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Contrato
a un conductor para que me guíe, siguiendo su coche, hasta el taller
de un concesionario de Toyota en Bombay. Arrancamos a las ocho y media.
El mismo itinerario, a la inversa, que seguí ayer para entrar en
la ciudad. Por supuesto, el barrio al que nos dirigimos, Santa Cruz, está
en el norte. He acordado acercarnos en primer lugar hasta el taller, dejar
el coche y que me traslade al aeropuerto. Como ignoro cuánto tiempo
deberé esperar, ahí finalizará el servicio. Para
no alargarme, tres horas y media, 37 kms, dentro de la ciudad, siguiendo
un vehículo blanco, matrícula 8281, con baca. Lluvia de
diversa intensidad. Separarme más de tres metros es permitir que
motoristas y otros coches se interpongan entre mi guía y yo. En
ocasiones, nos han separado, seis coche y un autobús. Ha sido peor
cuando hemos llegado a la zona en que está permitido el tránsito
de moto rickshaws. En todo ese tiempo, de máxima concentración
-no puedo perderlo porque no tengo teléfono operativo para comunicarme
con él-, sólo ha tenido que detenerse tres veces, esperando
a que yo llegara. Dejo el coche en el concesionario, converso con el propietario,
mientras toman notas de todo aquello que han de revisar o cambiar. En
el aeropuerto tengo que esperar dos horas. Intento cambiar cheques de
viaje en una oficina bancaria. Me indican que sólo tiene ventanillas
operativas en la zona reservada a los viajeros que llegan. El policía
de la puerta me cierra el paso. Imposible…. a menos que reciba una
gratificación. Sonrío, ya cambiaré en la ciudad.
En la pantalla de llegadas, el vuelo de El Cairo lleva algo de retraso.
Me entretengo leyendo la guía, intentando establecer un posible
itinerario para los próximos días. Cuando me acerco a consultar
la pantalla, el vuelo de Egypt Air ha desparecido. –“Ha llegado
hace un rato. Vaya a la otra salida”. Lo que me falta. ¿Estará
Baldo esperándome?. Está. Nos dirigimos, en taxi, hasta
el taller. Deseo recoger el coche, ir al hotel, salir a cenar y mañana,
emprender camino hacia Aurangabad.
No han podido terminar la faena. Tendremos que volver
mañana a las doce y media. Vale. No hay mal que por bien no venga.
Nos ponen coche, Toyota de lujo, con conductor, a nuestra disposición.
Nos llevará hasta el hotel y mañana, a las once, pasará
a recogernos. Estupendo. Nos libramos de dos trayectos difíciles.
Saldremos más tarde de Bombay, pero podemos quedarnos a dormir
en Trimbak, donde se levanta un interesante templo, al que acuden gran
número de peregrinos. Está cerca de Bombay, en el camino
a Aurangabad.
Cenamos en un restaurante vegetariano, nos acercamos a la Puerta de la
India, en proceso de limpieza y restauración. Nos damos una vuelta
por el barrio, muy animado a esas horas. Nos acostamos temprano. Baldo
no ha dormido la noche anterior. Su avión ha salido de El Cairo
a las cinco de la madrugada. Mañana estará nuevo.
Aprovechamos
el tiempo del que disponemos, antes de que nos recoja el conductor de
Toyota, para desayunar y cambiar travellers. Cuando regresamos al hotel,
empieza a llover. No hace falta que nos acerquemos al taller. El conductor
ha traído el coche, listo para salir de Bombay. Se presta a conducirlo
hasta la salida de la ciudad, camino de Aurangabad. Perdemos menos tiempo.
Llegaremos hasta Nashit, haremos noche y al día siguiente visitaremos
Aurangabad y las cuevas de Ellora. Es difícil hacer planes y llevarlos
a buen término. El estado de la carretera, la lluvia y el gran
número de camiones que circulan, son elementos incontrolables que
limitan la velocidad media del día. Cuando llegamos a Nashit, nos
cuesta encontrar el centro de la ciudad. Las indicaciones que nos proporcionan
las personas a quienes preguntamos son confusas, contradictorias. El hotel
que buscamos se encuentra entre calles estrechas por las que es difícil
circular. Logramos, como siempre, por fin, aparcar, y encontrar habitación.
Salimos a dar una vuelta. Esta anocheciendo. Nashik es una ciudad que
supera el millón de habitantes. La divide en dos el río
Godavari, uno de los ríos más sagrados de la India. Acuden
hasta ella numerosos peregrinos. Cruzamos puentes, acercándonos
hasta Ramkund, el estanque sagrado. Hay varios templos, junto a las escaleras
por las que bajan los fieles a bañarse. Cuando estamos llegando,
vemos, bajo uno de los puentes, a varios hombres lavando sus motos, dentro
del río. El lugar está muy animado. Niños jugando,
personas orando ante pequeñas capillas, mujeres encendiendo velas
que dejan, encendidas, sobre un pequeño flotador, en el estanque,
parejas sentadas en los bajos muros de piedra y numerosos vendedores que
ofrecen su mercancía en el concurrido mercado de frutas y verduras.
Regresando al hotel, pasamos por calles y plazas abarrotadas de gente.
Los vendedores callejeros, limitan el espacio que conductores y peatones
no tienen más remedio que compartir. No hay gritos ni discusiones,
solo el molesto, ininterrumpido, variado, sonido de bocinas.
Antes
de visitar las cuevas de Ellora, pasamos por Aurangabad. Allí se
levanta Bibi ka Maqbara, un mausoleo que construyo, Aurangzeb, el último
de los grandes emperadores mongoles, para Rabia ud Daurani, una de sus
esposas. Su diseño está inspirado en el Taj Mahal, que edificó
su padre, 26 años antes. No hay que comparar uno con otro. Aquí
no se decoraron las paredes con piedras semipreciosas. El Taj Mahal es
una obra única irrepetible, bellísima, perfecta. Bibi ka
Maqbara merece ser visitado. Rodearlo, paseando por sus jardines, sin
apenas gente, siendo observado únicamente por curiosas ardillas,
es internarse en un oasis de paz y silencio, inusual en los numerosos
monumentos de este país.
Quería regresar a Ellora. Sus 34 cuevas,
budistas, hindúes y jainistas, de los siglos VI al X, me impresionaron
profundamente la primea vez que las vi. Un cortado pétreo, de dos
kilómetros de longitud, en los que lo monjes, vaciando la roca,
excavaron templos, monasterios y capillas, enriqueciéndolos con
estatuas y relieves, cincelados con gran detalle. La cueva 16 es un gran
templo, extraordinario, inimaginable, de grandes proporciones. Hay que
verlo. Está dedicado a Siva. Es la mayor obra excavada en roca
del mundo. Durante 150 años, se mantuvo un conjunto de 7.000 artesanos
para tallar ese gran templo. Se estima que fue necesario eliminar 200.000
toneladas métricas de piedra.
Cuando llegamos, se nos acercan guías y vendedores. Insisten, pero
sin llegar a ser “pesados”. Llovizna. Las piedras lisas, mojadas,
me obligan a desplazarme con cuidado, he resbalado unas cuantas veces,
sin llegar a caer. No disponemos de mucho tiempo, a las seis de la tarde
cierran el recinto. Quedan dos horas. Al estar el cielo cubierto, la luz
que penetra en las cuevas no permite ver algunas de las esculturas, dentro
de oquedades. No hay muchos turistas extranjeros, pero son abundantes
los locales. La primera vez que estuve aquí, hace más de
20 años, el turismo interior era prácticamente nulo. Un
vendedor de collares, a quien preguntamos el mejor camino para llegar
a las cuevas más alejadas, se convierte en guía. Nos lleva
por caminos, entre hierbas y rocas, que ofrecen una vista general, desde
lo alto, del paisaje que rodea Ellora. Empieza a llover más intensamente.
El viento impide abrir el paraguas. Empiezo a calarme. Baldo, que previsoramente
se ha cubierto con un impermeable, me ayuda a sortear algunos pasajes
resbaladizos. Nuestro guía improvisado se esfuerza en que visitemos
todas las cuevas que nos faltan por ver. Cuando llegamos al aparcamiento,
le ofrezco cien rupias, se las ha ganado. Se niega a aceptarlas. Insisto
cuatro veces. Al final se las meto en el bolsillo. Es algo tímido.
Sonríe y acepta.
Nos alojamos en un hotel que se encuentra cerca
de la salida. Está muy bien, limpio. Habitaciones en pequeñas
edificaciones de una planta diseminadas por el gran jardín. Cenamos
en el restaurante del hotel. Un grupo de chicas jóvenes norteamericanas,
con profesoras, después de cenar, se sientan en el suelo para escuchar
música y canciones que interpreta un trío. Nosotros seguimos
por televisión la inauguración de los Juegos Olímpicos.
El guía que acompaña al grupo apaga la televisión.
Hago que vuelvan a encenderla y quiten el sonido. Así todos contentos.
La gran antorcha del estadio de Pekín se enciende, para nosotros,
con música india.
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