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DE NOVIEMBRE 2007
Al salir del coche vuelvo al hotel a preguntar si
han quedado habitaciones libres, “No”. Pruebo en el primero,
el recomendado, me aseguran que a partir de la una del mediodía
quedara una libre y me la guardaran. Dejo el coche en el parking, parece
que es seguro ya que tiene guardacoches. Me acerco a la ciudad vieja,
recinto amurallado, en donde hay mezquitas, escuelas coránicas,
zocos, casas de baños, el castillo de Trípoli y el Museo
Jamahiriya. Ah, y un arco romano, el arco de Marco Aurelio. 
Antes de llegar, entro en un local en el que puedo conectarme a Internet.
Compruebo el correo, me entero de las últimas noticias y envío
un e-mail a Lucia, quien me facilito el camino para conseguir el visado
libio. No puedo hablar con ella por teléfono, pruebo otro medio.
El espacio que ocupa la ciudad vieja es pequeño.
Hay muchas obras que dificultan el paso en algunas zonas. Se ven muy pocos
turistas. El zoco tiene poca oferta. Poca cosa de interés. Me siento
en un bar para hojear la guía y planificar el paseo. Pido un te
y miro de vez en cuando la televisión que esta ofreciendo partidos
de futbol. Cuando decido pagar, pregunto el precio. El camarero me mira
con cara de extraterrestre y pregunta al dueño. “Un dinar”.
“Es muy caro”, le respondo en árabe. “Bueno,
dame medio”. Antes de tomar nada, preguntare el precio, lo pactare
antes.
El museo, que parece ser muy interesante, cierra
a la una. Lo visitare mañana. Me doy unas vueltas por los zocos
y calles estrechas y vacías, antes de toparme con el arco de Marco
Aurelio. Está algo hundido en relación a los edificios que
lo circundan. Lo había visto hace unas semanas en casa de Jos Martin,
que estaba
trabajando con las fotos que tomo hace poco en Libia. Recordé el
momento y busque el hotel en el que se había alojado, un edificio
antiguo, bien restaurado, con encanto. También lleno. O hay pocos
hoteles, o han coincidido congresos, porque los turistas que se ven por
las calles no llenan uno solo. En el que me he instalado he visto solo
a dos ingleses, no tienen aspecto de turistas. He comido en un restaurante
que me recomendó Jos, delante del Arco.
He logrado la habitación por los pelos. Detrás de mi han
llegado dos parejas libias y les han dicho que estaba lleno. Menos mal
que he tenido suerte, ha empezado a llover.
Espero que mañana luzca el sol. Intentare ver algo más de
la ciudad. A primera hora el museo y luego…. luego qué. La
guía no propone nada más.
8 DE NOVIEMBRE 2007
Ha amanecido, tal como deseaba, soleado, aunque
ventoso. Nuevo paseo por la ciudad antigua, recorriendo el dedalo de estrechas
callejuelas. Algo alejado de la zona mas turística, encuentro un
mercado de verduras y frutas. Las casas se encuentran en malas condiciones.
Parece ser una zona de inmigrantes, un primer lugar de acogida para aquellos
que llegan de distintos países africanos.
No puedo conectarme a Internet, no hay línea
en los dos locales que lo intento. Voy a cumplir con lo prometido. Compro
un sobre, escribo la dirección de Faycal Habib, de Matmata, introduzco
el CD con las fotografías que
tome de su casa y el nuevo hotel en construcción. Me acerco a la
Post Office. Esta en una plaza no lejana al centro. Un gran edificio que
me sorprende por la tranquilidad que reina en su interior, solo dos personas
ante una ventanilla en una gran sala. Sellos para Tunez e introducción
del sobre en un buzón exterior. Me paseo por las calles porticadas
con pocos viandantes. Descubro un salón Internet con pantallas
planas de 20 pulgadas, conexión rápida, sillas cómodas,
nuevas, 1 dinar la hora. Compruebo el correo y las últimas noticias
en la web de El Mundo. He recibido un e-mail de Lucia, quien me facilito
el visado. Me da un nuevo numero de teléfono. Llamar no es fácil.
Tengo que encontrar un local adecuado. Suelen encontrarse allí
donde residen los menos favorecidos, los que no tienen móvil. En
general los libios aparentan pertenecer a una numerosa clase media con
acceso a las nuevas tecnologías. Regreso a la ciudad antigua. En
las zonas turísticas no hay ese tipo de servicio. Me acerco nuevamente
al mercado. Encuentro
lo que busco. Hablo con Lucia y quedamos para comer en un restaurante
de un español. El nombre no engaña, Barcelona, con los colores
de las camisetas del Club de Futbol. Según me ha explicado Lucia,
aquí hay que concertar el precio del taxi antes de subir. Llego
a un rápido acuerdo, tres dinares. El taxista no conoce el restaurante
pero si el barrio. Preguntando, preguntando, encontramos quien nos indica
el lugar. El taxista da la vuelta en una calle estrecha, atestada de coches.
El dueño del restaurante es de Zaragoza. Lleva tres años
en el país. Tiene tres empresas mas y esta esperando dos barcos
de pesca que le llegan dentro de poco. Es uno de esos españoles
que, sin recibir ningún tipo de subvención, se lanza a abrir
negocios allí donde parece mas rentable. Desde que termino el bloqueo
internacional a Libia, el país ha cambiado mucho y se espera que
continúe desarrollándose, aunque los libios se quejan de
que los alquileres se están disparando. Los dueños de los
pisos prefieren esperar a extranjeros que pagaran más de lo que
hasta ahora era habitual. Lucia me cuenta que mañana se marcha
con un grupo de españoles a Ghadames, en un microbús alquilado,
con chofer. Me explica que necesitare un salvoconducto para viajar por
el desierto y otras zonas del país. Hablamos con Ali, quien soluciona
todos los problemas de Repsol en Libia, para que me aconseje y resuelva
en lo posible el trance. Vendrá al hotel a partir de las cuatro
de la tarde. Cuando lo hace, me dice que ya se ha preocupado de presentar
mi pasaporte en la policía, obligatorio en la primera semana de
estancia en el país. El sábado por la mañana vendrá
con la información o papeles necesarios para que pueda realizar
mi viaje sin problemas con los controles de policía que me encontrare
por todo el país.
A
las nueve de la noche pasa a recogerme Lucia. Con ella, dos compañeros
de Repsol, nos invita a cenar en un restaurante libanes, después
nos acercamos a casa de un español en donde se ha montado una pequeña
fiesta. Me recuerda a las que se celebraban en El Cairo. Algo que no he
llegado a entender y que nadie ha logrado explicarme es por que la música
suena tan alta. Nadie baila, todos hablan, a gritos. Terminas con la garganta
hecha polvo. Lucia me acerca al hotel a la una de la madrugada. Se lo
agradezco ya que ella se ha de levantar a las cinco para ir a Ghadames,
a mi gustaría ir a Sabratha, ruinas romanas, si hace buen día.
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Me levanto a las nueve, desayuno atún, bollos
y te. A las diez salgo del hotel. Hace fresquito, flota una ligera bruma
sobre Trípoli. A los pocos kms. desaparece y empieza a subir la
temperatura. 24º.
No todas las gasolineras tienen gasoil. En la primera que paro me indican
donde puedo encontrarlo. 153 litros me cuestan 23 euros. Asi da gusto.
He recorrido 1.200 kms. sin repostar.
La carretera a Sabratha, es la misma por la que vine desde la frontera.
Como es fiesta, viernes, tiene poco tráfico. Unos 70 kms. que cubro
en una hora, mas o menos.
Sabratha
fue en un principio un asentamiento púnico, luego griegos, romanos,
bizantinos, árabes, pasaron por aquí. Sufrió terremotos,
asedios y abandono finalmente en el siglo octavo. Gracias a arqueólogos
italianos podemos ver hoy lo que queda de Sabratha. Su joya es el teatro,
muy bien restaurado. Lo mejor, sin embargo, para mi, es que esta tocando
al mar. Pasear por sus calles empedradas, acercarme a los restos del templo
de Isis, que lamen las olas, me ha confirmado que este viaje me va a proporcionar
momentos muy agradables. Para comprender mejor la sensaciones hay apuntar
que a pesar de ser festivo las personas que se acercan al lugar, incluidos
esporádicos turistas, no llenan un autobús.
He regresado por la tarde al hotel, en donde he
cenado. Luego me entretengo
con el ordenador.
Si por la mañana resuelvo el trámite de los permisos para
viajar por el desierto, me marchare a Leptis Magna. Dormiré en
las cercanías. Quiero entrar en el lugar a primera hora.
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DE NOVIEMBRE 2007
Ali se presenta a las nueve y media. No necesito
ningún permiso especial. Con el visado y las placas puedo ir por
donde quiera. Me dice que si tengo algún problema que le llame.
Por sus gestiones se embolsa 240 $ USA. Recojo rápidamente, ordeno
el coche, camuflo llaves por si pierdo las que uso habitualmente y ….
espero a que me entreguen el pasaporte. Esta en la policía, timbrándolo.
Una hora después puedo salir por fin del Hotel. Intento acercarme
al Museo. He decidido que visitare Leptis Magna mañana, así
que tengo tiempo, ya que se encuentra a unos 160 kms. Intentar aparcar
es una utopía. Pruebo en un parking al aire libre, justo delante
del Museo. Pierdo media hora, esforzándome en no rozar ningún
otro vehículo, paso entre los coches y los guardas por centímetros.
Ante la evidente imposibilidad intento salir del atolladero. La única
vía
es por la Ciudad antigua. Sorteando obstáculos, ignorando las vallas
de prohibido el paso, logro salir por una acera de peatones. No contento
con esta primera diversión del día, intento acercarme al
salón de internet maravilloso que había descubierto. Claro
que vez anterior fui andando. Con coche es imposible aparcar. Las calles
permiten el paso de un vehículo, aparcan en cualquier sitio. El
Toyota es ancho, paso casi rozando los coches. Me harto y salgo a la vía
principal que me llevara hasta Khoms, pueblo en el que se asienta Leptis
Magna.
La carretera de dos vías en cada dirección,
con separación central, permite velocidad de crucero, 110 kms.
Me distraigo y paso de largo. Media vuelta. En la guía tengo un
mapa del lugar. Enfrente de las ruinas hay un cartel que anuncia Camping.
En realidad es el patio de un edificio en el que en la planta baja se
ubica una escuela de ingles. Por cierto, aquí todo el mundo habla
solo árabe e incluso algunos se molestan si tu no lo hablas. Hay
un jardín de unos 500 metros cuadrados. Un chico me enseña
los servicios, con agua caliente. 5 Dinares por día. Me parece
muy bien. Son las cuatro de la tarde. Tengo hambre. Doy una vuelta por
el pueblo, en coche. Me conecto a Internet. Un horror, es muy lento. Salgo
y en un restaurante de shawarma y kebabs, me encuentro con un grupo de
españoles que han estado unos días por el desierto. Encantados,
ya que les gusta subir y bajar dunas, de eso hay mucho en Libia. Me desean
suerte en mi viaje y alguno me confiesa su sana envidia.
En Khoms, además de Leptis Magna hay una
residencia bizantina, “Villa Silleen”, que parece interesante.
Como es algo complicado dar con el lugar, lo buscare ahora y mañana
a primera hora lo visitare. Las primeras indicaciones lo sitúan
a unos nueve kms. Cuando llevo doce vuelvo a preguntar en una tienda en
mitad de la nada, al borde de la carretera. Me dibujan una mezquita y
una desviación. Sigo, llego a la desviación y continuo por
una cinta de buen asfalto, es reciente. Estoy en el camino, ignoro otras
salidas. Me estoy acercando a la playa, entre pinos.
Paisaje mediterráneo. No se por que, imaginaba que la Villa se
levantaba en el interior. Llego ante la cancela, esta cerrada. Bueno ya
se venir, volveré mañana a primera hora. Cuando regreso
al pueblo, esta anocheciendo. Me quedan muchas horas por delante. Cerca
del “camping” hay un bar en el que sirven te y sishas. Pido
una de manzana y saboreo el te kushari, polvo, que no había vuelto
a probar desde que me fui de El Cairo.
A las ocho y media de la noche, estoy dentro del saco. Era mas cómodo
el colchón del Land Rover, pero aquí, tal como planee la
distribución interior del espacio, se adapta mejor el que he puesto.
Sera cuestión de habituarse a el.
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DE NOVIEMBRE 2007
Llevo solo una semana. Me estoy adaptando bastante
bien. He salido hacia Villa Silleen, después de asearme. A pesar
de que memorice el camino, me equivoco en uno de los múltiples
cruces. Un taxista que encuentro debajo de un árbol, guardando
no se que dentro de un saco, me indica la dirección correcta. Cuando
llego a la Villa, hace frio, esta nublado y llovizna. De una caseta, sale
un guarda que me dice que esta cerrado. Sonrío y le digo que vengo
de muy lejos. Asiente, quita el candado y me abre paso. La casa, bizantina,
debió ser de algún potentado. El lugar esta muy bien elegido,
a pocos metros del mar, sobre una rocas, junto a una playa preciosa. Todo
eso se disfruta desde una gran terraza. Del original quedan las paredes,
algunos techos, abovedados, suelos y paredes, algunas conservando pinturas
originales. Los mosaicos son de gran belleza, con piezas diminutas que
ofrecen sombras y degradados. Hay varias composiciones con Dioses del
Olimpo. En otra se representa el hipódromo de Leptis Magna.
El guarda se marcha y me deja la linterna para que
me pasee a mis anchas. La casa es grande, con una zona de baños,
en las que encuentro hasta tres piscinitas individuales en cuartos separados.
Una habitación tiene pintadas en sus paredes una especie de angelitos.
Debería ser un dormitorio de niños. En otras paredes de
las distintas habitaciones los frescos muestran luchadores, cazadores,
escenas pastorales. Hay que imaginar como debía ser cuando estaba
habitada. Algunas paredes que conservan los mármoles originales
ayudan a recomponer el espacio. En el exterior los mosaicos que cubre
los suelos muestran figuras geométricas de muy variado diseño.
Con unas ingeniosas tuberías, que recogían el viento que
llegaba del mar, refrigeraban el edificio. Aire acondicionado con gasto
energético cero.
Devuelvo la linterna, doy 10 dinares que hacen sonreír de agradecimiento
al guarda y me dirijo a Leptis Magna.
La ventaja de visitar estas ruinas romanas libias
es que apenas hay turistas, dos grupos de italianos, uno de franceses,
alemanes y españoles. 5 grupos, como máximo 100 personas
en una extensión considerable. Nadie se molesta.
La entrada en el recinto es espectacular, un arco sobre una calzada de
piedra que se pierde en la lejanía bajo otro arco. Después
la triste realidad, Leptis Magna debió ser una ciudad muy importante.
Septimus
Severus fue un general romano nacido en Leptis que llego a ser emperador
y quiso convertir la ciudad que le vio nacer en una segunda Roma. Tocando
al mar, grandes calles pavimentadas con piedras, Teatro, Mercado, Basilica,
Forum, Templos dedicados a dioses, Baños….. pero totalmente
saqueado. Hasta los franceses se llevaron piedras, columnas y mármoles
para construir grandes edificios en Paris. Esperaba mucho más.
He estado paseando unas cuatro horas. Después de salir, he comido
algo y me he tumbado, estaba cansado.
Me han despertado pidiéndome el pasaporte. Para llevarlo a la policía.
Después he estado ordenando fotos y escribiendo en el ordenado,
dentro del coche. Hoy me acostare un poco mas tarde que ayer. Mañana
quiero empezar mi viaje hacia el sur.
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DE NOVIEMBRE 2007
Cuando me he levantado estoy rodeado de coches y
tiendas. Un grupo de holandeses que regresaba del desierto. Llegaron a
la una de la madrugada, no les oí. Habían salido de Sebha
tempranito, después de 800 kms llegaron a Khoms. Una paliza. Desayunan
en comunidad en una gran mesa. Se sorprenden porque viajo solo y quiero
ir al desierto.
No se hasta donde llegare hoy. Voy pasando pueblos,
los campos sembrados van dejando paso a zonas pedregosas sin cultivar,
los arboles van despareciendo. La carretera no esta mal, hay largas rectas,
flanqueadas por grandes torres metálicas de distribución
eléctrica. Los pueblos empiezan a estar situados en lo alto de
colinas. Por el camino me encuentro a una pareja de jubilados franceses
que circulan en una autocaravana esplendida. Pertenecen a un grupo de
17 que van a pasearse por las carreteras del desierto durante quince días.
No podrán acercarse a los lugares mas singulares, lagos, volcán,
pinturas rupestres….. Para mi, una carretera asfaltada en el desierto
es de lo mas aburrido que existe, pero…. también se lo pasaran
bien. Buena temperatura, desayunos y cenas en comunidad, charlas de los
guías, antes de irse a dormir temprano, contando las actividades
del día siguiente….
Voy a pasar la noche en Nalut. Un pueblo, en lo
alto de una colina, con un castillo
sorprendente. Lo utilizaban antiguamente para resguardarse de los ataques
de sus enemigos. Es una gran muralla, con una única entrada, por
supuesto pequeña y bien defendible, que encierra en su interior
numerosas viviendas, tipo cueva, en estrechas y empinadas callejuelas,
como si formara una gran colmena. Nunca había visto nada igual.
Cuando voy a llenar los depósitos de gasoil - por esta zona me
han aconsejado que los llene siempre que pueda-, “mafish”,
no hay. El conductor de un Isuzu me dice que le acompañe a otra
gasolinera. 22 kms. Lleno y regreso. Hago tiempo acercándome a
un salón Internet. Ceno, lo único que me ofrecen, pollo
al ast y alubias, acompañado por una Mirinda. Hago tiempo, antes
de dormir, clasificando fotos.
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NOVIEMBRE 2007
Me ha despertado un señor, golpeando suavemente
el coche, vendiendo barras de pan. –“Bonjour”. –
“La, shukran” (no, gracias). Esta noche ha hecho frio, 8º.
Me he puesto en marcha tempranito, a las nueve. Algo mas de 300 kms me
separan de Ghadames. Antaño,
ciudad importante por su situación estratégica. Los romanos
permanecieron en esa zona durante doscientos años. Era muy importante
porque controlaba el paso de todas las caravanas que transportaban sobre
todo marfil y esclavos, después de atravesar el desierto. A lo
largo de su historia sus habitantes han tenido que enfrentarse a sus enemigos
en cruentas batallas. Esta muy cerca de las fronteras argelina y tunecina.
En la segunda guerra mundial (que mal me suena esa definición,
parece sacada de una novela de ciencia ficción o de “La guerra
de las Galaxias), los franceses bombardearon Ghadames destruyendo mas
de doscientas casas, matando e hiriendo a mucha gente, pero sin causar
bajas o daños importantes a las tropas italianas que eran su principal
objetivo. A algo tan habitual en todas las confrontaciones bélicas
–siempre mueren mas civiles que soldados- se le llama hoy “daños
colaterales”.
La carretera que comunica Nalut y Ghadames no debe
tener muchos años, esta en buenas condiciones, con teléfonos
cada x kms. Digo x porque no he logrado saber con que criterio se han
distribuido a lo largo de la via. Alguno estaba a cinco
kms del anterior. Otros a 20 kms. No quiero imaginarme a alguien buscando
ayuda, en verano, a más de 50º, caminando 10 kms, por el desierto,
llegar al poste y… descubrir que no hay aparato telefónico.
Algunos habían sido arrancados, otros ni tan siquiera se habían
puesto. Mientras me voy alejando de Nalut, el paisaje va cambiando. La
llanura cubierta de matojos, se va transformando en matojos, piedra y
arena. Luego en piedras y arena, después en arena y piedras. Me
estoy acercando a los mares de arena del sur de Libia. La carretera se
compone de largas rectas que unen curvas al subir y bajar colinas. Están
muy bien señalizados los badenes que se encuentran de vez en cuando.
Solo en una ocasión me he encontrado con un poco de arena sobre
el asfalto.
He encontrado varios controles de policía,
en ninguno me han detenido, sonrisa y gesto con la mano invitándome
a continuar. Algo debe estar cambiando en el país. Supongo que
les interesa aumentar el creciente numero de turistas europeos que, como
los que forman el grupo de las autocaravanas, se sienten atraídos
por un país cercano que ofrece, en invierno, buena temperatura,
lugares muy interesantes, precios baratos, combustible a menos de una
decima parte de lo que cuesta en nuestros países y sobre todo,
algo muy difícil de encontrar últimamente, seguridad. Además,
la gente es agradable, se esfuerza
por ayudar y complacer al extranjero. Lo de los postes telefónicos
en la carretera, sin teléfono en el interior, no es grave. En el
supuesto que algún turista sufra un percance, el guía no
se de cuenta y sus compañeros de grupo no se percaten de lo ocurrido,
no hay que preocuparse. Todos llevan teléfono móvil y GPS.
Pueden avisar y decir exactamente en el lugar que se encuentran. Ojala
los libios no cambien. Cada vez es mas común en muchos países
receptores de turismo internacional sentirse acosado por niños
y vendedores que ven al turista como un cajero automático del que
pueden extraer el dinero necesario para solucionar su problema económico
de ese día.
Al
llegar a Ghadames he dado una vuelta con el coche para situarme. No es
muy grande. Esta la ciudad antigua, en la que vive muy poca gente, el
palmeral y una ciudad nueva, sin interés, con tiendas, servicios
y edificios de la Administración. Preguntando por un hotel que
ofrece la oportunidad de acampar en su jardín con uso de duchas
y lavabos, un negro me ha dicho que me acompañaba hasta el hotel.
En otro país africano, hubiera rehusado su ayuda, pero aquí
puedo ser confiado, es algo que se nota. Ha resultado ser de Mali. Un
inmigrante que lleva tres años trabajando en Ghadames. Ha traído
a su mujer y se siente afortunado. Me lleva hasta el hotel, he pasado
antes por delante. Le devuelvo a su barrio y regreso a comprobar si es
verdad que podre acampar. El recepcionista me asegura que estaré
muy bien, por el precio de 2 euros. “Al hamdulilah”.
Localizo un Internet. Me acerco a la ciudad antigua.
Son las dos y media de la tarde. Cielo azul, 27 º. Localizo la puerta
de entrada. Primero me encuentro una calle estrecha, con un muro a la
derecha y casas a mi izquierda. Hay que aclarar que la ciudad se construyo
para huir del calor que en verano debe ser agobiante. Paredes anchas,
de adobe, ventanas pequeñas, todas las viviendas blanqueadas, calles
laberínticas con techos de troncos de palmera. En algunas zonas
no entra la luz. Mañana volveré con linterna. Calles desiertas.
De vez en cuando te encuentras con alguien que te saluda. Entro en una
casa que cobran 2 dinares por visitarla. Subo al terrado y tengo perspectiva.
El palmeral esta a unos 300 metros. La casa esta tan adornada que parece
una tienda, tal vez lo sea aunque nadie me pregunta si quiero comprar
algo, pero está bien para hacerse una idea de la distribución,
escaleras y habitaciones, sin ventanas.
Desde luego consiguieron huir del calor. En las
calles estrechas y oscuras la temperatura ha bajado varios grados. De
vez en cuando, hay pequeñas plazas. Todo muy blanco y limpio. Procuro
mantener la orientación pero termino perdiéndome al salir
a una calle que me lleva al palmeral. El agua corre limpia y clara
por un canal que la distribuye a los distintos huertos. Siguiendo las
huellas de una bicicleta, sabiendo que tengo que dirigirme a la izquierda,
doy con una de las puertas de la ciudad. Media hora sin cruzarme con nadie
a quien preguntar. Ha sido agradable, sabia que encontraría el
camino, el entorno era tranquilizador y he agradecido un poquito de calor.
Cerca de la puerta por la que he entrado hay una mezquita. He preguntado
a un venerable anciano con barba blanca. Me ha hablado mezclando palabras
de italiano y árabe –los italianos desaparecieron del lugar
hace 65 años-. Me ha indicado donde estaba la plaza que andaba
buscando, me ha explicado que esa mezquita era la mas antigua de la ciudad,
cuales son las normas que debe respetar un buen musulmán, los nombres
de las cinco llamadas diarias a oración (yo he asentido, sin decirle
que me lo han contado en infinidad de ocasiones), que algunos se resisten
a abandonar sus viejas viviendas, que tengo que ver toda la ciudad.
A las cinco he salido ha tomarme un te e intentar
localizar en el mapa todos los lugares que he visitado. Compruebo que
me quedan por ver dos tercera partes. Mañana será otro día.
Creo que aquí se esta bien. Tal vez me quede dos o tres días
más. Después de aquí, lo próximo será
la travesía por pista del desierto. 800 Kms. que figuran en los
itinerarios de todos aquellos grupos-aventura que vienen a Libia.
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