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Hace
días que no vemos el sol. Cubrir 400 kms nos ocupa toda la jornada.
Hay que aclarar que tampoco nos castigamos, levantándonos temprano.
Desayunamos plácidamente, mientras ojeamos los periódicos
del día. No nos detenemos para almorzar. La carretera que seguimos,
paralela a la costa, pasa por el centro de los pueblos, casi pegados unos
a otros. La vía, estrecha, sin pintar, de dos direcciones, es un
encadenado de curvas. No hay visibilidad. Cada adelantamiento a los numerosos
autobuses, que se detienen súbitamente, en el centro de la calzada,
para recoger a algún pasajero, exige gran atención. Afortunadamente
no llueve. Nos detenemos en Calicut. Por la noche, antes de acostarnos,
mientras Baldo ve la televisión, me dispongo a actualizar los datos
que anoto a diario. Ignoro la causa, pero compruebo que el interruptor
de encendido no funciona. Una tontería, una piececita de plástico
que se ha desplazado o roto. Tendré que anotar todo en una libreta
y cuando tenga ocasión, una vez solucionado el problema, en alguna
agencia oficial del ordenador, ya actualizaré los archivos. Lo
peor es que no puedo descargar las fotografías, numerarlas, titularlas
y archivarlas. Ni escribir las breves líneas de los relatos. Si
lo hago a diario, recuerdo detalles y sensaciones. Si dejo pasar los días,
puedo olvidarme de algo. No es grave, pero me fastidia… durante
un cuarto de hora, el tiempo que tardo en asimilar el incidente. Cenamos
en el restaurante del hotel, con bufet de cocina vegetariana. Probamos
de todo. Soportamos bien el picante. La comida es sabrosa. Lástima
que en los restaurantes vegetarianos no se sirva cerveza, a la que ya
nos hemos mal acostumbrado.
La paliza que nos pegamos ayer valió la pena.
Llegamos a Fort Cochin a mediodía. Desde que entramos en la ciudad
de Cochin, millón y medio de habitantes, hasta llegar a nuestro
destino, pasan dos largas horas. Calles atestadas, puentes, pasar de una
isla a la otra, preguntando continuamente la dirección adecuada.
El acumulador de paciencia está a punto de rebosar, cuando por
fin entramos en un barrio tranquilo, agradable, arbolado, con restaurantes,
hoteles, tiendas, bares con mesas en la calle, con numerosos turistas
extranjeros. Hemos llegado. Lo primero buscar hotel, luego descargar,
beber un par de cervezas, disfrutar del entorno y planear la ruta a seguir.
Encontramos alojamiento, a buen precio, en una casa. Somos los únicos
huéspedes en la segunda planta, con tres habitaciones y salón
con televisión y ordenador (sin conexión a Internet). En
la tercera planta, una terraza con restaurante. Cenamos en una antigua
casa colonial portuguesa, gambas y estofado de buey. Un lujo, con precio
de pizzería europea.
En Fort Cochin, se encuentra la primera iglesia
católica de la India, construida por los franciscanos portugueses
en 1503. Vasco de Gama murió en ese enclave. Sus restos reposaron
en la Iglesia de San Francisco, durante unos años, hasta que fueron
trasladados a Lisboa. Los holandeses ocuparon la ciudad, después
de expulsar a los portugueses. Casas coloniales de ambos ocupantes e iglesias,
entre parques y zonas de recreo, donde niños y mayores practican
el deporte rey, el cricket. Es agradable pasear sin rumbo por las tranquilas
calles, recuperando el sosiego perdido en las agobiantes carreteras de
los últimos días. Un camión, abandonado en una plaza,
invadido por plantas trepadoras, es una prueba del rápido crecimiento
de la vegetación en este clima. Los neumáticos todavía
no se han deshinchado. Un cartel, en un cruce, recuerda las guerras e
invasiones, pasadas y futuras, llevadas a cabo por EEUU. Nos acercamos
hasta el barrio judío. Lo más interesante -la sinagoga está
cerrada- es caminar durante un rato por las calles donde se mantiene el
antiguo comercio de especias. Otra “curiosidad” son las redes
chinas, con las que los pescadores ejercen su faena, al igual, que hace
siglos, en varios países asiáticos. Para levantarlas y capturar
los peces que han quedado atrapados, se emplean unas poleas, con grandes
piedras, con función de contrapeso. Varios hombres levantan las
redes rápidamente. Las piezas capturadas se venden en unos puestecillos.
Nosotros, como muchos turistas más, compramos langostinos tigre
que nos cocinan en un restaurante cercano. Una de las noches, acudimos
a un espectáculo típico de Kerala, el estado en el que se
encuentra Fort Cochin. El Kathakali es un arte escénico muy antiguo,
del siglo XII, que ha sido recuperado, después de haber pasado
una época en la que casi había desaparecido. Un narrador
canta la trama, acompañado por tambores. Los actores, sólo
hombres, se valen de la expresión facial y de gestos determinados
con las manos para interpretar su personaje. No hablan, pero emiten algunos
sonidos que apoyan su gesticulación. Maquillaje y vestuario completan
la puesta en escena. Una obra de Khatakali, basada en pasajes del Ramayana
y del Mashabharata, o en mitos indios, suele durar unas ocho o diez horas.
Por supuesto, o eres indio o un entusiasta del teatro, para “aguantar”
todo ese tiempo. A los turistas se les ofrece un “acercamiento”
al Kathakali. Primero, el maquillaje, luego demostración del dominio
de los músculos faciales y movimientos de ojos. Después,
se explica el significado de gestos con las manos. Para finalizar, una
pieza cortita de una hora de duración. Una pareja de catalanas
que estaba sentada detrás de nosotros, a los veinte minutos, se
despidió deseándonos “bona nit”. Para separar
los tres actos en que se dividía la obra que nos ofrecieron, un
paño, sostenido por dos hombres, sustituía el telón
habitual.
Abandonamos
Fort Cochin, dirección este. 326 kms. nos separan de Maduray. Tenemos
dos rutas. Optamos por la más directa, siendo plenamente conscientes
de que nos exigirá mayor esfuerzo, ya que hay que atravesar una
cordillera. Las carreteras de montaña suelen ser más difíciles,
pero ofrecen un paisaje mucho más interesante. También suponemos
que tendremos que adelantar menos camiones. Una larga travesía
en la que encontramos abundantes torrentes con gran caudal de agua. Hay
tramos de calzada en excelente estado que se alternan con asfalto mal
mantenido. Es entretenido buscar el camino correcto. No siempre hemos
de seguir la pista principal. Al llegar a un cruce, preguntamos. En ocasiones,
hemos de seguir por la peor carretera. Pasamos por densos bosques, con
muy poco tráfico. Seguimos subiendo. De repente, aparecen ante
nosotros extensas plantaciones de té. Vemos el sinuoso trazado
de la carretera que desaparece entre nubes que ocultan el paso de montaña.
Al llegar al alto, nos envuelve la bruma, empieza a llover. Hay poca visibilidad.
El agua cae por la ladera, cruzando la carretera. Los charcos que cubren
huecos en el asfalto, tienen el color del te con leche. Siguiendo el camino
descendente, con curvas muy cerradas, dejamos atrás las nubes y
la lluvia. La vista se pierde en una gran llanura. Llegamos a Maduray
antes de que anochezca. Al bajar las bolsas del coche, empieza a llover.
Al día siguiente amanece despejado. Nos acercamos
al Palacio de Tirumalai Nayak, del siglo XVII. Se encuentra en proceso
de restauración. Dentro del salón de baile, se ofrece una
exposición de esculturas. Paredes, columnas, capiteles y arcos
están decorados con figuras esculpidas. Paseo por las atestadas
calles de la ciudad. Llegando al templo de Sri Meenakshi, en el centro
de la ciudad, encontramos a una mujer vendiendo cabello natural. El templo
es único en la india. Fue construido en el siglo XVI. Cuenta con
12 “gopurams”, torres piramidales, de 45 y 50 metros de altura,
totalmente ornamentadas con figuras policromadas. Recuerdo la primera
vez que las vi. Era inevitable -aunque fuera poco respetuoso-, creí
que me encontraba en Valencia en semana de Fallas. Esta vez, las hemos
encontrado tapadas. No sé si se cubren cada año, para protegerlas
de la lluvia, o las están repintando. Sólo dos, en el centro
del templo, estaban descubiertas. En una de las entradas, el elefante
que da buena suerte. Das unas monedas y te acaricia la cabeza con su trompa.
El templo es, en su interior, como un gran complejo con diversas actividades.
Santuarios de diosas y dioses, algunos cerrados al visitante no hindú,
tiendas, vendedores de flores, lugares de descanso. Se celebran ritos
y bendiciones, hay gran actividad. Los fieles oran ante su dios preferido
o simplemente pasan y tocan las distintas imágenes, llevándose
luego la mano a la frente. La extensión es equivalente a la de
seis campos de futbol. En el centro, un estanque. A mí me atrae
especialmente el Museo de Arte de los Templos que ocupa uno de los sectores,
en el vestíbulo de las mil columnas.
Estamos
en Tamil Nadu, el estado que se encuentra en el sudeste del país.
Nos han asegurado que el monzón llegará en Septiembre. Volvemos
a ver el sol y cielos despejados. La temperatura ha aumentado varios grados.
Días tranquilos, buenas carreteras, distancias cortas entre las
ciudades a las que queremos acercarnos. Estamos sólo a 140 kms
de Trichy, nuestro próximo destino. En dos horas hemos llegado.
Todavía disponemos de unas horas de luz.
Dominando Trichy, en el alto de un promontorio rocoso,
esta emplazado el Templo del Fuerte de laRoca. Dejamos el coche en el
Hotel. Circular por una ciudad, lo imprescindible. Un rickshaw acelerado,
con adelantamientos arriesgados nos acerca hasta la entrada. Estoy un
poco harto de descalzarme. Si no llevas calcetines, corres el riesgo de
de pillar hongos, si los llevas, se empaparan de agua al tener que atravesar
los numerosos charcos que se encuentran en los templos. Humedad y calor
crean las condiciones perfectas para que se desarrollen las colonias de
hongos. Llegamos hasta lo alto, pasando junto a algunos templos, que se
abren cerca de las escaleras. Estaba preparado para una ascensión
más agotadora. Sin apenas esfuerzo superamos los 83 metros de altura,
gracias a los 437 escalones de piedra. Desde lo alto, un esplendido punto
de vista sobre la ciudad. A lo lejos, al otro lado del rio, se levanta,
entre la bruma, el templo de Sri Rangam. Mañana nos acercaremos
hasta allí, antes de tomar la carretera que nos llevara hasta Pondy,
en la costa. Tardo más en bajar las escaleras que en subirlas.
Todavía me duele la cadera. Me recuerda el peligro de volver a
resbalar. Cadera y yo mantenemos el pacto alcanzado. No la exigiré
grandes esfuerzos y ella no me responderá con pinchazos y dolor.
Nos salimos de la calle principal de bazar para descubrir un barrio tranquilo,
Estamos rodeando el conjunto rocoso del templo, por su zona mas baja..
En varias puertas se anuncian masajes y tratamientos ayurvedicos. Del
interior de los edificios nos llegan notas musicales y olor de sándalo.
Las calles están desiertas. Alguna mujer sentada, junto a la entrada
de su vivienda. Oscurece. Volvemos al bullicioso bazar. Sorteando personas
y esquivando rickshaws, recorremos la larga calle que termina por conducirnos
hasta la iglesia de Lourdes, alta y blanca, inspirada en la basílica
francesa de Lourdes. Siguiendo la costumbre de los templos en la India,
los fieles se descalzan antes de entrar. La derecha de la iglesia es ocupada
por los hombres, la izquierda está reservada a las mujeres. No
hay bancos. Los fieles se sientan en el suelo.
Un nuevo rickshaw nos libera del penoso caminar entre las abarrotadas
calles. Antes de cenar, unas cervezas muy frías en el pub de un
hotel cinco estrellas cercano.
Al día siguiente nos encontramos un atasco
impresionante provocado por una marcha de personas, acompañadas
por elefantes y músicos. No sé si se trata de una boda,
una manifestación política o una celebración religiosa.
Cualquiera de estos tres motivos, frecuentes en el país, causan
dificultades, en el ya de por si complicado tráfico de vehículos
en las ciudades. Al mal estado de las calzadas, con abundantes baches
y huecos, se une la impaciencia de los conductores que intentan avanzar
como sea, invadiendo la dirección contraria. Llega un momento que
el tránsito se colapsa. Entonces se inicia el concierto de bocinas,
que se mezcla con el sonido de los músicos. Lo más indicado
para iniciar el día plácidamente. En España, se añadirían
gritos y exclamaciones de gente nerviosa. Aquí no. Cada uno a lo
suyo. Bocina e intentar avanzar centímetro a centímetro,
sin permitir que algún ciclista o motorista o rickshaw meta la
rueda entre tu coche y el que tienes delante.
El templo de Sri Rangam, dedicado a Visnú, ya existía en
el siglo X. Con el paso de los siglos, ha ido aumentando su extensión.
Continúa creciendo a lo ancho, lo largo y lo alto. La gran torre
de la entrada principal, de 73 metros de altura, se finalizó hace
21 años. Entre sus murallas, cabrían 60 campos de futbol.
En el conjunto se elevan 21 torres. Para llegar hasta los santuarios,
cruzamos varias puertas. Calles con tiendas, peluqueros, restaurantes.
Un pueblo con mucha animación. Pierdo contacto con Baldo. El móvil
-¡qué útil en estos casos!- permite que nos encontremos
en el lugar donde hay que dejar el calzado. En el que se considera el
templo más grande de la India, la afluencia de peregrinos es masiva.
Templos, capillas, lugares de descanso. Un mundo vivo, en continuo movimiento.
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