Crónica 13: del 5 al 12 de mayo 2008 (2ª)

Turquía







Abandono la carretera principal a Malatya para seguir por una secundaria que me llevará a Kahta. Tengo que preguntar en tres ocasiones para confirmar que sigo por el camino adecuado. Sólo me cruzo con tractores. El asfalto desparece de vez en cuando. Al pasar por los pueblos, la gente me mira con cara de extrañeza. “¿Qué se le habrá perdido a este por aquí?”. Voy bien de tiempo, estoy cerca, no llueve, la carretera-pista es entretenida. De repente, llego a un pueblo importante, Dogansehir, y enlazo con una autovía que me lleva hasta mi destino.


Encuentro un hotel estupendo, con wi-fi, por 16 euros, desayuno incluido. Están de rebajas, apenas tienen clientes. La temperatura ha aumentado. Luce un sol descendente. No hace frío. Ha estado lloviendo durante todo el día, según me comenta el director del hotel, antiguo guía de grupos al Nemrut. Intenta convencerme para que me una, al día siguiente, a un grupo alemán. Desiste cuando le explico que ya visité ese lugar hace treinta años. Me facilita un plano de la ascensión. Hay dos rutas. La antigua, la de siempre, que pasa por varios sitios interesantes, muchas curvas, estrecha, subidas pronunciadas, tramos de tierra, que se une, al final, a la nueva, pavimentada, más ancha, más kms., con menores tantos por ciento de desnivel. Me sugiere subir por la antigua y descender por la nueva, menos peligrosa.

Después de desayunar, cuando arranco el motor, me encuentro con un cielo azul, sol radiante, pequeños copos de algodón en el cielo que ayudaran a componer los encuadres de las fotografías que tomaré durante la jornada. Hasta la cima hay unos 50 kms. La primera parada es para ver un túmulo funerario, Karakus Tumulus, a imagen y semejanza del de Antíoco I, pero más modesto. Sólo queda el túmulo y unas columnas. El resto del monumento despareció cuando los romanos aprovecharon sus bloques de piedra para construir un puente cercano. Breve información histórica. Un aliado de Roma, en el año 80 a.C., aprovechando el desmoronamiento del imperio selyúcida, se autoproclamó rey. A los romanos les pareció bien ya que interponían un colchón entre sus territorios y los de sus enemigos. Mitridates I, y su hijo, Antíoco I, consiguieron provechosas ganancias, por su buena relación con los dos bandos. Antíoco I se consideraba descendiente de los reyes-dioses. Se equivocó el día que se unió a los partos en contra de Roma. Los romanos eran implacables. Lo destituyeron, pusieron a otro en su lugar y se acabó la dinastía, en el 38 a.C. Fue corta pero nos dejó el túmulo de Nemrut, con sus grandes cabezas de piedra.


P
oco después se encuentra el antiguo puente romano sobre el río Cendere. Fue utilizado durante siglos. Capaz de soportar poderosas aguas torrenciales. No creo que el nuevo puente aguante tanto tiempo. La ruta es entretenida porque se interna entre montañas, con distintos lugares interesantes. Parada en Eski Kahta, un té, charla con la persona que me lo sirve. Kurdo. Ama su región pero sólo acude durante la temporada veraniega, con la llegada del turismo. El resto del año, trabaja en Estambul, donde hay más posibilidades de ganar dinero. Cuando ahorre lo suficiente, regresará para no irse nunca más de la tierra que lo vio nacer. Junto al pueblo, una fortaleza. Antes de nuestra era, guardaba en su interior un palacio. Las murallas que se pueden contemplar ahora, sobre la formación rocosa, son más modernas, del siglo XIII. En estos parajes, todo lo que tenga menos de 2000 años es nuevo, tal vez por eso el castillo es conocido con el nombre de Yeni Kale, Nueva fortaleza. Bajando la colina donde se encuentra el pueblo, hay un desvió a la antigua carretera que pasa sobre un puente selyúcida, sobre el río Kahta.

Un par de kms. más y se llega a lo que queda de Arsameia, la capital del reino de Mitridates I. Junto a la carretera un bar-restaurante, al otro lado zona de camping, entre arbolado. Sin frío ni lluvia, un lugar encantador, con vistas espectaculares. Siguiendo un sendero ascendente, se llega hasta dos estelas, con relieves, se supone que de Mitridates I, el fundador de la breve dinastía. Detrás, un fragmento de estela con la cabeza de Apolo, dios del sol, una caverna, unos escalones que conducen a una sala subterránea, parece ser que se destinaba a ritos de culto a Mitras (Apolo). Se sigue el sendero-escalera (se mezclan uno y otra). De repente me encuentro con una impresionante placa de piedra esculpida, en perfecto estado de conservación, con Mitridates I, estrechando la mano de Heracles. Se me enciende una lucecita. Yo he estado aquí. No recuerdo la escultura, ni la gran inscripción griega sobre una gran roca, pero si la boca de la cueva por la que descienden escalones desgastados, durante 158 metros. Recuerdo mucho calor. Agosto. Sentados junto a la entrada de la cueva de la que ascendía aire fresco. Claro que he estado aquí.

Estoy siguiendo la ruta antigua de ascenso a Nemrut Dagi. Si pasamos por aquí, seguro que nos acercamos hasta las ruinas de Arsameia. ¿Por qué recuerdo la cueva, al calor, el aire fresco y no la asombrosa escena, cincelada en la piedra, de Mitridates I chocando la mano con Heracles? Extraña selección de recuerdos. Supongo que tiene explicación razonada, aunque a mi me parezca, por lo menos, sorprendente. Poco más queda de Arsameia, restos de escaleras que conducían al palacio, fragmentos de columnas, bloques y un punto de observación extraordinario.

Desde Arsameia, hasta encontrar el punto de unión con la nueva carretera, curvas cerradísimas, fuerte subida. Desaparece el asfalto y me encuentro una vez más con la pista. Con lluvia, suelo enfangado, este itinerario es una trampa. Voy en segunda marcha, a veces, en las curvas, me veo obligado a poner primera. Si, la vez anterior lo pasé mal. ¿Por qué sufrir? Este es el terreno ideal para el vehículo que conduzco ahora. Pongo la reductora, sigo alegremente en cuarta y, en alguna curva, tercera. En estos berenjenales es cuando se disfruta de un todo terreno. Encuentro la calzada pavimentada. Hasta llegar a la zona de aparcamiento, un paseo. Cómo ha cambiado. Pavimento, una cafetería-restaurante, carteles indicadores, una senda de ascenso con suelo de piedra, bancos para descansar, escalones…. Hace treinta años, cuando se llegaba a un punto en el que el coche decía basta, te encontrabas con unos pastores kurdos, escopeta al hombro, que te ofrecían mulas para llegar hasta el túmulo. Recuerdo una subida agotadora, endurecida por los ardientes rayos solares de un mediodía de agosto. También esta vez me he cansado. Me he detenido cuatro o cinco veces para recuperar aliento y bajar las pulsaciones. Puede subir todo el mundo, niños, personas mayores, sólo es cuestión de detenerse más o menos veces. El que esté en plena forma física cubrirá los 600 metros de un tirón. No es mi caso. Pero al llegar arriba, he olvidado el esfuerzo, he vuelto a sombrarme, ante esa gran locura del megalómano Antíoco I.


E
n lo alto, está el túmulo, un cono de 50 metros de altura, recubierto de pequeñas piedras, y los restos de dos templos. Los dos al mismo nivel, con la misma estructura, dioses y rey sentados. La terraza oriental conserva en buen estado los bloques pétreos que representaban al rey Antíoco I y a sus antepasados, los dioses Apolo, Fortuna, Zeus y Heracles. Las cabezas de esas figuras, en el suelo, se encuentran en mal estado de conservación. En cambio, en la terraza occidental, es al revés. Los asientos y los cuerpos de los dioses están troceados, esparcidos. Las cabezas, de dos metros de altura, han resistido bastante bien el paso de tiempo. En el entorno, hay relieves, esculturas de leones protectores, una terraza elevada, en la parte oriental y, desde cualquier punto, se goza de un extenso paisaje, hoy con montañas nevadas al fondo. Qué suerte he tenido. Ayer estaba cubierto. Hoy, desde que he salido del hotel, han comenzado a regresar las nubes, con grandes claros. Como no tengo prisa, espero a que el sol ilumine el conjunto para poder fotografiarlo. He estado cuatro horas. Han aparecido algunos grupos familiares, turcos, es sábado, festivo. Están un ratito, se hacen fotos y desaparecen. No les importa si está nublado.



A
ntes de abandonar el lugar, aparece el grupo alemán al que quería unirme el director del hotel. Desciendo lentamente por la gran rampa. Veo la carretera nueva, la antigua. Sigo bajando. Tomo un té en la cafetería. Decido regresar por la misma ruta que he seguido para llegar hasta aquí. Normalmente no me gusta repetir itinerario, pero la nueva debe ser muy aburrida. Cuando entro de nuevo en la pista de tierra, bajo tranquilamente, dejo que el motor y la marcha que llevo, segunda, vayan controlando el descenso. Cuando paso por Eski Kahta, paro para tomarme otro té. Cuando voy a marcharme, aparece un gran camión-autobús, holandés, que se dirige a Nemrut. Seguirá la nueva carretera. La bifurcación está cerca. Por el camino antiguo sería muy peligroso, teniendo que maniobrar en cada curva. Encontrarse otro vehículo de frente sería un problema difícil de resolver. He visto pocos espacios utilizables para ceder el paso. Cuando llego al pueblo, me paseo por la calle principal. Estoy buscando algo tan sencillo de encontrar en España como un calentador de agua a 12 v. El propietario de una tienda de recambios y objetos de automóvil, me enseña una tetera que lleva en el coche para preparar té. “Si, algo así”. Quiere dármela, regalármela. “No, gracias, muchas gracias, es suya.” Ignora dónde puedo encontrar una. A él se la trajeron de Alemania. Buena gente. Encuentro un restaurante sencillo en el que como-ceno sabrosamente.

Al día siguiente, ordeno fotografías, archivo, escribo estas líneas, envío mi relato numero 13 e intento decidir cuándo cruzaré la frontera turco-iraní.


Enviado el 11 de Mayo 2008, desde Kahta.
Kms. recorridos hasta el día de hoy: 23.274


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