Crónica 58: del 1 noviembre al 12 diciembre 2011
(2ª)


Méjico




Ascendemos a la gran pirámide desde la que se disfruta de una vista espectacular. Los escalones restaurados facilitan la ascensión, aunque mejor no mirar hacia atrás. Los edificios singulares los edificaban sobre elevaciones del terreno. Una de las maravillas de Uxmal es la casa del Gobernador. Cien metros por doce de altura, con muchas salas en el interior. Como en el cuadrángulo de las monjas los muros, hasta algo por encime del dintel de las puertas, son lisos. Luego una greca con distintas ornamentaciones y numerosos mascarones de Chaac. Enfrente de la fachada, sobre una plataforma, una escultura de dos jaguares unidos que se supone era utilizada como altar ceremonial. Precioso. Poca gente, día esplendido, sin vendedores que disturben la contemplación de los impresionantes monumentos de Uxmal.

Le comento a Nieves que ha estado muy bien empezar por Cobá, seguir por Tulum, Chichén Itzá y Uxmal, en orden de interés ascendente para finalizar nuestro recorrido de ruinas mayas en Palenque, un espacio que me impresionó profundamente.
Llegamos a Mérida con el tiempo suficiente para pasear por el centro histórico en el que se encuentran los edificios más destacados de la ciudad. Antiguos palacios, iglesias, plazas… Viejas casonas coloniales, con frescos patios interiores, en los que no faltan las fuentes, se han convertido en restaurantes donde se ofrecen las exquisiteces de la comida yucateca, fusión de la cocina española y maya. Nieves elige “Cochinita Pibil”, carne de cerdo marinada en achiote, jugo de naranja agria, ajo y pimienta, envuelta en hojas de plátano y horneada bajo tierra (lo he sacado de un recetario local). Yo elijo “Sopa de lima” que es un caldo de pollo desmenuzado, con tortillas mejicanas de maíz, fritas, y zumo de lima. Los platos se acompañan con ensalada. Puedo asegurar que ningún día hemos salido con hambre de un restaurante. Procuro moderarme a la hora de comer. En un país donde los productos imprescindibles de la dieta son los frijoles, arroz, patatas y maíz, podéis imaginar el efecto multiplicador de la mezcla.

Por la noche acudimos a un festejo gratuito que ofrece la municipalidad. Bailes tradicionales sobre un escenario que se levanta en una plaza donde diversos puestos ofertan objetos de artesanía local entre otros de procedencia china. Por cierto que no les pase nada a los mejicanos. He leído que en enero desaparecen los aranceles que encarecían los productos procedentes de China. Finaliza el plazo concedido por la Organización Mundial de Comercio para defender la industria nacional. Textil, calzado y juguetes bajarán de precio. ¿Veremos ponchos y sombreros con la etiqueta made in China? Eso sólo será el principio. No me extiendo. Corto. Los grupos de baile que actúan logran arrancar nutridos aplausos a los numerosos espectadores que hemos ocupado todas las sillas disponibles. Sigue la actuación de una cantante de rancheras. Cuando llega el plato fuerte de la velada, danzas inspiradas en la tradición maya, se producen algunas deserciones, entre ellas las nuestras. Coreografía y vestuario no han recibido, por lo visto, la mínima subvención necesaria.

Nuestra siguiente parada es en Campeche, fundada en 1540, que llegó a convertirse en uno de los puertos de mayor importancia en la época colonial. Antes de entrar en la ciudad no detenemos en una animada zona junto al mar donde se levantan varios restaurantes. Hay gran animación. Es domingo. Tres de la tarde. Mucho calor. Luz cegadora. Cielo azul. Ni una nube. Encontramos mesa en una terraza. Canciones en directo por un hombre orquesta que maneja con gran habilidad los diversos instrumentos que ha dispuesto a su alrededor. Buen ambiente. La especialidad, por supuesto, pescado y marisco. Preguntamos cuál es el plato más solicitado. Nos recomiendan “Pan de Cazón”, no falta en ningún restaurante de Campeche. Hay que probarlo. Es una torre de tortillas mejicanas intercaladas con capas de cazón encebollado, bañado todo ello con una salsa de tomate a la que agregan diversas especias. Está rico. Compartimos también brochetas de langostinos frescos con ají. El camarero llena los espacios libres de la mesa con ensaladas, nachos y diversas salsas con diferente grado de picante. ¡Qué bien! Estamos a unos quince metros del mar. Un largo paseo empedrado sigue la ondulante línea costera. No hay playa. Rocas y agua azulada en la que flotan algunas algas. Consultamos nuestras guías buscando un hotel que ofrezca un perfecto equilibrio entre precio y confort. La gente nos trata cordialmente. En el diccionario de la RAE, el adjetivo “campechano” caracteriza a aquel que se comporta con llaneza y cordialidad, sin imponer distancia en el trato. Entre paréntesis añade “Por la fama de cordialidad de que gozan los naturales de Campeche, tierra de vida placentera según la creencia popular”. O sea, sin preverlo hemos llegado a un lugar especialmente acogedor. Claro que la fama bien ganada de los campechanos es anterior a la explotación del petróleo y la violencia generada por el narcotráfico. Podré comprobar, en los próximos días por causas circunstanciales ajenas a mi voluntad, si hay que mantener esa palabra o eliminarla del diccionario.



N
os alojamos en un hotel que está bastante bien a un precio razonable. Pero tendremos que cambiarnos al día siguiente. Hemos coincidido con la celebración de la semana teatral. Espectáculos gratuitos en teatros y al aire libre por diferentes compañías llegadas desde diversas ciudades. Nos cuesta encontrar otra habitación para la siguiente noche pero la final la conseguimos. Dos días son suficientes para disfrutar de todo lo que ofrece Campeche al viajero de paso.
La ciudad fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1999. Se ha conservado y restaurado gran parte de la muralla y sus ocho bastiones estratégicamente situados en las esquinas de un perímetro de más de dos kilómetros de largo. Algunos han sido convertidos en museos. Destacan la Puerta del Mar y la de Tierra, cada una de ellas al principio y final de la misma calle. Dentro del centro histórico es fácil orientarse. Todas las calles de dirección única. Las transversales son pares, las perpendiculares impares. Calzadas enlosadas, fachadas pintadas de diferentes colores. He preguntado cómo logran conservarlas tan bien. Es sencillo, me han contestado. Hay varias brigadas trabajando ininterrumpidamente. Repasan los distintos sectores siguiendo un orden planificado.

Desde lo alto de la muralla que hemos recorrido he descubierto que no todas las fachadas, con puertas, ventanas y rejas son frontales de una casa. Algunas, como un decorado, ocultan solares. La zona que rodea la plaza principal, con la catedral y el edificio de la Municipalidad, es donde pueden encontrarse las mejores tiendas de antigüedades, ropa o artesanía. Por la noche hemos asistido al espectáculo de luz y sonido que se celebra todas las noches en la Puerta de Tierra. Entretenido. Se cuenta la historia de la ciudad desde su fundación hasta la Independencia del país. Gracias a la riqueza que proporcionó el puerto se edificaron palacios, iglesias y floreció el comercio. Un pastelito para los piratas. No dejaron de asaltarla hasta que finalmente se levantaron las murallas que la convirtieron en una plaza inexpugnable.
Cuando preguntamos por la playa más cercana nos indican que tomemos un autobús que después de muchas vueltas nos deja en un cruce desde el que tenemos que caminar hasta llegar a un balneario desierto. Edificios cerrados. En un almacén nos señalan la dirección para llegar al restaurante que acaba de abrir. ¿Playa? ¿Con arena? No. Entrada entre rocas al mar cubierto de algas. Vale. Pescadito del día con mojo de ajo, ensalada y cerveza helada. Ventilador para refrescarnos. Cielo azul, barcos en la lejanía con dirección a Ciudad del Carmen, en el golfo de Méjico, centro de operaciones de las principales explotaciones petrolíferas del país. Estamos a principios de noviembre. Calor y humedad. En verano pueden alcanzarse los 40 grados. Entre las esculturas homenaje a las antiguas tradiciones campechanas destaca una dedicada al aguador. Un hombre con carreta transportando un gran tonel lleno de agua… de lluvia. Porque según nos explican el agua de lluvia es la ideal para cocinar los frijoles. “Ya no saben como antes…”

Al salir de Campeche para dirigirnos a Palenque me quedo sin tracción. Mejor aquí que en la carretera lejos de una ciudad. Grúa, taller Toyota. Rotura de palier trasero derecho. No encuentran el número de la pieza. Envío dos emails solicitando ayuda. Uno a Fernando Plaza, de Landimport, que es donde adquirí el coche y otro a Jorge Alaimo, jefe de taller del concesionario de Toyota en Río Grande, Tierra de Fuego, que me arregló la caja de cambios en enero. Los dos responden inmediatamente. Coincide el número e incluso Fernando Plaza me envía la hoja del libro de taller donde se muestra todo el despiece del conjunto trasero. Vuelvo al taller. Consultan con la central. Un mes. No puede ser. Les ruego que busquen la pieza en EEUU. Finalmente la encuentran en Canadá. Una semana. Vale. Me sabe mal por Nieves pero prefiero salir de Campeche con el problema resuelto. Lo comprende. Me voy con ella en autobús a Palenque. Después de visitar las ruinas ella seguirá en autobús hasta San Cristóbal de las Casas y Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas, que es donde estaba previsto que la dejara.
Salimos a las dos y media de la madrugada. Duermo y me despierto poco antes de llegar a Palenque, a las nueve de la mañana. Dejamos maletas en un hotel y nos acercamos a las ruinas en un microbús. Como me ocurrió al acercarme a Cancún compruebo el paso del tiempo en el crecimiento de Palenque y alrededores. Eran unas ruinas en mitad de la selva con un sencillo restaurante a la entrada. Ahora hay varios hoteles en la carretera que conduce al parque arqueológico, situado a unos siete kms. de la ciudad. Pasamos por delante de un museo. Claro, también Palenque ha cambiado. Junto a la entrada hay guías, tiendas y bar. El pequeño restaurante ha desaparecido. Han limpiado la zona de arbustos, alisado el terreno, plantado hierba, señalizado caminos por los que se alcanzan cómodamente todos los edificios restaurados y protegidos que se alzan en el área. Siendo época baja coincidimos con varios grupos numerosos de turistas norteamericanos y europeos. Cuando visité las ruinas, en 1989, entré a primera hora. Durante la primera vuelta por las distintas zonas del conjunto no me crucé con nadie. Solo entre esos impresionantes restos que surgían entre la selva que los rodeaba. Me sentía liberado del tiempo. Repetí caminos regresando a los mismos lugares para recoger los distintos efectos que la luz del sol, al cambiar de posición, producía sobre los monumentos. Almorcé, solo también, junto a la entrada. Después ascendí hasta la última plataforma del Templo de las Inscripciones y pasé una par de horas contemplando el entorno. Por la mañana había descendido 25 metros por la empinada escalera que conduce hasta la cámara funeraria de K’inich Janaab’ Pakal I, rey de Palenque. Soy uno de los afortunados que pudo ver y fotografiar la impresionante tapa del sarcófago de Pakal I. Empapado de sudor tuve unos minutos –se disponía de 20 únicamente para bajar, ver y volver a subir- para ver los que algunos interpretaban como la representación de un ser llegado de una lejana galaxia en el interior de una cápsula espacial. El “famoso” astronauta de Palenque. Si a alguien le interesa el tema puede leer lo que representa el relieve esculpido en la tapa del sarcófago en la siguiente dirección
http://blogs.vandal.net/47683/vm/2346541352008
¿Seguro que no vale la pena abrir esa página? Voy a tentaros con una foto que he descargado de Internet.



Desde hace cuatro años no se permite a nadie ver la tumba de Pakal I. La afluencia masiva de visitantes, utilizando flashes que dañaban las pinturas originales, el control imposible para evitar que algunos bárbaros escribieran sus nombres en las paredes obligaron a cerrar el acceso, no sólo a la tumba sino también al santuario donde se conserva el segundo texto maya jeroglífico más extenso que se conoce. El primero está en Copán, en Honduras.

El recorrido por todo el itinerario de las ruinas de Palenque –tengo que reconocerlo- es más cómodo, menos arriesgado y agotador que hace 22 años. Al despejar la zona de muchos arbustos los templos destacan en el entorno boscoso que rodea el conjunto. Desde lo alto del templo de la cruz se disfruta de un punto de vista excepcional. La torre del Palacio se yergue sobre el conjunto de edificios interconectados, con varios patios en los que se conservan algunos destacados relieves en estuco. Para salir hemos optado por seguir un camino descendente, con muchas escaleras, que transcurre cerca de restos que no vi. la primera vez. Un puente colgante que se balancea al pasar sobre él permite superar un río que tras un salto de agua busca su cauce natural. En el museo se exhiben estelas, cerámica, collares, pulseras, objetos de jade y concha, relieves, un calendario, algunos altares y una maqueta de el Palacio que ayuda a imaginar cómo sería la ciudad en la época de su máximo apogeo, hace un milenio.

Al día siguiente Nieves me acompaña a la estación de autobuses. Unas horas después de mi salida ella se dirigirá a San Cristóbal de las Casas. Al regresar a Campeche consigo habitación con oferta especial porque ha finalizado la semana de teatro. Tres noches por el precio de dos. Bien. Una semana esperando que llegue la pieza de repuesto. Pruebo diferentes restaurantes, desayuno, después de comprar el periódico, en un bar modernillo que a partir del segundo día recuerdan mi nombre. Camino arriba y abajo por el centro histórico. Leo. Veo películas en el ordenador porque las series habituales de TV me aburren. Por la noche paseo cerca de las murallas iluminadas, me siento en un bar de la plaza principal, dejando pasar las horas. Por fin el día esperado. Sábado, la pieza ha llegado. Puedo pasar a recoger el coche a las cuatro de la tarde. No es mal día el domingo para iniciar el camino que me llevará hasta San Cristóbal de las Casas, aunque no quiero pegarme palizas conduciendo. Haré un alto en Palenque. Contemplo por última vez las torres iluminadas de la catedral. Mañana intentaré salir temprano. ¡Ah! “Campechano” define perfectamente el comportamiento de las personas que he tenido la oportunidad de conocer en esta ciudad.
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