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Empiezo mi marcha hacia el este. Tengo ganas de
llegar a Irán, hasta ahora no he tenido oportunidad de visitar
ese país. Todo lo que conozco sobre los persas me ha llegado de
fuentes diversas, libros de historia, novelas, biografías, relatos
de viajeros, documentales, reportajes, noticias en los periódicos
y televisión. Distintas imágenes, retazos de realidades,
deformadas por la subjetiva y limitada percepción de los autores.
Me falta mezclar todos los ingredientes y salpimentar el producto con
mis experiencias en el país. Espero enriquecerme, acumulando mayor
conocimiento. Ojala los buenos momentos superen los malos, de todo habrá.
Aunque en el fondo, tanto unos como otros incrementarán mi patrimonio.
Mi primera parada es en Bogazkale, a unos 200 kms
de Ankara. Allí se encuentran las ruinas de Hattusa, antigua capital
del imperio hitita. Durante cerca de 900 años, del siglo XX al
XI, a.C., fue uno de los “Grandes” de lo que hoy llamamos
Oriente Medio. Arrasaron Babilonia, con los egipcios llegaron a un acuerdo
de no agresión. Construyeron murallas ciclópeas defendiendo
ciudades y rutas. Incorporaron a su poderoso ejército el carro
de combate, dos ruedas, dos caballos. Primero lanzaban sus flechas, para
atacar después, rápidamente, con lanzas. De aquel estado
guerrero, como Esparta en Grecia, quedan pocos vestigios. Cerca de Hattusa,
esta Yacilikaya (el mismo nombre que el yacimiento arqueológico
frigio que visite hace unos días), restos de un santuario hitita
en el que se conservan interesante relieves esculpidos en rocas. Yazilikaya,
en turco, significa “roca inscrita”.
La meseta central de Turquía tiene una altitud superior a los 1000
metros. Tórridos veranos y fríos extremos durante gran parte
del año. Incluso puede nevar en Mayo y Octubre. La única
vez que había estado anteriormente en Hattusa, en octubre de 1987,
fue bajo una gran nevada. Ya que había llegado hasta allí,
me empeñé en ver las “Puerta de los Leones”.
La verja del recinto arqueológico estaba abierta. Seguí
un sendero, pregunte a un pastor que regresaba al pueblo con su rebaño.
Alcancé el lugar, visibilidad diez metros. Nada. Una foto. Medio
metro de nieve. Dificultades para regresar hasta el pueblo. El limpiaparabrisas
dejó de funcionar. Tuve que improvisar un remedio de emergencia.
Un cordel unido a las escobillas, que moviéndolo, desde el interior
de la cabina, izquierda-derecha-izquierda, fuera apartando la nieve que
se depositaba en el cristal. Eso imponía mantener bajados los cristales
de las puertas delanteras. Frío horrible. Cuento todo esto para
que se pueda comprender mi especial interés por regresar, 21 años
después a Hattusa.
Llego a Bogazkale a las tres de la tarde. Hace frío.
Es un pueblo pequeño, con cuatro o cinco hoteles. Escojo uno que
no me parece mal. Mañana visitaré las ruinas. Intento conectarme
a Internet por wi-fi, pero el código que me facilita el dueño
debe ser incorrecto, “no hay como”. Charlo un rato con el
propietario, mientras tomamos té. La población ha disminuido.
Son campesinos que buscan mejores condiciones de vida en Ankara o Estambul.
Apenas hay turistas. Soy el único huésped en el hotel. Mientras
luce el sol, se está bien, protegido del gélido viento que
sopla fuera. Hojeo algunos libros alemanes sobre los yacimientos hititas.
Regreso a la habitación. Tiene televisión, acondicionador
de aire (solo refrigera). Empiezo a congelarme. Abro las cremalleras del
saco de dormir, me envuelvo con él, veo un par de películas,
grabadas en mi disco duro externo, me refugio en la cama.
A las ocho de la mañana, me acerco a la puerta de entrada de Hattusa.
Los arqueólogos alemanes que durante años han trabajado
en la zona, han reconstruido parte de la muralla. Un grupo de mujeres,
busca entre las hierbas, unas hojitas que, según me explican, utilizan
para cocinar.
Hattusa debió ser, según he leído, una ciudad bien
defendida. El palacio real y la Gran Fortaleza se levantaban sobre un
roquedal. La ciudad, edificios de la administración, templos, almacenes,
sobre una ladera, estaba protegida por una muralla de siete kms de perímetro,
con numerosas torres intercaladas.
Es difícil imaginar cómo llegó a ser Hattusa. Se
conservan, algunas de las ocho puertas monumentales, una de las puertas
que debían utilizarse para entrada y salida rápida de soldados,
bien en busca de refugio, bien en un contraataque, algunos relieves y,
sobre todo, los fundamentos de antiguos edificios.
Cuando sigo la excelente calzada (inexistente hace
21 años), bien señalizada, con carteles indicadores, lo
primero que me encuentro es “El Gran Templo”. Se conserva
una roca cúbica, verde, con un pulido excepcional que atestigua
su procedencia. Fue un regalo de Ramses II, tras el Tratado de Paz de
Kadesh, año 1285 a.C. En las excavaciones se encontraron miles
de tablillas de arcilla, un tesoro para los arqueólogos, grandes
vasijas, piedras talladas –umbrales de puertas-, con agujeros para
encajar las bisagras. El frío que pasé ayer ha sido compensado
hoy por un día soleado, cálido, sin apenas nubes. La única
persona que me encuentro es un joven francés que viaja solo. Le
invito a subir al coche para evitarle la subida hasta la parte más
alta de Hattusa. Luego no nos molestaremos el uno al otro. Cuando el llegue
a un lugar interesante, yo estaré saliendo, en busca del siguiente.
Por
fin puedo ver la Puerta de los Leones. Defendían la ciudad, con
sus fauces abiertas, de la entrada de malos espíritus. Desde ese
punto, puedo apreciar la planta de algunos templos. La Puerta de las Esfinges,
se encuentra sobre un túnel de 70 metros de largo, que atraviesa
un talud artificial, en su tiempo defendido por murallas y torres. Unas
escaleras laterales permiten regresar hasta la Puerta de las Esfinges,
quince metros más arriba. Una de las dos esfinges esta en el museo
de Berlín, la otra en el Museo de Estambul. Aunque me desplazo
en coche de un lugar a otro, no paro de subir, bajar escaleras, sortear
piedras, recorrer senderos entre ruinas, procurando no resbalar o torcerme
un tobillo. Otra de las puertas que se conserva es la del Rey. Se puso
ese nombre por el relieve esculpido en una piedra lateral. En realidad,
no es un rey, sino un dios que debía proteger la puerta. La talla
que contemplo es una copia. El original está en Ankara.
¿Qué más? Una gran roca con
una extensa inscripción hitita, muy deteriorada por el paso del
tiempo. ¿Una tumba real? Una sala de pétreas paredes con
jeroglíficos, un relieve de un guerrero. La gran Fortaleza, con
el palacio real en su interior. Ahí se encontró la tablilla
de arcilla en donde se escribió, en cuneiforme, el Tratado de Kadesh,
que actualmente se encuentra en el museo de Estambul.
A
pocos kms. está Yazilikaya. Del gran Templo de entrada al Santuario,
solo quedan cimientos. Una cuadrilla de trabajadores estaba limpiando
y colocando vallas metálicas. Hay dos galerías, entre rocas.
La de la izquierda es mucho más grande, fue el santuario más
importante del Imperio Hitita. Los relieves, principal interés
de este lugar, se encuentran bastante deteriorados. Dioses y Reyes están
representados. En una gran roca esculpida, se encuentra Teshub, dios de
las tormentas, y su mujer, Hepatu, la diosa sol. A la entrada de la galería
de la derecha, se pasa junto a la talla de un guardia alado con cabeza
de león. Los relieves de esta galería están menos
afectados por la erosión. En las paredes, unas oquedades que tal
vez contuviesen urnas crematorias. Los restos artísticos del Imperio
hitita se encuentran esparcidos por distintos museos. Estambul, Ankara,
Alepo, Londres, Paris, Nueva York, Boston, Houston… Estoy frente
a los relieves más representativos de los hititas, en el lugar
original, donde fueron cincelados, más de 3000 años atrás.
Los había visto en fotografías y documentales. Pero existe
una gran diferencia entre una fotografía y el original. La imagen,
sobre cualquier soporte, nos ofrece información, detalles, puede
analizarse, pero, a mi, de verdad, no me crea ninguna sensación
especial. Las horas pasadas en Hattusa y Yacilikaya han sido intensamente
gratificantes.
No
quiero pasar una noche más, envuelto en el saco de dormir. Emprendo
camino a Nemrut Dagi, donde se encuentra el túmulo funerario de
Antíoco I. Como la distancia es larga, hago un alto en la Capadocia.
Regreso al camping cercano a Goreme. La primera vez que estuve en él,
hace más de tres semanas, estaba prácticamente vacío.
En esta ocasión, encuentro más de treinta auto- caravanas
ocupando plaza. Me instalo en el mismo sitio que la vez anterior, cerca
del despacho donde se encuentra el router que me permite conectarme a
Internet por wi-fi. Estoy apartado del resto de acampados. No dispongo
de electricidad para alimentar el ordenador, pero no la necesito ya que
puedo utilizar la que me proporciona la batería auxiliar del Toyota.
Aprovecho las lavadoras automáticas para hacer la colada. Dando
una vuelta por la zona de acampada, encuentro un gran camión Mercedes,
todo terreno, que transporta a un grupo de veinte personas desde Londres
a Australia. Seis meses de viaje. El itinerario previsto pasa por China.
Esperan no tener problemas motivados por las Olimpiadas. El jefe del grupo
tiene un Toyota como el mío, más antiguo. Es su vehículo
preferido para viajar, cuando dispone de tiempo y dinero. Le dejo cuando
tiene que ayudar a preparar la cena. Todos colaboran, unos pelan patatas,
otros cortan tomates. Parece un grupo bien avenido. Más mujeres
que hombres, de distintas edades, de 25 a 50 años. Salieron el
15 de Marzo. Duermen en tiendas de campaña. Cuatro noches en la
Capadocia. El propietario del camping me agradece la publicidad que he
hecho de sus servicios. Ha tenido cuatro visitantes que le han hablado
de mí. Tiendo la ropa a última hora de la tarde. Ha refrescado,
el cielo está nublado.
Al día siguiente recojo algunas prendas secas.
Ojalá se sequen las restantes antes de que empiece a llover. Hace
frío. Día desapacible. Más auto caravanas, los alemanes
son mayoría. Matrimonios de jubilados. Forman grupo. Cantan, bailan,
se ríen. Para visitar los lugares destacados de la Capadocia alquilan
un autobús con conductor y guía. Sus vehículos los
utilizan sólo como hotel móvil. Tengo que descolgar la ropa
tendida, todavía húmeda, cuando empieza a lloviznar. Dos
horas después, descarga un fuerte chaparrón. Cuando me acuesto,
continúa lloviendo.
El día siguiente amanece despejado. Tengo
cerca de seiscientos kms. por delante, antes de llegar a Kahta, ciudad
cercana a Nemrut Dagi. Hay dos rutas. Una más rápida que
utilizan las agencias de viaje para llevar a los grupos desde la Capadocia
hasta Nemrut, rumbo sur y luego este, otra rumbo este y luego sur. Prefiero
la segunda, ya que la primera es por la carretera que llegué hasta
Goreme, cuando entré en Turquía, desde Siria. Salgo a las
diez y media de la mañana. En diversos tramos, la calzada de doble
sentido, se transforma en autovía. El firme, salvo algunas zonas
de obras (ampliación a autovía) es excelente. Paso por valles
y altiplanos, dejo campos sembrados para encontrar áridas montañas
sin vegetación. La nieve, lejana en un principio, empieza a aproximarse
cuando aumenta la altitud por la que transito. Cielos nublados. Frío
exterior. La calefacción del coche ideal. Si pongo en marcha el
ventilador, al mínimo, el aire caliente me abrasa las manos. Estupendo,
seguro que más adelante, no se cuándo ni dónde, lo
necesitare. Pongo valses de Strauss, música animada, más
acorde con el paisaje que me rodea. ¿Podré subir hasta el
túmulo funerario de Antíoco I? Nemrut Dagi tiene una altitud
de 2.150 metros. Viendo lo que me estoy encontrando, es posible que este
nevado. Bueno, ya veremos cundo llegue allí.
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