| Naoki
apareció, puntual, en la casa de té en la que habíamos
quedado. Escuchamos un par de canciones, antes de ir al hotel, comprar
agua y ponernos en marcha hacia Paquistán.
Hemos decidido dormir en Bam, a 200 kms. y pasar la frontera al día
siguiente. Como disponemos de tiempo, nos detenemos en Mahan, a unos 40
kms. de Kermán. Un gran cartel nos anuncia el desvío a los
jardines Bagh-e Shahzade. Se distinguen fácilmente. Una gran mancha
verde entre el marrón uniforme del paisaje desértico que
estamos atravesando. Es un día laborable, pero varias familias
han preparado sus alfombrillas y enseres, bajo los árboles, junto
a un canal de agua, para preparar su comida campestre. Los jardines se
encuentran dentro de un gran recinto amurallado, en la ladera de una montaña.
En la parte más alta, un edificio, con restaurante, desde el que
se goza del mejor punto de vista. Pueden verse los distintos estanques
escalonados por los que circula el agua. Entre las murallas, jardines.
Junto a los muros, casas uniformes, bien adaptadas al conjunto. Supongo
que se alquilan. He visto un par de ellas que tenían la puerta
abierta. Salas espaciosas, alfombradas, estanterías de obra, cojines,
lámparas, cuadros… Un buen lugar. Refrescante sonido del
agua, corriendo entre árboles y flores. Dentro del recinto, dos
parejas. Hay que pagar por entrar, 25 céntimos de euro.
Otro de los lugares que hemos visitado, en Mahan, ha sido la tumba de
Shah Nemetollah-e Valí, un sufí, sirio, del siglo XIV, que
tas vivir en La Meca y Samarcanda, decidió pasar los últimos
años de su vida en este lugar. El mausoleo, en el centro del pueblo,
es del siglo XV.
Cuando
llegamos a Bam, me dejo guiar por Naoki quien ejerce de eficaz copiloto,
siguiendo las indicaciones de una hoja, en japonés, fotocopiada.
La ciudad muestra los efectos del terremoto que sufrió hace cinco
años. Edificios en proceso de reconstrucción, entre ruinas.
Un 60% no aguantó el temblor de magnitud 6,3, según la escala
de Richter. Fallecieron más de 40.000 personas. Escaso tránsito
de vehículos por sus desiertas calles. Antes de buscar el hotel
recomendado, nos acercamos hasta lo que queda de la antigua Bam. Debió
ser una maravilla. Una ciudad con 2000 años de antigüedad,
construida con adobe. Tres kms de muralla almenada, veintiocho torres
de defensa, una sola puerta de entrada. La ciudadela se alzaba en la parte
más alta de la ciudad, con tres líneas defensivas. Aquí
se refugió el líder de los ismailitas, antes de huir, definitivamente,
hasta el actual Paquistán. La ciudad antigua de Bam era una de
las joyas turísticas de Irán. Afortunados los que la visitaron
antes del terremoto. No creo que, a pesar de los esfuerzos para reconstruirla,
se recupere su antigua vistosidad.
Cuando bajamos del Toyota, en el que disfrutamos de una suave temperatura,
gracias al aire acondicionado, nos envuelve brutalmente el aire caliente
del desierto del mes de julio. A los pocos segundos, chorreamos sudor.
Somos los únicos visitantes. No cobran entrada. Unas fotografías,
junto a la entrada de la ciudad, nos muestran la gran diferencia que separan
unos segundos de temblor sísmico.
Hay un camino señalizado para visitar los
restos de la antigua Bam. Se han apuntalado algunas paredes. Algunos trabajadores
siguen desescombrando. Las autoridades iraníes se han comprometido
a la total reconstrucción. Es un buen deseo, difícil de
cumplir. La principal dificultad es que no existen mapas detallados de
cómo era Bam. Un año después de la catástrofe,
recuerdo haber leído que se rogaba a todos aquellos turistas que
tuvieran en su poder fotografías de la vieja ciudad que las enviaran
a un determinado centro de recuperación.
El paseo es corto. Muchas zonas están cerradas. Hay riesgo de derrumbes.
Cuando regresamos al coche, nos bebemos el agua que nos quedaba. Me lavo
las manos con agua del depósito que llevo en la baca. Abrasa.
Nos cuesta encontrar el “hotel”. Indicaciones
contradictorias. Dificultad para comprender largas explicaciones en farsi.
Un taxista se ofrece a indicarnos el camino correcto, va en esa dirección.
Calles entre ruinas y nuevos edificios. Llegamos al lugar. El propietario
es un profesor de inglés jubilado. Está reconstruyendo su
casa, junto al pequeño local que se ofrece como albergue. Nos cuenta
que su familia tuvo que vivir un tiempo, en tiendas de campaña,
bajo unas palmeras cercanas. Debió ser duro, el invierno es muy
frío. Nos ofrece agua fresca. Tiene un dormitorio comunal y una
habitación con dos camas. Muy básico. Caro. Elijo dormir
en el coche, pagaré cinco dólares por usar el servicio y
aparcar junto al albergue. Naoki se alojará en el dormitorio junto
a Hiro, un japonés que viaja en moto. Ha recorrido Sudamérica.
Ha llegado hasta aquí, después de transitar por Europa,
seguirá hacia la India, después de acercarse al norte de
Paquistán. Somos los únicos huéspedes. Nos ponemos
de acuerdo. Seguiremos juntos hasta Quetta. Nos haremos compañía
en la travesía menos segura de esta zona. Para celebrar el pacto,
preparo comida que saco de la despensa. Mesa, sillas, platos, cubiertos,
vasos van saliendo del Toyota, ante la mirada complacida de mis nuevos
compañeros.
El menú es limitado, pero bien acogido, no
hemos comido nada desde la hora del desayuno. Garbanzos, atún,
aceite de oliva virgen extra, pan tostado, queso en porciones, te Lipton.
Hiro contribuye con una botella grande de Coca Cola local. Durante la
sobremesa, hace su aparición un holandés que viaja en un
gran camión. En la parte trasera, leo la dirección de su
Web, www.80questions.net Tiene aspecto de estar muy agotado. Mientras
el hijo del dueño del “hotel” va en busca de un bocadillo
y un refresco, a una tienda cercana, nos cuenta que se encuentra en camino
de regreso hacia Holanda. Ha dejado a sus dos compañeros en Bombay,
desde donde han volado hasta Ámsterdam. El tiene visados de tránsito.
Eso significa atravesar Paquistán en una semana e Irán en
el mismo plazo de tiempo. Le queda un largo recorrido. Necesita dormir.
Habla con pausas. Nos cuenta su trayecto por Paquistán. Los lugares
donde ha dormido. El paso de controles y acompañamiento policial.
Lo peor, el tramo que va de la frontera a Zahedán, 90 kms. Controles
y coches de acompañamiento le han ralentizado. Cuatro horas para
cubrir la distancia. Nos interrumpe un grupo de policías, enseñamos
documentación, escribimos datos en un libro. Si queremos, nos pondrán
“acompañamiento”. El dueño del hotel nos aconseja
que no lo hagamos. “La carretera es buena. Actualmente no hay peligro.
Si queréis protección retrasaréis la salida y llegaréis
tarde a Zahedán. La zona de riesgo es a partir de ese punto. No
os preocupéis. Antes de llegar a la ciudad, la policía os
localizará y os acompañará”. Nos convence.
Saldremos después de amanecer, a las seis y media.
He
tardado en dormirme. En el interior del coche, el termómetro marcaba
38 grados. He podido conciliar el sueño cuando se ha levantado
una ligera brisa que ha refrescado mi cara, junto a la ventana abierta.
Me ha despertado el canto de un gallo. Vuelvo al horario natural, el que
marca el sol.
Antes de partir, mientras tomamos un té, nos despedimos del holandés,
hoy con mejor aspecto, después de haber dormido. Nos deseamos buen
viaje. La carretera, como la mayoría de las del país, excelente.
Transcurre por una zona desértica, con montañas en la lejanía.
Nos cruzamos de vez en cuando con camiones y coches. No tenemos sensación
de peligro. Una patrulla militar, en mitad de la vía, nos indica
que nos detengamos detrás de dos camiones. En unos momentos se
forma una cola. Hablan por radio. Tienen emplazadas un par de ametralladoras
pesadas. Se protegen la cara del polvo del desierto con un pañuelo.
Tras un cuarto de hora de espera, nos permiten continuar. Hiro, sobre
la moto, abre la marcha. Hemos decidido que el más lento vaya delante.
Mantiene una velocidad constante de 90 kms. hora. A unos 100 kms de Zahedán,
una estación de servicio. Aprovechamos para rellenar depósitos.
El dependiente me dice que sólo puede suministrarme 20 litros,
pero hace la vista gorda hasta llegar a los 50, justo lo que necesitaba.
A las diez de la mañana, llegamos a la entrada de Zahedán.
Desde hace unos kms, nos sigue un coche. Cuando nos detenemos para consultar
el mapa, el conductor se acerca nosotros, es policía. Le explico
que tengo que devolver las placas de matrícula. Pone cara de extrañeza,
pero dice que le sigamos. Ahí empieza una búsqueda del departamento
de policía de tráfico. Nuestros acompañantes se turnan.
Nos abandona el coche y debemos seguir a un motorista, luego a otro coche,
al final, el primero que nos encontramos. Logro devolver las placas. No
habría sido necesario, nadie me ha pedido luego el comprobante
sellado de devolución.
El trámite nos has demorado tres horas. Hemos
dado varias vueltas por las calles de la ciudad. Por fin, regresamos a
la carretera, camino de la frontera. Seguimos el coche de policía.
Marcha a 60 kms por hora. Nos vamos a eternizar. Adelanto a Hiro, me pongo
a la altura del coche protector y le indico que acelere. Me hace una seña
con la mano, indicándome que le adelantemos. Aceleramos. Hiro vuelve
a ponerse en cabeza. El coche policial se pierde en la lejanía.
A mitad de camino, control. Bajamos del coche. Esperamos no sabemos qué.
Calor horroroso. Compadezco a los pobres soldados que han de permanecer
en esos pequeños barracones en mitad de la nada. Nos ofrecen te.
Un soldado se sube al coche y nos hace seña de continuar. A unos
tres kms. nos indica que nos dirijamos a un edificio cercado con alambradas.
Hiro no se ha percatado y ha continuado en solitario hacia la frontera.
Nueva espera. Hemos de ir en busca de Hiro y regresar. Una vez estamos
juntos, escribimos nuestros datos en un libro y seguimos hasta la frontera
sin detenernos en ningún otro control. Trámites de aduana
y policía iraní sin mayor contratiempo. Al pasar la última
valla, un oficial paquistaní nos invita a seguirle a un barracón
donde comprueban visados y nos sellan el pasaporte. La oficina de aduanas
esta en el pueblo, a unos dos kms. Nos acompaña un oficial, con
nuestros pasaportes en su mano. En un gran recinto vallado, con numerosos
camiones aparcados, se levantan unos pequeños edificios. Uno de
ellos, con zona de estacionamiento, alberga la oficina donde deben sellarnos
los “Pasajes de Aduana”. Cruzas una valla y entras en otro
mundo. Para empezar, en Paquistán se circula por la izquierda.
Cuidado. Los primeros días exigen mayor concentración, no
olvidarlo. Hay que controlar los reflejos condicionados.
Las oficinas con aire acondicionado, espaciosas,
agua potable fresca, sillas limpias de espera, se convierten en recintos
con ventiladores, sofás destartalados, oficiales a los que hay
que esperar más de media hora y a los que, escribir siete datos
en un libro, siempre los mismos, les puede llevar diez minutos por documento.
Al comprobar los visados, nos fotografían con una pequeña
cámara Web que el funcionario controla desde el ordenador donde
coteja datos. Aprovechamos la espera para cambiar algo de dinero. Cuando
pregunto a cuánto está el cambio, me dicen que a 50 rupias
por dólar. El holandés nos había proporcionado el
cambio correcto, 69 por dólar. Cuando el cambista comprueba que
conozco la cantidad exacta, sonriendo, me dice que él tiene que
ganar algo. Asiento con la cabeza. Todos hemos de ganarnos la vida. 67
es un cambio aceptable para los dos. Solo hay dos hoteles abiertos en
Taftan. Cochambrosos. Mis dos compañeros dormirán en el
hotel. Yo usaré una vez más mi confortable, aunque caluroso,
habitáculo del Toyota. Les propongo aparcar frente a la oficina
de aduanas, lugar protegido para moto y coche. Les acerco hasta el hotel,
regreso, ceno mi dieta de garbanzos, atún y pan tostado. Lo acompaño
con pistachos y Fanta local. Antes de dormirme, mi cara, junto a la ventana
abierta, repaso la jornada. En ningún momento he tenido sensación
de estar corriendo algún riesgo. No estoy cansado, los 430 kms.
desde Bam, con aire acondicionado, han sido cubiertos sin ningún
esfuerzo. Incluso los trámites de devolución de matrículas
y paso de fronteras, han resultado menos pesados de lo que esperaba. Lo
que había leído a otros viajeros, e incluso lo que nos había
contado el holandés, me había predispuesto para soportar
mayores contrariedades. Cada uno cuenta cómo le va. No me puedo
quejar. Mañana será otro día.
A las seis y media en punto, hora en la que había
quedado con Naoki y Hiro, los recojo en el hotel, cargamos la moto y emprendemos
la marcha hacia Quetta. Sin escolta. Nos han asegurado que no existe ningún
riesgo. Es curioso, porque todos los viajeros de los que teníamos
noticia aseguraban haber tenido que circular protegidos, incluso, algunos,
hasta Lahore, cerca de la India. Tampoco acabo de entender por qué
a mí sólo me concedieron un visado de una semana, cuando
lo habitual es que el visado turístico sea de un mes. En fin, las
cosas son como son. A veces olvido que nunca he de preguntar por qué.
Cuando emprendemos la marcha, Naoki me cuenta que han pasado una noche
muy calurosa. Se han duchado vestidos para intentar dormir, volviéndose
a duchar cuando se secaban, pero cómo me ocurrió a mí,
hace años en Argelia, con temperaturas semejantes, a determinada
hora, han cortado el agua. Yo lo sobrellevé durmiendo sobre una
mesa de ping pong que encontré en un jardín. Se han reído
mientras se lo contaba, tienen buen carácter.
Los primeros 300 kilómetros transcurren por
un buen asfalto. La vía sigue en paralelo con la línea férrea.
Algunos controles policiales en donde escribimos nuestros datos. Siempre
nos ofrecen té. Reviso el libro de anotaciones. En el último
año, han pasado trescientos extranjeros. Supongamos que un treinta
y tres por ciento sean viajeros solitarios. Eso significaría que
sólo han seguido esta ruta unos 200 vehículos. Cuando llegamos
a Dalvandin, preguntamos a Hiro que tal se encuentra. Se siente bien.
Propone comer algo y continuar. Conducir por la carretera no es pesado
ni peligroso si nos adaptamos a la conducción habitual por estos
países. Ceder el paso a los camiones, continuando nosotros por
el arcén, prever que hará el vehículo que llevamos
delante, ¿se detendrá súbitamente? ¿girará
a derecha o izquierda, sin indicarlo con anterioridad? Los camiones, espectaculares
en su ornamentación no circulan a gran velocidad, son antiguos
y van muy cargados. Nada que ver con los Mercedes y Volvos que transitan
por Irán. El único problema es que desvían su dirección
ante cualquier pequeño bache o deformación del asfalto.
También hay preverlo. Lo mejor, adelantarlos en el menor tiempo
posible. No han sorprendernos los ciclistas, motoristas, carros, coches
o camiones que vienen en contra dirección, cuando hay una separación
entre los dos sentidos de marcha, intentan acortar su recorrido. En la
carretera es fácil, cuando te acostumbras, pero… en los pueblos,
y no digamos en las ciudades, todo se complica. Además de los vehículos
habituales, están los peatones, los niños, los motocarros
o rickshaws motorizados. Cada uno intenta pasar, metiendo el morro. Paciencia.
Es un buen entrenamiento preparatorio antes de entrar en la India. Allí
la circulación se complica algo más, debido a las vacas.
Algunas se sientan en mitad de la calzada. Paciencia. Nadie me ha pedido
que venga hasta aquí. El paquete se compra completo, con todas
las ventajas y desventajas. Disfrutemos. Estoy donde quiero estar, haciendo
lo que quiero hacer.
Comemos en el restaurante de un hotel, en Dalvandin.
El menú es corto. Ensalada y Dhal, lentejas. Renuncio a la ensalada,
a partir de ahora, procuraré cuidarme al máximo, no ingiriendo
alimentos no cocinados, hielo, o agua no embotellada. Las lentejas están
riquísimas, algo picantes, con cebolla muy frita. El pan, recién
hecho, calentito, una bendición. Después de meses de arroz,
sin sabor, yogures y kebabs, las lentejas, sabrosas, me animan. Mientras
comemos, comentamos que, desde que hemos entrado en Paquistán,
no hemos visto todavía una mujer.
La buena carretera ha desparecido. Asfalto parcheado, baches, tramos de
pista, vía estrecha. Cuando llegamos a Nushki, quinientos kms en
la jornada, Hiro pide detenernos. Pasaremos la noche aquí. Buscamos
hotel. Encontramos uno, mugriento, en el que no han cambiado las sábanas,
¿sábanas?, las telas que hay sobre los colchones, desde
que inauguraron. Nos acercamos al cuartel de policía. Debemos registrar
nuestra llegada. Nos dicen, que la ciudad es de riesgo, porque se encuentra
muy cerca de la frontera con Afganistán. Que durmamos en el cuartel.
Recinto cerrado. Ya me he acostumbrado. Me gustaría ducharme, pero
esperaré mejor oportunidad. Salimos a dar una vuelta. Compramos
agua y cola local. Es época de mangos. Compro tres, enormes, dos
kilos. Naoki se encapricha con un melón. Hago tiempo, ordenando
fotografías. Nos comemos medio melón. El mango exquisito,
distinto, nada fibroso, jugoso, blanco en su interior, algo ácido
en la pulpa más cercana a su hueso. De los mejores mangos que recuerdo.
Calor. Mucho calor. Un gato puñetero, me da un susto, despertándome,
al meterse en el coche por la ventana abierta. Cuando le pregunto por
qué ha entrado, me mira durante un momento y vuelve salir parsimoniosamente.
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