| Con
Nieves, que aterriza muerta de frío por el aire acondicionado del
avión, llega la mejoría del tiempo. Las nubes empiezan a
abrirse. El turismo es la savia que alimenta Cancún. Todos esperan
que se inicie lo antes posible la llegada masiva de norteamericanos y
europeos. Con las medidas de seguridad que se tomaron ante la llegada
del huracán Rina son muchos los que han visto mermar sus ingresos.
Proliferan las casas de empeño, último recurso para conseguir
algo de dinero. Pagarán intereses elevados o perderán definitivamente
los objetos más preciados. No sólo oro, joyas. Instrumentos
musicales, ordenadores, incluso coches o maquinaria pesada. Casi todo
puede empeñarse. Nieves y yo resolvemos nuestro problema de falta
de liquidez acudiendo a una casa de cambio. Con pesos en el bolsillo,
los depósitos del coche llenos, iniciamos la visita de los principales
atractivos arqueológicos del Yucatán. Para empezar, las
ruinas de Cobá, a unos 135 kms de Cancún. Por el camino
comprobamos cómo ha crecido la oferta hotelera de la Ribera Maya.
Tráfico incesante por la amplia autovía. Numerosos autobuses
transportando turistas que han comprado paquetes de cinco o siete días,
avión+hotel. Si al llegar a Cancún no alquilas coche tienes
dos alternativas: o pasas todo el tiempo en la playa o piscina del hotel,
o no tienen más remedio que apuntarte a las visitas que ofrecen
las numerosas agencias de viaje. También puedes desplazarte en
taxi, que es caro porque no hay distancias cortas o te subes a un autobús
de línea regular, aceptando trayectos y horarios que complican
los itinerarios.
El paisaje es monótono. Llano con arbustos.
Parece ser que toda la zona tiene grandes reservas de agua subterráneas.
El agua se filtra a través de la tierra. Pocos campos cultivados.
Las nubes se desplazan rápidamente. Hemos salido con sol y al llegar
a Tulum, abandonando la carretera principal para dirigirnos hacia Cobá,
nos cubre una amenazante nube negra. A la entrada de la zona arqueológica
un gran aparcamiento con tiendas, bares y restaurantes. Irreconocible.
En 1989 la atención de los turistas que llegaban en grupos organizados
se centraban en dos pirámides. El sendero que transcurría
entre una y otra parecía un pasillo de comunicación entre
dos estaciones de metro, por la masa de personas que avanzaban intentando
no chocar unas con otras. Gracias a las indicaciones de un guarda a quien
pregunté logré seguir un estrecho sendero solitario que
me condujo hasta una pequeña pirámide con restos de pintura
en el templete que la coronaba. Un monumento aislado que me encantó.
La única compañía una gran serpiente que desapareció
entre los arbustos. Quiero volver a ese lugar. ¿Lo encontraré?
Empieza a lloviznar. No importa, hace calor. Primer cambio apreciable.
Al traspasar la puerta de entrada nos ofrecen la posibilidad de recorrer
los caminos transportados en un triciclo con toldo. No hay muchos visitantes.
La mayoría se cubre con impermeable. Regreso al coche y cojo dos
que compré en las cataratas de Iguazú. Seguiremos caminando.
Hay cambios. A la primera pirámide que subí, cerca de la
entrada, se ha prohibido el acceso. En un mapa sobre un panel compruebo
que se han abierto caminos hasta los últimos hallazgos excavados.
Por supuesto vuelvo a encontrarme ante el templo de las pinturas, pero…
también está prohibido subir. No importa. Seguimos por los
senderos hasta tropezarnos con estelas y restos de edificios.
Cobá fue una ciudad importante. Tenía una extensión
de 80 kms cuadrados en la que residían 50.000 habitantes. Su hegemonía,
del siglo V al X, decayó ante la emergente Chichén Itzá.
La diferencia entre esas antiguas ciudades es patente hoy en día
por los recursos empleados en las excavaciones y los resultados obtenidos.
A pesar de ello Cobá merece una visita. La lluvia que nos ha obligado
a enfundarnos los impermeables nos permite disfrutar del entorno prácticamente
en soledad.
Se forman grandes charcos y el agua empieza a correr sobre los caminos.
Arrecia. Nos protegemos en un habitáculo techado en el que coincidimos
con un paisano que controla por teléfono la flotilla de triciclos.
Mientras esperamos a que deje de llover iniciamos conversación.
Nos cuenta su vida. Era propietario de una tienda de ropa que en determinado
momento quebró. Pagó todo lo que debía perdiendo
casa y coche quedándose en la calle con mujer y dos hijos. Lo atropelló
un coche. Tenía que desplazarse en una silla de ruedas. Los médicos
le pronosticaron que no volvería a caminar. Estaba hundido, desesperado.
Se puso en manos de Dios –así nos lo cuenta- y le rogó
que lo ayudara. Su fe le salvó. Con gran esfuerzo un día
se levantó de la silla y poco a poco volvió a andar. Luego
montó en bicicleta. Ha encontrado trabajo, tiene casa y sus hijos
estudian. El buen Dios le hizo pasar por todos esos difíciles momentos
porque él podía superarlos. Interrumpe la narración
porque le llaman por teléfono. Dos turistas están esperando
que un triciclo los recoja. Aprovechamos el lapsus para pedirle otro triciclo
con toldo. La lluvia ha perdido intensidad. La verdad es que es muy cómodo.
Por el equivalente a cuatro euros nos ahorramos media hora de caminata
por suelo embarrado. Además el triciclo nos esperará y nos
llevará hasta la salida cuando decidamos dar por terminada nuestra
visita.
Al llegar a Nohoch Mul, una pirámide de 42 metros de altura, cesa
la lluvia, se abren las nubes y el sol nos abrasa. En ésta sí
está permitido subir. Dado que las piedras están mojadas,
los escalones, como en todas las pirámides mayas, son estrechos
y desiguales, decidimos no arriesgarnos a finalizar este viaje por el
Yucatán el primer día a causa de un esguince, rotura o algo
peor.
Aunque las nubes han vuelto a hacer acto de presencia al pasar
por Tulum nos desviamos para acercarnos hasta las únicas ruinas
mayas en la orilla del mar. No disponemos de mucho tiempo. Una hora y
media, antes de que cierren. Compramos el boleto y nada más entrar
en el recinto arqueológico vuelve a llover. Esperamos bajo cubierta.
Llovizna. Los minutos pasan. Es lo que hay. Impermeables. Al traspasar
la muralla por una pequeña entrada fuera impermeables, ya no son
necesarios. Las ruinas bien conservadas destacan sobre un verde césped
bien mantenido. Caminos sin posibilidad de salirse de ellos conducen hasta
los principales miradores y templos. Es otro lugar, no el Tulum que conocí.
Está bien. Ahora almaceno dos Tulums en mi memoria. Al igual que
tantos lugares a los que vuelto en este viaje después de muchos
años. Jordania, Siria, Turquía, India, Camboya, Brasil,
Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Honduras, Guatemala…
Se han mejorado los accesos, se cobra entrada, se ofrecen servicios, tiendas,
restaurantes… Es lógico. Hay que conservar, dentro de lo
posible, esos maravillosos y mágicos lugares, ante la creciente
afluencia de turistas. Me siento afortunado por haber podido entrar en
espacios en los que hoy en día es imposible. O que han desaparecido.
La vida sigue en continua evolución. Quien llega, por ejemplo,
por primera vez ahora a Petra, en Jordania o a Palmira, en Siria, le parecerán
lugares fascinantes. Lo son. Pero imaginad el mismo entorno sin vendedores,
turistas ni restricciones. También yo ahora he descubierto pueblos
y paisajes que me han encantado y que para aquellos que los conocieron
hace muchos años han perdido atractivo.
Al día siguiente, ya que estamos en el Caribe y luce el
sol, a Nieves le apetece nadar un rato en las transparentes, cálidas,
aguas azuladas que atraen a tantas personas de todo el mundo. Sugiero
acercarnos a Puerto Aventuras, entre Cancún y Tulum, un complejo
vacacional diseñado en un principio para personas de alto poder
adquisitivo. Canales interiores que permiten la entrada de grandes yates
hasta la puerta de casa. Dos buenos hoteles de cinco estrellas, villas
y … nuevos edificios de apartamentos que se alquilan a diferentes
precios. Expansión, mayor oferta, más clientes. Bares, restaurantes,
tiendas. Se ha ampliado la oferta deportiva. Al golf, tenis y pesca de
altura, se ha añadido submarinismo y la posibilidad de nadar entre
delfines o de ser transportado por ellos en alguna de las siete piscinas
dedicadas a ese fin. Un día tranquilo, en un lugar agradable, con
poca gente.
Dejamos Cancún para llegar a una de las joyas de Yucatán,
Chichén Itzá. Autopista de pago, muy cara. Tenemos suerte
por disfrutar de un soleado día, en época baja de turismo.
Compruebo que se han hecho grandes esfuerzos para mejorar y conservar
todos los parques arqueológicos de Méjico. El turismo es
una importante fuente de ingresos para este país. En el 2010 alcanzaron
8.700 millones de euros. Es comprensible que todos quieran tener su parte
del pastel. Al entrar en el complejo de Chichén Itzá hay
que comprar dos billetes de entrada en diferentes taquillas. Uno federal
y otro municipal. Se autoriza la venta de artesanía en el interior
del parque a los indígenas, sin tener que pagar ningún permiso.
Guías, césped bien mantenido, prohibición de subir
a las pirámides o escaleras peligrosas. En el templo de los Guerreros
se encuentra una escultura de Chac Mool, figura emblemática de
Chichén Itzá que ahora únicamente se puede fotografiar
con un buen teleobjetivo desde gran distancia, ya que se impide el acceso
a la plataforma en que se asienta la figura. Tampoco podemos entrar en
el recinto donde se ubica el juego de pelota. Zona cerrada por obras.
Supongo que están abriendo un paso para poder contemplar el terreno
de juego. Se mantiene, inaccesible, la escalera que anteriormente se utilizaba
para contemplar ese espacio excepcional, cerrado, de las ruinas. La subida
era fácil pero la bajada muy peligrosa por la fuerte inclinación,
escalones estrechos e irregulares y ausencia de pasamanos donde sujetarse.
La jornada termina con un paseo por Valladolid, ciudad con calles de trazado
cuadriculado, parques, iglesias, edificios coloniales. Nos reencontramos
con Francesco, joven italiano, siciliano. Lo conocimos en Tulum. Nos confiesa
que siente debilidad por las chicas nórdicas, rubias, de piel blanca.
Nieves le profetiza que acabará casándose con una napolitana
morena con bigote. Entre risas termina admitiendo que ese es el deseo
de su padre para tenerlo cerca, es hijo único.
Después
de haber pasado por Honduras y Guatemala, que junto con El Salvador, están
considerados los países más inseguros del mundo, superando
incluso a Irak y Afganistán, es normal que haya aumentado mis precauciones.
No he presenciado ninguna situación violenta, pero el espacio dedicado
en los periódicos a corrupción generalizada, asesinatos,
raptos, enfrentamientos, negligencia e ineficacia policial no ayuda precisamente
a bajar la guardia. Javier Arturo Valdez, fundador del semanario “Riodoce”
de Sinaloa ha recibido en Washington el premio que concede El Comité
de Protección a Periodistas por su ejercicio de la libertad de
expresión. En su conferencia ha dicho textualmente “Los periodistas
de Riodoce son muy cuidadosos y en ocasiones acaban publicando apenas
el 20% de la información confirmada que poseen, porque involucra
a gente que se mueve con 20 pistoleros y pueden movilizar 400 sicarios
en 15 minutos con la protección del ejercito.” “Cuando
escribo no pienso en el lector, pienso en el narco que está detrás
de mí a medida que voy avanzando en mis párrafos. ¿Le
va a gustar? ¿Me mandará un ramo de granadas? En lugar de
pensar lo que vas a publicar, piensas en lo que no publicarás para
seguir vivo.” Para ayudar a comprender la delicada situación
a la que se enfrentan los periodistas comprometidos, aquellos que han
elegido informar a la sociedad denunciando a quienes atentan contra la
libertad, un dato: en Méjico más de 80 periodistas han sido
asesinados en los últimos diez años.
Los consejos de distintas personas se repiten: conducir, siempre
que se pueda, por carretera de peaje, nunca por la noche. En varios controles
de policía y ejército me han efectuado registros buscando
drogas, armas o explosivos. Aclaro que han sido correctos, educados, sin
presión ni severidad y en ningún momento han exigido la
antaño habitual “mordida”. Comprended que no es lo
mismo viajar en grupo o en autobús que en un coche que llama la
atención con matrícula europea. Es imposible evitar el paso
por estados comprometidos si se atraviesa Méjico. La zona menos
arriesgada es precisamente en la me encuentro ahora. Todo el litoral Pacífico
es especialmente peligroso. Estados de Guerrero, Michoacán, Sinaloa
y Sonora. También en el Atlántico la violencia provocada
por el narcotráfico aconseja evitar los estados de Veracruz, Tamaulipas
y Nuevo León. Hay que añadir Chihuahua, con Ciudad Juárez,
en la frontera con EEUU. Tal vez no situéis los estados en el mapa
pero seguro que los nombres no os son desconocidos porque aparecen habitualmente
en los periódicos. El ser extranjero no te exime de riesgos. Los
cárteles han incorporado a sus negocios el secuestro, mejor si
la víctima es de un país de habla hispana. Es más
fácil comunicarse en la misma lengua con las familias para exigir
rescate.
Seguimos el itinerario que nos permite acercarnos a los lugares
destacados del Yucatán. De Valladolid a Uxmal, ciudad maya del
siglo VII. El primer europeo que contempló los restos de la urbe
abandonada fue un fraile español en 1573. Las obras de restauración
se iniciaron en 1950. Es la primera vez que veo Uxmal. Ignoro cómo
se encontraba la zona años atrás. Hoy es una maravilla.
Tenemos la suerte de no coincidir con grupos numerosos de visitantes.
Sol radiante. Calor. Después de una escalera de bajada entre árboles
llegamos a la verde explanada en la que se levanta impresionante la pirámide
del Adivino. 53 metros y medio de altura con una anchura en la base 53
metros y medio. Tiene cinco niveles con diversos templos. Su construcción
se inició en el siglo VI y el templo superior se finalizó
en el X. Supongo que hace años era factible ascender por las empinadas
escaleras y contemplar el interior de las salas con recargada decoración.
Viendo fotos antiguas observo que han desaparecido puertas en la base,
se ha alargado la escalera y se modificado la entrada del cuarto nivel.
No soy un experto para opinar sobre restauraciones. Ese monumento que
tengo ante mí, como está, es imponente.
Justo detrás se encuentra el cuadrángulo
de las Monjas, llamado así por los españoles porque les
recordaba un convento. Una plataforma de 120 metros de lado con un patio
central rodeado de edificios con varias salas. Los muros exteriores están
ornamentados con grecas, figuras humanas, pájaros y monos. Destacan
las serpientes y las máscaras de Chaac el dios de la lluvia y el
agua. Su nariz tiene forma de trompa de elefante. Algunas se han perdido.
El tiempo transcurre lentamente. Nos alejamos algo de los edificios principales,
siguiendo un sendero bajo los árboles que nos conduce hasta el
cementerio. Apartado, solitario, con un edificio y restos de tumbas con
calaveras e inscripciones esculpidas. Al volver al itinerario recomendado
pasamos por el juego de pelota y llegamos hasta una plataforma en la que
se levanta un muro, con varias puertas, sobre el que destaca una espectacular
crestería, la casa de las Palomas. Sobre la cuidada hierba que
se extiende delante del edificio una pareja contesta las preguntas de
su nieto, un niño de siete años, que se muestra muy interesado
por reconocer la variada ornamentación de la fachada. Son españoles
de origen, nacionalizados mejicanos. La señora me advierte que
encontraré Palenque muy cambiado. Han sido testigos de las transformaciones
de los parques arqueológicos. Llevan más de cuarenta años
volviendo, siempre que tienen oportunidad, a lugares como estos que recuerdan
la desarrollada civilización maya.
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