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Abandono la carretera principal a Malatya para seguir
por una secundaria que me llevará a Kahta. Tengo que preguntar
en tres ocasiones para confirmar que sigo por el camino adecuado. Sólo
me cruzo con tractores. El asfalto desparece de vez en cuando. Al pasar
por los pueblos, la gente me mira con cara de extrañeza. “¿Qué
se le habrá perdido a este por aquí?”. Voy bien de
tiempo, estoy cerca, no llueve, la carretera-pista es entretenida. De
repente, llego a un pueblo importante, Dogansehir, y enlazo con una autovía
que me lleva hasta mi destino.
Encuentro un hotel estupendo, con wi-fi, por 16
euros, desayuno incluido. Están de rebajas, apenas tienen clientes.
La temperatura ha aumentado. Luce un sol descendente. No hace frío.
Ha estado lloviendo durante todo el día, según me comenta
el director del hotel, antiguo guía de grupos al Nemrut. Intenta
convencerme para que me una, al día siguiente, a un grupo alemán.
Desiste cuando le explico que ya visité ese lugar hace treinta
años. Me facilita un plano de la ascensión. Hay dos rutas.
La antigua, la de siempre, que pasa por varios sitios interesantes, muchas
curvas, estrecha, subidas pronunciadas, tramos de tierra, que se une,
al final, a la nueva, pavimentada, más ancha, más kms.,
con menores tantos por ciento de desnivel. Me sugiere subir por la antigua
y descender por la nueva, menos peligrosa.
Después de desayunar, cuando arranco el motor,
me encuentro con un cielo azul, sol radiante, pequeños copos de
algodón en el cielo que ayudaran a componer los encuadres de las
fotografías que tomaré durante la jornada. Hasta la cima
hay unos 50 kms. La primera parada es para ver un túmulo funerario,
Karakus Tumulus, a imagen y semejanza del de Antíoco I, pero más
modesto. Sólo queda el túmulo y unas columnas. El resto
del monumento despareció cuando los romanos aprovecharon sus bloques
de piedra para construir un puente cercano. Breve información histórica.
Un aliado de Roma, en el año 80 a.C., aprovechando el desmoronamiento
del imperio selyúcida, se autoproclamó rey. A los romanos
les pareció bien ya que interponían un colchón entre
sus territorios y los de sus enemigos. Mitridates I, y su hijo, Antíoco
I, consiguieron provechosas ganancias, por su buena relación con
los dos bandos. Antíoco I se consideraba descendiente de los reyes-dioses.
Se equivocó el día que se unió a los partos en contra
de Roma. Los romanos eran implacables. Lo destituyeron, pusieron a otro
en su lugar y se acabó la dinastía, en el 38 a.C. Fue corta
pero nos dejó el túmulo de Nemrut, con sus grandes cabezas
de piedra.
Poco después se encuentra
el antiguo puente romano sobre el río Cendere. Fue utilizado durante
siglos. Capaz de soportar poderosas aguas torrenciales. No creo que el
nuevo puente aguante tanto tiempo. La ruta es entretenida porque se interna
entre montañas, con distintos lugares interesantes. Parada en Eski
Kahta, un té, charla con la persona que me lo sirve. Kurdo. Ama
su región pero sólo acude durante la temporada veraniega,
con la llegada del turismo. El resto del año, trabaja en Estambul,
donde hay más posibilidades de ganar dinero. Cuando ahorre lo suficiente,
regresará para no irse nunca más de la tierra que lo vio
nacer. Junto al pueblo, una fortaleza. Antes de nuestra era, guardaba
en su interior un palacio. Las murallas que se pueden contemplar ahora,
sobre la formación rocosa, son más modernas, del siglo XIII.
En estos parajes, todo lo que tenga menos de 2000 años es nuevo,
tal vez por eso el castillo es conocido con el nombre de Yeni Kale, Nueva
fortaleza. Bajando la colina donde se encuentra el pueblo, hay un desvió
a la antigua carretera que pasa sobre un puente selyúcida, sobre
el río Kahta.
Un
par de kms. más y se llega a lo que queda de Arsameia, la capital
del reino de Mitridates I. Junto a la carretera un bar-restaurante, al
otro lado zona de camping, entre arbolado. Sin frío ni lluvia,
un lugar encantador, con vistas espectaculares. Siguiendo un sendero ascendente,
se llega hasta dos estelas, con relieves, se supone que de Mitridates
I, el fundador de la breve dinastía. Detrás, un fragmento
de estela con la cabeza de Apolo, dios del sol, una caverna, unos escalones
que conducen a una sala subterránea, parece ser que se destinaba
a ritos de culto a Mitras (Apolo). Se sigue el sendero-escalera (se mezclan
uno y otra). De repente me encuentro con una impresionante placa de piedra
esculpida, en perfecto estado de conservación, con Mitridates I,
estrechando la mano de Heracles. Se me enciende una lucecita. Yo he estado
aquí. No recuerdo la escultura, ni la gran inscripción griega
sobre una gran roca, pero si la boca de la cueva por la que descienden
escalones desgastados, durante 158 metros. Recuerdo mucho calor. Agosto.
Sentados junto a la entrada de la cueva de la que ascendía aire
fresco. Claro que he estado aquí.
Estoy siguiendo la ruta antigua de ascenso a Nemrut
Dagi. Si pasamos por aquí, seguro que nos acercamos hasta las ruinas
de Arsameia. ¿Por qué recuerdo la cueva, al calor, el aire
fresco y no la asombrosa escena, cincelada en la piedra, de Mitridates
I chocando la mano con Heracles? Extraña selección de recuerdos.
Supongo que tiene explicación razonada, aunque a mi me parezca,
por lo menos, sorprendente. Poco más queda de Arsameia, restos
de escaleras que conducían al palacio, fragmentos de columnas,
bloques y un punto de observación extraordinario.
Desde
Arsameia, hasta encontrar el punto de unión con la nueva carretera,
curvas cerradísimas, fuerte subida. Desaparece el asfalto y me
encuentro una vez más con la pista. Con lluvia, suelo enfangado,
este itinerario es una trampa. Voy en segunda marcha, a veces, en las
curvas, me veo obligado a poner primera. Si, la vez anterior lo pasé
mal. ¿Por qué sufrir? Este es el terreno ideal para el vehículo
que conduzco ahora. Pongo la reductora, sigo alegremente en cuarta y,
en alguna curva, tercera. En estos berenjenales es cuando se disfruta
de un todo terreno. Encuentro la calzada pavimentada. Hasta llegar a la
zona de aparcamiento, un paseo. Cómo ha cambiado. Pavimento, una
cafetería-restaurante, carteles indicadores, una senda de ascenso
con suelo de piedra, bancos para descansar, escalones…. Hace treinta
años, cuando se llegaba a un punto en el que el coche decía
basta, te encontrabas con unos pastores kurdos, escopeta al hombro, que
te ofrecían mulas para llegar hasta el túmulo. Recuerdo
una subida agotadora, endurecida por los ardientes rayos solares de un
mediodía de agosto. También esta vez me he cansado. Me he
detenido cuatro o cinco veces para recuperar aliento y bajar las pulsaciones.
Puede subir todo el mundo, niños, personas mayores, sólo
es cuestión de detenerse más o menos veces. El que esté
en plena forma física cubrirá los 600 metros de un tirón.
No es mi caso. Pero al llegar arriba, he olvidado el esfuerzo, he vuelto
a sombrarme, ante esa gran locura del megalómano Antíoco
I.
En lo alto,
está el túmulo, un cono de 50 metros de altura, recubierto
de pequeñas piedras, y los restos de dos templos. Los dos al mismo
nivel, con la misma estructura, dioses y rey sentados. La terraza oriental
conserva en buen estado los bloques pétreos que representaban al
rey Antíoco I y a sus antepasados, los dioses Apolo, Fortuna, Zeus
y Heracles. Las cabezas de esas figuras, en el suelo, se encuentran en
mal estado de conservación. En cambio, en la terraza occidental,
es al revés. Los asientos y los cuerpos de los dioses están
troceados, esparcidos. Las cabezas, de dos metros de altura, han resistido
bastante bien el paso de tiempo. En el entorno, hay relieves, esculturas
de leones protectores, una terraza elevada, en la parte oriental y, desde
cualquier punto, se goza de un extenso paisaje, hoy con montañas
nevadas al fondo. Qué suerte he tenido. Ayer estaba cubierto. Hoy,
desde que he salido del hotel, han comenzado a regresar las nubes, con
grandes claros. Como no tengo prisa, espero a que el sol ilumine el conjunto
para poder fotografiarlo. He estado cuatro horas. Han aparecido algunos
grupos familiares, turcos, es sábado, festivo. Están un
ratito, se hacen fotos y desaparecen. No les importa si está nublado.
Antes de
abandonar el lugar, aparece el grupo alemán al que quería
unirme el director del hotel. Desciendo lentamente por la gran rampa.
Veo la carretera nueva, la antigua. Sigo bajando. Tomo un té
en la cafetería. Decido regresar por la misma ruta que he seguido
para llegar hasta aquí. Normalmente no me gusta repetir itinerario,
pero la nueva debe ser muy aburrida. Cuando entro de nuevo en la pista
de tierra, bajo tranquilamente, dejo que el motor y la marcha que llevo,
segunda, vayan controlando el descenso. Cuando paso por Eski Kahta,
paro para tomarme otro té. Cuando voy a marcharme, aparece un
gran camión-autobús, holandés, que se dirige a
Nemrut. Seguirá la nueva carretera. La bifurcación está
cerca. Por el camino antiguo sería muy peligroso, teniendo que
maniobrar en cada curva. Encontrarse otro vehículo de frente
sería un problema difícil de resolver. He visto pocos
espacios utilizables para ceder el paso. Cuando llego al pueblo, me
paseo por la calle principal. Estoy buscando algo tan sencillo de encontrar
en España como un calentador de agua a 12 v. El propietario de
una tienda de recambios y objetos de automóvil, me enseña
una tetera que lleva en el coche para preparar té. “Si,
algo así”. Quiere dármela, regalármela. “No,
gracias, muchas gracias, es suya.” Ignora dónde puedo encontrar
una. A él se la trajeron de Alemania. Buena gente. Encuentro
un restaurante sencillo en el que como-ceno sabrosamente.
Al día siguiente, ordeno fotografías,
archivo, escribo estas líneas, envío mi relato numero
13 e intento decidir cuándo cruzaré la frontera turco-iraní.
Enviado el 11 de Mayo 2008, desde Kahta.
Kms. recorridos hasta el día de hoy: 23.274
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