| Volveremos
a ver el mar en Pondicherry. Por el camino vemos las primeras chozas,
con techo de paja, paredes de adobe, que me he encontrado en el país.
En la cuenca de un río, mujeres lavando y hombres cargando arena
en un carro, tirado por bueyes. Antes de llegar, nos acercamos al servicio
oficial de LG, marca de mi ordenador. Hemos tenido suerte, porque esta
cerca de la carretera por la que entramos en la ciudad. Nos atienden amablemente.
Dicen que volvamos dentro de una hora. Nos indican dónde podemos
encontrar un bar en el que se expenda cerveza. Nos encontramos en un barrio
agradable, residencial, con casas bajas y jardines. El bar es siniestro.
En general, los bares en los que se sirve alcohol, exceptuando restaurantes
y hoteles, tienen mal aspecto. Algunos hombres, nunca una mujer, ingiriendo
licores locales. Algunos borrachos. Mesas y sillas sucias. La cerveza
está bien, fría. Es barata. 600 cc., medio euro. Eso sí,
nos hacen pagar, antes de servírnosla. Supongo que se debe a un
hábito y no a nuestra facha que, a decir verdad, no desentona en
el lugar. Cuando regresamos a buscar el ordenador, nos lo entregan, diciéndonos
que debemos cambiar una pieza rota. No tienen el recambio, aunque han
logrado que el portátil funcione.
Pondy fue colonia francesa desde principios del
siglo XVIII hasta hace poco más de 50 años. Atravesando
la ciudad, llegamos hasta un gran paseo marítimo. En las calles
cercanas al mar, se encuentran la mayoría de hoteles. Es una zona
inusual en la India. Calles bien adoquinadas, limpias, sin apenas tráfico.
Parece que continúe siendo una colonia gala. Carteles de las calles,
librería, colegios, tiendas, anticuarios, restaurantes, bares,
en francés. La policía local se cubre con kepis rojos.
Desechamos alojarnos en el Park Guest House, buen precio, balcón
con vistas al mar, jardines, porque pertenece a la comunidad de Sri Aurobindo,
quien creó un ashram, en 1926, que sintetiza yoga y ciencia. Hay
normas. Se cierra a las diez y media de la noche, a partir de ese momento,
silencio absoluto. Baldo y yo preferimos dormir en otro lugar que no nos
imponga limitaciones. Pasear por las calles cercanas al mar es una delicia.
Cenamos en un restaurante con una extensa carta de pescado y marisco.
Servicio profesional eficiente. Temperatura agradable. Lujo. No llueve.
Hay días para olvidar y otros para recordar. Hoy ha sido de estos
últimos. Nos sentimos afortunados. Brindamos con cerveza. El vino
francés, importado, es caro, del nacional no nos fiamos.
Baldo está habituado a desayunar con café.
Ha leído en la guía que en determinado lugar del centro
de la ciudad sirven un excelente expreso. Nos pegamos una caminata, saliendo
del tranquilo barrio en el que nos alojamos, en busca del bar recomendado.
Una vez más, convertimos en deporte de riesgo el cruzar calles,
sorteando motocicletas y rickshaws. A pesar de todo, Pondy no es caótica,
como la mayoría de ciudades indias. Está bien urbanizada.
Con parques, plazas, la policía logra que se respeten los semáforos.
El bar no nos gusta, el café agua teñida. Buscamos otro.
Pasamos por la iglesia de la Concepción, del siglo XVIII. Nos damos
una vuelta por el mercado de pescado. Numerosos puestos, ofreciendo, a
muy buen precio, las capturas del día. En unos se vende el pescado,
en otros se limpia. Comentamos que, por lo que hemos visto hasta ahora,
Pondy es un buen lugar para vivir una temporada. Se asemeja a una ciudad
mediterránea, con gente amable, paciente, no acelerada. Encontramos
otro bar, limpio, moderno, con buen café. Delante de muchas entradas
de casas, pueden verse, en el suelo, unos dibujos, los “kolams”,
con harina de arroz. He preguntado a varias personas. Cada una me ha dado
su versión. Resumo. Hay 122 modelos. Se dibujan al amanecer. Primero
se marcan unos puntos, simétricos, que luego se unen, siguiendo
el modelo, en su mayoría floral. Traen buena suerte. Protegen el
interior de la vivienda. Son símbolo de bienvenida a los visitantes.
En enero y febrero, se dibujan con mucho colorido, en honor a Visnú.
De
Trichy a Mamallapuram, hay apenas 100 kms. Carretera bien señalizada,
con arcenes, no excesivo tráfico. Llegamos a primera hora de la
tarde. Una ciudad pequeña, 16.000 habitantes, a la orilla del mar,
puerto pesquero, figura en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Hace 27 años la visité por primera vez. Mis recuerdos se
limitan a unas rocas esculpidas, en las que, según me dijeron,
se representa el nacimiento del rio Ganges, y a un almuerzo, en un restaurante
de playa, viendo el mar. Supongo que, en aquel entonces, disponíamos
de poco tiempo. Después de lo que he visto, en este viaje, guardaré
unos días para volver, en Diciembre, antes de embarcar el coche
en Chennay, con destino a Kuala Lumpur.
Encontrar hotel es sencillo. Hay varios, muy cerca unos de otros. Es un
destino turístico. Playa, restaurantes, bares, tiendas de artesanía
local, barato y… monumentos espectaculares, sin grandes grupos de
personas que te agobien. Hay un restaurante con nombre hispano, “Siesta”.
Lo abrió un español que ofrecía tortillas de patata.
Lo traspaso, hace un tiempo. Hemos cenado langosta y langostinos en una
terraza, desde la que dominábamos la calle. Muchas parejas de turistas
extranjeros paseando, deteniéndose ante las tiendas. La noche de
Mamallapuram termina a las once. A esa hora, todo el mundo en casa. Nosotros
también. A esa hora nos han echado del café internet en
el que leíamos el correo recibido. Dos horas antes, había
empezado un mitin político, a unos 400 metros de donde nos encontrábamos.
Altavoces a toda potencia. En vez de aplicar elaboradas técnicas,
de resultados comprobados, para convencer a las personas que escuchaban,
gritaban todo el tiempo. Todavía no han desarrollado en la India
el marketing político. Los grandes carteles publicitarios, en los
que aparecen los candidatos de los diferentes partidos, muestran a unos
personajes con aspecto patibulario o mafioso. Parecen fotografiados por
sus contrincantes. Lo divertido es que ha pasado cerca el cortejo de una
boda. Los recién casados sobre un carromato, adornado con luces,
tirado por bueyes. Abriendo paso, una banda de tambores que ha logrado
mayor numero de decibelios que los altavoces. Como siempre, cada uno a
lo suyo. Gritos del político y redobles de los tambores.
En Mamallapuram hay muchos escultores. Cincelan
la piedra, sirviendo pedidos para los templos hindúes que se levantan
en cualquier punto del mundo. Hay varias paredes rocosas talladas en las
cercanías, así como templos, decorados con tallas de dioses.
Su antigüedad data de los siglos VII y VIII. Un conjunto de templos,
que se asemejan a carros, estuvieron cubiertos por la arena, hasta que
hace doscientos años los descubrieron los ingleses. El Templo de
la Orilla, dedicado a Siva, se levanta en una zona aislada, muy cerca
del mar, protegida por verjas metálicas. Para su mejor conservación,
grandes bloques de piedra impiden que las olas puedan llegar hasta él.
“La Penitencia de Arjuna”, es lo que yo recordaba como “El
Nacimiento del Ganges”. Una pared rocosa de 30 metros por 12 de
alto, con una hendidura en el centro, por la que antiguamente fluía
agua. Siva contempla, a su lado, al pobre Arjuna, en equilibrio, sobre
su pierna izquierda, en señal de penitencia. Motos y rickshaws
no molestan demasiado, tal vez porque las distancias a cubrir son cortas,
se puede ir andando a todos los lugares interesantes. Varios caminos,
entre árboles, conducen a los templos, unos en espacios abiertos,
otros en lo alto de promontorios, algunos ocultos entre vegetación.
Hay muchos lugares tranquilos donde reposar, disfrutando del entorno.
Muchas mujeres, especialmente las jóvenes, adornan su cabello con
flores.
Enviado
desde Mamallapuram el 22 de Agosto, 2008
Kilómetros recorridos 40.992
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