| Jaipur
es la capital de Rajastán. Uno de los pocos estados que no conozco
de la India. En mis anteriores viajes por el país, todos los accesos
internos estaban cortados por las fuertes lluvias de los monzones. Jaipur,
la puerta de entrada a la región, es la única ciudad rajastaní
en la que he estado antes. Cuando salga de Jaipur, iré en dirección
sur, dejando para el mes de octubre el acercarme al norte y oeste del
Rajastán.
Mi visita a la ciudad se limita a un tranquilo paseo por la parte antigua.
La ciudad es moderna, la construyó el marajá Jai Singh II,
en el siglo XVIII. Totalmente amurallada, con varias puertas de entrada,
anchas calles, que encierran grandes rectángulos.
Llego hasta la puerta de Tripolia, utilizando un
moto rickshaw. Los bazares se extienden por las amplias calles. Tiendas
bajo porches. Hace calor. Bebo un par de refrescos y busco un peluquero.
La última vez que me corté el pelo fue en Ankara, el cinco
de Mayo (hace apenas dos meses y medio. Qué lejana, en el espacio
y en el tiempo, veo Ankara). El peluquero se esmera. Me deja con buen
aspecto a cambio de 40 rupias (60 céntimos de euro). Subo por unas
escaleras hasta una terraza desde la que puedo fotografiar el Hawa Mahal,
Palacio de los Vientos. Es un edificio emblemático que identifica
Jaipur. Pertenece al Palacio de la ciudad. En realidad, es sólo
fachada. Se construyó para que las damas de la corte pudieran contemplar,
sin ser vistas, los festejos y desfiles callejeros. El color, rosa oscuro,
es otra característica de Jaipur. A finales del siglo XIX, el marajá
hizo pintar la ciudad de ese color en honor del Príncipe de Gales.
Desde entonces, se ha mantenido esa tradición, gracias a la cual,
Jaipur también es conocida por el sobrenombre de la “Ciudad
Rosa”.
Entrar en el Palacio de la ciudad, donde se encuentra la actual residencia
del marajá, es llegar a un oasis de paz y tranquilidad, dejando
atrás el ruidoso bullicio de las calles de Jaipur, llenas de vehículos,
carros tirados por camellos, ciclistas e insoportables moto rickshaws.
Un conjunto de patios, entre distintos edificios, que albergan museos,
de armas, carruajes, trajes de los marajás, escenas de la corte…
una sala dedicada al deporte del polo. En un rinconcito, una pareja intenta
conocer su futuro, dejando leer las líneas de su mano a un quiromante.
En la sala de audiencias dos grandes vasijas de plata de un metro sesenta
de altura. Según dice el cartel informativo, son los objetos, en
plata, más grandes del mundo. Cada una de ellas, pesa 345 kgs.,
con una capacidad de 409 litros. La base, circular, tiene ruedas para
facilitar su transporte. Fueron usadas por el marajá Sawai Madho
Singh II para transportar agua del Ganges, hasta Inglaterra, en su viaje
para asistir a la coronación de Eduardo VII en el año 1902.
Un patio “especial”, que ha sido utilizado en varias ocasiones
por directores de Bollywood, es Pitam Niwas Chowk. Cuatro decoradas puertas,
dedicada cada una de ellas, a una estación del año. En ese
patio, bailaban danzarinas para entretenimiento del Marajá y su
corte.
Regreso
a las calles que ofrecen un espectáculo, único, variado,
cambiante. Una parte de sociedad india se muestra en el gran escenario
de las calles de Jaipur. El tiempo tiene un valor distinto, relativo.
No marca, estructura, ni se impone a las personas. Aparece y desaparece.
Se usa o no, depende. Cuando circulan, los conductores indios, parece
que acudan a apagar un fuego. Pasan por centímetros, entre coches
y motos. Adelantan con grave riesgo de sufrir un accidente, pero….
pueden detenerse, en el arcén, y ponerse a hablar durante diez
o quince minutos. Para mayor entretenimiento de conductores, las vacas
toman la ciudad. Pueden sentarse en mitad de la calzada, ir por la izquierda
o por la derecha, son las reinas de la calle. En las travesías
estrechas, camellos tirando de carros, algunos con tubos metálicos
que sobresalen más de un metro, sin ningún indicador, ayudan
a formar atascos, de los que escapan motoristas y ciclistas, utilizando
el mínimo espacio de paso.
Personajes asomados a la gran ventana de los transitados
porches, donde se ubican tiendas y servicios. Aquí, un planchador,
ahí un vendedor que espera pacientemente a un posible comprador,
más allá un hombre que ofrece agua a los sedientos transeúntes.
Para tener una visión global de Jaipur, lo mejor es subir al alto
minarete que se encuentra cerca de la puerta de Tripolia. El ascenso es
suave, una rampa escalonada. Es la primera vez que veo esa mezcla. Es
como si hubieran volcado cemento sobre la escalera y la hubieran convertido
en rampa. En la foto que adjunto, se aprecia el detalle. La vista desde
arriba es total. Destaca el Jantar Mantar, un observatorio astronómico
con extrañas construcciones que servían para calcular el
tiempo, siguiendo los movimientos de los signos zodiacales representados
en las estrellas.
He ido caminando hasta el Museo Central. No he entrado. Las palomas se
han adueñado del Albert Hall, el edificio colonial en el que se
encuentra el museo. He tomado un rickshaw tradicional para acercarme al
Rambagh Palace. Mi presupuesto no me permite hospedarme en esos lujosos
palacio-hoteles de la India, de la cadena Taj. Aunque si pernocté
hace años en algunos de ellos. Eran otros tiempos. Me gustan. El
de Jaipur ocupa una extensión de 19 Hectáreas. En sus jardines,
cuidadosamente conservados, se pasean pavos reales, que como ya sabemos,
simbolizan el Paraíso. Por fin, una cerveza Heineken, fría,
en el bar de Polo del Rambagh.
Siguiendo
al Sur, llego a Pushkar, 150 kms de autovía con buen asfalto. Pushkar
destaca por varias razones. En un centro de peregrinación. Según
la leyenda, Brahma dejó caer una flor de loto y se formó
un lago. El pueblo, 15.000 habitantes, se levanta alrededor. Muchos ghats,
escaleras desde donde los fieles bajan para sumergirse en las aguas sagradas.
Uno de los pocos templos en el mundo dedicado a Brahma. En Pushkar se
celebra cada año la feria del camello, 200.000 personas, 50.000
camellos. Luna llena. Suele caer en Noviembre. Una verdadera locura. Fiestas
y celebraciones a lo indio. Nivel prohibido para todos aquellos a quienes
les den pánico las multitudes.
El pueblo es tan pequeño que no he logrado entender las explicaciones
de los lugareños al indicarme el camino para llegar al hotel que
busco, “El Séptimo Cielo”. Una voz cercana, una lengua
familiar. Españoles. Irene, Marta y Miguel. Se hospedan en el hotel
que busco. No hay habitaciones libres. Irene me ofrece su dormitorio.
Dentro de unas horas dejan Pushkar. La habitación es de las baratas,
es lo que había, me explica Irene. Ha desplazado la cama hasta
el centro, para recibir directamente el aire del ventilador. No permito
que el empleado que viene limpiar y cambiar sabanas, la devuelva a su
posición original. El hotel es acogedor, tiene “encanto”
y, en mi caso, es barato (4,50 euros). Relación calidad-precio,
inmejorable. La habitación es básica, pero suficiente, limpia.
Solo voy a utilizarla para dormir.
Salgo a “descubrir Pushkar”. En una
hora he recorrido la calle principal y sé qué puedo visitar
al día siguiente. Hay numerosos templos, pero en muchos no está
permitida la entrada a los no hindúes. El “mercado”,
la calle principal, ofrece servicios a los numerosos turistas que llegan
hasta aquí. Tiendas, restaurantes, bares y hoteles. Por la misma
calle te cruzas con variopintos personajes. Desde jovencitas, cuidadosamente
vestidas y maquilladas, a barbudos y pintarrajeados “sacerdotes”,
que se ofrecen para ser fotografiados, a cambio de una pequeña
cantidad de dinero. Los hay también más agresivos. Intentan
recitarte mantras y ponerte pulseritas. Luego te exigen hasta diez dólares.
Los habituales turistas que llegan hasta aquí, en esta época,
son franceses, españoles, belgas, alemanes y holandeses. La mayoría
jovencitos. Algunos incautos terminan pagando la cantidad que les piden.
He encontrado a un grupo de catalanes. Para cenar,
nos hemos juntado con un grupo de murcianos. Como siempre que se reúne
un grupo de españoles, hemos terminado cerrando el restaurante.
Yo no recordaba donde estaba el hotel. Cuando me he quedado solo, he empezado
a buscarlo. Calles desiertas, oscuras, con vacas y perros, el primer equipo
de limpieza del pueblo. La gente tira la basura a la calle, en determinados
lugares. Vacas y perros se hacen cargo de la materia orgánica.
Cuatro perros, aburridos, me han acompañado hasta que he encontrado
el hotel.
Al día siguiente, me he pateado las calles más alejadas.
He entrado en los patios exteriores de algunos templos y he terminado
por subir hasta el templo de Savitri. Parece que no sepa cómo soy.
Ayer por la tarde, desde la azotea del hotel “El Séptimo
Cielo” vi. la montañita y el dichoso templo.”Debe tener
buena vista, pero no voy a subir”, me dije. Hoy, cansado de pasear
por la calle principal y aledaños, después de comer y dejar
pasar el rato, me he encaminado hacia el templo. Se encuentra a dos kms
y medio. La subida puede dividirse en tres tramos. El primero, cómodo,
249 escalones. El segundo, rampa y escalones desiguales, construido con
piedras irregulares. Más duro. Te prepara para el tercer y último
tramo, escalones altos de piedras. Con pequeñas curvas, los últimos
doscientos cincuenta metros, sirven para superar cien metros de desnivel.
O sea, 40% de desnivel. Lo peor, el calor. Me he parado en varios momentos,
para recuperar aliento. Al principio del ascenso, un cartel anuncia un
bar en lo alto. Cuando he llegado, el bar cerrado. Pero un joven, en un
pequeño cobertizo, me ofrece refrescos, te y todo lo quiera. Me
conformo con un Sprite, de medio litro, muy frío. Arriba se disfruta
de buena brisa y, por supuesto, de un punto de vista extraordinario. Al
bajar, una hora después, me he llevado otra botella fría
de Sprite. La he compartido con un irlandés que he encontrado un
poco antes de que se enfrentara al tramo más exigente.
 |
 |
|
|