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Quiero
agradecer a Fernando González Dörner su desinteresada
colaboración en este viaje. Gracias a el, todos vosotros podréis
saber de mi, ya que no solo ha dado forma a mi idea de la web, sino que
la “alimentara”, actualizándola, a medida que vaya
recibiendo los relatos y fotografías que le envíe.
Un
día el viajero ha de partir. Ha llegado ese momento. 12 de Noviembre,
2007, tres de la tarde. Luce el sol, cielo azul, sin nubes. Al arrancar
el Toyota, se conecta la radio y suena la música que tengo grabada.
Por casualidad, la primera canción que escucho es “My way”,
Frank Sinatra. Buenas sensaciones, carretera despejada, bajo el cristal
de mi ventana. Voy a empezar un largo viaje, durante años soñé
en poder realizarlo algún día y hoy, que por fin ha llegado
el momento, me parece lo más normal, como si continuara algo que
interrumpí hace unos años.
Pasar la frontera francesa me cuesta una hora. No
se detienen los coches, pero la autopista y la carretera nacional confluyen
a una sola vía. Un embudo que ralentiza el paso. Adquiero velocidad
de crucero, 110 kms.hora. Voy pasando las salidas que tantos recuerdos
me traen de un tiempo pasado ya lejano, Perpignan, Lunel, La Camargue….
Dejo atrás el desvío hacia Lyon y continúo hacia
la Costa Azul.
Llego a Marsella a las nueve y media de la noche. Siguiendo las indicaciones
me dirijo hacia el puerto. Da gusto, esta muy bien señalizado.
Encuentro la puerta de entrada a los muelles de donde salen los barcos
para Argelia y Túnez. La puerta de entrada esta cerrada. No se
ve un alma. Aparco junto a otros tres coches en los que hay gente durmiendo.
Preparo el habitáculo, procurando no golpearme con la rueda y los
bidones que están dentro del Toyota. Tuve que bajarlos de la baca
porque la altura total del coche excedía los 2,30 metros. El billete
que había comprado tenía limitación de altura. Me
duermo plácidamente. Estoy tranquilo, faltan más de nueve
horas para que abran la verja.
3
DE NOVIEMBRE 2007
Cuando me despierto, compruebo que los coches que
estaban junto al mío han desparecido. Ordeno el interior y me pongo
en la cola que están formando los vehículos que entran en
los muelles. Lentamente pero sin pausa, los conductores muestran los billetes,
pasaportes y documentación del coche y reciben la designación
de cabina y un número que hay que colgar del retrovisor interior.
Mientras espero que me llegue el turno, empiezo a hablar con otras personas
que están en la misma situación que yo. La mayoría
forman parte de un Raid de 4x4 por el desierto de Libia. Hay buen ambiente.
Estoy rodeado de franceses que me invitan a una taza de café. En
total son unos 70 u 80 vehículos, de los que 20 son españoles,
de estos últimos el grupo mas numeroso es el catalán, también
hay murcianos y madrileños. Es un conjunto muy variado, jubilados,
matrimonios con niños, maridos sin mujeres, parejas de amigos,
pocos muy jóvenes. Los coches, muy bien preparados, son caros.
Predominan los Toyota.
No hay ninguno como el mío. Algunos lo miran con curiosidad. Están
pegando carteles del raid. Varios se conocen de anteriores expediciones.
Parece ser que el organizador se ha ganado la confianza de “aventureros”
que buscan seguridad. Es un francés muy viajado que prepara minuciosamente
cada salida. Un murciano de 34 años me cuenta que es el tercer
viaje que hace con ellos este año. Llevan mecánicos, camiones
de asistencia, medico, comida y bebida en abundancia en congeladores.
Serán dos semanas por el desierto de Libia, acompañados
por un 4x4 con militares libios. A mi no me gusta viajar así, pero
ellos se lo pasan muy bien. Cada día reciben un rutómetro.
En sus GPS la organización les ha introducido todos los way points
necesarios. Parece ser que saben lo que se hacen.
Las charlas y comentarios sobre la preparación
de los vehículos es el tema común. Así va pasando
el tiempo. El barco tenia que salir a las 11,30. Empezamos a embarcar
a la una. Ha llegado con retraso, pero no debemos preocuparnos, recuperaremos
el tiempo perdido, así lo anuncian por los altavoces. Es un barco
antiguo, no esta mal, tiene dos restaurantes y dos bares, pero el oxido
que rodea algunos pernos de las barcas salvavidas no es nada tranquilizador,
denota cierta dejadez y abandono. Al salir de Marsella pasamos cerca del
castillo de If.
4
DE NOVIEMBRE 2007
A las ocho, ducha, desayuno. Se ve la costa africana
a estribor. A las nueve y media, desembarcamos. Largas colas, inspección
aduanera –“no llevo nada, mapas”- los GPS hay que declararlos
y se pierde mas tiempo. Policía, sellos, ordenadores obsoletos,
impresoras que se atascan, pero justo es decirlo gran amabilidad por parte
de todos los funcionarios.
Me despido de mis recientes conocidos, franceses
y españoles y salgo en busca de la carretera que me llevara al
sur –que suerte, siempre me ha gustado ir al sur-. No he cambiado
dinero, tengo suficiente gasoil en los depósitos para llegar a
Libia. Supongo que ya encontrare algún hotel en el que pueda pagar
con Visa. La autovía, de dos carriles en ambas direcciones se convierte
en autopista de peaje. No se si se podrá pagar con tarjeta, así
que salgo y continuo por la nacional. La velocidad máxima es de
90 kms., hay muchos tramos, cruces y paso de pueblos, que reducen la velocidad
máxima a 50 kms. Numerosos policías se encargan de que todos
circulen con precaución. Dispongo de tiempo suficiente para llegar
antes de que anochezca. De vez en cuando veo el mar a mi izquierda. Cuando
paso por los pueblos llega hasta mi el olor de cordero a la brasa. Hay
numerosos chiringuitos en los que están preparando kebabs. Sorprende
que en algunos cuelgan las pellejos junto a los corderos recién
desollados y debajo los corderitos pastando. Animalitos, no son conscientes
de su futuro.
Un ligero ruido, viento que se cuela por alguna
parte, me hace descubrir que alguien ha intentado forzar la ventanilla
triangular del copiloto. Han cortado la goma con un cutter pero no han
podido abrir la puerta. Supongo que ha sido en el barco, ya que allí
no puedes activar la alarma. Bien, veamos el lado positivo: no han podido
abrir. Solucionare el problema en Libia. Buscare un tallercito que me
quite las ventanillas triangulares y cubra el hueco con un trozo de plancha
que pintare después con el mismo color del coche, tengo un botecito.
De repente, esa conducción tranquila se convierte
en una carrera peligrosa en que todos quieren adelantar a un camión.
No se respetan curvas, línea contigua, intermitentes ni preferencias.
Si un coche sale un poco para ver si puede adelantar, el de detrás
se coloca a su derecha impidiéndole regresar a su posición
si viene un coche en dirección contraria. Aflojo, les dejo pasar
a todos y me preparo para presenciar un accidente en cadena. Afortunadamente
no ocurre nada. Se han jugado la vida por una estupidez. 
Hace rato que la carretera esta flanqueada por grandes extensiones de
terreno ocupadas por olivares. Los arboles perfectamente alineados, suelo
roturado, limpio, se pierden en la lejanía.
Llegando a Gabes, en donde podría buscar un hotel, encuentro un
coche del raid. Lo conduce un jubilado francés que esta un poco
perdido. Tiene que llegar a Matmata. Miro el mapa, veo que esta a 35 kms.
Decido ir con el. Podre ver algo de Túnez, las casas trogloditas.
Anochece. Llegamos al pueblo. Encontramos el hotel. Ya han llegado todos.
Han utilizado la autopista. Tengo habitación. Media pensión
40 euros. El hotel es el mejor de Matmata, ha aprovechado la disposición
de las viviendas antiguas de la zona, excavadas en la roca. Esta bien,
sin pasarse, pero es gracioso. Por la noche cena comunitaria, horario
francés, vino tunecino. Al día siguiente empezara para ellos
la “aventura”. Cambiara su horario, tendrán que levantarse
a las 6 de la mañana, acamparan a las cinco de la tarde. Junto
al fuego, en el desierto, comentaran las incidencias del día, correrán
las botellas de whisky que dosificaran para que no les falte ningún
día.
Esta tarde se ha producido una baja en el grupo.
Un coche, creo que francés, ha roto su caja de cambio. Dejaran
el coche en Matmata y continuaran en otro que se ha compadecido de ellos.
He asistido a la reunión que celebran diariamente. Les entregan
el rutómetro, les advierten de dificultades y forman grupos de
coches. Abre la marcha uno de la organización. Detrás todos
los participantes,
cierran la marcha los camiones de asistencia. Otros dos coches de la organización
van situándose estratégicamente durante el día para
que no se pierda ningún participante. Seguro que lo pasaran muy
bien. Por eso repiten. El precio, unos dos mil euros por pareja y coche,
todo comprendido, incluso el barco. No incluye extras ni combustible,
aunque en Libia es muy barato. Como detalle, el barco les cuesta 400 euros
ida y vuelta. A mi, solo ida, 650.
5
DE NOVIEMBRE 2007
Me voy a quedar un día mas en Matmata, asi
podre darme una vuelta. Me he levantado justo cuando se marchaban los
últimos coches de la expedición. Despues de desayunar, he
vuelto a colocar en la baca los dos bidones de gasoil de reserva y las
dos ruedas de repuesto. Para el último esfuerzo he solicitado la
ayuda de dos fornidos motoristas italianos que se han prestado para subirme
la ruedas hasta donde yo, en la baca, pudiera alcanzarlas. Cada una pesa
más de 30 kilos.
Por lo que he leído y he podido comprobar,
las casas trogloditas desaparecieron en su mayoría después
de una intensa lluvia que las anego en 1969. Las que quedan son en su
mayor parte un reclamo turístico. Hay bastantes en buen estado
y en uso, pero los lugareños han preferido vivir en casas elevadas
y no bajo el nivel del suelo. Me he acercado a un pueblo que esta a unos
diez kilómetros en donde quedan restos de esas antiguas viviendas.
Cuando he dejado la carretera principal he adelantado a un hombre a quien
he invitado a subir al coche. Iba a ese pueblo, Hadegge, vive allí,
al llegar se ha ofrecido para enseñarme lo que queda de su antigua
vivienda. Lo utiliza como almacén y corral. Me ha mostrado la antigua
almazara. Me he hecho una foto con el y me he despedido dándole
las gracias. Hablabamos mezclando palabras de árabe y francés.
Luego unos niños, que se habían acercado al coche, se han
ofrecido a enseñarme otras cuevas. Les he acompañado, he
visto mas de los mismo y luego les he dejado dándoles un dinar
a cada uno (95 ptas). Me han dicho que eso era muy poco, que bla, bla,
bla… Con eso se han quedado, claro. A 10 Kms. De Matmata, en dirección
contraria, se encuentra otro pueblo recomendado, Tamerzet.
El día es esplendido, soleado, cielo azul, 27 grados., 24% de humedad.
He dejado el coche junto a un bar y he pedido una Coca Cola, mientras
bebía, he estado hablando con el dueño, un hombre afable,
retirado, que ha vuelto a su hogar primero y ha montado un bar-restaurante.
Es feliz, necesita poco para vivir, ya que los gastos son mínimos,
al ser el edificio de su propiedad. “Aquí nos conocemos todos,
no hay tensión, ni robos, como en las ciudades. El clima es bueno,
la temperatura agradable todo el año, salvo el verano, muy caluroso
y con muchos turistas, pero estoy bien, soy feliz y aquí quiero
morir”. He dado una vuelta por el pueblo, las mujeres todavía
visten a la antigua usanza y se cubren la cabeza con unos grandes chales
que las protegen del sol. Largas escaleras de piedra llegan hasta la mezquita
que esta en lo alto del montículo en donde se levantan las casas.
En el camino de regreso a Matmata me he encontrado
un hotel en construcción, aunque mejor seria decir en excavación,
porque están horadando la roca, blanda, para abrir, “InshAlah”
dentro de dos años, un hotel de veinticinco habitaciones. El propietario,
eso me ha dicho, vive al lado en una vivienda troglodita que se ha empeñado
en mostrarme, grande, con muchas habitaciones, almazara, patio central.
Aquila habitaciones y quiere ofrecer en su nuevo hotel un buen restaurante
que permita conocer a los visitantes extranjeros las delicias de la cocina
bereber. Se ha empeñado en invitarme a tomar un te de romero, pan
ácimo y aceite de oliva. Por supuesto he aceptado en honor a el.
Tiene una pareja de halcones en el patio. Su
mujer se ha empeñado en enseñarme la habitación del
amor, un dormitorio excavado en la roca con forma de corazón, digamos
que es divertido. Les he hecho bastantes fotos, se las enviare en un CD.
Me ha recalcado que por favor en un CD, ya que por Internet no se pueden
enviar fotografías con mucha resolución. Forman una pareja
agradable, ríen fácilmente y se les ve decididos, con un
proyecto ambicioso en un lugar ideal para recibir turistas todo el año.
Ojala les vaya bien. El nombre de el: FAYÇAL HABIB, según
su traducción del bereber, DIAR AMOR.
Como ya atardecía, he regresado al hotel,
he ordenado fotos y he escrito todo lo ocurrido estos días. La
cena, como la de ayer, pero sin el bullicio de los integrantes de la expedición.
Unos pocos viajeros que mañana se dirigirán al desierto
tunecino. Es una pena no tener tiempo para visitarlo. Mañana intentare
cruzar la frontera libia.
6
DE NOVIEMBRE 2007
Me levanto a las nueve de la mañana. Llego
al restaurante cuando los camareros están recogiendo. Todos los
huéspedes se han levantado temprano y han desaparecido. La arena
del desierto esta dura a primera hora de la mañana, es el mejor
momento para subir y bajar las dunas.
El gerente me ofrece la ruta que siguieron los del Raid. Se lo agradezco
pero le digo que iré por la ruta mas corta a Libia, sin visitar
otra casas trogloditas. Estoy algo intranquilo, como siempre que tengo
que cruzar una frontera. Además, esta, por todo lo que he leído
y me han contado otros viajeros, puede ser especialmente difícil.
Hasta que no este dentro del país no estaré seguro de que
mi visado de “negocios” me abrirá las puertas de un
país que tengo muchas ganas de visitar y que es uno de los tres
“especiales” de este viaje, junto a Irán y Australia.
Como siempre, como hago todos los días al despertarme, me pregunto
“¿Cómo transcurrirá el día? ¿Será
bueno o malo? ¿Me encontrare con personas interesantes, amables,
a quienes hablare como si las conociera de toda la vida, o por el contrario
tendré que estar a la defensiva, vigilando a quien tengo detrás?”.
La única manera de comprobarlo es vivir el día, con el mejor
animo posible.
Tengo la sensación de que ha pasado mucho
tiempo desde que salí de Barcelona, y ….solo han transcurrido
cuatro días. Este viaje promete.
27 grados, cielo azul, con copos de algodón.
La carretera esta bien, asfaltada, estrecha, con poco trafico. No hace
mucho debería ser una pista infernal. Transcurre entre colinas,
con muy pocos pueblos. Paso uno que las guías destacan como interesante.
Muchas tiendas a ambos lados de la carretera en donde se ofrecen alfombras,
cerámica, mil objetos artesanales que los turistas deben comprar
para exponer en sus estanterías. Les recordaran unos días
“distintos” que pasaron en Túnez. Esta bien ese intercambio,
dinero, que mejora su nivel de vida, a cambio de sol, sonrisas, paisaje
espectacular y recuerdos perdurables.
Encuentro de nuevo la carretera que une Túnez
y Trípoli. El trafico va disminuyendo al acercarme a Libia. A la
entrada de la última ciudad tunecina veo a cambistas de dinero
en los arcenes, exhibiendo ostentosamente grandes fajos de billetes en
sus manos. Había leído que existía mercado negro.
Cambiare una cantidad y luego, ya en Libia, otra cantidad en un banco.
Antes pregunto a cuanto esta el cambio, a varios, para hacerme una idea
de cual es el cambio mas ventajoso para mi. Encuentro uno que me ofrece
190 dinares por 100 euros. “Si este es el mejor cambio, volveré”,
le digo. Al salir de la ciudad, encuentro mas cambistas, estos últimos
en chiringuitos. La mejor oferta es de 175 dinares por 100 euros. Regreso
al que me había ofertado 190. Le digo que cambiare 300 euros. Me
va dando fajos de billetes de diez, que cuento cuidadosamente. Cuando
le voy a entregar los euros, me vuelve a coger los dinares con la excusa
de que los he doblado mal. A pesar de que son dos e intentan distraerme,
no dejo de mirar el dinero. Noto algo raro, agarro un fajo, lo cuento
y solo tiene 7 billetes en vez de diez. Sonrío, se lo devuelvo.
Se enfada. El otro sonríe, me guiña un ojo y me estrecha
la mano, mientras me dice “Eres muy listo”. “No, tengo
experiencia”. Continúo camino y cambio a los de los chiringuitos.
Llego a la frontera tunecina a las dos y veinte de la tarde. Me preparo
para sonreír durante cuatro o cinco horas. El primer paso, salir
de Túnez, me entretiene una hora. No por ineficacia ni control
excesivo, sino por la cantidad de coches y camiones que forman dos colas
larguísimas. Todavía tengo un papel en la mano, permiso
para circular por Túnez, que intento entregar a un nuevo oficial
que se dirige a mi, cuando compruebo que ya estoy intentando entrar en
Libia. Me hace aparcar a un lado, detrás de una verja, para no
interrumpir el paso de los otros coches. Mira atentamente el visado de
entrada. Me pregunta a que grupo pertenezco. Le extraña que viaje
solo. “Voy a Trípoli, por negocios”. Con la pinta que
tengo y el mapa del mundo en la carrocería, dos bidones y dos ruedas
de repuesto en la baca. Eso si, sonriendo y mezclando palabras de árabe.
Pide ayuda a uno que habla ingles. Un joven sonriente, amable que me explica
los pasos que tengo que seguir para formalizar mi entrada en Libia. Supongo
que es un intermediario, como me he encontrado en anteriores situaciones
similares. Cierro el coche, conecto la alarma, le sigo. Primero, seguro
del coche, para lo que tengo que entregar mi “Pasaje de Aduanas”.
Se sorprenden cuando les digo que lo quiero por un mes. “¿Un
mes en Libia?”. Asiento con la cabeza, sin dejar de sonreír.
Como no se si existe mercado negro, no he dicho que ya tengo dinares libios.
“No tengo dinero, he de cambiar. ¿Hay banco?”. “Si,
coja el seguro, ya me pagara luego”. Banco, cambio. A lo mismo que
había obtenido en Túnez. Comprobado, no hay mercado negro.
“Ahora hemos de ir a por las matriculas libias”. Interrumpo
a los de las matriculas que empiezan a tomar un tentempié, me ofrecen
pan y miel. Lo rechazo, explicándoles que no puedo tomar nada dulce
por prescripción facultativa. Las matriculas son casposas y me
cuestan una pasta, 65 €. Los agujeros no coinciden ni en tamaño
ni en situación con los mios, asi que me valgo de cinta americana
para sujetarlas. No quedan mal, espero que no se caigan. Ya las atare
con alambre mas adelante. Mi mediador ha desaparecido. Me acerco a pagar
el seguro. La oficina esta desierta. Aparece el solucionador de problemas,
encuentra al de los seguros, paga las diez libras que le entrego. 5,7
€. “¿Y a ti, cuanto te debo?”. Se lleva la mano
derecha al corazón, con una gran sonrisa en sus labios y me dice
“Nada, amigos”. Le doy las gracias, me despido y paso por
una ultima caseta en donde vuelven a comprobar mi visado. Me preguntan
si voy a ir al desierto. “No, no creo que tenga tiempo. Voy a Trípoli”.
Salgo tan emocionado por haber resuelto el paso fronterizo tan fácilmente,
menos de una hora, que no me doy cuenta de que salgo en dirección
contraria. Cuando soy consciente que todos los coches vienen de frente,
doy media vuelta y tomo la salida correcta. Lo curioso es que nadie, ni
gente, ni policías que me estaban mirando, me indicara mi error,
ni siquiera los coches que venían de frente. Bueno, ya he entrado.
Carretera y música que me distraiga los casi 200 kms que me
faltan para llegar a Trípoli. Ah, a partir de ahora hablare muy
bien de los oficiales aduaneros libios.
En una hora empieza a anochecer, grandes nubarrones,
planean sobre mí. El paso de los pueblos es un atasco monumental.
La circulación y el paso de peatones se asemeja al de El Cairo.
Muchos kms antes de llegar a la capital, la carretera cambia a dos carriles
en ambas direcciones, pero dado que cruza zonas muy pobladas, el carril
de la izquierda hay que evitarlo ya que se utiliza para girar a la izquierda,
el carril de la derecha suele estar atascado por coches parados, sigo
por el centro, manteniendo la posición, intentan adelantarme por
ambos lados, derecha e izquierda. Busco un hotel, recomendado por la guía,
en una ciudad enorme que no conozco, de noche, lloviznando, por vías
rápidas, llenas de coches. Para no extenderme, encuentro el hotel,
lleno. Busco en cuatro mas, llenos. Mantengo mi aparcamiento delante del
ultimo y duermo como un bendito, escuchando las gotas de agua que golpean
la carrocería. Antes he cenado cuatro samosas en un bar cercano.
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