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Continuo
mi caminar hasta el Museo Kariye, para nosotros San Salvador del Campo,
En su interior, diversas escenas de la vida de Jesús y Maria. En
una capilla lateral, construida con el fin de servir como ultima morada
de la familia que financio la construcción de la iglesia, pueden
contemplarse frescos de gran calidad. Este museo si esta dentro de los
circuitos turísticos, aunque no registra la afluencia masiva de
los grupos que si se encuentran en Santa Sofía.
Después
de hacer un alto en el bar, estratégicamente situado delante del
Museo Kariye, me acerco a la calle donde se levantan unas coloristas casas
de madera que se han construido manteniendo el antiguo diseño.
Después encamino mis pasos hasta la muralla cercana. Hace años,
recorrí toda la muralla. Había tramos perfectamente reconstruidos.
Se intercalaban otros totalmente abandonados, con tierras sembradas en
el primer foso, zonas solitarias. Hoy solo quiero acercarme hasta una
de las torres a la que se puede subir, con cuidado, por unos rotos escalones.
Desde lo alto, buena vista y refrescante viento que agradezco, dado lo
caluroso del día. Sigo después el camino de la muralla por
el interior, paso por un barrio medio abandonado con algunas casas en
muy mal estado de conservación. Llego hasta una gran avenida en
la que se encuentra una estación de metro. Ese medio de transporte
me permitirá llegar de nuevo a Sultanahmet. Es hora de entrar en
la ultima mezquita de Estambul que pienso visitar, la de Soliman El Magnifico.
Mi gozo en un pozo. La Mezquita atraviesa una época de restauración
y solo se permite el acceso a una pequeña zona de oración
que no tiene ningún interés. Me acerco hasta el mausoleo
del arquitecto musulmán más importante de la época,
Mimar Sinan. No se puede visitar, tampoco creo que tenga mayor interés,
pero tengo cierta querencia por ese lugar. Decido compensar mi frustrada
visita al interior de la mezquita, comiendo en lo que fue comedor de beneficencia,
el restaurante Daruzziyafe. Se encuentra en un patio ajardinado, mesas
bajo los porches. Un lugar encantador. La comida, mezzes tradicionales,
estofado con pisto, cerveza fría, acompañado por música
de flauta y laúd, me hace sentir afortunado. Podría seguir
recorriendo lugares interesantes, pero estoy muy a gusto, disfrutando
plenamente de Estambul, sin necesidad de volver a ver lo que ya conozco.
Mejor, una vuelta por los jardines que hay entre la Mezquita Azul y Santa
Sofía. Busco y encuentro una mesa libre, a la sombra, en el Dervish
Café, en el que saboreo un te, mientras fumo placenteramente un
narguile con tabaco sabor de manzana.
Tranvía,
funicular, nuevamente la atestada calle Istiklal. Aquí no se descansa.
Se están apurando las últimas horas festivas. Me siento
en una terraza, veo pasar la gente, mientras tomo otro te, acompañando
algo riquísimo que no acierto a identificar. Una mezcla de queso
fresco y crema quemada, con pistachos desmenuzados. Después, camino
del hotel, paso por calles con pescaderías. Descubro una galería
con una tienda que llenaría de felicidad a mi querido webmaster,
Fernando González Dörner, carteles de cine, discos antiguos,
caprichos de coleccionista.
Mi
último día en Estambul voy a dedicarlo al Bazar, a pasear
por las calles, y a entrar en el mercado de las Especias, conocido como
Mercado Egipcio, ya que de ese país provenían la mayoría
de materias que se vendían en sus galerías. El Gran Bazar
siempre me había parecido un laberinto donde era muy fácil
desorientarse. He cambiado de opinión. Solo hace falta un plano
y ser metódico al establecer el recorrido. Tal vez, en anteriores
ocasiones, luchaba contra el tiempo para buscar determinado objeto o prenda,
que me había pedido algún amigo. Saltaba de una tienda a
la otra, preguntando precios, buscando la mejor oferta. Hoy no voy a comprar
nada, solo pasear. La oferta de siempre, joyas, antigüedades, alfombras,
bolsos, zapatos, ropa, lámparas, prendas de cuero, no muy bien
curtido y teñido, copias de marcas, de baja calidad…. ¿Qué
estará de moda?. Siempre hay algo original que los visitantes buscan
especialmente. El interés dura solo una temporada. Lo original
se convierte en vulgar, cuando se masifica. No lo se, estoy fuera de onda,
tal vez sean esas botas tan llamativas, las ofrecen en varias tiendas.
O tal vez ya pasaron de moda y solo sean las últimas existencias.
Que tranquilidad, pasear, solo mirar. De aquí me he llevado, en
anteriores ocasiones, un zapatero de latón, un tintero de bronce,
juego de vasos de te, molinillo de café, una daga, alfombras, kilims,
que se yo… cantidad de objetos que hoy permanecen guardados en cajas.
Las tiendas han mejorado su aspecto, están más ordenadas.
He
bajado por las callejuelas que conducen al Mercado Egipcio. Ríos
de personas, tiendas, carritos de rosquillas de pan, castañeros,
casas de zumos naturales, puestecitos de Doner Kebab, color y olores que
se mezclan, como la gente. En el lado europeo apenas se ven mujeres cubriendo
sus cabellos, aquí en cambio abundan los pañuelos y esa
especie de gabardinas que llegan hasta media pantorrilla, dejando ver
solo treinta centímetros de pantalón.
El Mercado de las Especias va ampliando su oferta, aun se mantienen los
puestos que venden diversos condimentos, pero también se puede
comprar caviar ruso o iraní, azafrán de distintos países,
quesos, delicias turcas de distintos sabores, frutos secos, incluso ya
han ocupado lugar algunas joyerías y tiendas de ropa.
Quería
llegar hasta aquí, coincidiendo con la hora de comer. Junto a una
de las entradas, se encuentran las escaleras que conducen a un tradicional
restaurante que continua uniendo calidad, precio, y excelente servicio.
El Pandali permite gozar nuevamente de sabores ya difíciles de
encontrar en Europa. Tomates, berenjenas, calabacines, guisantes, judías,
pimientos de varias clases, cocinados en su punto. Algo tan sencillo y
tan difícil de encontrar hoy en día. Supongo que todo se
debe a la industrialización de la agricultura, a la uniformidad
de semillas y a la maduración en cámaras. No lo se. El caso
es que he disfrutado de los platos que he comido. La casi totalidad de
los clientes estaba formada por extranjeros. Me gusta encontrar sitios
así. Siempre esta lleno. Podrían añadir alguna mesa
más, retirando algún sofá que no se usa, pero supongo
que prefieren mantener el espacio despejado, es más agradable,
hay que agradecerlo.
Por
la tarde he seguido paseando. Me he acercado a los puesto de pescado cocinado
a la brasa, me he sentado en uno de los bares que hay en la zona baja
del puente Galata, viendo pasar los barcos que cruzan el Bósforo,
transportando personas entre dos continentes. La ciudad es muy extensa,
sus edificios se levantan en colinas y valles, a ambos lados del Bósforo.
Desde la torre de la muralla a la que subí el otro día,
se podían ver grandes torres edificadas en los nuevos barrios.
Sigue creciendo. Cuatro días es muy poco tiempo para conocer una
ciudad, pero he tenido buenas sensaciones. No estaría mal pasar
aquí un año, estudiando turco. Parece que no es difícil,
es una lengua moderna. Solo hay que estudiar y practicar. Bueno, eso es
lo que me dicho Nicolás. Yo siempre confío en la opinión
de los expertos.
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