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Salgo
de Isfahán, camino de Teherán, acompañado por Naseri.
Está cumpliendo el servicio militar obligatorio. Ha de regresar
al cuartel esa noche, ha disfrutado de unos días de permiso. Ha
terminado su carrera universitaria. Le quedan 16 meses de “mili”.
Se aburre mucho. A media mañana terminan sus obligaciones, dispone
de mucho tiempo libre. Le recomiendo el Instituto Cervantes. Quiere aprender
español. Intentará ampliar conocimientos en el extranjero.
Su familia es acomodada, puede costearle un viaje a Europa y un curso
postgrado. Pasamos cerca de Qom, centro religioso de Irán. A los
no musulmanes no se nos permite la entrada en las principales mezquitas,
no vale la pena detenerse.
Al entrar en Teherán, encuentro el caos circulatorio,
una vez más, habitual en todas las grandes ciudades de los países
que estoy visitando. Encontrar el hotel que busco nos lleva más
de hora y media. Afortunadamente me acompaña Naseri, habla farsi
y conoce la ciudad. Sin su ayuda, me habría retrasado mucho más.
El hotel está en un callejón cerca de la plaza Jomeini,
corazón de la capital. Logro aparcar junto a la puerta. Es una
zona con numerosas tiendas de neumáticos. Para llegar hasta el
hotel, desde una calle principal, he seguido a un joven, que me ha guiado,
corriendo, por calles estrechas, con coches aparcados, entre los que he
pasado con gran dificultad. Lo primero que he hecho al bajar del Toyota
es marcar la posición en el GPS. Me he despedido de Naseri. Me
he comprometido a enviarle un CD con canciones en español. Mientras
veníamos, escuchando música, me ha preguntado en varias
ocasiones, el significado de determinadas palabras que no comprendía.
La traducción era anotada cuidadosamente en su libreta dedicada
a español. En pocos meses, si acude al Instituto Cervantes, como
me ha asegurado, estoy convencido de que hablará un castellano
aceptable.
Conseguir el visado de India se ha convertido en
mi principal fuente de preocupación (ojalá todos los problemas
que me encuentre sean de ese calibre). En la embajada, junto al formulario
que debía rellenar, me han exigido una carta de la delegación
española. En nuestra embajada, han tramitado, sin cobrarme nada
un documento personal que necesitaba –nada que ver con el viaje-,
pero cuando les he solicitado una “nota verbal”, la carta
que me pide la India, se han negado a redactarla. “Entrar en Pakistán
por Beluchistán está desaconsejado por el Ministerio de
Asuntos Exteriores. Es una zona muy peligrosa, con asaltos y raptos por
grupos armados incontrolados, en ambos lados de la frontera. “Busque
una ruta alternativa, por el norte o por barco, vía Omán,
hasta la India”.
Al día siguiente, les explico que la única posibilidad que
tengo de llegar a la India, con mi coche, es seguir la ruta tradicional:
la carretera que pasa por Bam, llega a Zahedan, ciudad peligrosa con traficantes
de droga, cruza la frontera con Pakistán, sigue hasta Quetta, en
paralelo a la cercana frontera con Afganistán, por una zona desértica.
De Quetta a Lahore, disminuye el riesgo. Firmo una carta, eximiendo de
responsabilidad a la embajada española. Consigo la nota verbal.
En la embajada india, relleno el formulario, adjunto fotos, fotocopia
del pasaporte, la dichosa carta, pago una cantidad por una conferencia
a Madrid, pidiendo autorización para el visado. Solicito seis meses
de permanencia en el país (es lo máximo permitido por turismo),
con entradas múltiples. Quiero acercarme a Nepal, China y pasar
las Navidades en España. Las funcionarias indias, protegidas por
rejas y un cristal, son puntillosas. Cuando les digo que voy en coche,
me indican que la nota verbal debería especificarlo. He de pedir
otra, en la embajada española, que lo haga constar. Pero…
ven el recibo que certifica que he pagado ya por la conferencia. Me añaden
un papelito con un nombre, indicándome que lo presente en recepción.
Después de una larga espera, me conducen hasta un despacho donde
encuentro a un funcionario a quien le gusta el fútbol. La noche
anterior ha visto ganar a España en el campeonato de Europa, está
contento. Le parece correcta toda la documentación entregada. ¿Se
habría comportado igual conmigo en caso de estar enfadado por una
causa ajena a mí? Cree que en una semana se resolverá el
trámite. Me da su nombre con un número de teléfono.
“Llame a partir del domingo”.
Una semana en Teherán. Tengo que aclarar que la capital parece
pertenecer a otro país. La gente amable que he encontrado hasta
ahora, esforzándose en ayudarte, ha desaparecido. Cuando pregunto
a alguien por algún lugar, lo habitual es que contesten “No,
no”, apoyándose con un gesto de las manos que indica claramente
que te largues. Los más comprensivos, señalan una dirección,
con el brazo extendido, diciendo “por allí” o “todo
recto”. Claro, “por allí” ¿hasta dónde?
¿cien metros? ¿dos kilómetros? ¿a la derecha
o a la izquierda?. Es agotador.
Mi oasis en la ciudad es el hotel, “Firuzek”,
sencillo, con gente amable que se esfuerza en que te encuentres a gusto.
Su gerente, Mousavi, que está detrás del mostrador desde
la ocho de la mañana hasta las diez de la noche, soluciona los
pequeños problemas que se les plantean a todos los viajeros que
llegan hasta aquí. Llama por teléfono, escribe direcciones
en farsi, indica horarios de medios de transporte, aconseja rutas, confía
en que los huéspedes vayan anotando las horas que utilizan Internet
o los tés que se tomen, para pagarlos cuando dejen el hotel. Es
lugar de encuentro de viajeros solitarios. He conocido a Salva, Álvaro
y Stephen. Dos españoles y un inglés. Viajan en bicicleta,
se encontraron en Tabriz.
Salva, 34 años, maestro, con plaza en Cazorla, pidió excedencia
el día que en que se dio cuenta que la vida que llevaba, cómoda
pero rutinaria, seguiría transcurriendo sin mayores alicientes.
Había probado anteriormente la peligrosa fruta de la aventura,
un sabor que crea adicción a casi todos aquellos que lo han disfrutado
alguna vez. Había rodado, en compañía de un amigo,
por las estepas de Mongolia, y los desiertos del Yemen. Se decidió.
Empezó un largo viaje de vuelta al mundo. Empezó por África.
Bajó por Marruecos, la Costa de Guinea, Angola, Namibia, Sudáfrica.
Desde Ciudad del Cabo, siguió su viaje por Mozambique, Malawi,
Tanzania, Kenia, Etiopía, Sudán, Egipto, Jordania, Siria,
Turquía e Irán. Dos años y medio de libertad y grandes
satisfacciones. Los malos momentos, deben haber sido muchos, los recuerda
anecdóticamente. Sigue ilusionado su viaje hacia el este.
Álvaro, 40 años, abogado y payaso. Trabajaba en una notaría
en Madrid. Hace cuatro años, vendió su coche, buscó
ayudas, creó un proyecto plasmado en su Web www.biciclown.com También
ha recorrido África, continua hacia Oriente.
Stephen no es tan decidido. Le ilusiona viajar en
bicicleta pero sólo por periodos de dos o tres meses. Regresa a
Londres, descansa un par de meses y reanuda el viaje donde lo interrumpió.
Los tres están tramitando los visados de los países que
cruzarán. Todos esperamos. Teherán no es el mejor lugar
para pasar los días. Se visita algún museo, pero terminas
por huir en busca de nuevos lugares menos agobiantes, que estén
relativamente cerca.
Yo he elegido los jardines y museos del palacio Golestan. Está
cerca del hotel. He podido ir andando. Las últimas modificaciones
se efectuaron en el siglo XIX. Hay varios edificios en un gran jardín.
Algunos están cerrados al público. Todos son distintos,
interesantes, esculturas, bronces, cuadros, espejos. En la que fue sala
de audiencias, se levanta un trono de alabastro sostenido por esculturas.
Las paredes exteriores están decoradas con azulejos, sobre los
que destacan diversos motivos. Está prohibido el uso de la cámara
fotográfica en los interiores. Yo disparo sin flash. No me escondo.
Los guardas ven que preparo la cámara. En ocasiones me permiten
que fotografíe las salas y en otras no.
Cruzar la calzada entraña más riesgo
que atravesar Pakistán, atestiguado por datos estadísticos.
Entre 20 y 25.000 muertos al año, por accidentes de tráfico.
Ignoro el número de heridos graves. Deberían hacerles comprender
que respetar las normas de tráfico de puro sentido común
sería más conveniente que confiar en que Allah les proteja.
Peatones y motoristas juegan a diario al “sálvese quien pueda”.
Sólo unos pocos motoristas utilizan casco, desde luego inútiles
en caso de accidente, son como los que se usan en las obras de construcción.
Los coches y autobuses suelen respetar los semáforos. Algunos motoristas
y peatones ni los miran. Los policías de tráfico observan
el espectáculo. Si eres de los que esperas para cruzar a que se
encienda la luz verde para los peatones, ten cuidado. Para agilizar el
tránsito, los vehículos pueden girar aunque tengan luz roja
para cruzar. No se detienen, te sortean. Las motos son peligrosísimas,
los coches les limitan la visión. No frenan nunca, te esquivan.
Estoy acostumbrado, por mi experiencia cairota, a cruzar las calles entre
coches, pero esa mezcla al 50 por ciento de coches y motos es explosiva.
No puedes confiarte ni en la aceras. No se te ocurra cambiar de dirección
bruscamente sin comprobar que tienes detrás. En las calles de dirección
única los motoristas circulan, rápidos, por las aceras,
en dirección contraria, para acortar trayecto. Recuerda. No frenan,
te esquivan.
Es fácil comprender que con estas condiciones no apetezca
pasear por las calles de Teherán. Otro inconveniente, en el centro
sobre todo, es la escasa oferta de bares y restaurantes donde sentarse
para descansar un rato. Salvo en los hoteles, lo habitual son pequeños
locales de comida rápida, nada acogedores.
Mi otra “escapada” del hotel ha sido para acercarme al Museo
Nacional de Irán. Lamento decir que me ha decepcionado. Esperaba
más. Por supuesto muestra objetos, de indudable valor, prehistóricos
y persas.
Todos
escapamos de Teherán. Hay muchos lugares interesantes en la capital.
Palacios, museos, bazar, colección imperial de joyas, con el mayor
diamante rosa del mundo, 182 quilates, jardines, parques…. Pero
la gran ciudad nos agobia. Si hay que esperar unos días para recoger
los visados, mejor pasarlos en Isfahán. Yo me voy hacia el norte.
Por supuesto que regresaré a Isfahán, pero cuando ya tenga
el visado de la India e inicie camino hacia la frontera de Pakistán.
Leo en el periódico, que miembros de la “Armada de Dios”
han asaltado una comisaría en Beluchistán, raptando a 17
policías iraníes. Han huido hacia Paquistán con los
rehenes. Intentan canjearlos por su líder que está encarcelado.
Menos mal que eso ha ocurrido después de haber entregado toda la
documentación necesaria para tramitar el visado de la India. Esa
noticia alarmante, que confirma la peligrosidad de la zona, motivará,
sin lugar a dudas, un mayor despliegue policial y del ejercito en todo
el área. Los grupos incontrolados se mantendrán ocultos,
por lo menos durante un tiempo. Espero que sea el suficiente para que
pueda atravesar la zona conflictiva sin mayores sobresaltos. Me acompañará,
en ese trayecto, unos tres días, Naoki, un joven japonés,
nacido y residente en Milán, que he conocido en el hotel. Tiene
doble nacionalidad. Para viajar por Asia, utiliza el pasaporte japonés,
le agiliza los trámites. Ha pedido el visado de la India por la
mañana y me lo ha mostrado por la tarde,
En el viaje hacia el Mar Caspio, me acompaña Fredrik, 23
años, sueco, estudiante. Viajar conmigo le facilita el acceso a
los lugares que queremos ver. Entre ciudades y pueblos siempre hay autobuses
de línea regular, pero llegar a lugares aislados obliga a utilizar
taxis. El presupuesto de viaje de un estudiante, aunque sea sueco, no
permite tales dispendios. Nuestro primer objetivo es Alamut, allí
se encuentra uno de los castillos en los que se refugiaron los ismailies,
los seguidores de Hassan Sabah (mi nota sobre esa secta puede verse en
lo que escribí el 31 de Marzo, cuando visité el castillo
de Muysaf, en Siria), conocido en Europa, como el “Viejo de la Montaña”.
Construyeron sus castillos en zonas aisladas, de difícil acceso.
Existe una ruta, el valle de los asesinos, que llega hasta ellos. Para
emprenderla se necesita guía, porteadores, estar en buena condición
física y disponer de tiempo, una semana. Fredrik y yo nos reunimos
las condiciones previas, así que nos limitamos a ver el de Alamut,
el más accesible. Lo mejor de ese lugar es “ir hacia él”.
Dejamos la autopista que une Teherán a Tabriz, para tomar una carretera
secundaria, estrecha, 80 kms, que atraviesa tres valles, no siguiendo
un río, sino subiendo y bajando montañas, superando fuertes
pendientes y peligrosos descensos, con curvas muy cerradas. El paisaje
es impresionante. Rodeados de montañas, con algo de nieve en sus
cumbres. Paredes rocosas, escarpadas, áridas. Sólo se ven
árboles y campos labrados cerca del cauce del río. Es fácil
seguir la ruta. Hay carteles indicadores que conducen hasta la base de
un promontorio rocoso sobre el que se conservan las ruinas, en proceso
de restauración, del castillo de Hassan. Todas las fortalezas fueron
tomadas por los mongoles en el siglo XIII. Los ismailies tuvieron que
refugiarse en el actual Paquistán. Sus seguidores buscaron nuevos
lugares. Algunos se instalaron en Yemen. En Mombasa, Kenia, hay una rica
comunidad ismailí, dedicada al comercio. Su líder es el
Agha Kan.
Se ha facilitado el ascenso hasta las ruinas del castillo con unos escalones
de piedra. El último tramo se supera gracias a unas escaleras de
mecano tubo. Una vez arriba, se goza de un punto de observación
extraordinario. Las ruinas en si no son interesantes. Hay poco que ver.
Pero el camino, el ascenso, el paisaje, el gran peñasco sobre el
que se alza el castillo, el sabor de las cerezas que nos han regalado
unos recolectores, el fresco zumo natural, de melón, que ha calmado
nuestra sed, nos han compensado ampliamente el esfuerzo realizado, Ha
sido una buena mañana. Además, ¿hay casualidades?.
Llega poca gente hasta aquí. No hay autobús regular. Cuando
bajábamos, nos hemos encontrado, en la zona intermedia, en unos
bancos, en un cobertizo que protege del fuerte sol, un grupo de cuatro
mujeres. Tres ellas, jóvenes, iraníes, residentes en EEUU.
La otra vive en Zahedán, la ciudad peligrosa, cercana a la frontera
de Paquistán, por la que tengo que pasar. “Si tiene algún
problema, llámeme. Intentaré ayudarle”. He guardado
dirección y teléfono. Ojalá no necesite usarlo. Qué
casualidad. No hay nadie, y de repente, aparece a una persona que vive
a 1.800 kms, que tal vez pueda llegar a necesitar.
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