Crónica 24: del 23 agosto al 14 de septiembre, 2008 (2ª)

India







Nos trasladamos, sobre un rickshaw, hasta el parque Lumbini, otro centro de ocio, junto a el lago artificial Hussain Sagar. En el centro del lago, una pequeña isla, con un gan pedestal, sobre el que se yergue una figura de Buda, esculpida en piedra, de 350 toneladas de peso. Nos acercamos en un barquito. Pocos turistas extranjeros en Hyderabad. Nos comportamos como los visitantes locales. Comemos samosas, paseamos entre cascadas de agua, parques de juegos, con toboganes y columpios. Todavía tenemos tiempo para cruzar la ciudad, llegando hasta la mezquita de La Meca, llamada así porque varios ladrillos del pórtico se moldearon con tierra de la ciudad santa. Su construcción duro 73 años, es del siglo XVII. Por lo visto, es una de las mayores mezquitas del mundo, con capacidad para 10.000 fieles. Muy cerca, el monumento que identifica la ciudad, el Charminar, del siglo XVI. Es como un gran tetrapilon, con cuatro arcos orientados a los cuatro puntos cardinales. Sobre cada columna, un minarete. 56 metros de altura por 30 de ancho. Junto al Charminar, se extiende el bazar Lad, tiendas y puestos callejeros, donde se vende de todo. Desde fruta a perlas, electrodomésticos, ropa, antigüedades, objetos de segunda mano o comida preparada en cocinas ambulantes, de todo. De todo para una masa de personas entre las que se abren paso, lentamente, motos y rickshaws. Un lugar desaconsejable para aquellos a quienes les agobian las multitudes. Sin embargo, en las callejuelas paralelas, por las que nos paseamos, no nos cruzamos con nadie, están desiertas, las tiendas cerradas, es domingo.


Regresamos caminando a la zona del hotel. Se hace de noche. Calles oscuras, únicamente iluminadas por la luz de los candiles de algunos vendedores ambulantes que no han logrado agotar su mercancía, ajos, piñas o cocos. Baldo se esfuerza por encontrar una camiseta del equipo nacional de fútbol de la India. Imposible encontrarla. Solo tienen la de cricket. Recorremos, como mínimo, diez tiendas de deportes. En alguna le preguntan cuantas quiere, se las harán. Esta visto que el fútbol tiene, como deporte a practicar, poco futuro en este país. En cambio si siguen apasionados todos los partidos de la Champions que se retransmiten por televisión. Baldo, ante la evidencia, desiste. Era para regalar a un familiar que las colecciona. Mientras nos bebemos la cerveza fría de todas las noches, intentamos imitar el gesto tan indio, de mover la cabeza, balanceandola. Significa asentimiento. Es difícil. Se necesita mucha practica para hacerlo correctamente.

Quedan cinco días para que Baldo regrese a El Cairo, desde Bombay. Iremos deteniéndonos en aquellos lugares que ofrezcan algo interesante que ver. Nuestro primer hito es Bidar. Llegamos bajo fuerte lluvia. Son pocos los turistas que se acercan por aquí. El restaurante donde cenamos, como muchos otros en los que hemos recalado anteriormente, ilumina el gran salón con bombillas de baja intensidad, apenas ves lo que comes. El lavabo ofrece el aspecto que muestro en una foto. Solo emplean agua para limpiarlos. Ni una sola mujer en el comedor. Algunos restaurantes ofrecen reservados o salas “familiares”. Sólo en las grandes ciudades, en restaurantes de alto nivel o de los hoteles, es posible ver clientes del sexo femenino. Un camarero nos vigila atentamente. Llena nuestros vasos, con celeridad y presenta la cuenta, apenas hemos terminado de ingerir lo que habíamos pedido, Sigue lloviznando. Caminar por estas calles embarradas, obliga a ir sorteando charcos y rickshaws. Antes de irnos a dormir, una última cerveza. Encontramos un bar, con una pequeña habitación interior, donde podemos sentarnos. Dos mesas, dos bancos. Luz roja. Pagamos antes de que abran la botella, es lo habitual en este tipo de bares. Enfrente de nosotros, tres hombres bebiendo cubatas, con ginebra nacional. No hablan inglés, pero, ya sea por el alto índice de alcohol que han acumulado o por su curiosidad, que estimula sus ganas de comunicarse con nosotros, se inicia la “conversación”. Nos ofrecen frutos secos y cigarrillos. Se lo pasan bien. Baldo les sigue la corriente. Quieren invitarnos a una segunda ronda, pero declinamos el ofrecimiento y nos despedimos estrechando las manos.

Amanece lloviendo. Es igual. El turismo “continuado” que practicamos, es bajo cualquier condición atmosférica. Tomamos un motorickshaw para que nos conduzca al castillo, del siglo XV, que se encuentra en las afueras. El conductor acepta enseguida la cantidad que le ofrecemos, contraoferta a la baja de la que nos había pedido. Es muy listo. Le hemos dicho solo ida, sin esperarnos para regresar. Sabe que va a convertirse en nuestro guía de Bidar. Cruzamos tres grandes puertas, con defensas anti elefantes, antes de llegar a la entrada de un pequeño museo. Jardines cuidados, cubiertos de césped, con rejas que impiden el acceso a lo debieron ser antiguos palacios y una mezquita. No hay que indicarle ninguna nueva dirección a nuestro conductor-guía, que nos ha esperado pacientemente. Avanza cien metros y se detiene. Aparece un guarda que nos abre una cancela que da paso a un antiguo palacio, con patios, escaleras, estrechos corredores, sala de oración, habitaciones, Se conservan restos de la antigua decoración, El palacio debió ser saqueado. Aun pueden verse algunos azulejos en la parte alta de una pared. Subimos al rickshaw. Avanza 50 metros y vuelve a detenerse. Nos indica, extendiendo el brazo derecho, una escalera que permite subir hasta la terraza de la torre más alta de las murallas. Buena vista, lastima de cielo encapotado. Se divisa toda la extensión de la zona fortificada. Entre grandes espacios, se levantan los restos de algunos edificios. Ante las murallas, profundos fosos, excavados en la roca. Desciendo cuidadosamente por las pétreas escaleras, resbaladizas, sin barandilla a la que agarrarse.


No decimos nada al conductor. Nos va a llevar a todos los lugares que interesan a los foráneos. Próxima parada, una madrasa del siglo XV. Los bueyes pastan dentro del recinto. Siguiente alto, junto a una gran torre, con reloj, en el centro de Bidar. Aprovecha para tomarse una samosa, en un cobertizo cercano. Nos invita a te con leche. Se le han acabado los monumentos. Pregunta a unos compañeros y sale del pueblo. Nos acerca hasta un templo hindú, en el que no podemos entrar. En un estanque al aire libre, bajo el nivel de la entrada, unos hombres se echan agua, unos a otros, después de enjabonarse, antes de entrar en el templo.


 

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