Crónica 18: del 25 de junio al 7 de julio, 2008 (2ª)

Irán






Sigo dirección sur. Quiero pasar unos días en Yazd. Pero antes, me acerco a tres lugares que están, más o menos, de camino. 260 kms y llego a Ardakán. Pregunto por la carretera a Chakchak, donde se encuentra un célebre templo de Zoroastro. Al principio, los carteles señalizan bien la dirección. Luego tengo que ir preguntando. Después, una vez ya en la dirección correcta, la carretera se interna en una zona desértica con montañas. Hay un par de desvíos. En uno de ellos la única indicación existente esta en grafía árabe. La dos guías que he consultado, indican que Chak Chak es un pueblo en el que se encuentra el mausoleo de Pir Sabz Chak Chak, un importante templo de fuego. Hasta aquí llegan, en peregrinación, seguidores de Zoroastro, entre los días 23 y 27 de Junio. Llego cuatro días tarde. En realidad no es un pueblo. Una serie de construcciones para albergar a los peregrinos se levantan escalonadamente en la pared rocosa. Se puede llegar en coche hasta determinado punto. Luego hay que seguir a pie por escaleras que pasan entre los recintos cerrados con rejas y candados. Antes de llegar hasta los últimos “albergues”, una reja abierta, un hombre mayor, sentado, sin levantar la cabeza, ni mirarme, me indica con la mano que puedo pasar. Yo no sé muy bien lo que voy a encontrar. Sé que hay un templo, pero no sé dónde. Desde abajo, me ha parecido ver la entrada de una cueva. Al pasar la reja, unos escalones y encuentro una puerta, con relieves de Zoroastro, cerrada, dos candados.

Sigo buscando otra entrada. Llego hasta los últimos albergues, veo cocinas, servicios, unas lápidas junto a las rocas, pero compruebo que no hay cueva, que la única entrada al templo es la que he encontrado con los dos candados. Vuelvo a bajar hasta encontrar al hombre sentado junto a la reja. Le pregunto por la llave. Me contesta con ese movimiento de manos y cabeza, que indica que no, que te largues. Yo no he llegado hasta aquí para ver sólo la puerta. Me acerco a él, bajo la voz y voy repitiendo “Lotfan” (por favor), “Lotfan”. Nada, ni caso, ni me mira. Segundo intento, dinero. Le pongo delante de los ojos un billete nuevo de 20.000 riales (1,33 euros), nada, sigue con el mismo gesto. Tercer intento, “Lotfan, Isbania”. Palabra milagrosa. Ignoro a qué se debe el cambio de actitud. ¿Ha sido el dinero o la palabra España? Acabamos de ganar el Campeonato de Europa. Se levanta, deja las zapatillas junto a una puerta, al lado de otras zapatillas. Ahí sólo viven dos personas. No hay más zapatillas. Dos minutos más tarde, aparece un hombre más joven, con un llavero en la mano. Subimos nuevamente los escalones y las puertas del templo de Zoroastro en Chakchak se abren para mí.

No he comido nada en todo el día, sólo he tomado un té a primera hora de la mañana. Tengo hambre, aunque las expectativas de comer algo sabroso son mínimas. Me acerco a Meybod, me lo recomendó un guía que conocí en Persépolis. Esta anocheciendo. Me dejo llevar por la intuición. La ciudad es grande. Me dirijo hacia la parte más alta. Llego junto a unas murallas. Veo carteles que anuncian distintos lugares cercanos. Destaca sobre todo, frente a mí, el anuncio de un restaurante tradicional. Este es el lugar. Un gran complejo, supongo que es un antiguo caravansaray restaurado. Desde luego todos los grupos de turistas que lleguen a Meybod comerán aquí. Perfecto. Primer inconveniente, la gente solo habla farsi y el menú está escrito en farsi. Bueno. Hay una gran mesa con distintas ensaladas. El primer plato está resuelto, ensalada, con aceite de oliva (he visto la aceitera) y yogurt. ¿Y de segundo qué tenemos? “Kebab, chicken kebab chelo”. No, por favor, no. Se lo he explicado casi con lágrimas en los ojos. No kebab, no pollo, no arroz. Casi siete meses con la misma oferta para comer y cenar. He llegado hasta la cocina. Un joven, más comprensivo, me ha enseñado un platillo de algo que no era arroz, ni pollo. De acuerdo.

El restaurante está muy bien. Vasos de cerámica, no manteles de plástico, música de fondo de laúd y flauta. Es una pena. Podrían mejorar el servicio con un pequeño esfuerzo. El segundo plato exquisito. Supongo que es una especie de pisto, muy triturado, con algunas especias que no he logrado identificar, sabor fuerte, un punto picante. Rico. Para terminar, no sirven te. Curioso, toda comida se complementa con te. El restaurante es grande, muchas mesas libres, no hace falta que los clientes se levanten para dejar sentar a otros.
Duermo allí mismo, donde había aparcado. Estoy cerca de los lugares más interesantes de Meybod. Hace calor, mucho calor. Con las ventanillas cerradas, empiezo a sudar. Tardo en conciliar el sueño, estoy empapado.
Al día siguiente, busco una plazoleta en el barrio antiguo, totalmente desierta. Me aseo e inicio la jornada, animado. Mi buena disposición se enfrenta a un inconveniente. No tengo mapa de Meybod. No importa, buscaré las entradas del palacio y la fortaleza que anuncian los carteles. Sigo por las callejuelas, voy rodeando muros en busca de una entrada. No la encuentro. Estoy más de una hora dando vueltas. No hace demasiado calor, las paredes de las casas ofrecen sombra. Llego a la fortaleza. La puerta está cerrada. Son ya más de las diez de la mañana. ¿Abrirán? Cuando ya estoy a punto de abandonar, después de haber dado todas las vueltas posibles alrededor de las murallas, veo al guardián que se dirige hacia la entrada. Soy el único visitante. El castillo sigue un proceso de restauración. Se han habilitado escaleras y terrazas. La vista que ofrece desde lo alto es soberbia. La fortaleza, totalmente de ladrillo, se levanta sobre un montículo de 25 metros de altura, suficiente para ver todos los barrios de la ciudad antigua. Según los últimos descubrimientos arqueológicos, ya había una ciudadela, en ese lugar, hace 5.000 años.
Otra de las visitas del día es al pueblo de Nadushán. Un montón de kms. por zonas desérticas para encontrarme con un pueblo que no me ofrece nada especialmente interesante. Después Yazd, hotel con encanto, gente amable, 10 euros. Ducha, cambio de ropa, cena en el restaurante, ya conocido, en una antigua casa de baños, té con charla en el patio del hotel, sólo seis habitaciones, sueño reparador. Día muy completo.


En Yazd, días de reposo. Es muy agradable volver a una ciudad que ya se conoce. Utilizo el coche para visitar lugares que no vi la vez anterior, como las Torres del Silencio, o para acercarme a restaurantes y hoteles conocidos que me permiten variar la monótona dieta iraní. Cenando en la terraza de un hotel, desde la que se disfruta de una excelente vista sobre la cercana mezquita del Viernes, encuentro a Carlos, el argentino, residente en Madrid, que conocí en Teherán. No coincidimos en Isfahán por horas. Ha estado por el sur, en Bandar-e Abbas, el puerto más importante del país, en el estrecho de Ormuz. Ha modificado la ruta de su viaje. Ya no pasará por Turkmenistán. Teme perder mucho tiempo esperando visados de los siguientes países. Irá a la India, desde Omán, utilizando el avión. Probablemente volvamos a encontrarnos dentro de poco, ya que los dos, aprovechando los meses de calor, iremos hacia el norte.

Las Torres del Silencio, en las afueras de Yazd, se estuvieron utilizando hasta el siglo pasado por los seguidores de Zoroastro. Son dos grandes torres que se levantan en dos colinas, cercanas la una a la otra. Se dejaban los cuerpos de las personas que habían fallecido, sobre unas plataformas, en lo alto de las torres, para que los buitres los descarnaran. Luego se echaban los restos a unos pozos y se cubrían con cal viva. Esa zona, de gran extensión, está amurallada, cerrada. Bajo las torres, en la llanura, se conservan algunas edificaciones en las que se celebraban ceremonias mortuorias. También un depósito de agua, con sus correspondientes torres de aireación. Dentro de otros muros, el cementerio zoroastriano de Yazd.




L
a carretera de Yazd a Kermán es excelente, salvo algunos tramos cortos, autovía, de dos o tres carriles, alejados de los de dirección contraria. Me detengo en un área de servicio, en la que observo gran concentración de camiones. Lleno, como siempre, sin guardar cola, aprovechando las facilidades que me ofrecen camioneros y dependiente. Antes de marcharme, converso con el conductor de un gran camión. Me advierte que a partir de Kermán es difícil encontrar gasoil. Que incluso en Kermán no siempre hay. Le agradezco la información. Tomo nota y calculo. De Kermán a la frontera con Paquistán hay unos 620 kms. No creo que haya ningún problema en conseguir gasoil después de cruzar la frontera, pero preferiría no tener que llenar los depósitos hasta Quetta, una vez haya pasado la zona de riesgo. Desde donde me encuentro ahora hasta Kermán hay unos 200 kms. Con el combustible que tengo puedo rodar hasta más de 400 kms en Paquistán. No está mal, pero intentaré volver a cargar, siempre que pueda, antes de llegar a la frontera. Además, en Irán, el gasoil es muy barato y en Paquistán, supongo, será mucho más caro.

En Yazd, he recibido un mail de Naoki, el japonés con el que tenía que encontrarme en Kermán, para pasar Paquistán juntos. Renuncia a viajar al Yemen y mantiene la cita conmigo, aunque preferiría adelantar el encuentro porque su visado de Irán está a punto de caducar. Le he confirmado fecha y hora, avanzando dos días. Llego a Kermán el seis por la tarde. El siete devuelvo placas de matrícula y visito la ciudad. El ocho nos encontramos y nos ponemos en marcha hacia Bam, camino de Paquistán.
Cuando estoy a poco menos de 30 kms de Kermán, otra gasolinera. Aquí, además de camiones, hay gran cantidad de autobuses. Las estaciones de servicio de las ciudades sólo expenden gasolina. El gasoil hay que conseguirlo en la carretera. Puede que esta sea mi última oportunidad. Bajo de la baca los dos bidones metálicos que todavía no he estrenado. Lleno nuevamente el depósito delantero. Los dos bidones los acomodo en el interior del Toyota. En el supuesto de que no encuentre más gasoil hasta Paquistán, estoy cubierto. Puedo rodar cerca de 1400 kms. sin repostar.

Antes de llegar a Kermán, mucho antes de la gasolinera, la carretera está flanqueada por grandes extensiones cultivadas, donde se levantan los arbustos que proporcionan los pistachos. El pistacho iraní es el mejor del mundo, el de Kermán es el mejor de Irán. Así que circulo entre los arbolitos en los que están creciendo, en este momento, los pistachos más solicitados de la próxima temporada. Nunca he visto el fruto en su árbol. Salgo de la autovía, sigo una pista que se interna en los campos de pistachos. Satisfago mi curiosidad, fotografío y regreso a la carretera.
Encuentro un hotel bien situado, cerca de la parte antigua de la ciudad. Salgo a dar una vuelta. La primera impresión es satisfactoria. Anchas aceras por las que se puede caminar cómodamente, semáforos que se respetan, pocas motocicletas, avenidas amplias, bares con sillas en las que sentarse, un parque con “una casa del hielo” y murallas restauradas, una biblioteca pública en un antiguo edificio recuperado. Calles animadas, a medida que me acerco al corazón de Kermán, la plaza Shohada. Soy testigo de un pequeño incidente de tráfico, un coche roza a otro. Ambos conductores dialogan, sin alzar la voz. Mientras esperan a que aparezca un policía, dejan los coches en mitad de la calzada, junto a un monumento a un soldado con un lanzagranadas antitanque sobre su hombro. En el escaparate de una tienda de pañuelos, veo, una vez más, el modelo de la mujer iraní, reivindicativa, que se niega a cubrirse con el chador. La he visto en muchas ciudades, con las gafas de sol, las cejas depiladas y pintadas, labios y ojos maquillados, pañuelos de color que dejan al descubierto parte del cabello. Así son. Mañana continuaré. Hoy terminaré en un restaurante, “Sardar”, recomendado por el director del hotel en el que me alojo. Comentario. No volveré.


D
espués de desayunar, el director del hotel empieza a llamar por teléfono a distintas oficinas, intentando saber dónde tengo que entregar las placas de matrícula. Nadie sabe nada. Todo el mundo dice que las entregue en la frontera, cuando deje el país. En Tabriz me advirtieron que tengo que devolverlas en la última capital de provincia que cruce. La última capital, a 80 kms de la frontera, es Zahedán. Hubiera preferido entregarlas en Kermán. Mañana, después de recoger a Naoki, saldremos hacia Bam. Al llegar, podemos ir a la policía, y pedir escolta hasta Zahedán. Ya veremos. Parece que no hay problema hasta Bam. Aunque hace un par de días, en Yazd, encontré a un alemán que me dijo que no le permitieron visitar Bam, sin la compañía de un policía. Tuvo que esperar en el hotel a que llegara su protector.
Mañana será mañana, hoy estoy en Kermán. Camino hasta la zona antigua de la ciudad. Entro en la zona del bazar por unas galerías ocupadas exclusivamente por joyerías. No hay aglomeración, la temperatura es agradable. Encuentro el Hammam de Ibrahim Khan, construido a principios del siglo XIX. No hay ninguna indicación, pero unos escalones descendentes y unos atractivos azulejos han sido determinantes para que haya seguido el pasillo que me ha conducido hasta la sala de entrada de los baños. Supongo que están en uso. Armaritos para dejar la ropa y zapatos alineados permiten pocas dudas.

En medio del bazar, distribuido por productos o artesanos, se encuentra el complejo Ganjali Khan, del siglo XVII, un gran patio con estanque y fuente central, bancos y árboles protectores para descansar.
Compro un kilo de pistachos. No son baratos. Pago cuatro euros y medio, aquí es mucho dinero. Un kilo de pistachos cuesta igual que 409 litros de gasoil. Localizo la casa de té Ghahveh Khaneh Sonnati, lugar en el tengo que encontrarme mañana con Naoki. Es una antiguo hammam. La casa de té utiliza lo que debió ser la sala de recepción. Un estanque en el centro, Música en directo. Cuando salgo del Bazar, intento protegerme del sol, buscando la sombra de árboles y edificios. Compro algo de fruta. Por la tarde, enviaré mi último relato desde Irán. El próximo espero escribirlo en la India.




Enviado desde Kermán el 7 de Julio, 2008
Kilómetros recorridos 31.942



ANTERIOR ARRIBA