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Regresamos
hasta Qazvin. No nos detenemos. Fredrik lee en su guía lo que ofrece
la ciudad. Nos ponemos de acuerdo, seguiremos hasta Rasht, la ciudad más
poblada de la zona del Caspio. La carretera es peligrosa. Tres vías.
Muchos camiones. El trazado es serpenteante, buen piso, muchas curvas.
Algunos conductores no guardan la distancia de seguridad, conducen igual
que en ciudad, adelantan sin visibilidad, ignorando si va a aparecer un
coche de frente, por la misma tercera vía que están utilizando,
saltándose la línea continua. Llegamos a Rasht antes de
que anochezca. Encuentro un parking céntrico. Nos alojamos en un
hotel barato que no está mal. Una vez instalados, salimos a la
calle en busca de un centro Internet. Fredrik necesita conectarse. Está
esperando un e-mail. Tendrá que dejarlo para mañana, han
cerrado unos minutos antes, a las ocho en punto. Nos sorprende la masa
de gente que hay en las calles. Rasht tiene el índice más
elevado de densidad demográfica de Irán. Su altitud es diez
metros bajo el nivel del mar. Supongo que durante el día hace mucho
calor, el grado de humedad es elevado. A esta hora la temperatura es agradable.
Muchas chica jóvenes medio cubren su cabello con pañuelos
floreados o de colores, muy maquilladas, vistiendo ese cubre polvo o gabardina
hasta las rodillas que sustituye al habitual chador. Son ellas, las mujeres,
las que más se exponen a recibir multas y amonestaciones por no
vestir de forma adecuada. En el “Iran Daily”, del día
18 de Junio, he leído, que la policía ha cerrado 32 boutiques
que vendían trajes para mujer que violaban el código islámico.
Asimismo han clausurado varias peluquerías para hombre que efectuaban
cortes “occidentales”. Es imparable. Muchos jóvenes
están hartos de tantas prohibiciones. La demanda es alta. Cierran
unos locales, abren otros.
Después de cenar, Fredrik ha seguido buscando
la forma de conectarse a Internet. Yo, por mi parte, he sentido la imperiosa
necesidad de comer un helado rico, no de máquina. Cuando he descubierto
a un chico que comía uno, le he preguntado dónde los vendían.
Se ha esforzado en indicarme el camino, pero las explicaciones en farsi,
para mí, son incomprensibles. Al final he encontrado lo que buscaba,
un cucurucho con tres bolas de fresa. Mientras lo saboreaba, vagando por
calles, sin rumbo fijo, he aparecido en un mercado al aire libre de fruta.
He comprado, melocotones, albaricoques y cerezas. Mañana queremos
ir a visitar un castillo y un pueblo. La fruta nos vendrá bien.
Por la noche, antes de dormir, conecto a un enchufe la pastillita mata
mosquitos. Dormimos ocho horas de un tirón.
Después de desayunar, salimos dirección a Massuleh, un pueblo
de montaña a 57 kms de Rasht. La zona entre el Caspio y la cordillera
Elburz está ocupada por extensos arrozales. Massuleh se encuentra
a 1.050 metros de altitud. Rodeado de bosques que cubren las laderas de
las montañas circundantes. La carretera sigue el curso de un río.
Pasamos por lugares, inequívocamente destinados a aquellos que
gustan pasar un día en el campo. El pic-nic es el principal entretenimiento
nacional. La particularidad de Massuleh es que prácticamente no
hay calles, sólo escaleras. Los bares, los restaurantes, las tiendas,
están sobre los techos de las casas. Otra peculiaridad es que un
cementerio está en el centro del pueblo, las lápidas, frente
a la mezquita, se encuentran en una zona de paso. Muchas flores en balcones
y ventanas. La subida hasta la zona alta exige esfuerzo. Fredrik se va
por un lado y yo por otro. Es un pueblo para perderse por sus distintos
niveles. La gente es amable. Terminamos encontrándonos en un restaurante.
Para variar, kebab y yogurt. Ah, Mirinda y Té.
Llegar
al castillo de Rudkhan, nos obliga a regresar por la misma carretera,
hasta Fuman. Mucha animación junto al gran mercado callejero. Tenemos
que preguntar tres veces, antes de encontrar el camino adecuado. Esa particular
forma de indicar una dirección, “Por allí”,
más que ayudar, desorienta. Un joven, que habla inglés,
nos dibuja un plano, con plazas y calles, que nos sitúa en el camino
correcto para salir de Fuman. Los cerca de 40 kms, hasta Q’ala Rudkhan,
transcurren por una carretera estrecha, entre árboles, con varios
desvíos.
Llegamos a un aparcamiento con unos treinta vehículos. La zona,
entre montañas, es boscosa. Un torrente sigue su curso entre árboles
y rocas. Varios grupos familiares se han instalado junto al agua. Es la
hora de comer. Las mujeres preparan kebabs, mientras algunos hombres conversan
y los niños corren, saltando entre las piedras.
Seguimos la senda de cemento y cantos, que nos conducirá
hasta el castillo. Al principio es cómoda. Suaves rampas de subida,
algunos escalones, un par de puentes, tramos llanos. Luego, se inicia
el ascenso, escalones muy altos que exigen esfuerzo. Ayer el castillo
de Alamut, esta mañana las escaleras de Masuleh, ahora mas peldaños.
Empiezo a sudar copiosamente. Me voy deteniendo de vez en cuando para
recuperar el aliento y bajar las pulsaciones. Veo a niños que suben
corriendo, otros abandonan las escaleras y ascienden por trochas entre
los árboles, acortando camino, a cambio de enfrentarse a una mayor
pendiente. Claro que, de vez en cuando, resbalan, caen rodando, sin poder
detenerse y se pegan buenos leñazos. Hay quien baja con gran cuidado,
apoyándose en ramas o bastones, procurando no patinar o caerse.
No miro hacia arriba, intentando saber cuánto me falta, ya llegaré.
Se tarda más o menos, pero se llega. El frondoso bosque oculta
las murallas, que aparecen de repente frente a mí. Al descubrirlas,
me olvido del cansancio. Unos últimos escalones y traspaso la puerta
de entrada. Nunca había visto un castillo parecido. Es estrecho
y alargado, sobre la cima. Sus murallas y torres suben y bajan, siguiendo
la ondulación de la colina. Lo más impresionante es que
está totalmente rodeado de bosque, entre altas montañas.
Está en proceso de restauración. No llego hasta los extremos.
Es agotador. Los desniveles son pronunciados. Sobre la torre más
alta, un equipo de televisión está grabando la actuación
de un cantante. En un rincón escondido, me topo con una pareja
besándose, me disculpo. Se tranquilizan al ver que soy extranjero.
Me piden que les haga una foto con su cámara. Cerca de la entrada,
sobre una terraza, el mejor punto de vista, el guarda me ofrece un vaso
de té. Acepto y le pregunto cuánto vale. Contesta que es
una invitación. Tengo que insistir tres veces (es lo habitual en
el país), hasta que acepta el billete de 2.000 riales (13 céntimos
de euro) que le tiendo. Su amplia sonrisa confirma que he respondido como
esperaba.
La bajada, por supuesto, es fácil, pero voy con cuidado. Dos padres
transportan a sus hijos con torcedura de tobillo. Cerca ya del aparcamiento,
al lado de la senda, un bar con sillas bajo los árboles. Si regreso
aquí, alguna vez, acompañando a alguien, le esperaré,
tomando un refresco, leyendo un libro. Es un lugar muy agradable. Yo ya
he visto el castillo. Una vez me basta.
En
Rasht, dejo a Fredrik en la central de autobuses. Justo va a salir uno
hacia Isfahán. Llegará por la mañana. Yo dispongo
de tiempo, estoy dejando pasar los días, a la espera del visado
de la India, pero a Fredrik le quedan sólo dos semanas en Irán,
ha permanecido siete días en Teherán. Es hora de que se
dirija a los lugares más interesantes del país, Shiraz,
Persépolis, Naqsh-e Rustam, Yazd e Isfahán. Después
de despedirnos, dudo. ¿A dónde voy? Tengo la tentación
de quedarme en un buen hotel en Rasht. Ha sido un día duro. Estoy
algo cansado. Una buena ducha de agua caliente, cena, cama confortable.
No. Seguiré hasta el primer pueblo que encuentre en la costa del
Mar Caspio. Hay mucho tráfico. Cargo gasoil. No me gustan los pueblos
que atravieso. Empieza a anochecer. Tengo que cambiar el aceite del motor.
Veo varios talleres dedicados a esa labor, pero no encuentro el aceite
recomendado por Toyota. Al final, aparco en una gasolinera. Dormiré
en el coche. Mañana será otro día. El empleado de
la estación de servicio, me ofrece té. Compartimos galletas
que saco de la despensa.
Emprendo la marcha a las nueve de la mañana.
No tengo agujetas. Al contrario, han desaparecido pequeñas molestias
que sufría en un tobillo. ¿Tendré que visitar un
castillo al día?. Aunque estoy siguiendo la carretera paralela
a la costa, apenas veo el mar. Fábricas, casas, hoteles llegan
hasta la orilla. No hay playas bonitas. No vale la pena detenerse. Encuentro
por fin un lugar en el que tienen aceite, alemán, apropiado para
el Toyota. Mientras trabajan, saco las cerezas que me quedan y las comparto
con ellos. El dueño prepara te. Arranca ocho naranjas del árbol
que tiene en el patio de atrás y las deja sobre el asiento de mi
coche. “Para el camino”. Comprueban niveles, la presión
de los neumáticos, limpian el filtro del aire y me cobran 35 euros
por tres latas de cuatro litros y el trabajo. Padre e hijo salen a despedirme,
deseándome un buen viaje.
Abandono la carretera del Caspio, para dirigirme hacia Teherán.
Paso entre montañas, carretera de un solo carril en cada dirección
en muchos tramos. No quiero imaginar los atascos que se deben producir
los fines de semana, cuando los habitantes de la capital, huyendo del
calor, se dirijan a las playas más cercanas. De 10 metros bajo
el nivel del mar se sube hasta 2.500. Cuestas, curvas y, al final, túneles
y un pantano. A poco de iniciar el descenso, me detengo en uno de los
numerosos restaurantes que hay a ambos lados de la vía. Cuando
entro en Teherán, enciendo el GPS. Menos mal que marqué
las coordenadas del hotel. Llego hasta la puerta sin mayor problema. Encuentro
a Salva que acaba de llegar. Ayer superó, con la bicicleta, el
puerto que he subido esta mañana. Durmió en la tienda, cerca
de un torrente.
El visado
de la India se demora. En Teherán, cierran las embajadas viernes
y sábado. En España, sábado y domingo. El horario
para tramitar visados es de 9 a 11,30. La diferencia horaria, entre los
dos países, es de dos horas y media. Se pierde otro día.
En fin, seis visitas. El teléfono que me dieron no deja de comunicar.
Cuando contesta alguien, me dejan a la espera, escuchando el tema musical
de la película “El Golpe”. Después de diez minutos,
una voz me indica que llame mas tarde. La única forma de enterarme
si se ha autorizado mi visado es personándome en la embajada. Para
preguntar hay que hacer cola. Paciencia. En esas situaciones, siempre
recuerdo al conductor que encontré hace años, en una zona
del desierto argelino, junto a su camión averiado. Estaba en mitad
de la nada. Una línea en el horizonte. Ningún punto de referencia,
nada. Una llanura uniforme. Suelo duro, sin baches ni ondulación.
Arena y pequeñas piedrecitas. Si quería mirar algo, se alejaba
un poco y veía el camión. Tenía agua y comida. Su
vehículo le proporcionaba sombra. Le pregunté cuanto tiempo
tenía que esperar la pieza que se había roto. “No
lo sé. Una vez estuve tres meses en el Tchad.” Tres meses.
Las dos primeras veces, he ido a la embajada en taxi. Las siguientes en
metro. Es rápido, limpio, con aire acondicionado. Sólo tiene
tres líneas, 44 estaciones. El billete de ida y vuelta cuesta 30
céntimos de euro.
En el hotel aparecen viajeros de distintos países.
Se intercambia información. Como he estado varios días,
he conocido diversos clientes. Desde el enigmático chino, biólogo,
que se dirige a Irak, en “viaje turístico”, después
de esperar durante ocho meses su visado, al simpático grupo madrileño,
formado por Paloma, Montse, Tere y Salva. También a Carlos, argentino
españolizado. Reside en Madrid actualmente, habiendo trabajado
con anterioridad en EEUU y Brasil. Se ha tomado unos meses de vacaciones.
Inició su viaje, en bicicleta, en Estambul. Su contacto con la
carretera le asustó. Estuvo a punto de abandonar, regresando a
Madrid. Se dio una segunda oportunidad. Se fue hacia el este de Turquía
en tren. Ha entrado en Irán por Azerbaiyán. Se dirige a
Turkmenistán. Otro pendiente de visados. Uno de los días,
llamaron a mi puerta tres jóvenes alemanes, buscaban información
sobre el visado de la India. El gerente, que conoce mis cuitas, me había
recomendado como “experto”. Me sorprendieron. Pertenecen a
ese grupo de gente que va feliz por la vida, esperando que todos sus problemas
se solucionen en el último momento. Quieren ir a la India y quedarse
hasta Navidad. No tienen dinero, porque que se les ha acabado el efectivo.
En Irán, debido a las sanciones por su proyecto nuclear, no pueden
cambiarse los cheques de viaje ni se puede sacar dinero de un cajero automático.
Por el mismo motivo, no creo que Western Union esté operativo para
recibir dinero de sus familias. El visado de Irán, les caduca dentro
de tres días. El mismo día en el que tienen la reserva para
volar a Dheli. El visado de la India, tarda como mínimo una semana.
“¿Qué podemos hacer?”. “Podemos volar
el viernes, nos darán uno en el aeropuerto de llegada”. Ingenua
inconsciencia juvenil. Aprenderán. Les he ayudado a establecer
un orden de prioridades y el camino lógico para solucionar sus
dificultades.
Por fin, figura en mi pasaporte el visado de la India, entradas múltiples,
seis meses de duración…… a contar desde el día
que me lo han entregado. Debo salir del país antes del 24 de Diciembre.
Eso altera mis planes. Bueno, tengo tiempo para pensar que haré.
Por lo pronto, mañana temprano saldré hacia Isfahán.
Siempre querré volver a Isfahán.
Enviado desde Teherán el 24 de Junio, 2008
Kilómetros recorridos 29.997
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