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El 13 de Julio, como muy tarde, tengo que entrar
en Pakistán. Mi visado caduca un día después. Espero
que no surjan problemas. Si quiero aprovechar íntegramente los
dos meses que se me han concedido para visitar Irán, tengo que
entrar ya. Cada día que retrase la entrada, es un día que
pierdo.
De Kahta a Dogubayazit, ultima ciudad turca, antes de llegar a la frontera
con Irán, hay una larga tirada. Duermo en Tatvan, en uno de los
extremos del lago Van. Este lago, el más grande de Turquía,
3.700 kms cuadrados, a 1.650 metros de altitud, se formó cuando
un volcán cerró el cauce del agua. Su nivel aumenta en la
época de deshielo, pero se mantiene estable gracias a la evaporación.
No hay peces debido a la alta concentración de minerales en sus
aguas.
En una de sus islas, Akdamar, se encuentra la Iglesia
de la Santa Cruz, construida en el siglo X. La isla está a 3 kms.
de la orilla. En su época, albergaba un monasterio y un palacio,
además de la iglesia que es el único edificio que se mantiene
en pie. Había sido una importante catedral armenia. Hace unos años,
fue restaurada por el Ministerio de Cultura de Turquía. Se desató
una gran protesta porque, al igual que otras antiguas iglesias, no es
un lugar de culto. Es un museo. Sus paredes exteriores conservan diversos
relieves con escenas y figuras del Antiguo Testamento.
Tengo que esperar un par de horas, en un restaurante, cercano al embarcadero
de donde parten las lanchas con dirección a la isla de Akdamar.
Esperan a un grupo de turistas alemanes. Hace frío, las montañas
cercanas mantienen nieve en sus cumbres. Está nublado, llovizna.
No importa. La visita vale la pena. Los relieves se conservan bien, no
así los frescos del interior.
Mi ultima noche en Turquía la paso
en Van, en el otro extremo del lago. Es una ciudad animada, numerosas
tiendas, restaurantes y bares en las calles del centro. El hotel en el
que me alojo tiene wifi. Aprovecho para hablar por teléfono, por
Skype, con familiares y amigos. Ignoro si en Irán será posible.
Ya veremos.
El día siguiente amanece despejado. La carretera transcurre en
un principio junto a la orilla del lago, luego asciende para superar una
cadena de montañas. Poco tráfico. Varios controles militares,
con vehículos blindados, que paso después de mostrar el
pasaporte. Encuentro una desviación que me acerca a las “cataratas
de Muradiye”. En realidad es un salto de agua, en un entorno muy
agradable, con bares y restaurante.
De
nuevo, la carretera asciende, hasta un puerto a 2.644 metros de altitud.
Un largo descenso y…. una espectacular vista del monte Ararat. Es
impresionante. Al principio solo se me muestra la cumbre de mayor altura,
Buyok Agri, 5.137 metros, luego, cuando enlazo con la carretera que une
Ankara con Teherán, puedo ver el segundo pico, Kucuk Agri, 3.895
metros. Tengo mucha suerte porque no hay nubes junto a las cumbres. Me
voy deteniendo para poder contemplar el macizo montañoso plácidamente.
Cuando aparecen las nubes, las sombras que proyectan sobre los picos crean
el efecto óptico de que la nieve ha desaparecido.
La
última ciudad de Turquía, antes de la frontera con Irán,
es Dogubayacit, nada especial, salvo un conjunto de fortaleza, palacio
y mezquita, del siglo XVIII, Ishak Pasa. En la ciudad hay varios cuarteles
militares. Siguiendo el camino, bien indicado por carteles, hacia Ishak
Pasa, paso por un campamento en el que observo gran cantidad de tanques
bien alineados, pistas de entrenamiento, soldados en formación.
La carretera, súbitamente, inicia un ascenso pronunciado con curvas
muy cerradas. En lo alto de un roquedal, veo la fortaleza. Curioso emplazamiento,
ya que si bien ofrece un inmejorable punto de observación sobre
la ciudad y su llanura, una gran pared rocosa le impide ver el monte Ararat.
La entrada da paso a un gran patio, parece ser que
se utilizaba para recibir a mercaderes y viajeros. Las puertas, chapadas
en oro, se exhiben en el museo Hermitage de San Petersburgo, desde que
los rusos se las llevasen como recuerdo. Un segundo patio, al que sólo
tenían acceso las personas que residían en la fortaleza,
permite entrar en patios interiores, la mezquita, el haremlik, la zona
destinada a las mujeres, con habitaciones separadas, la cocina, salones,
baños… Se utilizaban canalizaciones bajo el suelo que formaban
parte de los sistemas de alcantarillado, agua corriente y calefacción.
El conjunto esta ricamente ornamentado con elaborados relieves.
Antes de salir de la ciudad, mi último menú
turco: Sopa de lentejas, arroz, alubias, carne con berenjenas, Fanta como
bebida y un té para rematar.
Sigo por la gran ruta que, durante siglos, han seguido mercaderes, ejércitos,
viajeros, como paso entre Europa y Asia. Salir de Turquía y entrar
en Irán, ha sido rápido, sencillo. Sólo dos o tres
idas y venidas de una oficina a otra, para sellar papeles, comprobar visados,
seguros, carné de Pasaje de Aduanas… En la frontera turca,
militares fuertemente armados, funcionarios, sin uniforme, revisando concienzudamente
los vehículos entrantes. En mi caso particular, sólo sonreír
y ser paciente con uno que llevaba mi pasaporte en su mano izquierda,
mientras con la derecha iba sacando bolsas de caramelos y botellas de
aceite del portaequipajes de un coche. Diez minutos. Por fin, mano derecha
al bolsillo, sello, firma. En la frontera iraní, sonrisas, fumigación
de ruedas del Toyota, salas despejadas, limpias. Una joven, traje chaqueta
negro, velo del mismo color, del Ministerio de Turismo, me resuelve todo
el papeleo. Me acompaña al banco para cambiar dólares. Por
doscientos, me dan un millón ochocientos mil riales. Acabo de convertirme
en millonario, billetes de 20.000 riales. Me acompaña para solucionar
cualquier tipo de problema con el coche. Me ofrece te. Comprobación
de todos los documentos. Me informa que necesitare matriculas iraníes,
ya que voy a permanecer en el país más de diez días.
Rellena un impreso que debo presentar en Tabriz, para que me faciliten
las placas de matrícula. Un mapa de la región, una tarjeta
de la oficina de turismo, para que, en caso de que surja cualquier problema,
puedan ayudarme a resolverlo. Ah, cambio de hora, adelanto el reloj hora
y media. Al salir de la aduana, vista atrás para contemplar una
vez más el monte Ararat.
La
carretera cruza la alargada ciudad de Maku, en un valle entre altas montañas,
las casas se levantan a ambos lados de la calzada. Hace frío, estoy
a 1700 metros de altitud. Decido continuar hacia Tabriz. Veo coches de
policía con radares que comprueban la velocidad de los vehículos
que transitan. Empieza a oscurecer. No quiero conducir de noche. Veo un
bar en un cruce de carreteras, buen lugar para pasar la noche. Pido te.
Tengo azucarillos pero no me dan cucharilla, tengo que pedirla. Será
la primera vez, luego he comprobado que se beben el te, después
de introducir un terrón en la boca. Costumbres. Yo continúo
pidiendo cucharilla para poder disolver el azúcar en el vaso o
taza. El camarero, joven, buen aspecto, habla inglés. Se sienta
a mi lado, empezamos a conversar. Primero, lo de siempre, de dónde
vengo, a dónde voy, en qué trabajo… Luego, por qué
he venido a Irán. Empieza a sincerarse. Hace cuatro años
que terminó su carrera de ingeniero eléctrico en la universidad
de Tabriz. No encuentra un trabajo aceptable, según sus conocimientos.
El país tiene petróleo, pero los iraníes no se benefician
por ello, ya que ayudan a Irak, Palestina y Siria. No ve futuro. Quiere
ir a trabajar a Estambul, para más tarde entrar en Europa. Está
harto de las prohibiciones que limitan su vida. No quiere casarse porque
eso significaría esclavizarse para el resto de su vida. En la universidad
compartía clases con chicas, pero en Irán no se puede tener
amigas. O eres novio, con todo lo que eso impone, o solo tienes amigos
varones. Las mujeres tienen más facilidad para encontrar empleo
porque cobran menos. Me invita a ir a su casa. Me presenta a su familia,
padre, madre, tía, hermano y hermanita de cuatro años. Todos
sentados sobre alfombras, tomamos te y comemos sandía. Gente encantadora,
acogedora, limitados por la necesidad de comunicarnos a través
de mi nuevo conocido. Antes de volver al bar, me invita a tomar un helado,
en el bar de un amigo. No me ha permitido pagar. Duermo apaciblemente
en el Toyota. Al día siguiente, el bar está cerrado. Me
aseo y afeito, mientras un grupo que se ha acercado me pregunta detalles
sobre el coche que les ha llamado la atención.
He visto en el mapa, que Tabriz tiene zona de acampada.
Intento encontrarla. Paro a un joven en mitad de la calle. No habla inglés,
pero llama por teléfono a un amigo. Se sube al coche, vamos a encontrarlo.
El tráfico caótico, pero ya me he acostumbrado. El amigo
está esperándonos. Se sube al Toyota y sigo sus indicaciones.
Son buena gente. Me llevan a un parque, junto a un gran hotel. Se puede
acampar. El sitio es seguro, hay policía, barreras de entrada.
Restaurante, cafetería, servicios, pero… está algo
alejado del centro. Por la noche debe estar desierto. Me invitan a té
y helado, no me permiten pagar. Les explico que tengo que conseguir nuevas
matrículas, preferiría algo más céntrico.
Hablan entre ellos y me proponen que vaya a casa de uno, su familia esta
fuera, puedo aparcar en zona vigilada. Se empeñan en ofrecerme
alojamiento. Mañana es viernes, las oficinas están cerradas.
Acepto. La urbanización en la que viven se encuentra a veinte kms.
de Tabriz. El piso tiene calefacción, tres dormitorios, baño,
retrete, cocina abierta que da a un gran salón, totalmente alfombrado.
Me invita a cenar en un restaurante cercano a su casa. Sopa, kebab de
cordero, arroz, yogurt, te. Llama a un amigo que se presenta poco después.
Habla algo de inglés. Repiten más o menos lo mismo que el
joven que encontré ayer. El negocio familiar de la casa en la que
nos encontramos es la exportación de alfombras. Hablando de mi
itinerario, me advierten que pasaré mucho calor en determinadas
zonas –a ver si es verdad-, que no debería ir a Pakistán,
que es muy peligroso, hay talibanes. Para ellos, gente de Tabriz, 20 grados
bajo cero en invierno, 40 grados de temperatura es algo insoportable.
Hablan turco, están más cerca de Azerbaiyan que de Teherán.
En las provincias del sudeste hablan árabe. Son otra gente, me
dicen. Les explico que las zonas peligrosas de Pakistán estén
en el noroeste del país. Además, para ir a la India, tengo
que cruzar inevitablemente Pakistán. No se quedan tranquilos. Se
preocupan por mí. Duermo en el salón sobre una colchoneta
que me han proporcionado, junto a un edredón.
Por la mañana, huevos fritos, leche caliente,
fruta. Después me llevan a un poblado cercano, 50 kms, Kandovan.
Después de seguir una carretera ascendente, llegamos a un lugar
donde la gente vive en cuevas, en unas rocas cónicas, algo parecido
a las que utilizaban años atrás en la Capadocia, en Turquía.
Imagino que las cuevas proporcionan una temperatura soportable en esta
región que, la mayor parte de año, debe ser muy fría.
El lugar tiene un mercadillo de frutos secos. Nos sentamos en un bar.
Uno de mis nuevos amigos compra unas laminas granates, cuadradas, 40 ctms.
de lado, con una fina lamina de plástico en ambos lados. Es una
pasta comestible, con sabor algo ácido. Se consigue de una fruta.
Se puede arrancar una de las láminas, pero la otra no. Así
que masticas y escupes el plástico sobrante.
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