Crónica 44: del 24 diciembre al 26 de enero 2010 (3ª)

Australia





Entre estas montañas se encuentran antiguas explotaciones mineras. Se mantienen vías utilizadas para el transporte de mineral. Se ofrece la posibilidad de recorrer el sinuoso trazado de una vía férrea, en vagones de madera, remolcados por una locomotora a vapor, construida en 1.869. Sigue funcionando, aunque sólo festivos y en época de vacaciones escolares. La cuidan y conservan, sin exigirla máxima actividad. Habitualmente se sirven de una moderna máquina con motor diesel. He llegado hasta la estación porque desde ese lugar nace una pista que puede ser interesante. El viejo trazado ferroviario permite el acceso a un parque natural, en el que puede disfrutarse de un espectáculo singular. Un túnel donde han encontrado acomodo unos insectos luminosos. La pista en un principio es ancha, bien conservada. La utilizan camiones de las empresas madereras que explotan la zona. En los últimos quince kilómetros hay que conducir con precaución. Se estrecha, curvas sin visibilidad, pasos angostos entre paredes rocosas y un túnel. Llego a las tres de la tarde. Dispongo de cuatro horas de luz diurna. Suficiente. No hay ningún coche en la zona habilitada para aparcar. Me estoy habituando a abandonar el Toyota en zonas solitarias, sin vigilancia. Confío en no sufrir una desagradable sorpresa algún día, al regresar. Por lo menos en Australia. Luego, en Sudamérica, ya cambiaré hábitos. Sigo un sendero que, después de atravesar un puente y pasillos entre rocas, por empinadas escaleras, me lleva hasta un cruce. A mi izquierda, un camino, por donde antaño transcurría la vía férrea. Por ahí llegaré al túnel. Si sigo recto, puedo acercarme a “las pagodas”. Supongo que son rocas erosionadas por viento y agua que ofrecen el aspecto de cúpulas simétricas. Vamos a verlas. La trocha parece poco utilizada. Árboles caídos que dificultan el paso, grandes helechos entre los que tengo que abrirme paso. Subida zigzagueante, con algunas piedras dispuestas para facilitar la ascensión. Me acompañan algunas mariposas y el canto de pájaros que vuelan entre las ramas de los árboles que me rodean. En tierra, el único movimiento que percibo es el de algún lagarto que se esconde al acercarme. Cuando ha transcurrido una hora, decido volver. El cielo se ha cubierto. Aunque ya he incorporado el paraguas a la bolsa en la que trasporto cámara, trípode, agua, no me gustaría que me sorprendiera un aguacero. Aquí no puedo refugiarme. No he visto huecos o cuevas entre las rocas. La dificultad del camino desaparece, al encontrarme de nuevo con el cruce. Llano, con helechos y algunos tramos encharcados. Entre la frondosa vegetación se abre la entrada al túnel. Un cartel indica que no se toquen los insectos. No pienso hacerlo. El túnel tiene una longitud de 400 metros. En el interior, después de una curva, donde la oscuridad es total, es donde estas luciérnagas han encontrado el hábitat adecuado para reproducirse. El suelo del túnel es irregular, con piedras, huecos con agua. La luz de la linterna me permite sortearlos. Las paredes rezuman humedad. Pronto estoy rodeado de oscuridad total. Silencio. Apago la linterna. No veo nada. Sigo adentrándome. Vuelo a apagar la linterna. Ahora sí. Puntos de luz en las paredes y techo. Ignoro si larvas y hembras también disfrutan de vacaciones escolares, pero esperaba una concentración mayor. Imposible fotografiarlos con la cámara que llevo. Intento fijar la imagen en mi archivo de momentos especiales. Silencio. Doy media vuelta y regreso a la luz y vegetación. Esa noche duermo en un área de acampada cercana al lago Lyell, formado por una presa. Aunque el nivel de agua está muy bajo, -se aprecia en las laderas de las colinas que lo rodean-, hay numerosos coches y caravanas, con barcas. Cercano a Lithgow un mirador espectacular. Dado que aquí, en este país, los principales atractivos los brinda la naturaleza, no dejo de acercarme a todos aquellos puntos que recomiendan los abundantes folletos informativos que ofertan las bien surtidas oficinas de atención al visitante.”Hassan’s Walls Lockout”, 1.130 metros de altitud, es una plataforma rocosa, vallada, para que no se despeñen los imprudentes, con varios puntos de observación. Ofrece vista panorámica del valle donde se asienta la ciudad y, allá en la lejanía, las Blue Mountains. En las afueras de Lithgow se conservan, en un parque cerrado, los restos de una fundición. Esa actividad se inició en 1.875, Disponían de materia prima, hierro, proveniente de minas cercanas. Su producción estaba dedicada por completo a las necesidades generadas por la construcción de vías férreas, pero no pudieron competir con empresas del exterior. El hierro llegaba en barcos que lo utilizaban como lastre. Cerraron. En 1.906, utilizando la última tecnología, se abrieron nuevos Altos Hornos. Durante 26 años Lithgow fue el principal productor de acero de Australia. Hoy quedan las ruinas. Junto a una valla, carteles con fotografías de distintos hitos de la historia de la fundición. Hoy soledad, paredes, sin techos, rodeando los cimientos en los que se asentaban los grandes hornos. El cambio ha sido brutal. Apenas hace 75 años que este espacio vacío que tengo ante mí, era el corazón de la revolución tecnológica que inició el rápido desarrollo de Australia. Puesto a ver los restos del pasado reciente, no quiero perderme Glen Davis. Un intento de conseguir aceite y petróleo sintético de la pizarra bituminosa, abundante en el Valle Capertee, más ancho que el Cañón del Colorado, a unos 100 kms. de Lithgow, los últimos 30 sin asfaltar. Hay que aceptar los intentos fallidos como algo natural. Había visto fotografías de lo que se mantiene de Glen Davis, que tuvo una vida corta, de 1.938 a 1.952. Lo que ignoraba es que el paso al complejo de Glen Davis, sólo se abre los sábados a determinada hora, para seguir un itinerario guiado. 200 kms. para adentrarme en el valle, pasar junto a granjas, alcanzar el centro de lo que debió ser algún día un pueblo con gran actividad, toparme con una cancela cerrada y un cartel “Peligro. No pasar”.

Días de arena, días de cal. De Lithgow a las cuevas Jenolan. Reconozco que me dirijo a las cuevas sin gran entusiasmo. Unas cuevas más, estalactitas, estalagmitas... cielo cubierto, llovizna… Descenso pronunciado por una carretera estrecha con numerosas curvas ciegas. Al encontrar algún vehículo, en dirección contraria, se detiene totalmente, arrimándose a la pared rocosa, facilitándome el paso. La carretera me dirige directamente al gran arco de entrada de las cuevas. Impresionante. Un estrecho paso me permite llegar a la zona de atención a los visitantes. Entre laderas cubiertas de vegetación, el recinto de Jenolan Caves. Enseguida comprendo que si quiero conocer ese lugar, aunque sea superficialmente, voy a tener que quedarme dos noches. Las cuevas, fueron descubiertas, según una leyenda, en 1.830, por dos hermanos que perseguían a un convicto escapado que asaltaba a los granjeros y viajeros que se atrevían a cruzar las Blue Mountains. Del forajido no se volvió a hablar. Lo que sí es seguro es que los hermanos Whalan, exploraron las cuevas y ellos y sus hijos se convirtieron en guías del creciente número de visitantes. Ante la amenaza de que futuras exploraciones mineras degradaran las cuevas, en 1.866, gracias a un parlamentario, se protegieron, convirtiéndose en el primer parque nacional australiano. Las últimas investigaciones han determinado que tienen una antigüedad de 350 millones de años, lo que las convierten en las cuevas abiertas conocidas más antiguas del mundo. El hotel en el que me alojo, el único, empezó a construirse en 1.896, terminándose en 1.927. La habitación más económica, confortable, sin ducha ni retrete, 60 euros. Los servicios están a mi disposición, al otro lado del pasillo, enfrente de mi habitación. Bien. Una cafetería en la planta baja, utilizada por los visitantes que no pasan la noche en el complejo de las cuevas. Para los huéspedes, restaurante y bar, ambientados, como todo el hotel, con decoración y muebles de principio de siglo XX. Han sido descubiertas más de 300 cuevas, de las que hay once abiertas al público. En un principio los primeros que llegaban hasta aquí utilizaban velas para iluminarse. Se valían de escaleras básicas para acceder a los puntos altos. Luego se añadieron escalones de piedra para facilitar la visita. Actualmente se han incorporado más de tres kilómetros de escaleras de acero y caminos cementados para recorrer distintos itinerarios. Iluminación mínima pero suficiente para contemplar esos monumentos o construcciones naturales. El algunos momentos me parece haber entrado en el mundo irreal de los dibujos de Escher. Las escaleras de acero brillan ante mí, arriba, abajo, derecha e izquierda. Se paga por cada cueva. Me explican que aunque compre la entrada a dos, que tengan el mismo acceso, he de regresar al punto de salida, esperar a mi guía e iniciar una vez más el ascenso. Aclaro. Once cuevas. La longitud varía entre 365 y 1.575 metros. Están catalogadas con tres niveles de esfuerzo. En cada una de ellas se especifica el número de escalones a superar. De 258 a 1.298. La duración de la visita, siempre en grupo guiado, varía de 1 a 2 horas. Cuando se ha comprado el primer billete, se descuenta el 50% de los siguientes. Te facilitan también un reproductor de sonido en el que, en distintos idiomas, puedes escuchar las particularidades de las cuevas y de una en especial, gratuita, que puedes visitar solo, sin necesidad de ser acompañado por un guía. Es precisamente en esa cueva donde encuentro estromatolitos. Os resumo lo que he escuchado en el audio-guía que me han dejado. Los estromatolitos son los primeros seres vivos de nuestro planeta. Unión de seres unicelulares que forman capas muy delgadas. Aparecieron hace unos 3.500 millones de años. Y gracias a ellos se inició la evolución de la vida, al producir oxigeno. Cuando la capa muere, se calcifica, convirtiéndose en piedra. Sobre ella, una nueva capa viva. En la cueva que estoy visitando pueden verse esas capas vivas, verdes. Hay pocos lugares en el mundo en los que se pueden ver estromatolitos. Visito tres cuevas. En uno de los itinerarios llego hasta el río subterráneo. Estos lugares no son recomendados para personas con claustrofobia o vértigo. En ocasiones hay que descender, de espaldas, por escaleras que salvan gran altura. En algún momento el guía apaga todas las luces para que seamos conscientes de las dificultades que debieron encontrase los primeros geólogos, exploradores y turistas que llegaron a Jenolan. También he de añadir que, incluso las de máxima dificultad, son accesibles para cualquier persona. Sólo hay una en la que no se permite la entrada a menores de diez años. En los alrededores hay varios senderos que permiten disfrutar del entorno. Un pequeño lago, formado por una presa. Se aprovechó para generar energía eléctrica para iluminar las cuevas. Por supuesto, subidas y bajadas. Naturaleza. No hay nada más. Eso o sentarte frente a la pantalla de un televisor. Pero uno no viene a Australia para ver películas en inglés. Recorro todos los caminos. De 11,45 a 1,15 del mediodía, la carretera de acceso se cierra para salir. Así pueden llegar los autobuses con grupos de turistas que permanecen sólo unas horas. Cuando hay máxima afluencia, mejor paseos por las colinas o las cuevas. Luego, a partir de las siete de la tarde, Jenolan ofrece un entorno diferente. La única calle está desierta. Se encienden las farolas. La bruma desciende de las colinas. Refresca. Es el momento de refugiarse en el hotel.

Canberra es la capital, pero los amores de los australianos se dividen entre Sydney y Melbourne. Cuando se creó la federación, en 1.901, se añadió en la constitución la construcción de una nueva capital. Se eligió un lugar entre las dos grandes rivales. Fue proyectada por el arquitecto norteamericano Walter Burley Griffin. Todos los viajeros la encuentran aburrida, sin interés. Un día es suficiente para ver lo más destacado. Yo he estado seis días. Dispongo de tiempo. He llegado hasta barrios alejados del centro, buscando prendas y artilugios que necesito. El primer día me he desplazado en autobús. Después de conocer el centro y consultar el mapa, he optado por el Toyota. Es fácil encontrar aparcamiento, el tránsito es fluido, itinerarios y barrios bien indicados. Como las anteriores nuevas capitales que conozco, Brasilia, Chandigarh, Putrajaya, Canberra dispone de un lago artificial. Tiene una población de 350.000 habitantes pero deben estar muy bien repartidos porque en ningún momento me he sentido agobiado por aglomeraciones. En el norte, cerca del lago, un área de compras, con calles peatonales, tiendas, restaurantes, bares y un extenso centro comercial. Parques, museos y, al final de una amplia avenida, el monumento a los caídos en las diferentes guerras en las que ha participado Australia. Al otro lado del lago, en lo alto de una colina, se levanta el Parlamento. Ahí se inician dos grandes avenidas. Dos líneas rectas que siguen por dos puentes, formando un triángulo. En el área que encierra, los principales edificios y jardines. Un barrio, cercano al Parlamento, con las embajadas de los países representados en el país. Más allá, zonas residenciales. Barrios con sus centros comerciales y servicios. Algunos polígonos industriales, en lo que se concentran almacenes y tiendas. He paseado por los parques en las orillas del lago Griffin, me he sentado en un banco cerca del agua, escuchando el concierto de campanas que ha ofrecido, a mediodía, durante una hora, el carillón nacional. Sobre el Parlamento, a 80 metros de altura, ondea una gran bandera de Australia. La bandera inglesa en el cuadrante superior derecho, debajo una estrella de siete puntas que representa los seis estados federados y los territorios actuales o futuros que dependan de la federación. En la parte izquierda de la bandera, cinco estrellas, la Cruz del Sur, tal como puede observarse, por la noche, en el cielo. Me ha sorprendido gratamente la visita al antiguo Parlamento. Se puede acceder a las salas del congreso y el senado, a los despachos y salones del partido del gobierno y la oposición. Sobre las mesas, periódicos y actas de 1.927 a 1.988, año en que se inauguró el nuevo Parlamento. Teléfonos, máquinas de escribir, radios transmitiendo noticias de aquella época. En la planta superior, salas utilizadas por los periodistas que cubrían la información parlamentaria. Gabardinas y sombreros en un perchero, teletipos, magnetofones, cámaras, cintas de audio y video, que las nuevas promociones de periodistas ya nunca utilizarán. La nueva tecnología digital los ha arrinconado al único lugar donde todavía pueden verse, los museos. En la planta baja, una galería de la democracia. Citas, fotos de momentos históricos del país, grandes páginas informativas, con fotografías o vídeos, que se posicionan y aumentan de tamaño al tocar las pantallas con los dedos. Al salir me encuentro con la tienda, embajada, de los aborígenes, que reclaman desde 1.972 el reconocimiento de propiedad de sus tierras, ocupadas por los colonos ingleses. Al otro lado del lago, destaca la ancha avenida Anzac (Australian and New Zeland Army Corps) que conduce al pétreo edificio dedicado a los caídos. En las paredes los nombres de los perdieron la vida, lugar y fecha. En la lápida más antigua, Sudán, 1.885. En la última, Irak, 2003, sin fecha de finalización. Ya he comentado en otros relatos el recuerdo constante de aquellos que perdieron la vida en guerras. La leyenda de Anzac se inició con la invasión de Turquía, en 1.915, por las fuerzas aliadas de Francia, e Inglaterra. En la avenida, a ambos lados, se levantan monumentos a cuerpos de ejército o determinadas guerras. Todos son distintos.
El domingo me acerco a un mercado instalado en la antigua cochera de autobuses. Artesanía, ropa, productos naturales, flores, cuadros, bisutería, Tarot, masajes, lo habitual. En una zona se oferta comida tradicional de distintos países, España, Méjico, Laos, India, Etiopía… Da igual. A penas hay diferencia. Platos, cubiertos y vasos de plástico, salsas poco especiadas, pollo, cordero… En el de Etiopía no tienen injeera, plato nacional del país. En el de Méjico, ningún mole. En el de Laos, lo mismo que en el de la India. En el de España, chorizo, empanada criolla, macarrones carbonara…En la zona de anticuarios, una mezcla de todo, sin nada especialmente interesante. Muebles, ropa, máquinas, muñecas, juguetes, electrodomésticos, alfombras, todo sin restaurar. Canberra puede resultar algo aburrida, pero es una ciudad agradable, cómoda. Creo que es una buena capital, representa el país.


Enviado desde Sydney el 26 de Enero, 2010
Kilómetros recorridos 92.349


DURANTE DOS MESES NO VOY A ENVIAR NINGUN RELATO. PACIENCIA Y COMPRENSIÓN. LOS DOS PROXIMOS LLEGARAN CON ALGO DE RETRASO. LOS ENVIARE, SI TODO TRANSCURRE COMO ESPERO, DESDE CHILE.

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