Crónica 16: del 2 al 11 de junio, 2008 (2ª)

Irán






La plaza del Imam es un lugar de encuentro. Son pocos los turistas extranjeros que se ven. Todos los días, sin falta, en un momento u otro, he acudido hasta ese lugar. Siempre me he encontrado con determinadas personas que he conocido estos días. Amir, Mohamed, Morteza, Naderi, Alí…Hossein, Mahdi, Hassan, estos últimos propietarios de la tienda “Nomad” de alfombras, que anteriores viajeros mencionan en sus crónicas. Ninguno de ellos ha intentado venderme nada. Hemos pasado un rato charlando, mientras sorbíamos tazas de té con azafrán a las que me invitaban. Amir ha vivido veinte años en España, extrovertido, generoso, buen conversador. Morteza es copropietario de una tienda de alfombras. El y su amigo Naderi, estudian español, por sus propios medios, sirviéndose de libros y canciones. Hossein tiene una tienda en Vigo. Me han recomendado restaurantes y bares. Gracias a ellos he conocido la casa de té “Azadegan”, escondida en un callejón, con techo y paredes que se ocultan detrás de fotografías y diversos objetos. O el “Traditional Banquet Hall”, un restaurante que, además de la decoración, permite disfrutar de un menú más amplio y variado que el resto.
La Puerta Qaisarieh, que da paso al Bazar, en el lado norte de la plaza, tiene la parte superior de sus paredes decorada con frescos que representan batallas y escenas de caza. Fue construida a principio del siglo XVII.


Cerca del hotel donde me alojo, se levantan dos edificios singulares. El primero, el palacio Hasht Behesht, Ocho Paraísos, en un arbolado parque muy frecuentado. El interior está cerrado al público, pero las paredes laterales de sus arcos, decoradas con azulejos esmaltados, permiten disfrutar del elaborado trabajo de los artesanos que representaron un variado conjunto de animales y flores. Cada ángulo es distinto. En dos de ellos, ángeles volando. Muy cerca, la madrasa Chahar Bagh. Habitualmente no se puede visitar, ya que está en uso, como Escuela Teológica, pero…. durante los días festivos…. Vi la puerta abierta, la traspasé. Entré en el patio central. Apareció un guardián que me indicó que debía salir. Le rogué que me permitiera dar una vuelta. Accedió previo pago de 30.000 riales (dos euros. El billete de entrada a Persépolis me costó 5.000 riales). La madrasa formaba parte de un gran complejo construido a principios del siglo XVIII. Un antiguo caravansaray es hoy en día el mejor hotel de Isfahan, Abbasi, un cinco estrellas con patio ajardinado y piscinas, con precio muy asequible para los turistas extranjeros. Otro edificio anexo, el Bazar Honar, está ocupado por joyerías. El patio central de la madrasa tiene un estanque que lo parte en dos. Bancos bajos los árboles. Me senté, contemplando detenidamente el equilibrado conjunto, una de las últimas obras de la edad de oro de la ciudad. La decoración de paredes, cúpula y minaretes se asemeja a la de la mezquita del Imam. Tuve suerte. Días festivos. Puerta abierta. Guardián comprensivo.

Las visitas a las mezquitas de Lotfollah y del Imam, ambas en la plaza, las he pospuesto hasta el primer día laborable. Las dos rozan la perfección, siendo muy distintas. La del Imam está considerada una de las grandes obras de la arquitectura mundial. Sobre la gran sala donde se encuentra el mihrab, se alza una cúpula de 38 metros de altura interior, decorada con cerámica. Justo debajo del centro, en el suelo, una piedra negra, rectangular de unos sesenta centímetros de lado. Desde ese punto, hablando bajo, la voz llega a cualquier lugar de la sala. El efecto acústico es sorprendente. La decoración de paredes y cúpulas, en las distintas salas, fachada y minaretes es un elaborado trabajo con cerámica esmaltada, representando motivos florales, combinando colores. La fachada tiene una altura de 30 metros. Los dos minaretes que la flanquean, 42. Hay varios motivos que rompen la simetría, intencionadamente, para recordar que la perfección absoluta solo puede lograrla Allah. Así, por ejemplo, en la columna decorativa, a la izquierda de la puerta, se ha esculpido un jarrón, que no figura en la columna de la derecha. Se puede jugar a buscar los “errores”. Yo solo fui capaz de descubrir tres. Me indicaron siete.
La mezquita Lotfollah, es pequeña, no tiene patio ni minaretes, su decoración se basa en azulejos esmaltados, con diversos motivos florales. La puerta da entrada a un pasillo que conduce a una sala rectangular, con cúpula. Sencilla, pero bellísima. El día que la visité se produjo un corte de electricidad. La única luz que entraba lo hacía a través de las celosías de cerámica de sus ventanas. No quise volver a verla con luz eléctrica. El tiempo que permanecí en su interior, solo, fue un regalo inesperado. No quiero modificar la impresión que me produjo.




Ha valido la pena esperar a que abandonaran la ciudad todos aquellos que llegaron estos días. Por fin he podido entrar en los palacios Ali Qapú y Chehl Sotun sin apretujones. Ambos, construidos en el siglo XVII. Los dos decoran sus paredes interiores con frescos de excepcional valor. El de Sotun, además, está rodeado de un extenso jardín. Frente a la fachada, un estanque de 110 metros de largo por 16 de ancho que refleja las columnas de madera, antiguamente cubiertas por espejos, con trabajados capiteles.
Para acercarme a la catedral Armenia, en los nuevos barrios al sur de la ciudad, opto por pasear hasta el río, cruzar el puente Sio Seh y utilizar un autobús público. El conductor me avisará en la parada que tengo que bajar. La gente paga al descender, supongo que el precio del billete varía según la distancia recorrida. Cuando llego a la parada en la que tengo que bajar, el conductor, poniendo la mano derecha a la altura del corazón, me sonríe y me indica que estoy invitado. Hace mucho calor. Antes de llegar a la catedral Vank, me detengo en un bar de zumos y tomo uno de melón. Me estoy convirtiendo en adicto. Son las tres y media de la tarde.

La comunidad armenia se estableció en Isfahán en el siglo XVII. La catedral, es la iglesia armenia más importante del país. Sobre la puerta principal, una torre con reloj. En el patio, varios edificios, en uno de ellos el museo, dedicado en gran parte a la matanza de la colectividad armenia, en Turquía, en 1.915. Cerca, un sencillo monumento en recuerdo a las víctimas.
Sorprende la mezcla de estilos arquitectónicos. La cúpula, semejante a las iraníes, la torre del campanario, en el patio, sobre columnas. La iglesia se encuentra frente al museo. Sus paredes están decoradas con azulejos esmaltados y pinturas de gran calidad.


Enviado desde Teherán el 13 de Junio, 2008
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