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He
entrado en la zona arqueológica a las ocho de la mañana.
Creo que he sido el primer visitante del día. Persépolis
no recibe la afluencia masiva de visitantes que puede verse en Egipto,
Jordania o Turquía. En las cuatro horas que he estado, me he cruzado
con algunos iraníes, una pareja alemana y un grupo de 14 mujeres
italianas.
La escalera que permite ascender a la gran terraza es larga, poca pendiente,
escalones bajos. Los caballos podían subirla fácilmente.
Después de superar esa escalera, veo inmediatamente qué
se mantiene de Persépolis. Paseando entre las paredes, escaleras,
puertas, columnas que quedan, empiezo a reconstruir mentalmente cómo
debía ser. Ese gran salón de recepciones, ahora mostrando
la planta y restos de columnas. Algunas mantienen los capiteles. 36 columnas,
de 19 metros de altura, en una sala 60x60 metros, sosteniendo grandes
vigas de cedro. Columnas y capiteles policromados. Algunas grandes puertas
conservan sus relieves. Esas enormes figuras tenían que causar
gran impresión a aquellos que llegaban hasta aquí. Se mantienen
en muy buen estado muchos relieves. Tienen unidad, el conjunto resulta
equilibrado.
Cerca, en la ladera de la montaña, se hallan las tumbas de Darío
III, Artajerjes II y Artajerjes III. Desde la segunda se goza de un punto
de vista óptimo sobre el recinto de Persépolis.
Al salir, un alto en la Puerta de Jerjes. Entre varias inscripciones que
dejaron algunos viajeros que pasaron por aquí, me atrae la de Stanley,
de 1.870, antes de ir en busca de David Livingstone.
Los
grupos de turistas que llegan hasta aquí, se alojan en Shiraz,
pero algunos almuerzan en el restaurante en el que me encuentro. En los
días que he permanecido en el “Laneh Tavoos”, he coincidido
con un grupo italiano, uno japonés y otro alemán. Uno de
los guías me ha proporciona un mapa de Yazd, con la dirección
de un hotel que me recomienda. ¿Precio? 11 euros. Probaré.
Antes de llegar a Yazd, me acerco a visitar tres interesantes lugares.
Naqsh-e Rajab ofrece cuatro relieves esculpidos en rocas del siglo III
de nuestra era. A pocos kilómetros, se encuentra un conjunto de
tumbas, relieves y monumentos, construidos en épocas muy lejanas
unas de otras. Destacan, sobre una gran pared, Naqsh-e Rustam, cuatro
tumbas, en forma de cruz, con más de 20 metros de altura. El gran
muro forma un ángulo recto. En el lado derecho, según se
entra en el recinto, se encuentra la tumba de Darío II. Debajo
de las otras tres tumbas, Darío I, Jerjes y Artajerejes I, se muestran
excelentes relieves muy posteriores, escenas de torneos, investidura de
reyes, celebración de victorias. Frente a las tumbas, una torre
de fuego, conocida como “Cubo de Zoroastro”, 12 metros de
altura. Se ignora cual era su finalidad.
Encuentro a dos jóvenes sevillanos fotografiando tumbas y relieves.
Han decidido visitar Irán, según me cuentan, antes de que
sea bombardeado y destrozado por EEUU. No puedo predecir el futuro. Me
limito a visitar lugares que mantienen restos de antiguas culturas. Recuerdo
que una causa más para justificar la invasión de Afganistán
fue la salvaje destrucción de los Budas milenarios, a cañonazos,
por los talibanes. ¿Qué fue del valioso legado histórico
que se conservaba en el museo de Bagdad? ¿Quién volverá
a ver los restos de la antigua Babilonia? Irak me sorprendió en
1980. Aprovecho para ver lo que pueda, mientras todavía sea posible.
Poco
queda de Pasargad, antigua capital del imperio, edificada por Ciro II,
sobre la misma llanura en la que derrotó a su abuelo Astiages,
rey de los medos. Sobre una gran extensión del altiplano, a 1900
metros de altura, restos dispersos de palacios, un puente, una torre de
fuego, una muralla en lo alto de una colina. Lo que queda en la gran planicie
es poco, pero nada mas acceder al recinto arqueológico me encuentro
con el mausoleo de Ciro I. Impresionante por su solidez, sencillo por
su diseño. Sobre una base de piedra, se asientan otras cinco, de
forma escalonada. Sobre la última, la tumba. Esta rodeada de un
armazón de tubos que aguanta un techo. Supongo que se encuentra
en proceso de restauración. Es una pena contemplar el monumento
en eses condiciones, pero es lo que hay. A unos doscientos metros, los
restos de un caravansaray, sin mayor interés. Sigo la cinta asfaltada
interior que me conduce hasta las ruinas del palacio de Ciro, una sala
con bases de columnas. En su salón de audiencias, una columna,
cimientos, restos de paredes. Mas allá la fachada de una torre
de fuego. Sobre una elevación del terreno, lo poco que se conserva
de lo que debió ser un fuerte, seguramente edificado posteriormente.
Desde el alto puedo contemplar el llano sobre el que se desarrollo la
batalla. Hace frío, las nubes amenazan lluvia. Bajo rápidamente
a refugiarme en el coche, cuando empiezan a caer las primeras gotas.
Dejo
la carretera de Shiraz a Isfahan para adentrarme en una zona desértica.
Cruzo una cadena montañosa. Me encuentro otra vez, una vez más,
con una línea sin ondulaciones en el horizonte. Llego a Yazd antes
de que se ponga el sol. Preguntando, doy finalmente con el hotel que busco,
Sabat Inn. He pasado dos veces por delante, sin verlo. Un muro, una puerta,
en una calle por donde pasa el cauce de un viejo canal, hoy sin agua.
Ningún cartel con el nombre del hotel. Traspaso el umbral, saliendo
a un patio con porche. Hay habitación, fantástica, grande,
bien acondicionada, distribuidor, baño espacioso, aire acondicionado,
frigorífico, televisor, dos camas. 11 euros, sin desayuno. Es un
hotel nuevo, se ha reconstruido una antigua vivienda, En total dispone
de seis habitaciones. Está bien situado, en el centro de la ciudad,
una zona tranquila. Supongo que aumentaran el precio cuando sea más
conocido y aumenten las reservas.
Yazd me ha sorprendido. Se encuentra en los límites
del desierto. Por aquí pasaba la Ruta de la Seda. A 1.200 metros
de altitud, con temperatura extremas, tórridos veranos, gélidos
inviernos. Entre las cúpulas sobresalen altas torres de ventilación.
Recogen cualquier brisa, la conducen hasta el depósito de agua
que se ha extraído de un pozo. En esa misma cámara se conservaban
frescos los alimentos perecederos. Sistema ecológico, eficaz, limpio,
barato.
La ciudad dispone de grandes avenidas por las que circulan los vehículos.
Entre estas calles, se encuentran los bazares y callejuelas de la ciudad
antigua, cubiertas, para protegerse del sol abrasador. Es agradable pasear
por el casco antiguo. La gente es muy amable. Hay que tener cuidado con
las motocicletas de pequeña cilindrada que surgen inesperadamente.
Para los chicos jóvenes es una de las pocas diversiones permitidas.
Durante los días que he permanecido en Yazd he ido probando la
cocina de los hoteles con encanto, ubicados en antiguas casas tradicionales.
He podido probar distintos platos a los habituales. La primera noche,
gracias a las indicaciones de un matrimonio francés, cené
en un restaurante ubicado en una antigua casa de baños. Hamam-e
Khan. Conservan alguna de las piscinas con agua. Plantas, fuentes, alfombras,
cojines, mesas, bajo arcos y cúpulas. Se conservan en sus paredes
algunos frescos del antiguo hamam.
En
Yazd construyeron canales subterráneos para máximo aprovechamiento
del agua. Para que los visitantes puedan apreciar el esfuerzo realizado,
hace ocho años se inauguró un Museo del Agua, en una casa
construida en 1900. En varias salas se exhiben herramientas utilizadas
por los esforzados trabajadores que construían los canales. Fotografías
en las que se aprecia el duro trabajo que realizaron, planos a escala,
maquetas. Bajando escaleras, hasta diez metros por debajo del nivel de
la calle, se llega a una sala, entre dos canales, en donde la temperatura
desciende bastantes grados, como un refugio para evadirse de los calurosos
mediodías veraniegos.
Enfrente del museo, el complejo de Amir Chakhmaq, una pequeña mezquita
y un llamativo edificio, con una gran fachada, con dos altos minaretes.
La plaza, enlosada, con estanque, canal y fuente, es un lugar muy concurrido
por la noche, estos días. El termómetro marca 24 grados.
En un callejón cercano, hay una “Zurkhane”,
Casa de Fuerza, donde se practican unos ejercicios gimnásticos,
al ritmo de tambores. Es una tabla muy completa. Se sigue un orden preestablecido.
Se gira, se repta, se utilizan diversos instrumentos para efectuar algunos
ejercicios. Durante todo el tiempo, hay cantos y menciones a Mahoma y
a Alí, figura principal de los chiítas. Mientras contemplo
el “espectáculo”, llega el grupo de mujeres italianas
que me encontré en Persépolis. Me preguntan cuánto
he pagado por entrar. A ellas les han cobrado más. He podido constatar,
confirmándolo con la pareja de franceses que se hospedan en el
mismo hotel que yo, que a los grupos les cuesta todo más caro.
Vienen a pagar el doble que aquellos que viajan por su cuenta. Mientras
tomamos te, en el patio del hotel, los franceses me cuentan que sólo
en ocasiones especiales han optado por viajar en grupo, por causas mayores,
por ejemplo la travesía de Tamanraset a Djanet y Bilma, en el desierto
de Argelia y Níger, a lomos de camello. Durante toda su vida, han
aprovechado todas las oportunidades para viajar a cualquier rincón
del mundo. Avión hasta el país, luego tren o autobús.
Están curtidos. Tienen experiencia. Irán, como a todos los
que llegan hasta aquí, les encanta. País con lugares interesantes,
seguro, barato, gente agradable, buen servicio de autobuses, limpios,
con aire acondicionado. No hace falta viajar en grupo. He preguntado a
otro huésped del hotel, iraní, de Teherán, si conocía
un hotel que estuviera bien situado, bueno y barato. Me ha ofrecido su
casa. Al agradecerle su hospitalidad pero no aceptarla, me ha indicado
tres hoteles. Entre 40 y 50 $ USA por noche.
Cerca
del hotel, se levanta un antiguo palacio, con una alta torre de ventilación,
rodeado de un gran jardín. Se construyo en el siglo XVIII, fue
la residencia del gobernador. Hoy los jardines Dolat Abad están
abiertos al público. Paseándome por el jardín y
la zona abierta del palacio, he disfrutado de un par de horas placenteras.
Aunque sin duda, lo mejor de Yazd se encuentra en el laberinto de las
estrechas calles de su casco antiguo. Me dejo llevar por la intuición.
Busco un hotel o una mezquita, o un bazar. De vez en cuando pregunto,
para no alejarme demasiado de mi objetivo. En uno de mis paseos, me
sorprende una tormenta de polvo, con fuerte viento. Me refugio en un
pasadizo, donde encuentro a una pareja italiana, el habla español,
negocios con países sudamericanos. Se han escapado una semana
de Milán. Menos es nada. Ella se presta de guía para llevarme
hasta la prisión de Alejandro, una vez pasa la tormenta. La cárcel
que hizo construir Alejandro Magno despareció hace siglos, pero
el edificio mantiene el nombre. Encuentro, en su interior, bajo el nivel
del suelo, un café con temperatura muy agradable, pero no hay
nadie atendiéndolo. Una verdadera pena, muchos lugares, pocos
visitantes. En algunos hoteles donde como o tomo un te, suelo ser el
único cliente.
La mezquita más importante de Yazd es Masjed-e
Jame, del siglo XIV. La fachada y los minaretes son los mas altos de
Irán. La cúpula es octogonal. Los azulejos del pórtico
son una maravilla, una verdadera obra de arte.
Una última visita antes de abandonar Yazd, el Templo de Zoroastro.
Atashkadeh, Casa del Fuego. Es un edificio moderno, de 1934, que guarda
en su interior, detrás de un cristal, el fuego sagrado. Las llamas
siguen vivas después de dieciséis siglos. Se prendió
en el templo de Pars, en siglo V, llegó a Yazd en 1474. Desde
1935 se mantiene en el mismo lugar que estoy contemplando.
Enviado
desde Yazd el 1 de Junio, 2008
Kilómetros recorridos 28.079
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