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Sigo
dirección sur. Quiero pasar unos días en Yazd. Pero antes,
me acerco a tres lugares que están, más o menos, de camino.
260 kms y llego a Ardakán. Pregunto por la carretera a Chakchak,
donde se encuentra un célebre templo de Zoroastro. Al principio,
los carteles señalizan bien la dirección. Luego tengo que
ir preguntando. Después, una vez ya en la dirección correcta,
la carretera se interna en una zona desértica con montañas.
Hay un par de desvíos. En uno de ellos la única indicación
existente esta en grafía árabe. La dos guías que
he consultado, indican que Chak Chak es un pueblo en el que se encuentra
el mausoleo de Pir Sabz Chak Chak, un importante templo de fuego. Hasta
aquí llegan, en peregrinación, seguidores de Zoroastro,
entre los días 23 y 27 de Junio. Llego cuatro días tarde.
En realidad no es un pueblo. Una serie de construcciones para albergar
a los peregrinos se levantan escalonadamente en la pared rocosa. Se puede
llegar en coche hasta determinado punto. Luego hay que seguir a pie por
escaleras que pasan entre los recintos cerrados con rejas y candados.
Antes de llegar hasta los últimos “albergues”, una
reja abierta, un hombre mayor, sentado, sin levantar la cabeza, ni mirarme,
me indica con la mano que puedo pasar. Yo no sé muy bien lo que
voy a encontrar. Sé que hay un templo, pero no sé dónde.
Desde abajo, me ha parecido ver la entrada de una cueva. Al pasar la reja,
unos escalones y encuentro una puerta, con relieves de Zoroastro, cerrada,
dos candados.
Sigo buscando otra entrada. Llego hasta los últimos
albergues, veo cocinas, servicios, unas lápidas junto a las rocas,
pero compruebo que no hay cueva, que la única entrada al templo
es la que he encontrado con los dos candados. Vuelvo a bajar hasta encontrar
al hombre sentado junto a la reja. Le pregunto por la llave. Me contesta
con ese movimiento de manos y cabeza, que indica que no, que te largues.
Yo no he llegado hasta aquí para ver sólo la puerta. Me
acerco a él, bajo la voz y voy repitiendo “Lotfan”
(por favor), “Lotfan”. Nada, ni caso, ni me mira. Segundo
intento, dinero. Le pongo delante de los ojos un billete nuevo de 20.000
riales (1,33 euros), nada, sigue con el mismo gesto. Tercer intento, “Lotfan,
Isbania”. Palabra milagrosa. Ignoro a qué se debe el cambio
de actitud. ¿Ha sido el dinero o la palabra España? Acabamos
de ganar el Campeonato de Europa. Se levanta, deja las zapatillas junto
a una puerta, al lado de otras zapatillas. Ahí sólo viven
dos personas. No hay más zapatillas. Dos minutos más tarde,
aparece un hombre más joven, con un llavero en la mano. Subimos
nuevamente los escalones y las puertas del templo de Zoroastro en Chakchak
se abren para mí.
No
he comido nada en todo el día, sólo he tomado un té
a primera hora de la mañana. Tengo hambre, aunque las expectativas
de comer algo sabroso son mínimas. Me acerco a Meybod, me lo
recomendó un guía que conocí en Persépolis.
Esta anocheciendo. Me dejo llevar por la intuición. La ciudad
es grande. Me dirijo hacia la parte más alta. Llego junto a unas
murallas. Veo carteles que anuncian distintos lugares cercanos. Destaca
sobre todo, frente a mí, el anuncio de un restaurante tradicional.
Este es el lugar. Un gran complejo, supongo que es un antiguo caravansaray
restaurado. Desde luego todos los grupos de turistas que lleguen a Meybod
comerán aquí. Perfecto. Primer inconveniente, la gente
solo habla farsi y el menú está escrito en farsi. Bueno.
Hay una gran mesa con distintas ensaladas. El primer plato está
resuelto, ensalada, con aceite de oliva (he visto la aceitera) y yogurt.
¿Y de segundo qué tenemos? “Kebab, chicken kebab
chelo”. No, por favor, no. Se lo he explicado casi con lágrimas
en los ojos. No kebab, no pollo, no arroz. Casi siete meses con la misma
oferta para comer y cenar. He llegado hasta la cocina. Un joven, más
comprensivo, me ha enseñado un platillo de algo que no era arroz,
ni pollo. De acuerdo.
El restaurante está muy bien. Vasos de
cerámica, no manteles de plástico, música de fondo
de laúd y flauta. Es una pena. Podrían mejorar el servicio
con un pequeño esfuerzo. El segundo plato exquisito. Supongo
que es una especie de pisto, muy triturado, con algunas especias que
no he logrado identificar, sabor fuerte, un punto picante. Rico. Para
terminar, no sirven te. Curioso, toda comida se complementa con te.
El restaurante es grande, muchas mesas libres, no hace falta que los
clientes se levanten para dejar sentar a otros.
Duermo allí mismo, donde había aparcado. Estoy cerca de
los lugares más interesantes de Meybod. Hace calor, mucho calor.
Con las ventanillas cerradas, empiezo a sudar. Tardo en conciliar el
sueño, estoy empapado.
Al día siguiente, busco una plazoleta en el barrio antiguo, totalmente
desierta. Me aseo e inicio la jornada, animado. Mi buena disposición
se enfrenta a un inconveniente. No tengo mapa de Meybod. No importa,
buscaré las entradas del palacio y la fortaleza que anuncian
los carteles. Sigo por las callejuelas, voy rodeando muros en busca
de una entrada. No la encuentro. Estoy más de una hora dando
vueltas. No hace demasiado calor, las paredes de las casas ofrecen sombra.
Llego a la fortaleza. La puerta está cerrada. Son ya más
de las diez de la mañana. ¿Abrirán? Cuando ya estoy
a punto de abandonar, después de haber dado todas las vueltas
posibles alrededor de las murallas, veo al guardián que se dirige
hacia la entrada. Soy el único visitante. El castillo sigue un
proceso de restauración. Se han habilitado escaleras y terrazas.
La vista que ofrece desde lo alto es soberbia. La fortaleza, totalmente
de ladrillo, se levanta sobre un montículo de 25 metros de altura,
suficiente para ver todos los barrios de la ciudad antigua. Según
los últimos descubrimientos arqueológicos, ya había
una ciudadela, en ese lugar, hace 5.000 años.
Otra de las visitas del día es al pueblo de Nadushán.
Un montón de kms. por zonas desérticas para encontrarme
con un pueblo que no me ofrece nada especialmente interesante. Después
Yazd, hotel con encanto, gente amable, 10 euros. Ducha, cambio de ropa,
cena en el restaurante, ya conocido, en una antigua casa de baños,
té con charla en el patio del hotel, sólo seis habitaciones,
sueño reparador. Día muy completo.
En
Yazd, días de reposo. Es muy agradable volver a una ciudad que
ya se conoce. Utilizo el coche para visitar lugares que no vi la vez anterior,
como las Torres del Silencio, o para acercarme a restaurantes y hoteles
conocidos que me permiten variar la monótona dieta iraní.
Cenando en la terraza de un hotel, desde la que se disfruta de una excelente
vista sobre la cercana mezquita del Viernes, encuentro a Carlos, el argentino,
residente en Madrid, que conocí en Teherán. No coincidimos
en Isfahán por horas. Ha estado por el sur, en Bandar-e Abbas,
el puerto más importante del país, en el estrecho de Ormuz.
Ha modificado la ruta de su viaje. Ya no pasará por Turkmenistán.
Teme perder mucho tiempo esperando visados de los siguientes países.
Irá a la India, desde Omán, utilizando el avión.
Probablemente volvamos a encontrarnos dentro de poco, ya que los dos,
aprovechando los meses de calor, iremos hacia el norte.
Las Torres del Silencio, en las afueras de Yazd,
se estuvieron utilizando hasta el siglo pasado por los seguidores de Zoroastro.
Son dos grandes torres que se levantan en dos colinas, cercanas la una
a la otra. Se dejaban los cuerpos de las personas que habían fallecido,
sobre unas plataformas, en lo alto de las torres, para que los buitres
los descarnaran. Luego se echaban los restos a unos pozos y se cubrían
con cal viva. Esa zona, de gran extensión, está amurallada,
cerrada. Bajo las torres, en la llanura, se conservan algunas edificaciones
en las que se celebraban ceremonias mortuorias. También un depósito
de agua, con sus correspondientes torres de aireación. Dentro de
otros muros, el cementerio zoroastriano de Yazd.
La carretera
de Yazd a Kermán es excelente, salvo algunos tramos cortos, autovía,
de dos o tres carriles, alejados de los de dirección contraria.
Me detengo en un área de servicio, en la que observo gran concentración
de camiones. Lleno, como siempre, sin guardar cola, aprovechando las facilidades
que me ofrecen camioneros y dependiente. Antes de marcharme, converso
con el conductor de un gran camión. Me advierte que a partir de
Kermán es difícil encontrar gasoil. Que incluso en Kermán
no siempre hay. Le agradezco la información. Tomo nota y calculo.
De Kermán a la frontera con Paquistán hay unos 620 kms.
No creo que haya ningún problema en conseguir gasoil después
de cruzar la frontera, pero preferiría no tener que llenar los
depósitos hasta Quetta, una vez haya pasado la zona de riesgo.
Desde donde me encuentro ahora hasta Kermán hay unos 200 kms. Con
el combustible que tengo puedo rodar hasta más de 400 kms en Paquistán.
No está mal, pero intentaré volver a cargar, siempre que
pueda, antes de llegar a la frontera. Además, en Irán, el
gasoil es muy barato y en Paquistán, supongo, será mucho
más caro.
En Yazd, he recibido un mail de Naoki, el japonés
con el que tenía que encontrarme en Kermán, para pasar Paquistán
juntos. Renuncia a viajar al Yemen y mantiene la cita conmigo, aunque
preferiría adelantar el encuentro porque su visado de Irán
está a punto de caducar. Le he confirmado fecha y hora, avanzando
dos días. Llego a Kermán el seis por la tarde. El siete
devuelvo placas de matrícula y visito la ciudad. El ocho nos encontramos
y nos ponemos en marcha hacia Bam, camino de Paquistán.
Cuando estoy a poco menos de 30 kms de Kermán, otra gasolinera.
Aquí, además de camiones, hay gran cantidad de autobuses.
Las estaciones de servicio de las ciudades sólo expenden gasolina.
El gasoil hay que conseguirlo en la carretera. Puede que esta sea mi última
oportunidad. Bajo de la baca los dos bidones metálicos que todavía
no he estrenado. Lleno nuevamente el depósito delantero. Los dos
bidones los acomodo en el interior del Toyota. En el supuesto de que no
encuentre más gasoil hasta Paquistán, estoy cubierto. Puedo
rodar cerca de 1400 kms. sin repostar.
Antes de llegar a Kermán, mucho antes de
la gasolinera, la carretera está flanqueada por grandes extensiones
cultivadas, donde se levantan los arbustos que proporcionan los pistachos.
El pistacho iraní es el mejor del mundo, el de Kermán es
el mejor de Irán. Así que circulo entre los arbolitos en
los que están creciendo, en este momento, los pistachos más
solicitados de la próxima temporada. Nunca he visto el fruto en
su árbol. Salgo de la autovía, sigo una pista que se interna
en los campos de pistachos. Satisfago mi curiosidad, fotografío
y regreso a la carretera.
Encuentro un hotel bien situado, cerca de la parte antigua de la ciudad.
Salgo a dar una vuelta. La primera impresión es satisfactoria.
Anchas aceras por las que se puede caminar cómodamente, semáforos
que se respetan, pocas motocicletas, avenidas amplias, bares con sillas
en las que sentarse, un parque con “una casa del hielo” y
murallas restauradas, una biblioteca pública en un antiguo edificio
recuperado. Calles animadas, a medida que me acerco al corazón
de Kermán, la plaza Shohada. Soy testigo de un pequeño incidente
de tráfico, un coche roza a otro. Ambos conductores dialogan, sin
alzar la voz. Mientras esperan a que aparezca un policía, dejan
los coches en mitad de la calzada, junto a un monumento a un soldado con
un lanzagranadas antitanque sobre su hombro. En el escaparate de una tienda
de pañuelos, veo, una vez más, el modelo de la mujer iraní,
reivindicativa, que se niega a cubrirse con el chador. La he visto en
muchas ciudades, con las gafas de sol, las cejas depiladas y pintadas,
labios y ojos maquillados, pañuelos de color que dejan al descubierto
parte del cabello. Así son. Mañana continuaré. Hoy
terminaré en un restaurante, “Sardar”, recomendado
por el director del hotel en el que me alojo. Comentario. No volveré.
Después
de desayunar, el director del hotel empieza a llamar por teléfono
a distintas oficinas, intentando saber dónde tengo que entregar
las placas de matrícula. Nadie sabe nada. Todo el mundo dice que
las entregue en la frontera, cuando deje el país. En Tabriz me
advirtieron que tengo que devolverlas en la última capital de provincia
que cruce. La última capital, a 80 kms de la frontera, es Zahedán.
Hubiera preferido entregarlas en Kermán. Mañana, después
de recoger a Naoki, saldremos hacia Bam. Al llegar, podemos ir a la policía,
y pedir escolta hasta Zahedán. Ya veremos. Parece que no hay problema
hasta Bam. Aunque hace un par de días, en Yazd, encontré
a un alemán que me dijo que no le permitieron visitar Bam, sin
la compañía de un policía. Tuvo que esperar en el
hotel a que llegara su protector.
Mañana será mañana, hoy estoy en Kermán. Camino
hasta la zona antigua de la ciudad. Entro en la zona del bazar por unas
galerías ocupadas exclusivamente por joyerías. No hay aglomeración,
la temperatura es agradable. Encuentro el Hammam de Ibrahim Khan, construido
a principios del siglo XIX. No hay ninguna indicación, pero unos
escalones descendentes y unos atractivos azulejos han sido determinantes
para que haya seguido el pasillo que me ha conducido hasta la sala de
entrada de los baños. Supongo que están en uso. Armaritos
para dejar la ropa y zapatos alineados permiten pocas dudas.
En medio del bazar, distribuido por productos o
artesanos, se encuentra el complejo Ganjali Khan, del siglo XVII, un gran
patio con estanque y fuente central, bancos y árboles protectores
para descansar.
Compro un kilo de pistachos. No son baratos. Pago cuatro euros y medio,
aquí es mucho dinero. Un kilo de pistachos cuesta igual que 409
litros de gasoil. Localizo la casa de té Ghahveh Khaneh Sonnati,
lugar en el tengo que encontrarme mañana con Naoki. Es una antiguo
hammam. La casa de té utiliza lo que debió ser la sala de
recepción. Un estanque en el centro, Música en directo.
Cuando salgo del Bazar, intento protegerme del sol, buscando la sombra
de árboles y edificios. Compro algo de fruta. Por la tarde, enviaré
mi último relato desde Irán. El próximo espero escribirlo
en la India.
Enviado desde Kermán el 7 de Julio, 2008
Kilómetros recorridos 31.942
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