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De
camino hacia Isfahán se encuentran algunos lugares interesantes,
como los pueblos de Nadushan y Meybod, el templo de Zoroastro de Chakcha.
Todos obligan a un pequeño desvío de la carretera principal.
Ya los veré más adelante, tengo ganas de llegar cuanto antes
a Isfahán, tampoco quiero retrasar los trámites de visado
para la India que debo realizar en Teherán.
Cubro los 325 kms de excelente carretera en unas
cuatro horas. Mi primera impresión es negativa. Mucho tráfico,
dificultad para encontrar un lugar donde dejar el coche, poder preguntar
a alguien la dirección correcta hasta llegar al hotel que busco.
Calor. A las cuatro de la tarde, las condiciones han cambiado. He encontrado
hotel en un buen emplazamiento a un precio asequible, teniendo en cuenta
que al día siguiente se inician cinco días festivos que
son aprovechados por numerosos turistas nacionales para visitar la ciudad.
Los precios suben cuando la demanda aumenta. La calle en la que se encuentra
el hotel es la arteria principal de la ciudad, de norte a sur. Paseo arbolado,
con
bancos,
que en dirección sur, a unos quinientos metros, encuentra el rio
Zayandeh, que parte la ciudad en dos. Los antiguos barrios se hallan en
la parte norte, cerca de donde me encuentro. Una vez aposentado, el Toyota
en un parking vigilado, voy al encuentro de la plaza del Imam, corazón
de Isfahán. Todavía ignoro el camino más directo.
Cruzo un parque sombreado con algunos grupos sentados sobre la hierba.
A mi derecha, a unos cien metros, un palacio. Ya lo veré más
adelante. Me atraen los minaretes que se alzan delante de mí, a
unos quinientos metros. Camino lentamente. Poca gente en la aceras. Cruzo
una última calle por la que transitan vehículos, entro en
una zona peatonal y …. llego a la espectacular plaza del Imam. 510
metros de largo por 165 de ancho. Se construyo hace casi cuatrocientos
años, perfecta. La planta baja está ocupada por tiendas,
rematadas por un arco persa. El piso superior
repite el diseño de la planta baja, pero en vez de tiendas, el
espacio está ocupado por balcones vacíos. En cada uno de
los lados de la plaza, se alza un monumento que rompe la simetría,
ofreciendo un conjunto inolvidable. En el sur, la mezquita del Imam, del
siglo XVII; en el oeste, el palacio Ali Qapú, destinado, cuando
se construyo, a recibir las delegaciones que llegaban del extranjero;
en el este, la mezquita Lotfollah; en el norte, la puerta Qasarieh, la
entrada al Bazar, cinco kms. de galerías, con infinidad de tiendas.
En el espacio central de la plaza, un gran estanque y jardines. Calzada
enlosada, rodeando el estanque por la que transitan únicamente
calesas. Las tiendas tienen acceso desde la plaza y desde la gran galería
que la rodea. Desde 1979, la plaza del Imam, una de las más grandes
del mundo, figura en el catalogo de la Unesco, como bien cultural, patrimonio
de la humanidad.
Inicio un paseo por las galerías, continuo
por la zona ajardinada. Un primer contacto. Intento que la sorpresa ante
el conjunto, no me impida la observación de los detalles. El sol
inicia su descenso. Es el momento de subir a la terraza de una casa de
té, junto a la puerta del Bazar, que ofrece un punto de vista inmejorable.
Visita obligada a esta hora. Ahí se reúnen los pocos turistas
que no viajan en grupo. La oferta es limitada. Te, pastelitos de hojaldre
–riquísimos-, agua fresca y narguilé. La gran extensión
de la plaza se usó para jugar partidos de polo. Todavía
pueden verse los pilones de mármol que se utilizaban como porterías.
Al oscurecer, la plaza ofrece su otra cara. Se encienden las farolas.
Se iluminan las mezquitas y el palacio. En esta época, la temperatura
desciende hasta los 23 o 24 grados. Me siento en un pequeño muro
de piedra frente a la fachada de la mezquita del Imam. Venir a Isfahán,
justifica un viaje a Irán. Entablo conversación con Husein,
un profesor de árabe. Me presenta a su esposa, su hija y su nieta,
Fátima, cinco años, que no deja de hacerme preguntas en
farsi. El tiempo transcurre lentamente, casi se detiene. Creo que estoy
intentando, inconscientemente, retener esta imagen, fijarla, incluirla
en mi fichero de momentos especiales. Sólo hace unas horas que
he llegado a Isfahán y ya sé que siempre querré volver.
Al
día siguiente, la ciudad se ha llenado de gente. La placidez que
ofrecía la plaza del Imam ha desaparecido. Es difícil pasear
por las galerías sin tropezar con las numerosas personas que avanzan
y se detienen ante un escaparate. Cualquier sombra en los jardines es
aprovechada para sentarse sobre la hierba, y descansar un rato. Se forman
largas colas para dar una vuelta a la plaza en calesa. Otra cola para
comprar un helado exquisito, por veinte céntimos de euro. Los palacios
se llenan de visitantes los días que están abiertos. Como
son días festivos, aniversario de la muerte de Jomeini, se han
reducido los días de visita. Restaurantes abarrotados. Mejor visitar
otras zonas de la ciudad. La catedral armenia, en el sur de la ciudad,
cerrada. ¿Qué hago? Esperar. Esperar a que a que todo vuelva
a ser como el día que llegué. Esperar a que Isfahán
recobre su ritmo habitual.
He paseado por las riberas del Zayandeh, jardines
preparados para recibir los numerosos grupos de familias que pasan el
día junto al río. Extienden sus alfombrillas, preparan sus
kebabs y arroces sobre barbacoas portátiles, duermen la siesta,
mientras los niños juegan, lejos de coches y motocicletas. Hay
numerosos puestos de venta de bebidas y helados. Fuentes de agua fría
para beber o lavar platos, vasos y cazuelas. Junto a los puentes, que
se utilizaban también para regular el paso del agua, plataformas
y escalones de piedra ofrecen puntos de apoyo para remojarse y soportar
el calor diurno. Barquitas a pedales para dar unas vueltas, cerca de un
surtidor, en el centro del rio, que lanza a gran altura un potente chorro
de agua que el viento dispersa. He visto tres puentes de piedra. El Sio
Seh, treinta y tres arcos, construido a principios del siglo XVII, tiene
una anchura de 14 metros. Junto a una de las orillas, hay una casa de
té. Por la noche, sirven una sopa, digamos, “contundente”.
En la parte superior, hay una calzada central, por la que, hace años,
pasaban los coches y dos galerías estrechas laterales. Sentarse
entre los arcos, a la sombra, permite refrescarse con la constante corriente
de aire. En esta época, porque en invierno hace frio y es fácil
resbalar sobre la piedra cubierta de una fina capa de hielo. Otro puente,
con menor aglomeración es el Gubi, también del siglo XVII,
menos espectacular, con 21 arcos, cerrado al paso de motocicletas por
pilones de piedra. El tercer puente, Khaju, es el más hermoso.
132 metros de largo por 12 de ancho. Estos días de vacaciones estaba
muy concurrido. Bajo los arcos del primer nivel, muchas familias, instaladas
con todos los pertrechos necesarios para pasar el día. Es una pena
que estén cerradas las dos casas de té que funcionaron durante
años.
En
ese largo deambular cerca de los puentes, me han invitado, en varias ocasiones,
a tomar te e incluso a comer arroz y kebab. Me he quitado los zapatos,
me he sentado junto a la familia compartiendo un rato de compañía,
lástima no hablar farsi. Es una pena no poder comunicarse con personas
que intentan establecer lazos de acercamiento. Me gustaría conocer
la vida de los iraníes, qué piensan, cómo viven,
cuáles son sus principales preocupaciones. Ellos están interesados
en saber qué opinión tenemos en nuestros países sobre
ellos. Sólo en contadas ocasiones, cuando me encuentro a alguien
que habla inglés, tengo acceso a sus inquietudes actuales. Cerca
del puente Khaju, se dirigió a mí, un chico joven, 22 años,
acompañado por su hermana, cubierta con el tradicional chador.
Estuvimos toda la tarde juntos. Eran de Mashhad, cerca de la frontera
con Turkmenistán. Ella cursa el último año de carrera
en Isfahán. El había ido a visitarla. A él, Mehdi,
le quedan dos años de universidad, luego el servicio militar, dos
años más, después buscar trabajo, luego casarse y
formar familia. Es uno de los pocos jóvenes con los que he conversado
que no habla mal de su gobierno. Sabe que le costara encontrar un buen
empleo estable, pero me preguntaba si conocía algún país
en el que fuera fácil para los jóvenes encontrar trabajo
al terminar sus estudios. Cree que el país continuara desarrollándose
en el futuro. Acaban de descubrir un nuevo yacimiento petrolífero.
Confía en el buen entendimiento político con Asia. Mientras
hablábamos y me preguntaba usos y costumbres en Europa, iba recogiendo
del suelo, cuando las encontraba, latas y botellas de plástico
vacías que depositaba en la papelera más cercana. Cuando
nos despedimos, antes de subir al autobús, nos dimos un gran abrazo,
intercambiamos direcciones y me invitó a su casa, cuando yo llegara
a Mashhad.
Los días en Isfahán han sido muy placenteros,
a pesar de la invasión humana, propiciada por los días festivos.
En ningún momento, he presenciado disputas o discusiones. He encontrado
a algunos españoles. Tres vascas muy divertidas, de Vitoria, viajando
en autobús. Una de ellas, recientemente jubilada, tiene una furgoneta
preparada para viajar. Hasta ahora sólo la ha utilizado por Europa,
pero después de verme feliz y contento, habiendo llegado hasta
Isfahán con el Toyota, me ha asegurado que va a preparar un viaje
más largo. Se ha animado. Ojala se decida. En la visita a la mezquita
del Imam, encontré a dos parejas. Les acompañe a un taller
en el que imprimen manualmente telas de algodón. Colchas, manteles,
tapetes. Padre, hijos y nietos mantienen la producción artesanal.
Un día, en que todo estaba cerrado, me acerque a la mezquita del
Viernes. Su construcción se inició en el siglo XI y finalizó
a finales del XVIII. Se mezclan estilos arquitectónicos de distintas
épocas. La austeridad de su sala de columnas contrasta con el patio,
construido posteriormente. Para llegar a la mezquita, me interné
en las desiertas calles del bazar. Descubrí la madrasa Emami, tras
una puerta entreabierta. Es del siglo XVI. No encontré a nadie
en el ajardinado patio central. Aulas y habitaciones de los residentes
estaban cerradas. Imposible imaginar ese armonioso conjunto, si la puerta
de la madrasa hubiera estado cerrada. Aproveche para acercarme a la tumba
de Harun Velayat, de principios del siglo XVI. Las paredes de la antesala
donde se encuentra el sarcófago están decoradas con frescos
y azulejos.
Durante los días que he permanecido en Isfahán,
he regresado al hotel, caminando, después de cenar. Lejos del rio
y de la plaza del Imam, parques y calles están desiertos. En ningún
momento he tenido sensación de inseguridad. Muy al contrario. He
disfrutado de la noche, como muchos años atrás podía
hacer en Barcelona.
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