos. El precio
depende del contenido y del lugar en se sirvan. Diez momos, con su salsa,
pueden costar 0,30 €, en un comedor básico o 1,20 € en
un buen restaurante.
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