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Nos
trasladamos, sobre un rickshaw, hasta el parque Lumbini, otro centro de
ocio, junto a el lago artificial Hussain Sagar. En el centro del lago,
una pequeña isla, con un gan pedestal, sobre el que se yergue una
figura de Buda, esculpida en piedra, de 350 toneladas de peso. Nos acercamos
en un barquito. Pocos turistas extranjeros en Hyderabad. Nos comportamos
como los visitantes locales. Comemos samosas, paseamos entre cascadas
de agua, parques de juegos, con toboganes y columpios. Todavía
tenemos tiempo para cruzar la ciudad, llegando hasta la mezquita de La
Meca, llamada así porque varios ladrillos del pórtico se
moldearon con tierra de la ciudad santa. Su construcción duro 73
años, es del siglo XVII. Por lo visto, es una de las mayores mezquitas
del mundo, con capacidad para 10.000 fieles. Muy cerca, el monumento que
identifica la ciudad, el Charminar, del siglo XVI. Es como un gran tetrapilon,
con cuatro arcos orientados a los cuatro puntos cardinales. Sobre cada
columna, un minarete. 56 metros de altura por 30 de ancho. Junto al Charminar,
se extiende el bazar Lad, tiendas y puestos callejeros, donde se vende
de todo. Desde fruta a perlas, electrodomésticos, ropa, antigüedades,
objetos de segunda mano o comida preparada en cocinas ambulantes, de todo.
De todo para una masa de personas entre las que se abren paso, lentamente,
motos y rickshaws. Un lugar desaconsejable para aquellos a quienes les
agobian las multitudes. Sin embargo, en las callejuelas paralelas, por
las que nos paseamos, no nos cruzamos con nadie, están desiertas,
las tiendas cerradas, es domingo.
Regresamos
caminando a la zona del hotel. Se hace de noche. Calles oscuras, únicamente
iluminadas por la luz de los candiles de algunos vendedores ambulantes
que no han logrado agotar su mercancía, ajos, piñas o cocos.
Baldo se esfuerza por encontrar una camiseta del equipo nacional de fútbol
de la India. Imposible encontrarla. Solo tienen la de cricket. Recorremos,
como mínimo, diez tiendas de deportes. En alguna le preguntan cuantas
quiere, se las harán. Esta visto que el fútbol tiene, como
deporte a practicar, poco futuro en este país. En cambio si siguen
apasionados todos los partidos de la Champions que se retransmiten por
televisión. Baldo, ante la evidencia, desiste. Era para regalar
a un familiar que las colecciona. Mientras nos bebemos la cerveza fría
de todas las noches, intentamos imitar el gesto tan indio, de mover la
cabeza, balanceandola. Significa asentimiento. Es difícil. Se necesita
mucha practica para hacerlo correctamente.
Quedan
cinco días para que Baldo regrese a El Cairo, desde Bombay. Iremos
deteniéndonos en aquellos lugares que ofrezcan algo interesante
que ver. Nuestro primer hito es Bidar. Llegamos bajo fuerte lluvia. Son
pocos los turistas que se acercan por aquí. El restaurante donde
cenamos, como muchos otros en los que hemos recalado anteriormente, ilumina
el gran salón con bombillas de baja intensidad, apenas ves lo que
comes. El lavabo ofrece el aspecto que muestro en una foto. Solo emplean
agua para limpiarlos. Ni una sola mujer en el comedor. Algunos restaurantes
ofrecen reservados o salas “familiares”. Sólo en las
grandes ciudades, en restaurantes de alto nivel o de los hoteles, es posible
ver clientes del sexo femenino. Un camarero nos vigila atentamente. Llena
nuestros vasos, con celeridad y presenta la cuenta, apenas hemos terminado
de ingerir lo que habíamos pedido, Sigue lloviznando. Caminar por
estas calles embarradas, obliga a ir sorteando charcos y rickshaws. Antes
de irnos a dormir, una última cerveza. Encontramos un bar, con
una pequeña habitación interior, donde podemos sentarnos.
Dos mesas, dos bancos. Luz roja. Pagamos antes de que abran la botella,
es lo habitual en este tipo de bares. Enfrente de nosotros, tres hombres
bebiendo cubatas, con ginebra nacional. No hablan inglés, pero,
ya sea por el alto índice de alcohol que han acumulado o por su
curiosidad, que estimula sus ganas de comunicarse con nosotros, se inicia
la “conversación”. Nos ofrecen frutos secos y cigarrillos.
Se lo pasan bien. Baldo les sigue la corriente. Quieren invitarnos a una
segunda ronda, pero declinamos el ofrecimiento y nos despedimos estrechando
las manos.
Amanece lloviendo. Es igual. El turismo “continuado”
que practicamos, es bajo cualquier condición atmosférica.
Tomamos un motorickshaw para que nos conduzca al castillo, del siglo XV,
que se encuentra en las afueras. El conductor acepta enseguida la cantidad
que le ofrecemos, contraoferta a la baja de la que nos había pedido.
Es muy listo. Le hemos dicho solo ida, sin esperarnos para regresar. Sabe
que va a convertirse en nuestro guía de Bidar. Cruzamos tres grandes
puertas, con defensas anti elefantes, antes de llegar a la entrada de
un pequeño museo. Jardines cuidados, cubiertos de césped,
con rejas que impiden el acceso a lo debieron ser antiguos palacios y
una mezquita. No hay que indicarle ninguna nueva dirección a nuestro
conductor-guía, que nos ha esperado pacientemente. Avanza cien
metros y se detiene. Aparece un guarda que nos abre una cancela que da
paso a un antiguo palacio, con patios, escaleras, estrechos corredores,
sala de oración, habitaciones, Se conservan restos de la antigua
decoración, El palacio debió ser saqueado. Aun pueden verse
algunos azulejos en la parte alta de una pared. Subimos al rickshaw. Avanza
50 metros y vuelve a detenerse. Nos indica, extendiendo el brazo derecho,
una escalera que permite subir hasta la terraza de la torre más
alta de las murallas. Buena vista, lastima de cielo encapotado. Se divisa
toda la extensión de la zona fortificada. Entre grandes espacios,
se levantan los restos de algunos edificios. Ante las murallas, profundos
fosos, excavados en la roca. Desciendo cuidadosamente por las pétreas
escaleras, resbaladizas, sin barandilla a la que agarrarse.
No
decimos nada al conductor. Nos va a llevar a todos los lugares que interesan
a los foráneos. Próxima parada, una madrasa del siglo XV.
Los bueyes pastan dentro del recinto. Siguiente alto, junto a una gran
torre, con reloj, en el centro de Bidar. Aprovecha para tomarse una samosa,
en un cobertizo cercano. Nos invita a te con leche. Se le han acabado
los monumentos. Pregunta a unos compañeros y sale del pueblo. Nos
acerca hasta un templo hindú, en el que no podemos entrar. En un
estanque al aire libre, bajo el nivel de la entrada, unos hombres se echan
agua, unos a otros, después de enjabonarse, antes de entrar en
el templo.
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