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Eligiendo
Shiraz como centro, ciudad en la que me encuentro, veo en el mapa que
hay restos arqueológicos en el Nordeste, Sudeste, Sudoeste y Noroeste.
Consulto la guía. Deshecho Firuzabad, a 118 kms. Persépolis,
joya de Irán, se encuentra en el camino que sigo hacia Teherán.
Pase cerca de Bishapur y ahora me doy cuenta que se trata de un lugar
al que quiero acercarme. Tendré que regresar sobre mis pasos, volviendo
a pasar por los altos de Kuhmareh. Bien, salgo hacia el sudeste, en busca
del Palacio de Sarvestan, a unos 100 kms de Shiraz. Durante un buen trecho,
circulo junto a la orilla de un gran lago cubierto por una gran capa blanca
–supongo- de sal. Es una zona tórrida, con alta evaporación.
Llego al pueblo más cercano al palacio. Estaciono el coche, bajo
a preguntar, me indican la dirección correcta, arranco y …
me llevo por delante una pequeña motocicleta que alguien había
apoyado en la parte delantera del Toyota. Freno inmediatamente. Levantan
la moto, comprueban que arranca. No veo ningún desperfecto. Uno
de los presentes me dice que le he roto la luz trasera, una placa oxidada
sin bombilla. Sonrío y le ruego que me muestre los restos de plástico
que deberían estar esparcidos por el suelo. Llaman por teléfono
a la policía. Me siento en una silla que encuentro en la acera.
Se ha formado un grupo. Todos tienen opinión, discuten entre ellos.
Me mantengo al margen. Un cuarto de hora después, sigue sin aparecer
nadie. El dueño de la tienda a quien había preguntado la
dirección para llegar al palacio, me dice que me marche, que me
olvide. Sigo su consejo. Cuando arranco, el grupo se despide de mí
saludándome con la mano. Ojala todos los problemas de circulación
con los que me voy a encontrar en este viaje se solucionen tan fácilmente.
El palacio, los restos de un antiguo palacete de
caza, se encuentran en una llanura, cerca de una zona montañosa.
La visita es gratuita. Supongo que muy pocas personas llegan hasta aquí.
Se encuentra en proceso de restauración. Están reconstruyendo
una gran cúpula, con todo el andamiaje de mecano tubo. Se conservan
en pie algunas paredes y puede observarse perfectamente la distribución
de salas, habitaciones y patio.
Abandono
Sarvestan, paso por la carretera circular que rodea Shiraz, enlazo con
la que me conducirá, pasando por los altos de Kuhmareh, hasta Bishapur,
a 152 kms de Shiraz. El rey Sepur I, siglo III de nuestra era, sucesor
de Artajerjes I, construyo una ciudad en un lugar estratégico,
en el camino que unía Persépolis a Susa. Con el tiempo,
la ciudad se llamo Bishapur, en memoria de su fundador. Sepur I se convirtió
en una pesadilla para los romanos. Incluso capturo y retuvo como cautivo
al emperador Valeriano. Lo alojó en un palacio. Logró que
ingenieros y arquitectos romanos transmitieran sus conocimientos a los
sasánidas. Las enseñanzas fueron bien aprovechadas. Se construyeron
importantes obras públicas en la región. Bishapur prácticamente
desapareció después de la invasión árabe.
Me he paseado unas tres horas por parte del recinto, por el área
en donde se encuentran los restos mejor conservados. Se han reconstruido
parte de las murallas y torres. El salón del palacio, dedicado
a audiencias debía ser impresionante. Cerca de 800 metros cuadrados,
cubiertos por una gran cúpula. Hay que imaginar cómo sería
el espacio, disponiendo de unos datos, las cuatro puertas de acceso al
salón tenían una altura de 25 metros. Dos salones adyacentes
cubrían el suelo con dos mosaicos finamente trabajados. Hoy de
exhiben en museos.
Me he sorprendido ante el bien reconstruido y conservado
templo de Anahita, diosa del agua. No destaca entre las ruinas, porque
se encuentra bajo el nivel del suelo. Hay que descender por una escalera,
con fragmentos fósiles en sus escalones. Se llega a un patio con
cuatro paredes y cuatro puertas. Detrás de esas paredes hay unos
pasillos con canales a ambos lados. Un largo túnel conectaba el
templo con el río cercano. Se controlaba la entrada de agua para
que circulara por los canales de los pasillos y transformara el patio
en un estanque. Maravilloso.
El entorno de Bishapur es sereno, por un lado las montañas cercanas,
con el cañón por el que fluye el río, por el otro
lado una gran llanura, parte de ella ocupada, en su tiempo, por la ciudad.
Siguiendo un camino muy transitado –los senderos como este, en una
zona arqueológica, siempre conducen a algún sitio destacado
- he llegado hasta dos columnas que se levantan cerca de unos antiguos
baños. Algunas salas con paredes y techos de piedra, todo muy deteriorado,
pero apacible rincón donde he descansado, sentándome sobre
una piedra, a la sombra. Hace calor, el sol empieza a descender. No me
va a dar tiempo de acercarme hasta el cañón cercano donde
pueden contemplarse algunos interesantes relieves en las rocas. Lo dejaré
para mañana.
He
regresado al pueblo que se encuentra en la carretera principal que va
a Shiraz. He aparcado junto a un bar. En pocos minutos me he visto rodeado
de unos cuantos jóvenes “modernillos” del lugar, con
motocicletas de fabricación china. Me hablaban en farsi, se reían,
supongo de las barbaridades que debían decirme. Les contestaba
en castellano, sin dejar de sonreír. Como no me inmutaba, han ido
cambiando. Les he pedido nombres de cantantes iraníes. Me han enseñado
fotos de algunos familiares que residen en Londres. Uno de ellos hablaba
algo de inglés. Al final no dejaban de preguntarme sobre diversos
temas. Me han enseñado videos grabados en sus móviles. Uno
de ellos me ha invitado a ir dormir a su casa. Buena gente. Se deben aburrir
mucho. Me han dado sus tarjetas con teléfonos y direcciones. He
dormido allí mismo. El paso de coches y camiones no ha impedido
que cayera en un sueño profundo de nueve horas.
Cuando me ha visto el del bar, dirigiéndome
a los servicios, me ha preparado un te que se ha negado a cobrar. En pocos
minutos he llegado hasta el cañón de los relieves. Hay unos
en la pared derecha y otros en la pared izquierda. El mejor se encuentra
justo fuera de la zona en la que hay que pagar por entrar. Claro que por
delante pasa una carretera de tercer orden que no pueden cortar. Todos
los relieves muestran triunfos e investiduras de algunos reyes. El mejor
conservado, es el dedicado al triunfo de Sepur I. Lleva de la mano al
emperador romano Valeriano, arrodillado ante el se encuentra Filipo el
Árabe. Las figuras centrales están rodeadas de soldados,
caballería a la izquierda, infantería a la derecha.
El
paso por el puerto de los altos de Kuhmareh me ha parecido un paseo. Me
he detenido en varios puntos para fotografiar las montañas y tramos
de la carretera. Un camionero me ha contado una leyenda. Cuando Alejandro
Magno se internó por este paso, un solo hombre, muy fuerte, logró
detener al ejército invasor durante tres días. Lo cuento
tal como lo he escuchado. Aunque fuera cierta la hazaña, no sirvió
de nada. Alejandro llegó hasta Persépolis, destruyendo sus
defensas e incendiándola posteriormente.
No me he detenido en Shiraz. He continuado hasta
Persépolis. He llegado a la hora de comer. Dejo para mañana
la visita. Quiero entrar temprano y esperar la mejor iluminación
de las figuras y monumentos que fotografíe. Entro en un centro
turístico con restaurante. Soy el único cliente. Lugar limpio,
con aire acondicionado, Hay bungalows. Se permite la entrada de auto caravanas,
pero no plantar tiendas en sus jardines. En un principio pienso que podría
pasar la noche ahí. Sólo cobran cinco dólares por
usar los servicios. Cuando me presentan la carta, cambio de opinión.
El menú es el mismo de todas partes. Más caro. Cambio por
un restaurante que se encuentra a cinco kms. Un sitio estupendo, con agua,
pajaritos, gente encantadora. No me cobran nada por aparcar dentro del
recinto, bajo unos árboles, puedo conectar el ordenador a un enchufe.
Son muy amables. Me traen te hasta el coche, cuando me ven escribiendo.
La contrapartida es que tengo que dejar lo que estoy haciendo para hablar
con ellos, enseñarles el coche, mostrarles el motor, explicarles
mil detalles del viaje. Otro punto a favor, puedo comer estofado de carne
con berenjenas. También alubias. Perecerá una tontería,
pero para mi es un gran valor añadido.
Persépolis permite imaginar cómo pudo
llegar a ser esa ciudad monumental. El conjunto se eleva sobre una gran
terraza sustentada por grandes bloques de piedra, encajados, sin argamasa.
Esa base, sobre la que construyeron, palacios, templos y edificaciones
auxiliares tiene una altura de quince metros sobre el nivel del suelo.
Un complejo y eficaz sistema de desagüe evitaba inundaciones en épocas
de fuertes lluvias. La gran terraza tiene 450 metros de largo, 270 de
ancho. Encima, todavía se aprecian cuatro niveles más de
altura. Cuanto más importante era el edificio, más altura.
Los palacios de los reyes sobresalían sobre los otros y los dedicados
a servicios se encontraban en el nivel más bajo. Esa ciudad palaciega,
fruto exquisito del árbol de la dinastía aqueménida,
tuvo una vida corta. Darío I inició la construcción
en el 518 a.C. Los reyes posteriores, Jerjes y Artajerjes la ampliaron.
El fin de la ciudad marcó el principio de una nueva era. Alejandro
Magno derrotó al ejército de Darío III. Arrasó
Persépolis, se llevo el gran tesoro, luego incendió los
palacios. Siete años más tarde, en Susa, se celebró
una gran boda pública entre oficiales del ejército de Alejandro
y mujeres persas, se buscaba la integración entre griegos y persas.
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