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El
día ha empezado con muy malos augurios. Por la madrugada, un borracho,
como en la canción “Y nos dieron las diez..”, la ha
emprendido a pedradas con los cristales del hotel. Este personaje ha tenido
más suerte que el protagonista de la historia que popularizó
Joaquín Sabina. Cuando han llegado los municipales, ya se había
largado. El caso es que cuando he intentado conectarme a internet, para
enviar mi relato sobre la travesía de Paquistán, el suelo
estaba cubierto de fragmentos de cristal y un gran adoquín. Para
colmo de males, el servidor se ha negado a facilitarme la conexión.
Ya lo enviaré desde otro lugar.
Salir de Amristar me ha costado una hora. Voy hacia
el norte, en dirección al valle de Ladakh. La carretera está
destrozada. Piedras y socavones. Hay que cruzar la vía del tren
en varias ocasiones. Pasos con barrera. Para que nadie se los salte, un
empleado cierra un candado, que imposibilita levantar la barrera. Los
conductores son impacientes. En vez de guardar cola, cubren todo el ancho
de la calzada, por uno y otro lado de las barreras. Después de
pasar el tren, quitan los candados, entre un un sonido infernal de bocinas,
se libera el paso. De locos. En uno de esos atascos, un autobús,
con conductor agresivo, intenta pasar sin espacio. Mi puerta derecha sufre
las consecuencias. Primera herida del Toyota en acto de servicio. Algún
planchista, en algún lugar, reparará el desaguisado. Por
supuesto, ni bajo del coche. ¿Para qué? Por suerte, no se
ha roto el retrovisor. Vuelvo a situarlo en posición correcta.
Podía haber sido mucho peor. Para recorrer 110 kms. he empleado
dos horas y media. La red de carreteras es insuficiente, está saturada,
mal conservada, numerosas obras, infinidad de desvíos, hay que
pasar por el centro de pueblos y ciudades, muchos tramos sólo tienen
un carril en cada dirección. Además llueve. Este año
los monzones se han adelantado, ha finalizado la sequía que duraba
cinco años. Lluvias torrenciales, en ciertas zonas, han inundado
algunos campos de cultivo.
Cuando parece que disminuye el tráfico, veo
un cartel en el arcén que indica que la carretera está cortada
porque están reparando un puente. Preguntando, preguntando, me
entero que hay una vía alternativa. Una gran vuelta. Me acercare
hasta Shimla, una ciudad en las montañas, a 2.205 metros de altitud,
que formaba parte del reino de Nepal. Desde allí, intentaré
llegar a Leh. El paso por la ciudad de Chandigarh, capital del Punjab,
un millón de habitantes, a la hora de salida del trabajo, ha sido
laboriosa. La ciudad fue planificada por Le Corbusier, en 1950. No puedo
opinar sobre esa gran obra que tanta polémica levantó. Puedo
decir que me he visto circulando por una gran avenida, de tres carriles
por lado. Un río de vehículos apresurados. Yo intentaba
leer los grandes carteles elevados que indican sectores y direcciones.
Sólo buscaba una palabra, Shimla. He preguntado, cada vez que me
detenía ante un semáforo en rojo, intentando confirmar que
seguía la dirección correcta. Equivocarme hubiera significado
una gran pérdida de tiempo.
Cuando he salido del área de Chandigarh, me he encontrado con una
carretera de montaña, con piso asfaltado regular, un solo carril
en cada dirección, intenso tráfico de camiones, furgonetas
y autobuses. Sigue lloviendo. Empieza a anochecer. No he bajado del coche
en todo el día. He cubierto 426 kms en diez horas y media. Todos
los pueblos que voy pasando parecen preparados para recibir turistas.
Veo pequeños hoteles y restaurantes. Seguiré mañana.
Hoy ha sido algo pesado. El último tramo, curva tras curva, entre
pinares. Adelantar por la derecha, con el volante a la izquierda, exige
mucha atención.
Me quedan unos ochenta kms hasta Shimla. Amanece
lloviendo. Empiezo a dudar. Tal vez no es la mejor época para visitar
esta región. El gerente del hotel, en el que me he hospedado esta
noche, me ha indicado sobre el mapa el trayecto que debería seguir
hasta Leh, cómo continuar hasta Srinagar, y cómo seguir
hasta Delhi. Dos semanas, por carreteras difíciles, con altos puertos
de montaña. Numerosos templos tibetanos, paisajes espectaculares,
pero con riesgo de encontrarme pistas cortadas por desprendimientos. No
sé. Consultaré en Shimla. A medida que sigo ascendiendo,
encuentro nuevas dificultades. Las nubes envuelven parte de la montaña.
La visibilidad, en algunos tramos, se limita a treinta metros. Sigue lloviendo.
Voy a renunciar. Lo más prudente será regresar en Octubre.
Hoy me quedaré en un hotel. Enviaré el relato que no pude
mandar ayer. Veré lo que pueda de esta ciudad y mañana desandaré
el camino, siguiendo hacia el sur, intentando huir de la lluvia. Consigo
un plano de Shimla en una oficina de turismo. El mapa engaña. Las
distancias son grandes. Los edificios se extienden sobre 12 kms de la
cordillera. La carretera serpentea por una cota más alta que la
vía del tren y por debajo de la calle principal, El Mall, cerrada
al tráfico de vehículos. Los ingleses convirtieron Shimla
en una de sus residencias veraniegas. Salvo esa calle peatonal, con tiendas,
restaurantes, edificios de la época de la colonia y monumentos,
la ciudad está colgada en la ladera de la montaña, con grandes
desniveles, que se superan por empinadas escaleras, senderos empedrados
y caminos de tierra. Hay numerosos hoteles, es un enclave privilegiado
de turismo interior. Mi visita al Holiday Home, recomendado por la Oficina
de Turismo, termina con la decisión de abandonar y desparecer del
lugar. No me gusta. Sigue lloviendo. Niebla. Me voy. Inicio el descenso.
No he hecho una sola fotografía. ¿Existen las casualidades?
Antes de dejar Shimla, me detengo en uno de los pocos márgenes
de la carretera en donde puedo estacionar el coche, disfrutando de un
buen punto de vista sobre montañas, rodeadas de nubes. Por lo menos,
que me quede un recuerdo de este mal día.
Desde que he entrado en el país, salvo la
visita al Templo Dorado, de Amristar, no he visto nada. Únicamente
he conducido por carreteras agobiantes. Al asomarme al muro de piedra,
veo un hotel que no tiene mal aspecto. Me acerco a recepción, me
gusta el ambiente. Pregunto precio. El mismo que en el Holiday Home. Me
incluirán el desayuno. En los hoteles indios, el desayuno se paga
aparte. El lugar, el personal y las habitaciones –me enseñan
tres, con suelo de madera, alfombrado-, me deciden a quedarme. No tienen
servicio de Internet, pero me ofrecen que use el ordenador de la oficina
que sí tiene acceso a la red. Declino el ofrecimiento. Iré
hasta el Mall, veré algo de la ciudad, buscaré un centro
de Internet, comeré en un buen restaurante. Cuando se sufre un
bajón de moral, como me ha ocurrido a mí estos dos últimos
días, hay que buscar un punto de ruptura. Un buen hotel, un baño
relajante, una comida sabrosa y abundante, ayudan a cambiar el estado
de ánimo.
Salgo de nuevo a la carretera, iré caminando hasta el centro de
la ciudad. Vuelvo a sentirme afortunado. No me importa ya la fina lluvia
que empieza a calarme, ni la subida, ni los coches y autobuses que pasan
cerca de mí. Los monos saltan de los árboles a las casas.
Recorro dos kilómetros y medio en esas condiciones, antes de llegar
a una nueva oficina de turismo en la que puedo disponer de un ordenador
conectado a la red. Envío mi relato. Leo el correo, contesto algunos
emails, me paseo por el centro, fotografío y almuerzo en el mejor
restaurante. Mi chaquetilla de algodón se ha secado. Ha dejado
de llover. La niebla ha desaparecido. Regreso al hotel, hojeo el “Indian
Express”, me baño –que placer- y finalizo la jornada
con una sesión de TV india.
Cuando
me levanto, a las ocho en punto, salgo a la terraza de la habitación.
En la época adecuada, se debe gozar de un paisaje espectacular.
Hoy, solo contemplo una cortina de agua, niebla, alguna montaña
rodeada de nubes. Que pesadez. No pienso ponerme en marcha, si continúa
lloviendo. Desayuno, mientras hojeo los periódicos del día.
Leo noticias alarmantes, terroristas maoístas atacan a policías,
matando a 17 de ellos. Tropas paquistaníes hieren a soldados indios,
cerca de la frontera con ese país. Detienen a un hombre que violó
a una estudiante. Un hombre se suicida por no encontrar trabajo, necesario
para alimentar a su familia. Derrumbamientos, provocados por las fuertes
lluvias, sepultan un autobús, falleciendo varios pasajeros. Dos
coches chocan de frente, en las cercanías de Delhi, muriendo sus
siete ocupantes. Un turista fallece y otros siete resultan heridos, víctimas
de un ataque a una patrulla militar cercana, que sufre seis bajas. El
atentado tiene lugar en la conflictiva zona de Cachemira. Aumenta la inflación.
La carretera, por la que tuve que desviarme ayer, ha quedado cortada al
prohibirse la utilización de otro puente. Las mafias de Bombay
roban gasoil, vendiéndolo luego a bajo precio. No hay que asustarse.
Todo es relativo.
Hablamos de la India, un país con una superficie
de seis veces España, 1.100 millones de habitantes –según
el censo de 2005-, 24 veces la población de nuestro país.
Se calcula que en el 2.030, será el país con mayor número
de habitantes, superando a China. Son escasas las buenas noticias que
pueden leerse en la prensa. Por ejemplo, que este año se espera
una gran cosecha, gracias al aumento de pluviosidad. Aunque lo que es
bueno para unos, es malo para otros. Los campos de algodón sufrirán
inundaciones, mermando la cosecha. En la previsión meteorológica,
se anuncian fuertes lluvias ininterrumpidas, en las próximas 48
horas, en la zona norte del país, o sea donde me encuentro. Paciencia,
ya amainará. A las once y media, deja de llover. Aprovecho para
arrancar, camino del sur. Un par de tramos con niebla, luego, a medida
que desciendo, desaparece. Antes de salir, he sacado del armario una cazadora
impermeable, mejor tenerla a mano. Obviamente, ahora que estoy preparado
para afrontar un chubasco, no volverá a llover. Los pueblos que
cruzo están literalmente colgados en las laderas. Impresionantes.
Llego a Chandigarh a las dos y media de la tarde. La media de kilómetros
recorridos por hora, sigue siendo la misma, 40. El sol hace acto de presencia.
Tengo que cerrar las ventanas y poner en marcha el aire acondicionado.
Al dejar las montañas, ha aumentado la temperatura, 36º. La
humedad es elevada, 80 %. Tengo un mapa simplificado de la ciudad. Me
acercaré hasta el “Jardín Nek Chand”, intentaré
darme una vuelta por el centro, transitaré por las calles de la
zona residencial más elitista. Esas son mis intenciones. Es una
ciudad nueva, ha crecido siguiendo el diseño establecido. Avenidas
espaciosas, delimitando sectores. Rectángulos, con calles intermedias.
Plazas y cruces con semáforos, que indican los segundos que faltan
para que cambie de color. Me hago un lío con los sectores. Grandes
espacios cubiertos de árboles. Lo que me parecía sencillo
se complica.
Las distancias son enormes. Opto por preguntar a
los conductores de rickshaws. Todos conocen el jardín Nek Chand.
Siguiendo sus indicaciones, llego hasta el curioso parque que creó
un ex inspector de carreteras. Está cerca del lago artificial que
diseñó Corbusier. El lago debe ser importante al diseñar
una nueva ciudad. También Brasilia cuenta con un lago artificial.
Supongo que su fin no es únicamente ornamental. Deduzco que es
aconsejable contar con una gran reserva de agua cercana, que cubra las
necesidades del nuevo asentamiento.
Chandigarh es una ciudad única, en la India. Sus calles están
despejadas, sin aglomeraciones. Ignoro si es cómodo vivir en ella.
Es imprescindible disponer de un vehículo para desplazarse. Las
tiendas, edificios oficiales, colegios, bancos, restaurantes, lugares
de ocio, galerías de arte, museos, deben estar ubicados en sus
sectores correspondientes. Repito. Grandes espacios arbolados, sin edificar,
entre sectores.
El Jardín Nek Chand es un lugar…”curioso”.
Utilizando material reciclado, enchufes, fragmentos de loza, piedras,
guijarros, restos de collares, sacos de cemento, su creador diseñó
un espacio para pasear, siguiendo un itinerario establecido, entre pasadizos,
cañones, junto a cascadas, entre extrañas figuras humanas
y animales. Ignoro por qué diseñó las puertas tan
bajas, obligando a inclinarse a todo aquel que quiera traspasarlas. Pequeñas
casas a escala, adornos geométricos, árboles, raíces,
gradas adornadas con fragmentos de cerámica, grandes caballos blancos,
sobre una alta balaustrada, en un gran espacio abierto, completan este
parque diferente.
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Sigo
por la mejor carretera del país, dirección a Delhi. Es una
autovía, con buen piso, en los tramos que no están en obras.
Antes de que anochezca, me detengo en un área de servicios con
restaurante, bar y tiendas. Mesas sobre césped. El lugar está
muy animado. Muchos conductores se detienen para cenar. Suena música,
a un volumen adecuado, que llega de una tienda que vende videos y cd’s.
La carta es muy extensa. Comida india para carnívoros y vegetarianos,
cocina china e internacional. Especiada, picante y sin picante. Hay donde
elegir. No se sirve alcohol. Zumos de frutas, refrescos, lassi, té.
Duermo en el coche. Estoy totalmente empapado de sudor. La ropa, pantalón,
camiseta, chaleco multibolsillos, mojada. ¿No suspirabas por el
calor? Toma calor.
Salgo a las siete de la mañana. Me desvío
hacia Kurukshetra, para visitar un museo dedicado a Krishna, una reencarnación
de Visnú. Llego demasiado pronto. No abren hasta las diez. Me siento
en un bar callejero, a la sombra de un gran árbol. Delante de mí,
un peluquero ha montado su saloncito y atiende a varios clientes. El museo
es interesante, con numerosas esculturas, cuadros, tapices y grabados,
representando a Krishna. Lamentablemente está prohibido el uso
de cámara fotográfica o de vídeo, en su interior.
Llego a Delhi a la una del mediodía. Atasco monumental. No quiero
entrar en la ciudad, sigo camino a Agra. Mi intención es rodear
la capital, utilizando un cinturón de ronda. Ignoro cómo,
pero logro, después de dos horas, superar la prueba, sin haberme
desviado del camino correcto. Desvíos, puentes… Los puentes
siempre son inquietantes. Hay que acertar con la salida correcta. He preguntado
cada vez que me detenía. Dos horas es mucho tiempo. Me he tranquilizado
cuando he visto por primera vez un cartel indicando la distancia a la
que se encuentra Agra. Buena carretera, autovía. Como ya es habitual,
paso por pueblos y ciudades, con calles llenas de gente. En el camino
dos sobresaltos causados por vacas. Las ves pastando en el arcén.
Vas a 90 kms por hora. De repente, dejan de pastar y cruzan al otro lado.
Ni te miran.
Inspecciono varios hoteles antes de decidirme por
uno. Mientras me acerco a la zona donde se encuentran la mayoría
de servicios para los turistas, veo a lo lejos el Taj Mahal y el Fuerte
Rojo. Han pasado más de veinte años, desde la última
vez que estuve aquí. No recuerdo nada de la ciudad. Termino por
aceptar la ayuda de un intermediario. Su oferta es la mejor, visto lo
visto. Un bungalow, en un conjunto hotelero con un gran jardín.
Cuando salgo a cenar, acoso de vendedores y conductores de rickshaws.
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