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Ascendemos
a la gran pirámide desde la que se disfruta de una vista espectacular.
Los escalones restaurados facilitan la ascensión, aunque mejor
no mirar hacia atrás. Los edificios singulares los edificaban sobre
elevaciones del terreno. Una de las maravillas de Uxmal es la casa del
Gobernador. Cien metros por doce de altura, con muchas salas en el interior.
Como en el cuadrángulo de las monjas los muros, hasta algo por
encime del dintel de las puertas, son lisos. Luego una greca con distintas
ornamentaciones y numerosos mascarones de Chaac. Enfrente de la fachada,
sobre una plataforma, una escultura de dos jaguares unidos que se supone
era utilizada como altar ceremonial. Precioso. Poca gente, día
esplendido, sin vendedores que disturben la contemplación de los
impresionantes monumentos de Uxmal.
Le comento a Nieves que ha estado muy bien empezar
por Cobá, seguir por Tulum, Chichén Itzá y Uxmal,
en orden de interés ascendente para finalizar nuestro recorrido
de ruinas mayas en Palenque, un espacio que me impresionó profundamente.
Llegamos a Mérida con el tiempo suficiente para pasear por el centro
histórico en el que se encuentran los edificios más destacados
de la ciudad. Antiguos palacios, iglesias, plazas… Viejas casonas
coloniales, con frescos patios interiores, en los que no faltan las fuentes,
se han convertido en restaurantes donde se ofrecen las exquisiteces de
la comida yucateca, fusión de la cocina española y maya.
Nieves elige “Cochinita Pibil”, carne de cerdo marinada en
achiote, jugo de naranja agria, ajo y pimienta, envuelta en hojas de plátano
y horneada bajo tierra (lo he sacado de un recetario local). Yo elijo
“Sopa de lima” que es un caldo de pollo desmenuzado, con tortillas
mejicanas de maíz, fritas, y zumo de lima. Los platos se acompañan
con ensalada. Puedo asegurar que ningún día hemos salido
con hambre de un restaurante. Procuro moderarme a la hora de comer. En
un país donde los productos imprescindibles de la dieta son los
frijoles, arroz, patatas y maíz, podéis imaginar el efecto
multiplicador de la mezcla.
Por la noche acudimos a un festejo gratuito que
ofrece la municipalidad. Bailes tradicionales sobre un escenario que se
levanta en una plaza donde diversos puestos ofertan objetos de artesanía
local entre otros de procedencia china. Por cierto que no les pase nada
a los mejicanos. He leído que en enero desaparecen los aranceles
que encarecían los productos procedentes de China. Finaliza el
plazo concedido por la Organización Mundial de Comercio para defender
la industria nacional. Textil, calzado y juguetes bajarán de precio.
¿Veremos ponchos y sombreros con la etiqueta made in China? Eso
sólo será el principio. No me extiendo. Corto. Los grupos
de baile que actúan logran arrancar nutridos aplausos a los numerosos
espectadores que hemos ocupado todas las sillas disponibles. Sigue la
actuación de una cantante de rancheras. Cuando llega el plato fuerte
de la velada, danzas inspiradas en la tradición maya, se producen
algunas deserciones, entre ellas las nuestras. Coreografía y vestuario
no han recibido, por lo visto, la mínima subvención necesaria.
Nuestra
siguiente parada es en Campeche, fundada en 1540, que llegó a
convertirse en uno de los puertos de mayor importancia en la época
colonial. Antes de entrar en la ciudad no detenemos en una animada zona
junto al mar donde se levantan varios restaurantes. Hay gran animación.
Es domingo. Tres de la tarde. Mucho calor. Luz cegadora. Cielo azul.
Ni una nube. Encontramos mesa en una terraza. Canciones en directo por
un hombre orquesta que maneja con gran habilidad los diversos instrumentos
que ha dispuesto a su alrededor. Buen ambiente. La especialidad, por
supuesto, pescado y marisco. Preguntamos cuál es el plato más
solicitado. Nos recomiendan “Pan de Cazón”, no falta
en ningún restaurante de Campeche. Hay que probarlo. Es una torre
de tortillas mejicanas intercaladas con capas de cazón encebollado,
bañado todo ello con una salsa de tomate a la que agregan diversas
especias. Está rico. Compartimos también brochetas de
langostinos frescos con ají. El camarero llena los espacios libres
de la mesa con ensaladas, nachos y diversas salsas con diferente grado
de picante. ¡Qué bien! Estamos a unos quince metros del
mar. Un largo paseo empedrado sigue la ondulante línea costera.
No hay playa. Rocas y agua azulada en la que flotan algunas algas. Consultamos
nuestras guías buscando un hotel que ofrezca un perfecto equilibrio
entre precio y confort. La gente nos trata cordialmente. En el diccionario
de la RAE, el adjetivo “campechano” caracteriza a aquel
que se comporta con llaneza y cordialidad, sin imponer distancia en
el trato. Entre paréntesis añade “Por la fama de
cordialidad de que gozan los naturales de Campeche, tierra de vida placentera
según la creencia popular”. O sea, sin preverlo hemos llegado
a un lugar especialmente acogedor. Claro que la fama bien ganada de
los campechanos es anterior a la explotación del petróleo
y la violencia generada por el narcotráfico. Podré comprobar,
en los próximos días por causas circunstanciales ajenas
a mi voluntad, si hay que mantener esa palabra o eliminarla del diccionario.

Nos alojamos en un hotel que está bastante bien a un precio
razonable. Pero tendremos que cambiarnos al día siguiente. Hemos
coincidido con la celebración de la semana teatral. Espectáculos
gratuitos en teatros y al aire libre por diferentes compañías
llegadas desde diversas ciudades. Nos cuesta encontrar otra habitación
para la siguiente noche pero la final la conseguimos. Dos días
son suficientes para disfrutar de todo lo que ofrece Campeche al viajero
de paso.
La ciudad fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1999.
Se ha conservado y restaurado gran parte de la muralla y sus ocho bastiones
estratégicamente situados en las esquinas de un perímetro
de más de dos kilómetros de largo. Algunos han sido convertidos
en museos. Destacan la Puerta del Mar y la de Tierra, cada una de ellas
al principio y final de la misma calle. Dentro del centro histórico
es fácil orientarse. Todas las calles de dirección única.
Las transversales son pares, las perpendiculares impares. Calzadas enlosadas,
fachadas pintadas de diferentes colores. He preguntado cómo logran
conservarlas tan bien. Es sencillo, me han contestado. Hay varias brigadas
trabajando ininterrumpidamente. Repasan los distintos sectores siguiendo
un orden planificado.
Desde lo alto de la muralla que hemos recorrido
he descubierto que no todas las fachadas, con puertas, ventanas y rejas
son frontales de una casa. Algunas, como un decorado, ocultan solares.
La zona que rodea la plaza principal, con la catedral y el edificio
de la Municipalidad, es donde pueden encontrarse las mejores tiendas
de antigüedades, ropa o artesanía. Por la noche hemos asistido
al espectáculo de luz y sonido que se celebra todas las noches
en la Puerta de Tierra. Entretenido. Se cuenta la historia de la ciudad
desde su fundación hasta la Independencia del país. Gracias
a la riqueza que proporcionó el puerto se edificaron palacios,
iglesias y floreció el comercio. Un pastelito para los piratas.
No dejaron de asaltarla hasta que finalmente se levantaron las murallas
que la convirtieron en una plaza inexpugnable.
Cuando preguntamos por la playa más cercana nos indican que tomemos
un autobús que después de muchas vueltas nos deja en un
cruce desde el que tenemos que caminar hasta llegar a un balneario desierto.
Edificios cerrados. En un almacén nos señalan la dirección
para llegar al restaurante que acaba de abrir. ¿Playa? ¿Con
arena? No. Entrada entre rocas al mar cubierto de algas. Vale. Pescadito
del día con mojo de ajo, ensalada y cerveza helada. Ventilador
para refrescarnos. Cielo azul, barcos en la lejanía con dirección
a Ciudad del Carmen, en el golfo de Méjico, centro de operaciones
de las principales explotaciones petrolíferas del país.
Estamos a principios de noviembre. Calor y humedad. En verano pueden
alcanzarse los 40 grados. Entre las esculturas homenaje a las antiguas
tradiciones campechanas destaca una dedicada al aguador. Un hombre con
carreta transportando un gran tonel lleno de agua… de lluvia.
Porque según nos explican el agua de lluvia es la ideal para
cocinar los frijoles. “Ya no saben como antes…”
Al salir de Campeche para dirigirnos a Palenque
me quedo sin tracción. Mejor aquí que en la carretera
lejos de una ciudad. Grúa, taller Toyota. Rotura de palier trasero
derecho. No encuentran el número de la pieza. Envío dos
emails solicitando ayuda. Uno a Fernando Plaza, de Landimport, que es
donde adquirí el coche y otro a Jorge Alaimo, jefe de taller
del concesionario de Toyota en Río Grande, Tierra de Fuego, que
me arregló la caja de cambios en enero. Los dos responden inmediatamente.
Coincide el número e incluso Fernando Plaza me envía la
hoja del libro de taller donde se muestra todo el despiece del conjunto
trasero. Vuelvo al taller. Consultan con la central. Un mes. No puede
ser. Les ruego que busquen la pieza en EEUU. Finalmente la encuentran
en Canadá. Una semana. Vale. Me sabe mal por Nieves pero prefiero
salir de Campeche con el problema resuelto. Lo comprende. Me voy con
ella en autobús a Palenque. Después de visitar las ruinas
ella seguirá en autobús hasta San Cristóbal de
las Casas y Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas, que es donde
estaba previsto que la dejara.
Salimos a las dos y media de la madrugada. Duermo y me despierto poco
antes de llegar a Palenque, a las nueve de la mañana. Dejamos
maletas en un hotel y nos acercamos a las ruinas en un microbús.
Como me ocurrió al acercarme a Cancún compruebo el paso
del tiempo en el crecimiento de Palenque y alrededores. Eran unas ruinas
en mitad de la selva con un sencillo restaurante a la entrada. Ahora
hay varios hoteles en la carretera que conduce al parque arqueológico,
situado a unos siete kms. de la ciudad. Pasamos por delante de un museo.
Claro, también Palenque ha cambiado. Junto a la entrada hay guías,
tiendas y bar. El pequeño restaurante ha desaparecido. Han limpiado
la zona de arbustos, alisado el terreno, plantado hierba, señalizado
caminos por los que se alcanzan cómodamente todos los edificios
restaurados y protegidos que se alzan en el área. Siendo época
baja coincidimos con varios grupos numerosos de turistas norteamericanos
y europeos. Cuando visité las ruinas, en 1989, entré a
primera hora. Durante la primera vuelta por las distintas zonas del
conjunto no me crucé con nadie. Solo entre esos impresionantes
restos que surgían entre la selva que los rodeaba. Me sentía
liberado del tiempo. Repetí caminos regresando a los mismos lugares
para recoger los distintos efectos que la luz del sol, al cambiar de
posición, producía sobre los monumentos. Almorcé,
solo también, junto a la entrada. Después ascendí
hasta la última plataforma del Templo de las Inscripciones y
pasé una par de horas contemplando el entorno. Por la mañana
había descendido 25 metros por la empinada escalera que conduce
hasta la cámara funeraria de K’inich Janaab’ Pakal
I, rey de Palenque. Soy uno de los afortunados que pudo ver y fotografiar
la impresionante tapa del sarcófago de Pakal I. Empapado de sudor
tuve unos minutos –se disponía de 20 únicamente
para bajar, ver y volver a subir- para ver los que algunos interpretaban
como la representación de un ser llegado de una lejana galaxia
en el interior de una cápsula espacial. El “famoso”
astronauta de Palenque. Si a alguien le interesa el tema puede leer
lo que representa el relieve esculpido en la tapa del sarcófago
en la siguiente dirección
http://blogs.vandal.net/47683/vm/2346541352008
¿Seguro que no vale la pena abrir esa página? Voy a tentaros
con una foto que he descargado de Internet.

Desde hace cuatro años no se permite a
nadie ver la tumba de Pakal I. La afluencia masiva de visitantes, utilizando
flashes que dañaban las pinturas originales, el control imposible
para evitar que algunos bárbaros escribieran sus nombres en las
paredes obligaron a cerrar el acceso, no sólo a la tumba sino
también al santuario donde se conserva el segundo texto maya
jeroglífico más extenso que se conoce. El primero está
en Copán, en Honduras.
El recorrido por todo el itinerario de las ruinas
de Palenque –tengo que reconocerlo- es más cómodo,
menos arriesgado y agotador que hace 22 años. Al despejar la
zona de muchos arbustos los templos destacan en el entorno boscoso que
rodea el conjunto. Desde lo alto del templo de la cruz se disfruta de
un punto de vista excepcional. La torre del Palacio se yergue sobre
el conjunto de edificios interconectados, con varios patios en los que
se conservan algunos destacados relieves en estuco. Para salir hemos
optado por seguir un camino descendente, con muchas escaleras, que transcurre
cerca de restos que no vi. la primera vez. Un puente colgante que se
balancea al pasar sobre él permite superar un río que
tras un salto de agua busca su cauce natural. En el museo se exhiben
estelas, cerámica, collares, pulseras, objetos de jade y concha,
relieves, un calendario, algunos altares y una maqueta de el Palacio
que ayuda a imaginar cómo sería la ciudad en la época
de su máximo apogeo, hace un milenio.
Al día siguiente Nieves me acompaña
a la estación de autobuses. Unas horas después de mi salida
ella se dirigirá a San Cristóbal de las Casas. Al regresar
a Campeche consigo habitación con oferta especial porque ha finalizado
la semana de teatro. Tres noches por el precio de dos. Bien. Una semana
esperando que llegue la pieza de repuesto. Pruebo diferentes restaurantes,
desayuno, después de comprar el periódico, en un bar modernillo
que a partir del segundo día recuerdan mi nombre. Camino arriba
y abajo por el centro histórico. Leo. Veo películas en
el ordenador porque las series habituales de TV me aburren. Por la noche
paseo cerca de las murallas iluminadas, me siento en un bar de la plaza
principal, dejando pasar las horas. Por fin el día esperado.
Sábado, la pieza ha llegado. Puedo pasar a recoger el coche a
las cuatro de la tarde. No es mal día el domingo para iniciar
el camino que me llevará hasta San Cristóbal de las Casas,
aunque no quiero pegarme palizas conduciendo. Haré un alto en
Palenque. Contemplo por última vez las torres iluminadas de la
catedral. Mañana intentaré salir temprano. ¡Ah!
“Campechano” define perfectamente el comportamiento de las
personas que he tenido la oportunidad de conocer en esta ciudad.
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