Crónica 19: del 8 al 15 de julio, 2008 (2ª)

Paquistán, India







El grupo formado para llegar hasta Quetta se separará una vez se haya conseguido el objetivo. Naoki me dice que le deje en el próximo pueblo, a unos 60 kms de Quetta, allí tomará un autobús hasta la ciudad. Se quedará un par de días, luego continuará hasta el valle de Hunza, en el norte de Paquistán. Hiro se dirige hacia Islamabad, yo seguiré la ruta tradicional hacia Lahore. ¿Cómo voy a dejar a Naoki en mitad de un pueblo? Le llevaré hasta Quetta. 120 kms más o menos no alteran mi plan de viaje. He acertado. La carretera se interna en las montañas, desaparece el asfalto. Están reconstruyéndola. Nubes de polvo, sobre empedrado. Quetta es la capital de Beluchistán, más 600.000 habitantes, numerosos refugiados afganos. Temperaturas extremas, de 20 bajo cero en invierno a más de 50 en verano. Llegar al centro, en busca de un hotel, se convierte en una prueba de control y resistencia. Compadezco al pobre holandés, solo, camión grande, volante a la izquierda. Tres horas después, todo solucionado. Los japoneses tienen hotel, yo he cambiado algo de dinero y salgo por la ruta que me conducirá a Lahore, distinta a la que he utilizado para llegar.

Procuro cubrir la mayor distancia posible. Mi visado de siete días, contando el de entrada y salida, no me permite visitar ninguna de las ciudades interesantes por las que cruzo. La carretera en general ha mejorado. Hay muchos tramos de autovía. Me he adaptado bastante bien a la conducción por la izquierda. Lo peor continúa siendo el paso por las ciudades. La carretera se interna hacia el centro. Pregunto a menudo por la dirección correcta. Paciencia. Me paro. Bajo el cristal de mi ventana. Pregunto. Miran el interior del coche, mientras aumenta el sonido de las bocinas, exigiéndome que siga. Vuelvo a preguntar. Paciencia. Bocinas. Sigo. Paro. Pregunto. Alguien vela por mí. Creo que no me he desviado del paso más directo. Voy a seguir mientras haya luz. De repente una tormenta de arena. Luces. Autovía con pocos coches y muchos camiones. No hay que arriesgar. Mañana continuaré. Me detengo en una estación de servicio. En la explanada, algunos talleres, un restaurante…. Tengo que aclarar que un restaurante, en este caso, significa un lugar en el que comer. Una especie de somieres, con alfombrillas, sobre los que sentarse, quitándose los zapatos. Unos fogones sobre ladrillos con grandes ollas. Un horno donde cocer el pan. Una bomba manual para subir agua. Investigo lo que contienen las ollas. Nuevamente dhal, lentejas, pan calentito. Para beber sólo tienen el agua que sacan con la bomba, eso si te la refrescan con hielo. Ya beberé el agua que tengo en el coche. Los restaurantes iraníes de los que hace poco me quejaba, empiezan a parecerme dignos de figurar en la guía Michelín, comparados con los que he encontrado en Paquistán hasta ahora. Antes de dormir, veo las pocas fotografías del día. Se acerca un grupo a preguntarme sobre diversos temas. No estoy de humor, contesto parcamente. Se aburren y me dejan tranquilo.


Me despierto con las primeras luces del alba. Tengo cerca de 700 kms por delante. Es una de las mejores carreteras del país, largos tramos de autovía. Está considerada como autopista, con pago de peaje. Salvo dos excepciones, los taquilleros me indican que continúe, sin pagar el billete. Hago una parada para comer. ¿Qué pido? Sí señor, dhal, lentejas. La verdad es que me encantan. Empiezo a rechazar el pollo. Soy carnívoro, pero no recuerdo haber visto lomos y chuletones, así que no echo en falta la carne.

Llego a Lahore sobre las cuatro de la tarde. Busco un hotel que, según la guía, no está del todo mal. Como siempre, me cuesta dar con él, pero también, como siempre, lo encuentro. Mi primera intención es quedarme dos noches en Lahore, ver lo más destacado de la ciudad, considerada como la capital cultural de Paquistán, y seguir luego hacia Amristar, primera ciudad de la india, a unos cincuenta kms. Pero me dejo guiar por las sensaciones, y no son buenas en Lahore. Marcharé mañana por la mañana. ¿Por qué? Porque me he pegado una buena paliza de kilómetros (700), con numerosos adelantamientos en zonas difíciles, porque he tenido que cruzar varias ciudades, porque me ha costado llegar al hotel, pasando por calles, encharcadas, atestadas de vehículos, bicicletas y peatones, porque hace muchísimo calor y gran humedad, porque he tenido que protestar en el hotel, cambiándome dos veces de habitación, después de obligarles a cambiar sábanas y fundas de almohada, porque cuando he salido a cenar, las “especialidades” que figuraban a la vista, en la calle, donde se cocinaban, eran sesos, hígados, riñones y vaya Vd. a saber qué otras delicias, porque el local que he encontrado, para conectarme a Internet, parecía un zulo utilizado por la resistencia francesa durante la segunda guerra mundial, porque…. Sencillamente he chocado frontalmente con lo peor de una ciudad paquistaní, un día que estaba cansado y también porque tengo ganas de cruzar la frontera y entrar en la India. Así de sencillo.

Las sensaciones mandan. Cuando salgo, temprano, al día siguiente, sábado, estoy de mejor humor. Encuentro la vía de salida que conduce directamente a la frontera. Al llegar a Wagah, unas tiendas, una cancela que limita el paso a oficinas de aduanas y policía, un hotel, césped, árboles, flores. Me alojo en el hotel. Pasaré el día descansando, leyendo, bajo la sombra de un árbol. El entorno es apacible. El olor, el calor, la humedad, el silencio, roto sólo por el canto de un pájaro, tal vez lejano, es el ambiente que tantas veces ha sido descrito en novelas que narran historias sucedidas por estas tierras. Por la tarde, asistiré al espectáculo que se ofrece cada tarde, al cerrar la frontera. No tengo más remedio que encender el aire acondicionado y el ventilador para poder estar un rato en la habitación. Debe ser la humedad, la temperatura no es muy alta, 36 grados. Ayer el termómetro del interior el coche, marcaba 96% de humedad. Soy el único cliente del hotel. El gerente me dice que últimamente llegan pocos extranjeros por la ruta que he seguido. Me asegura que el último año han sido 150. Me tumbo un poco, después de comer. Nunca hago siesta, pero hoy….. me despierto a las cuatro menos cuarto. Salto de la cama para acercarme a la frontera. Veo a mucha gente haciendo cola. Mujeres a la izquierda de la calzada, hombres a la derecha. Se pasa por debajo de unos arcos detectores. Se sigue formalmente hasta llegar a unas gradas que empiezan a estar llenas. Este “show” se inició en 1948, poco después de la partición India-Paquistán. Es curioso y único. No recuerdo algo semejante en ningún otro lugar. Tenemos dos campos bien delimitados por frontera.

En un campo Paquistán, hombres y mujeres en diferentes gradas, un pasillo central, la calzada principal, con sillas a ambos lados para “vips”. En el otro campo, gradas ocupadas por hombre y mujeres conjuntamente, pasillo central, con gente sentada sobre los bordillos. Desde luego alguien diseño la coreografía. Alguien decidió que ambos conjuntos lucieran ese penacho, rojo en India, negro en Paquistán, que recuerda la cresta de los gallos. Podría tomarse como una parodia del formal cambio de guardia del Reino Unido. Este espectáculo sólo podría darse aquí. Ambos países destacan entre aquellos que practican el más aburrido de los deportes, para los espectadores, el cricket. Desde que empiezan a ocuparse las gradas hasta que empieza el espectáculo han pasado cerca de tres horas. Para ir “preparando” a los asistentes, canciones y música a todo volumen. Yo cuento lo que he visto, desde la grada de los hombres del lado paquistaní. Me encontraba rodeado de jóvenes que bailaban y gritaban a favor de Paquistán. No he visto ningún tipo de tensión (extraño, teniendo en cuenta las guerras que han enfrentado a ambos países y las victimas de los atentados que se perpetran de vez en cuando). Simplemente lo pasaban bien. Incluso se han reído de los animadores, que, poco antes del inicio, han salido con grandes banderas, dando saltos y giros. Luego, ensayaban, con el público, los gritos de apoyo, pidiendo más intensidad. Un anciano, supongo que antiguo combatiente, lucía una medalla, ha despertado aplausos y gritos. Por fin, aparece un grupo de militares, desfila, pasos de la oca, golpeando el suelo con fuerza, abren las puertas de los dos países, siguen los movimientos, a un lado y otro, perfectamente coordinados. Llega un momento, bueno, más de uno, que los oficiales, indio y paquistaní, se encuentran frente a frente, con actitud retadora e hinchando pecho. Son los instantes más apreciados por la concurrencia, aumentan los aplausos y gritos a favor de uno y otro país. Es sólo un espectáculo, viene gente de Lahore y alrededores a presenciarlo. Todos los días. En dos ocasiones, los indios han cantado su amor a su tierra, los paquistaníes han contestado con gritos, ensalzando a Allah. La función termina arriando las banderas, sincrónicamente, y cerrando las puertas de uno y otro lado de la frontera. Después, fotos con los “actores”, refrescos, regreso a casa, cuando el sol se pone.

Por la noche, mientras seleccionaba fotografías, únicamente testimoniales, ya que estaba muy alejado de los protagonistas, he tenido la compañía de unos insectos alados que hubieran puesto en pie de guerra a algunas-os amigas-os. ¿De dónde han salido? Afortunadamente han demostrado encontrarse más a gusto cerca de las luces. Acuerdo tácito, no nos molestemos. Cuando se cansaban de revolotear, se posaban sobre una de las camas preferentemente, luego continuaban su alocado baile. La sesión ha terminado cuando hemos sufrido un corte de electricidad. Se ha detenido el ventilador, se ha apagado el aire acondicionado y la oscuridad nos ha rodeado. Parece ser que los insectos voladores sin luces de escenario, sin focos, se niegan a actuar. Silencio. Me he dormido.

Cuando me he despertado, ni rastro de mis amigos nocturnos. Las cuatro lagartijas que guardaban la habitación eran pocas para tanto bicho volador. Ignoro a dónde se han ido. Las ventanas están cerradas, no veo vías de escape.
El paso de la frontera algo lento. Oficialmente se abre a las diez, pero a las ocho, todos los días, pasa un autobús, lleno de gente, en cada dirección. Comprobar documentos, revisar equipajes, lleva su tiempo. Los oficiales son meticulosos pero amables. Cuando han tenido que inspeccionar el Toyota, ha sucedido lo de anteriores ocasiones. Mi mejor sonrisa. Abro puertas de atrás. Llavero. Puerta de herramientas, eslingas, aceite, cosas del coche. Cierro. Abro otro compartimento, despensa, platos, latas, vasos… no miran nada. Sonrisa más amplia. Quito barra, candados, cierres, desplazo una puerta corredera, ordenador, almohada…. Basta, basta, está bien.

La aduana paquistaní, ubicada en un recinto inaugurado recientemente, impecable. Moderna, limpia, bien acondicionada, incluso cuenta con “Duty Free”, poca oferta. País islámico más estricto que Egipto, aquí no se vende alcohol. El “Duty Free” indio, encantado. Las estanterías llenas de botellas de whisky y licores.
Amristar se encuentra a 20 kms de la frontera. He llegado hasta el hotel en poco tiempo. Lo primero, cambiar cheques de viajero. No tengo dinero indio. El hotel cuenta con jardín, al que da mi habitación y ofrece cerveza bien fría. Ya la tomaré luego. Me indican un banco donde podré cambiar mis cheques. Cometo la tontería de no llevarme mapa –la guía de la India pesa mucho- ni el GPS con la dirección del hotel marcada. Por supuesto en el banco no cambian cheques. Pero tienen una sucursal, junto al Templo Dorado, que sí los acepta. -“Diez minutos andando”. ¿Diez minutos?. Está lejos. No hay forma de perderse. Todo el mundo conoce el camino. Se encuentra en el centro de la ciudad. No se llega en línea recta, hay que caminar por calles sin aceras, superar la vía del tren, ir pendiente de motos, rickshaws… Calor, sofocante calor húmedo. No puedo beber nada porque no tengo rupias. Llego al banco, cambio. Ya que estoy aquí, aprovecho para visitar el Templo, ya beberé luego. Primer inconveniente. Los zapatos no pueden entrar. Antes de acceder al Templo, hay que sumergir los pies en un pequeño estanque. Supongo que eliminará los hongos. Los zapatos hay que dejarlos a unos ochenta metros de la entrada. Eso significa caminar descalzo un largo trecho. Segundo inconveniente, he de ocultar mi cabello. El guarda me señala unos grandes recipientes con pañuelos de diversos colores. Coges uno al entrar, lo dejas al salir. No tengo otra alternativa. Me anudo uno naranja. No hay que mojar la cabeza antes de entrar en el templo, los piojos son unos privilegiados. Realmente el recinto del Templo Dorado es impresionante. No sólo por su arquitectura, su vistosidad, la gran afluencia constante de peregrinos, el Templo Dorado en mitad del gran estanque, sino por lo que significa para los sijs. Recuerdo el ataque, hace 24 años, del ejército indio al, hasta entonces, intocable Templo Dorado. Acabaron con la resistencia armada de los independentistas que se habían refugiado en el lugar sagrado, pero poco después, la primera ministra, Indira Ghandi, que había ordenado el ataque, fue asesinada por su guardia personal, formada por sijs. No quedan huellas de los grandes destrozos que sufrió el templo durante el enfrentamiento.

No he tenido más remedio que tomar un rickshaw para volver al hotel. Estaba totalmente desorientado, un poco harto de la incomodidad que genera caminar por las calles del centro de una ciudad india. Al llegar al hotel, premio. Dos cervezas frías, la primera apurada de un solo trago, la segunda saboreándola lentamente, mientras recordaba las veces que había esperado ese momento, mientras atravesaba Paquistán.
Mañana saldré de Amristar, dirección norte. Camino de las altas montañas. Este es el momento. Hay un puerto a 4.950 metros. Está abierto pocos meses al año.


Enviado desde Amristar el 16 de Julio, 2008
Kilómetros recorridos 34.468

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