| Teatro
romano y Necrópolis licia, forman un conjunto espectacular, las
tumbas están esculpidas en la pared rocosa de un monte, junto al
teatro. Al igual que las de Xanthos, las fachadas representan casas con
falsas puertas y ventanas. Ángulos rectos, tejado, vigas, troncos
circulares, todo representado en piedra. Algunas se enriquecen con relieves
de personas y animales. Forman un conjunto equilibrado, Todas son parte
de la montaña, pero alguna provoca la falsa impresión de
no ser así. El lugar esta protegido por una cadena que impide el
paso. Supongo que en tiempos no muy lejanos había quien se encaramaba
por rocas y escaleras entre las tumbas, con evidente riesgo de sufrir
un grave accidente.
El
Teatro es impresionante. Se conservan en perfecto estado, las galerías
que sostienen las gradas. Los muros están apuntalados. El escenario
prácticamente ha desaparecido. Entre sus restos, se encuentran
frisos de la fachada principal que tienen relieves de máscaras
con distintas expresiones.
Después
de comer, continuo camino de Antalya. Me encuentro bien, decido seguir
hacia el norte, en busca de la tierra de los frigios. No se muy bien donde
parar. Al final me detengo en un centro comercial, con bar y restaurantes,
cerca de Afyon. Hoy he recorrido 464 kms, he abandonado la costa, adentrándome
en el interior del país. Nuevamente montañas, valles, lagos,
cumbres nevadas.
Me levanto temprano para poder acercarme a los enclaves
que conservan algunos restos de los frigios, un pueblo que ocupó
el espacio dejado por los hititas. Establecieron su capital en Gordion,
sobre el siglo VIII a.C. Ahí se sitúa la leyenda del celebre
nudo gordiano. Cuando llego Alejandro Magno, en el 333 a.C., le presentaron
un carro del fundador de la ciudad, Gordius, con el yugo unido al mástil
del carruaje por un nudo intrincadísimo. Quien fuera capaz de desatarlo,
conquistaría Asia. Alejandro resolvió el problema cortándolo
con un golpe seco de su espada. Continúo su marcha victoriosa hasta
el Punjab.
Primero llego a Afyon, intentando recoger información
sobre los enclaves más interesantes del desaparecido estado frigio.
Primer inconveniente, el idioma. Los folletos que me facilita la oficina
de turismo, después de hablar en ingles, por teléfono, con
alguien que transmite mi petición al amable funcionario que me
ha atendido, están escritos solo en turco. Vale. Me sirven los
mapas, las fotografías y los nombres de los emplazamientos. En
el centro de Afyon se levanta una colina rocosa con una fortaleza que
en el pasado se denominaba “Fortaleza negra del opio”. Ya
no es negra, sus murallas reconstruidas son blancas. Pero las amapolas
de las que se extrae el opio continúan floreciendo cada año
en los campos cercanos. Afyon produce más de un tercio del opio
legal en el mundo. Desisto de subir hasta sus torres, 226 metros de altura,
700 escalones, estoy seguro de que el esfuerzo no se vera recompensado
por el paisaje que puede verse desde lo alto. Cambio castillo por Museo.
Planta baja y jardín. Pse. Bien. Busco y encuentro un “lokanta”,
restaurante donde se sirve comida tradicional turca. Como ya es habitual,
me dirijo a la cocina y señalo con el dedo las ollas, cazuelas
y bandejas que contienen los entrantes, guisos y postres que prefiero.
El camarero se esfuerza para que me sienta a gusto. Lo consigue plenamente.
Sigo, camino de Yacilikaya, donde he visto que se
encuentra “La tumba de Midas”. Dejo la carretera principal,
continuando por una de segundo orden. El primer pueblo al que llego es
Ayazini. Todos los lugares, con algo interesante por mostrar, están
señalizados con carteles marrones. Me detengo ante uno en el que
puede leerse “Metrópolis”. Ante mi se levanta una formación
rocosa, con numerosas cuevas, como las que pueden verse en la Capadocia.
Esta a la entrada de un cañón. Sigo el lecho del rio, seco,
viendo algunas cuevas, en las paredes. No es el camino adecuado. Es agradable
el paseo pero sin mayor interés. Regreso al punto de partida. Me
meto en las cuevas, subo a niveles superiores, por escalones no aptos
para personas con vértigo. Encuentro iglesias excavadas en la roca.
Sigo un sendero que no se adónde conduce, me encuentro con una
pareja de tortugas y termino por llegar a una cantera. Vuelvo al lugar
de partida. Me acerco a un cementerio, con cancela sin candado. En su
recinto se encuentran lapidas recientes, tumbas antiguas, excavadas en
las rocas, iglesias bizantinas. En ningún momento he encontrado
persona alguna.
Busco
una iglesia que he visto en los folletos que me han dado en la Oficina
de Turismo. Me acerco al pueblo, pregunto a unos niños, enseñando
la fotografía. Me indican que vuelva hacia la carretera principal,
que veré el cartel. Llego hasta el cruce. Pregunto a un grupo de
personas que espera el autobús de línea. Vuelven a indicarme
la carretera por la que he regresado. Acomodo a dos campesinos con sus
bártulos y otra vez de vuelta. Esta vez si veo la iglesia. Los
dejo en el pueblo y retrocedo hasta ella.
Sigo
en dirección a Yacilikaya. En la carretera, cada equis klms, me
tropiezo con un cartel, con un nombre que no figura en ninguno de mis
folletos. A veces, no siempre, marca distancia, 2 o 3 kms. Como voy bien
de tiempo, me encuentro a gusto, el entorno es bucólico, luce el
sol, dejo la carretera y sigo la pista de tierra. Vadeo riachuelos, llego
hasta más cuevas, fragmentos de gigantes relieves tallados en las
rocas, singulares formaciones geológicas o… a ninguna parte.
Opto por no seguir buscando lugares inciertos, cuando en mi última
incursión termino en un cañón de paredes rocosas
en el que me veo en apuros para maniobrar, intentando dar media vuelta.
Muy cerca ya de mi destino, llego a Kümbet.
Todos estos pueblecitos son esencialmente agrícolas. Casas nuevas,
junto a viejas viviendas de piedra y restos de la antigua civilización
frigia. Dejo el coche en un lugar que no impida el paso. Continúo
la búsqueda a pie. Llego al punto más elevado, encontrándome
con una tumba selyúcida con tallas bizantinas en su puerta. En
lo alto, un nido de cigüeñas. Es así, todo mezclado,
integrado. Sobre un promontorio cercano, piedras esculpidas. Junto a una
tumba, excavada en la roca, con dos leones en su fachada, una casa construida
aprovechando el emplazamiento de la tumba. La gente del pueblo no interrumpe
sus quehaceres ante la visita de un extraño. Sonríen, saludan
y, en ocasiones, señalan con el brazo extendido una dirección.
Pocos kms. después entro en el valle de Yazilikaya.
Enseguida veo el yacimiento arqueológico. Un macizo rocoso en el
que destaca una pared lisa, anaranjada, parece la fachada de un templo,
la tumba de Midas. Me acerco al centro de visitantes. El “director”
sale a recibirme con un fuerte apretón de manos. Habla algo de
alemán y cuatro palabras de ingles. Me da folletos, en ingles,
me regala la entrada, diciéndome que la visita completa dura una
hora. Viendo el mapa de la zona que me acaba de entregar, pongo en duda
el tiempo estimado. Faltan dos horas para que anochezca, ha refrescado.
Prefiero quedarme a dormir en algún lugar y visitar al día
siguiente, con tranquilidad el conjunto que presumo muy interesante. No
hay hoteles ni camping. Aquí no pernocta ningún grupo. Me
dice que si quiero puedo quedarme en el jardín del centro, pero
que estaré mejor en el de su casa. Esta cerca. La tiene preparada
para atender a los grupos que llegan de Ankara. Les sirve bebidas, cuenta
con un gran jardín, porche, salón interior, con mesas y
sillas suficientes para treinta personas. Servicios limpios y agua caliente.
La oferta me parece generosa ya que se niega a cobrarme nada.
A las ocho en punto, después de tomarme un
te que me ha preparado su mujer, entro en el recinto, siendo el único
visitante. Hace frio. El cielo esta cubierto, no creo que llueva, las
nubes se desplazan con gran rapidez. Aprovechare los rayos de sol que
se cuelen por los claros que dejan las nubes para fotografiar todo lo
que me interese. Lo que se conserva de los frigios, en Yazilikaya, se
encuentra en esa formación rocosa que tengo delante de mí.
Escarpadas paredes con escasos accesos a la planicie superior. En su tiempo,
murallas y torres protegían la antigua Acrópolis, utilizada
como centro ceremonial y lugar seguro, ante un ataque. En el mapa que
me ha dado el director, guía del área años atrás,
están marcados todos los lugares con restos de la cultura frigia.
Lo primero que me encuentro es la Tumba de Midas. La fachada de un templo,
17 metros de altura, inscripciones frigias en algunos bordes, relieves
geométricos que recuerdan un laberinto. Todo esculpido en la roca.
Un dintel que enmarca un altar en el que se mostraba una imagen de Cibeles.
Si nos desplazamos hacia la derecha, comprobamos que la “Tumba de
Midas” esta cincelada en una pared rocosa que no permitía
mayor profundidad. ¿Tres metros, tal vez?. Cerca de ese gran monumento,
se levanta un conjunto rocoso con múltiples oquedades excavadas.
“El Monasterio”. Monjes bizantinos residían en esas
cuevas. Todavía se conserva una iglesia que parece haber perdido
su fachada.
Sigo el sendero que me lleva hasta una gruta con
escaleras que permitían el acceso a una gran cisterna. Me conformo
con verla desde el exterior. Bajar por esos escalones desgastados supone
un riesgo que decido no asumir. Llego hasta una ¿Tumba?¿Altar?,
semejante a la “Tumba de Midas”, pero inacabada. Solo esta
finalizada la parte superior. Eso significa que esculpían de arriba
hacia abajo. Los relieves, protegidos de la lluvia, por la roca, se mantienen
en perfecto estado. Me acerco hasta un conjunto que esta indicado como
“Tumba Monumento”. Empiezo a no encontrar algunos puntos señalados
en el mapa. No hay indicaciones, flechas de dirección, ni números
que identifiquen un monumento. Bueno, es lo que hay. Queda algún
cartel, casi ilegible. Continúo por un camino que conduce al nivel
más alto de la Acrópolis. Hierbas y flores cubren la gran
superficie. Las piedras están cubiertas de musgo. Voy encontrando
conjuntos pétreos esculpidos. Ignoro lo que pudieron llegar a ser.
¿Altares?. En ocasiones descubro inscripciones frigias, casi borradas
por el paso del tiempo y el efecto de los elementos. Desde esa altura
en que la me encuentro, disfruto de un punto de observación excepcional.
Después de tres horas, creo que no voy a encontrar nada más.
Busco un camino que me permita descender sin regresar por donde he subido.
Descubro un senderito con fuerte pendiente. Lo sigo, procurando no resbalar.
Pasa entre arbustos y rocas que utilizo como punto de apoyo. En la parte
baja, mas cuevas, ¿Iglesias? ¿Altares? de la época
bizantina. Una ultima observación de la “Tumba de Midas”.
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Después, carretera, autovía, fuerte
chaparrón –que suerte que no me pillado en el alto del promontorio
arqueológico, no había visto ningún lugar en el que
pudiera resguardarme de la lluvia. Sigo hasta Ankara. Esta vez no me ha
costado nada encontrar el parking, cercano al hotel en el que me aloje
hace veinte días. Me han dado la misma habitación. Ceno
en el restaurante que ya conozco. Clasifico fotografías y escribo
estas notas. Viendo de nuevo “La Tumba de Midas”, recuerdo
mi paseo solitario entre piedras, musgo, tumbas, altares, cuevas, bajo
unas negras nubes amenazadoras. Tengo la sensación que eso fue
hace tiempo, pasado, lejano. Solo han transcurrido unas horas. Que suerte.
Emprender este viaje fue una decisión acertada.
Noticias de última hora. Ya tengo el visado de Irán en mi
pasaporte. Me permite estar dos meses en el país. Creo que es suficiente.
Mañana emprenderé ruta hacia el este. Quiero llegar al principal
yacimiento hitita, se encuentra a unos 200 kms de Ankara.
Enviado
el 5 de Mayo 2008, desde Ankara.
Kms. recorridos hasta el día de hoy 22.109
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