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La
plaza del Imam es un lugar de encuentro. Son pocos los turistas extranjeros
que se ven. Todos los días, sin falta, en un momento u otro, he
acudido hasta ese lugar. Siempre me he encontrado con determinadas personas
que he conocido estos días. Amir, Mohamed, Morteza, Naderi, Alí…Hossein,
Mahdi, Hassan, estos últimos propietarios de la tienda “Nomad”
de alfombras, que anteriores viajeros mencionan en sus crónicas.
Ninguno de ellos ha intentado venderme nada. Hemos pasado un rato charlando,
mientras sorbíamos tazas de té con azafrán a las
que me invitaban. Amir ha vivido veinte años en España,
extrovertido, generoso, buen conversador. Morteza es copropietario de
una tienda de alfombras. El y su amigo Naderi, estudian español,
por sus propios medios, sirviéndose de libros y canciones. Hossein
tiene una tienda en Vigo. Me han recomendado restaurantes y bares. Gracias
a ellos he conocido la casa de té “Azadegan”, escondida
en un callejón, con techo y paredes que se ocultan detrás
de fotografías y diversos objetos. O el “Traditional Banquet
Hall”, un restaurante que, además de la decoración,
permite disfrutar de un menú más amplio y variado que el
resto.
La Puerta Qaisarieh, que da paso al Bazar, en el lado norte de la plaza,
tiene la parte superior de sus paredes decorada con frescos que representan
batallas y escenas de caza. Fue construida a principio del siglo XVII.
Cerca
del hotel donde me alojo, se levantan dos edificios singulares. El primero,
el palacio Hasht Behesht, Ocho Paraísos, en un arbolado parque
muy frecuentado. El interior está cerrado al público, pero
las paredes laterales de sus arcos, decoradas con azulejos esmaltados,
permiten disfrutar del elaborado trabajo de los artesanos que representaron
un variado conjunto de animales y flores. Cada ángulo es distinto.
En dos de ellos, ángeles volando. Muy cerca, la madrasa Chahar
Bagh. Habitualmente no se puede visitar, ya que está en uso, como
Escuela Teológica, pero…. durante los días festivos….
Vi la puerta abierta, la traspasé. Entré en el patio central.
Apareció un guardián que me indicó que debía
salir. Le rogué que me permitiera dar una vuelta. Accedió
previo pago de 30.000 riales (dos euros. El billete de entrada a Persépolis
me costó 5.000 riales). La madrasa formaba parte de un gran complejo
construido a principios del siglo XVIII. Un antiguo caravansaray es hoy
en día el mejor hotel de Isfahan, Abbasi, un cinco estrellas con
patio ajardinado y piscinas, con precio muy asequible para los turistas
extranjeros. Otro edificio anexo, el Bazar Honar, está ocupado
por joyerías. El patio central de la madrasa tiene un estanque
que lo parte en dos. Bancos bajos los árboles. Me senté,
contemplando detenidamente el equilibrado conjunto, una de las últimas
obras de la edad de oro de la ciudad. La decoración de paredes,
cúpula y minaretes se asemeja a la de la mezquita del Imam. Tuve
suerte. Días festivos. Puerta abierta. Guardián comprensivo.
Las
visitas a las mezquitas de Lotfollah y del Imam, ambas en la plaza, las
he pospuesto hasta el primer día laborable. Las dos rozan la perfección,
siendo muy distintas. La del Imam está considerada una de las grandes
obras de la arquitectura mundial. Sobre la gran sala donde se encuentra
el mihrab, se alza una cúpula de 38 metros de altura interior,
decorada con cerámica. Justo debajo del centro, en el suelo, una
piedra negra, rectangular de unos sesenta centímetros de lado.
Desde ese punto, hablando bajo, la voz llega a cualquier lugar de la sala.
El efecto acústico es sorprendente. La decoración de paredes
y cúpulas, en las distintas salas, fachada y minaretes es un elaborado
trabajo con cerámica esmaltada, representando motivos florales,
combinando colores. La fachada tiene una altura de 30 metros. Los dos
minaretes que la flanquean, 42. Hay varios motivos que rompen la simetría,
intencionadamente, para recordar que la perfección absoluta solo
puede lograrla Allah. Así, por ejemplo, en la columna decorativa,
a la izquierda de la puerta, se ha esculpido un jarrón, que no
figura en la columna de la derecha. Se puede jugar a buscar los “errores”.
Yo solo fui capaz de descubrir tres. Me indicaron siete.
La mezquita Lotfollah, es pequeña, no tiene patio ni minaretes,
su decoración se basa en azulejos esmaltados, con diversos motivos
florales. La puerta da entrada a un pasillo que conduce a una sala rectangular,
con cúpula. Sencilla, pero bellísima. El día que
la visité se produjo un corte de electricidad. La única
luz que entraba lo hacía a través de las celosías
de cerámica de sus ventanas. No quise volver a verla con luz eléctrica.
El tiempo que permanecí en su interior, solo, fue un regalo inesperado.
No quiero modificar la impresión que me produjo.
Ha
valido la pena esperar a que abandonaran la ciudad todos aquellos que
llegaron estos días. Por fin he podido entrar en los palacios Ali
Qapú y Chehl Sotun sin apretujones. Ambos, construidos en el siglo
XVII. Los dos decoran sus paredes interiores con frescos de excepcional
valor. El de Sotun, además, está rodeado de un extenso jardín.
Frente a la fachada, un estanque de 110 metros de largo por 16 de ancho
que refleja las columnas de madera, antiguamente cubiertas por espejos,
con trabajados capiteles.
Para acercarme a la catedral Armenia, en los nuevos barrios al sur de
la ciudad, opto por pasear hasta el río, cruzar el puente Sio Seh
y utilizar un autobús público. El conductor me avisará
en la parada que tengo que bajar. La gente paga al descender, supongo
que el precio del billete varía según la distancia recorrida.
Cuando llego a la parada en la que tengo que bajar, el conductor, poniendo
la mano derecha a la altura del corazón, me sonríe y me
indica que estoy invitado. Hace mucho calor. Antes de llegar a la catedral
Vank, me detengo en un bar de zumos y tomo uno de melón. Me estoy
convirtiendo en adicto. Son las tres y media de la tarde.
La comunidad armenia se estableció en Isfahán
en el siglo XVII. La catedral, es la iglesia armenia más importante
del país. Sobre la puerta principal, una torre con reloj. En el
patio, varios edificios, en uno de ellos el museo, dedicado en gran parte
a la matanza de la colectividad armenia, en Turquía, en 1.915.
Cerca, un sencillo monumento en recuerdo a las víctimas.
Sorprende la mezcla de estilos arquitectónicos. La cúpula,
semejante a las iraníes, la torre del campanario, en el patio,
sobre columnas. La iglesia se encuentra frente al museo. Sus paredes están
decoradas con azulejos esmaltados y pinturas de gran calidad.
Enviado
desde Teherán el 13 de Junio, 2008
Kilómetros recorridos 28.885
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