| Regresando
a Tabriz, me presentan a Josro, veinte años, estudiante, primo
de mi “protector”, habla inglés fluido. Se ofrece para
acompañarme a las oficinas donde han de proporcionarme las nuevas
placas de matrícula del coche. Me llevan hasta la “joya”
de Tabriz, una mezquita del siglo XV, “Turquesa del Islam”,
que incluso se menciona en uno de los capítulos de “Las mil
y una noches”. Lamentablemente está cerrada. Los mejores
restos, ya que sufrió un terremoto, se conservan en el interior.
No permiten que pague nada. Vuelven a invitarme a cenar. Lo mismo. Sopa,
arroz, kebab, yogurt, te. Les compenso, ofreciéndoles dos películas,
“Sin City” y “La espía que me amó”,
James Bond, rodada en parte en Egipto, mostrando las casas de Gay Anderson,
que tantas veces he visitado, acompañando a amigos y familiares
que vinieron a El Cairo, en los tres años que estuve allí.
No se cómo ni cuánto tiempo habría
empleado en hacerme con las matrículas, si no me hubiera acompañado
Josro. Primero encontrar el lugar, luego llegar hasta los despachos necesarios,
entender todos los trámites, volver al centro de la ciudad, ingresar
cierta cantidad de dinero en un banco determinado, regresar al centro
de policía donde se amontonaba cantidad de gente intentando solucionar
mil problemas. Todo eso luchando contra el reloj, para no tener que volver
al día siguiente. Al ser yo extranjero gozaba de privilegios, tenía
prioridad, no hicimos colas. Por experiencia yo sabía que siempre
falta una firma más, un sello. Josro alucinó cuando creyendo
que ya nos iban a dar las placas, le explicaron los tramites que faltaban.
Vuelta a los mismos lugares en los que habíamos estado una hora
antes, para que añadieran un sello mas. Tuvimos suerte. Antes de
la una y media, hora de cierre, nos dieron unas matrículas nuevas,
nada que ver con las que puse en Libia o Egipto. Nos acercamos a un taller
para que las agujereasen. Al ver el Toyota, no se limitaron a hacer los
agujeros, las colocaron. No quisieron cobrar nada por el trabajo, sólo
me pidieron permiso para poder fotografiar el motor. Invite a comer a
Josro en un buen restaurante, quería probar las delicias de la
cocina iraní, de la que tantas veces me han hablado. Me llevó
al mejor hotel de Tabriz. Pequeña decepción, ensalada, plato
de carne picada adobada, especialidad de la ciudad. Nada del otro jueves.
Tal vez, más adelante, pueda probar las exquisiteces de la cocina
persa.
En el itinerario ideal que he trazado en Irán,
mi próximo destino era Takht-e Soleiman, “El trono de Salomón”.
Para llegar hasta allí tenía que pasar por Takab, una ciudad
en la autopista que lleva a Teherán. Dormiré en Takab. He
de llenar los depósitos de combustible. No encuentro gasolineras
en la autopista. Pregunto en la ciudad. Me indican que a 15 kms hay una
estación de servicio que tiene gasoil. Dicho así parece
fácil, pero tardo más de media hora en dar con ella. Cuando
llego, la dura realidad. Se ha acabado. Bueno, esperaré, mañana
será otro día. A mi me da igual dormir en un sitio que en
otro. Me invitan a tomar té, me regalan albaricoques que les ha
dado un camionero. A las siete de la mañana llegará la cisterna.
Me despierto a las ocho. Se ha formado una larga cola de grandes camiones,
esperando que termine la descarga para llenar sus depósitos. Los
camioneros vienen a saludarme. Me dicen que cuando todo esté listo,
me coloque el primero. Aprovecho los servicios de la gasolinera para asearme.
Lleno, 150 litros. Pago 24.750 riales, menos de dos euros.
Más de 200 kms por carreteras con asfalto en buen estado, curvas,
subidas y bajadas. Nublado, llovizna intermitentemente. “El Trono
de Salomón” es un lugar sorprendente. Se encuentra sobre
una colina, a 2400 metros de altitud, en una zona montañosa, árida.
Una muralla de 20 metros de altura, con 38 torres, protegía el
recinto. Lo más extraordinario es el gran estanque central, del
que siempre mana agua. Se alimenta de una corriente subterránea.
En el año 2003 se incluyó en la lista del Patrimonio Mundial
de la Unesco. Se ha reconstruido una de las torres y parte de la muralla.
En el interior se conservan varias construcciones, la mayoría de
los sasánidas y los mongoles. A unos pocos kms se yergue “La
cárcel de Salomón”, un antiguo volcán apagado,
con restos de edificaciones en una de sus laderas.
Escapando
de la lluvia, que se ha interrumpido durante mi visita a Takht-e Suleiman,
y ha vuelto a caer en cuanto me he subido al coche, pongo rumbo sur, dirección
a Hamadan. El paisaje es variado, con grandes zonas cultivadas, pequeños
pueblos de adobe. Compro albaricoques, cerezas, naranjas. Fruta lista
para comer, en su punto, no ha madurado en cámaras. Cuando me dicen
el precio me sobresalto, 20.000 riales. Luego me tranquilizo, al cambio,
un euro treinta. Encuentro una gasolinera, en un pueblo, con dos camiones.
Hay gasoil. Hay que aprovechar, siempre que pueda cargaré.
Llego a Hamadan a las seis de la tarde. Buena hora para buscar un lugar
donde alojarme. Tengo que ordenar fotos, escribir estas líneas,
ver cuanto tenga de interesante la ciudad, que podría ser mucho
por su antigüedad, mas de tres mil años. Para su bien y para
su mal, su emplazamiento determinó su destino, se encontraba en
la ruta a Bagdad. Por aquí pasaban las caravanas y… los ejércitos.
Gengis Khan y Tamerlan la arrasaron. Hoy Hamadan es una ciudad nueva.
Un arquitecto alemán diseñó en 1929 su reordenación
urbanística. Una plaza central, seis avenidas radiales y otras
dos formando círculos concéntricos.
Me acerco a un hotel, Baba Taher, que tiene buen
aspecto. Veo muchas llaves en el casillero, poca ocupación. No
hay habitaciones sencillas, todas son dobles, pero pueden hacer algún
descuento. Precio 500.000. Me parece mucho para mi presupuesto. La mujer
que está en la recepción me pregunta cuánto puedo
pagar. 300.000 (unos 20 euros), contesto.
–“Puedo buscarle alojamiento en una casa particular, por ese
precio”
-“Busco un hotel que esté bien. Para alojarme en un mal hotel,
prefiero dormir en mi coche, que es muy confortable”
-“Comprendo. Espere un momento, preguntaré al Director”.
Unos segundos después acepta el mi oferta. 40% de descuento. Lo
tendré en cuenta la próxima vez que pregunte precio en otro
hotel. Aparco en el patio trasero, descargo y salgo con la ilusión
de encontrar un restaurante con encanto. Unas cuantas vueltas me convencen
de que tampoco éste es el lugar apropiado. Termino en uno de los
pocos restaurantes que he visto. Soy el único cliente. Me meto
en la cocina. No hay nada, ni sopa. Arroz, kebabs, yogurt y unos recipientes
de barro con algo en su interior que no acabo de identificar. Pruebo mezclando
palabras, inglés, árabe. Me hacen entender que es un plato
típico, Abgusht, cordero, patata, alguna legumbre, caldo, algo
blanco que parece grasa. No se. Tengo hambre. De acuerdo. Cuando me sirven,
me traen la jarrita de barro, como la del cocido madrileño, un
cuenco y un mazo, un mortero. Sirve para machacar y mezclar lo que contiene
el recipiente de barro. Sigo el proceso. Resultado: una sopa espesa que
no llega a puré. Psé. Al regresar al hotel, completo mi
dieta con fruta que me sabe a gloria. Mañana será otro día.
Día nublado. Visito todo lo destacable que
ofrece Hamadan. El monumento funerario de Avicena, el sabio iraní
que escribió en el siglo XI “El Canon”, libro básico
de la medicina, durante más de 500 años, en Europa y Asia;
el mausoleo de Esther y Mardocal, dos personajes que aparecen en el Antiguo
Testamento; el mausoleo de Gonbad-e Alavian, considerado gran obra de
la arquitectura iraní; Borj-e Qorban, del siglo XIII, tumba cerrada
que me ha costado encontrar; Mausoleo del poeta Baba Taher, en un parque
cercano al hotel donde me alojo. Me han asegurado que en la plaza de Avicena,
hay varios restaurantes, los mejores de la ciudad. He buscado, no sólo
en la plaza, también en los alrededores. He terminado comiendo
ensalada, arroz, kebab de cordero, yogurt y te. Las fotografías
que he tomado permiten hacerse una idea de lo que ofrece Hamadan.
Cuando
dejo un lugar y parto hacia otro, no se dónde dormiré.
Depende de lo que vea, me entretenga o descubra, decido cuando me detengo,
poniendo fin a la jornada. Tengo un itinerario ideal programado. Al
paso que voy, me sobran días en Irán. Si continúo
a este ritmo, ampliaré la ruta, acercándome al Caspio.
Saliendo de Hamadan, sigo la carretera con dirección a Kermanshah.
En el camino hay unos relieves muy interesantes esculpidos en la montaña.
La autovía permite una conducción tranquila, a pesar de
los numerosos camiones que transitan por las rutas principales, como
ésta.
Parece que por fin, ha llegado el calor. Cuando me detengo en el parque
de Bisotun, el termómetro señala 32 grados. Han acondicionado
el entorno del conjunto rocoso que contiene los restos arqueológicos
con una zona dispuesta para acampar. Árboles que proporcionan
sombra, agua que corre por canales que alimenta un estanque. Lo primero
que encuentro es una roca tallada con la figura de Hércules,
tumbado, sosteniendo un cuenco con su mano izquierda. Es del año
164 a.C., esculpido por descendientes de las tropas de Alejandro Magno.
La escultura se encontró, fortuitamente, hace cincuenta años,
cuando se construía la carretera entre Hamadan y Kermanshah.
Me siento sobre el césped, bajo un árbol,
mirando los relieves que se encuentran en la pared rocosa que tengo
ante mí. En el 521 a.C., Darío I, derrotó a las
tropas de quienes se habían levantado contra el imperio. Para
que nadie olvidara esa efemérides, para que todos comprendieran
lo peligroso que era intentar rebelarse contra el emperador, se grabó
en la piedra. Ahí continua, 2500 años después.
Los gobernadores derrotados, están unidos por el cuello a una
soga, las manos atadas detrás de la espalda. Darío I,
la figura de mayor tamaño, protegido por dos arqueros. Sobre
todos ellos, la figura del dios Ahura Mazda. Las paredes contienen también,
en bailonio, elamita y persa antiguo, diversas inscripciones. Unas losas,
colocadas en la pendiente, permitan un acercamiento hasta los relieves,
esculpidos a gran altura. Mientras subía, se han acercado dos
niñas que han practicado conmigo todas las palabras de inglés
que deben haber aprendido en la escuela. Una de ellas, repetía
“sit down”, seguro que su profesora utiliza ese imperativo
con sus alumnas. He terminado sentado, bajo un árbol, junto a
su hermano, su tía, bebiendo un vaso de Fanta, mientras la madre
cocinaba kebabs de pollo. En el riachuelo cercano, se refrescaba una
gran sandía. He rechazando comer con ellos, alegando que debía
continuar hasta Kermanshah. He recordado mis salidas campestres cuando
tenía su edad. Es una de las pocas diversiones que están
permitidas en el país.
Media hora
después, llegaba a otro gran parque, al norte de Kermanshah. Varias
familias, sentadas en la hierba, preparaban y comían kebabs de
pollo. Entretenimiento nacional. Los niños juegan, corriendo bajo
los árboles y el suelo enlosado dentro del recinto. La entrada
para entrar en la zona del museo al aire libre cuesta 15 céntimos
de euro. En Taq-e Bostan, destacan dos arcos tallados en la rocosa ladera.
Se encuentran al mismo nivel del camino, permitiendo observarlos detalladamente.
Artistas sasánidas, esculpieron los relieves a principios del siglo
VII de nuestra era. En el interior del Gran Arco, puede verse al emperador
Cosroes II, con casco y lanza, sobre un caballo. Encima de él,
se representa su coronación. A ambos lados, diversos relieves,
los de la izquierda policromados.
En el arco de menor tamaño. Las figura de dos reyes. En una placa
rocosa, se representa la coronación de Artajerjes II, acompañado
por dos dioses, Ahura Mazda y Mitras (Apolo), este último con una
espada. Cerca de los arcos, algunos capiteles y relieves, de distintas
épocas.
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